lunes, 17 de octubre de 2016

LA DESTRUCCIÓN DE LA VIRGEN DEL PRADO Y EL ROBO DEL TESORO DE LA CATEDRAL EN 1936 SEGÚN LA CAUSA GENERAL



DON LUIS SANCHEZ RODRIGUEZ BORLATO, AUXILIAR LETRADO DE LA CAUSA GENERAL DE CIUDAD REAL

DOY FE Y TESTIMONIO: Que en la monografía de la que es autor el Catedrático de  Literatura de esta capital, cronista de la Provincia y correspondiente de la Real Academia de Historia, Don José Balcázar y Sabariegios, titulada “La Virgen del Prado a Través de la Historia” editada en el año 1940, aparece en la pagina 215 y siguientes de la misma, el siguiente particular:

“Y entra ahora el tema principal de este libro: la desaparición de la veneradísima imagen de Nuestra Señora del Prado. ¿Fue destruida por la horda marxista? ¿Fue salvada y escondida después por alguien que aun siendo rojo tuviera conciencia del deber? En cuanto a lo primero está en lo posible, ninguna otra imagen se salvó y todos los hechos que acusan un refinamiento de impiedad, un extremado sacrilegio, una crueldad sin límites, pero tan extremistas, tan malvados o más que los de este pueblo fueron los de Asturias, también allí acabaron con todas las imágenes, mas al llegar el turno a la Santísima, a la Virgen de Covadonga, no lo hicieron y se contentaron con hacerla desaparecer, y hasta se da el caso que un comunista fue el que dijo donde estaba. Relata el Sr. Padilla que el día 23 vio a la Virgen desde la iglesia y que no notó nada anormal en ella, es decir que tenia corona, rostrillo y manto. Trabajo me cuesta creerlo y hasta pienso si será una alucinación de la fe y devoción de tan virtuoso sacerdote. Y digo esto porque dudo de todos aquellos milicianos acallasen su codicia, hasta el punto de no sustraer enseguida la corona, cuya valía estaba al alcance de todas las inteligencias. En gentes incultas, dentro del respeto, cabe la codicia. Y robustece esta opinión el hecho de que por entonces, la misión principal de los rojos, sin duda por consigna recibida de Madrid, era el de apropiarse de cuantos objetos tenían algún valor o pudieran ser útiles a los gobernantes.


Aseguran algunos –por referencias- que la idolatrada Imagen fue destruida en Noviembre, que la tiraron desde su trono al Templo, que quedó enganchada en los candeleros, que volvieron a empujarla y que se deshizo al dar en el suelo que el Niño Jesús quedó intacto y que al intentar apartarlo un testigo del vil sacrilegio se indignó uno de los herejes y lo destrozó y que luego quemaron los sagrados restos en el garaje de Solís. Yo he tratado de averiguar lo que hubiera de cierto en este relato y solo consigo lo mismo: referencias. Es más: no falta quien lo niegue, toda vez que en las diligencias sumariales no consta nada, ni hay ningún inculpado por este asunto.

Y en cuanto al segundo interrogante de que pudo ser salvada, es lógica la objeción que se me hace: si la Virgen hubiera sido escondida ya estaría en su trono, si el autor era de derechas por natural deseo, y si de izquierdas para hacer valer este servicio.

De todo esto hay solo un hecho verídico irrefutable: la desaparición de tan bellísima imagen de nuestra amantísima Patrona y el sacrilegio robo de su Camarín y de su tesoro ¿A cuánto ascendía el tesoro de la Virgen? Enjuiciar a cerca de la riqueza que poseía Nuestra Señora del Prado es como navegar por alta mar en un barco sin brújula, ni dirección. El misterio más absoluto lo envolvió siempre. En tiempos antiguos se hablaba de sus olivares y de sus majuelos y aun de sus precios urbanos, fincas legadas por sus más devotos hijos, pero se hablaba con cierto recato como si fuera pecaminoso el profundizar en dicha cuestión. El Canónigo de la S.I.P. Don Miguel Serrabona, quiso bucear en el asunto y fue trasladado a otra diócesis. Y el misterio de los inmuebles alcanzó también en otro orden de cosas a las alhajas y joyas. El secreto más absoluto se guardaba respecto a ellas. Varias veces se pidió la organización del joyero de la Virgen como lo tiene la del Pilar, la de los Reyes, o la del Sagrario y calificose de insensatez tal proposición. Solo el Obispo mártir le pareció de perlas y lo hubiera realizado al cesar el torbellino rojo.


Al escribir este libro quise hacerme con una relación de dichas alhajas, que estando ya perdidas no hay para qué ocultarlas y visité a la respetable Sra. Dª. Teresa Rosales, ultima Camarera de la Virgen, quien me recibió en el acto diciéndome lo siguiente:

“Cuando el año 18 me nombraron Camarera de Nuestra Patrona, acepté con la condición de que las alhajas y joyas de la Virgen que antes habían estado en poder de mi suegra y después de mi cuñada, que fueron también Camareras de la Virgen, pasasen al Cabildo Catedral. Los tiempos no eran los mismos y ya se saliamas de casa y yo no quería pechar con responsabilidades. Aceptada la condición por el Obispo Sr. Irastorza se avisó al Sr. Francés para que las tasara y enumerara y se hicieran tres copias del inventario, una para el Prelado, otra para el Cabildo y la tercera para mí. El Sr. Francés, pues, las conocía muy bien. En mi casa solo quedaron cuatro mantos de la Celestial Señora… El Sr. Francés hizo su primera tasación dicho año 18 estando presentes Don José Medrano, su esposa Dª Teresa Rosales y el canónigo de la S.I.P. Don Eloy Fernández Alcázar. He aquí lo que recordaba:

“Un Porta-Paz del más puro renacimiento español, que tiene en el centro un relieve de serpentinas representando la prisión de Cristo, y a los lados y en el coronamiento figuras e historias esmaltadas de bellísimo gusto. Está marcado con los punzones de Alonso Becerril. Es una magnifica joya de oro de ley, que pesa unos cuatro kilos y medio, que procede del Convento de Uclés y está valuada en un millón de pesetas.

Seis ramos grandes de plata repujada, de igual procedencia con algunos toques de cincel, cuyo valor era de tres mil pesetas.

Cuatro cetros de plata de ley de igual procedencia, para llevar en actos destacados los Sres. Canónigos y cuyo valor era de cinco mil pesetas.

En cáliz de oro de ley, estilo barroco, de dos kilos de peso que usaba el Sr. Obispo en la Capilla de Palacio, tasado en veinte mil pesetas.

Una custodia grande del siglo XVI, de plata sobredorada, cuyo valor aproximado era de veinticinco mil pesetas, por la época el cincelado y por su confección, que según datos que tengo y la calidad del trabajo, era obra de Bevenuto Cheline.

Una corona de la Virgen, de oro y plata sobredorada, cincelada con piedras grandes, de gran valor.

Un rostrillo de oro de ley, cincelado con perlas todo alrededor, cuyo valor era de más de cuarenta mil pesetas. Otro rostrillo de menor valor y cuyo coste sería de unas cinco mil pesetas.


Un pendantif  con una perla fina forma pero, peso de unos cinco gramos, de piel finísima y buen oriente, montada sobre cerco de oro con orla de diamantes rosa muy finos y blancos, tasado en setenta y cinco mil pesetas.

Una esmeralda grande de color verde, oscuro, muy bien lapidada de un peso de setenta kilates y valor aproximado de cinco mil pesetas.

Varios collares de perlas de más de un metro de largo, muy finas, de distintos tamaños, con un oriente muy bonito y valor aproximado de doscientas treinta mil pesetas.

Otra cantidad grande de perlas, sin engarzar, ni taladrar, de igual calidad y valor aproximado de unas ciento setenta y cinco mil pesetas.

Ochenta o noventa cálices, unos de plata y otros de plata sobredorada, de distinta épocas, entre los cuales había algunos del siglo XIII, y cuyo valor aproximado era junto, de unas setenta y cinco mil pesetas.

Cuarenta o cincuenta Copones, unos de plata, y otros de plata sobredorada, de distintos tamaños y valor, en conjunto, de veinticinco mil pesetas.

Cincuenta o sesenta pares de pendientes, la mayoría montados sobre plata, de diamantes rosa finos, de diferentes tamaños, cuyo valor sería de unas treinta y cinco mil pesetas.


Noventa o cien sortijas de oro de ley y de plata, algunas con brillantes y la mayor parte, con diamantes rosa y perlas y cuyo valor aproximado sería de unas setenta mil pesetas.

Además había cadenas de oro de caballero y señora, imperdibles, pulseras, medallas, collares, relojes de oro y un sin número de objetos que tampoco recuerdo ¡Una fortuna!

Sabemos también, por documentos guardados en el archivo de la Parroquia de Santa María del Prado que Juan de Villaseca, el donante del magnífico retablo, regaló así mismo a nuestra ínclita Patrona una Corona que pesa diez marcos de oro, de hechura imperial y con mucha pedrería de diferentes colores engastados por toda ella, que costó mil ducados.

Otro donativo de América, y también del siglo XVII, es un rosario de corales gruesos con extremos de oro y una cruz de oro y una borla de perlas y granetes, con un peso en conjunto de siete onzas y tres adarmes, que dejó en su testamento a la Virgen del Prado, Doña María de Villalobos, natural de Ciudad Real, que murió en los Reyes (Perú), y que trajo Don Andrés Morón.

De Mejico vino, traido por Don Juan Velarde, Caballero de Calatrava, la lámpara grande de plata que se colgó en el presbiterio en 1652. Otro hijo de Ciudad Real que vivía en América, Don Diego López Tofiño, donó a la Santísima Virgen del Prado una sarta de perlas de valor de mil pesos, ya descrita, y otros mil pesos en dinero.

Y otro ciudadrealeño insigne, Don Gaspar de Mena y Loaisa, Capitán General de la ciudad de Mariquita y su provincia, en las Indias, mandó quinientos pesos de oro rs. de plata doble para que se hiciese un trono de plata a la Imagen de Nuestra Señora del Prado para sus festividades. Por cierto de cómo el artífice a quien se le encargó le pareció poco, dada la traza y dibujo, se le dio también unos relicarios de plata y oro viejos. Y este trono magnífico que duro dos siglos largos en la Iglesia de Santa María, por un mal acuerdo del Cabildo catedral se cambió, dando dinero encima, por unas andas feísimas de plata de Meneses.

En esto de cambalaches nunca estuvieron tampoco lerdos en la antigüedad, pero siempre perdiendo, pues en 1793 se dieron de este modo varios efectos de plata de la Virgen, y en 1820 el párroco de Santa María, Don Esteban Sánchez de León, que durante su mandato en la de Santiago envió a Badajoz las lámparas de plata de la parroquia, lámparas que por allí se quedaron, se deshizo ahora de  “algunas cosas de plata sin uso particular, del tesoro de la Virgen” para ciertas obra que él consideraba precisas. Se le autorizó y Dios sepa lo que vendió el párroco.

El Niño tenía dos pares de zapatos de mucho gusto y valor: unos de plata, teniendo en las suelas las armas de dos familias ilustres, una en cada zapato, y por debajo de los escudos dice en uno: Juan Rivera, y en el otro: C.Real año 1730. Los tacones forman unas conchitas. Y el otro par es el que le regaló la familia de Medrano.

El ultimo regalo de valor que se le hizo a la Virgen del Prado fue el 25 de julio de 1923 y consistía en una Corona de oro de veinte kilates, con aureola de  plata y piedras de color de 0,916 milésimas, donada por Santiago Maldonado y su esposa Dª Isabel Ladrón de Guevara, en memoria de sus tíos D. Santiago Maldonado y Dª Pilar del Forcallo.

Esto es lo que se sabe del tesoro en joyas y alhajas de la Virgen del Prado, tesoro misterioso que cimentó la piedad y devoción, pero no para que permaneciera desconocido, y en la penumbra, n i para que se perdiera como se perdió.

Concuerda con su original a que me remito, y para que conste, expido la presente para su aportación a la pieza separada de “Tesoro Artístico y Cultura Roja”, que firmo en Ciudad Real a veinte de Marzo de mil novecientos cuarenta y tres.


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