sábado, 29 de octubre de 2016

JARDINES DEL PRADO



Las ciudades tienen su historia y por ello también su memoria. Memoria de sus acontecimientos, de la vida de sus gentes, de la evolución de sus edificios y espacios públicos. Las construcciones que se conservan, los paisajes y también los espacios públicos guardan esa memoria colectiva que asociamos a nuestras experiencias y vivencias. Los Jardines del Prado son el espacio verde interior más antiguo de la ciudad, que ha establecido a lo largo de los años una vinculación intensa con la catedral, que define uno de sus lados, con las tradiciones de culto a la Virgen del Prado, patrona de Ciudad Real, con las celebraciones tradicionales como la Pandorga o las festividades religiosas y con la vida cotidiana de muchos de sus vecinos.

Inocente Hervás y Buendía

Hervás y Buendía en su Diccionario de la provincia de Ciudad Real hace una amplia descripción del Prado. Dice así: “Isidoro Madrid decía a este Ayuntamiento, que desde 1778 venía realizando por su cuenta, “sin gravamen de los vecinos ni exacción de los caudales públicos” el desmonte y allanamiento del sitio del Prado para su riego, por lo que la ciudad le asignó doscientos ducados anuales para que continuara su labor-1792-. Era por este tiempo un lugar asqueroso, depósito de inmundicias, indecoroso e impropio del soberbio templo que la piedad cristiana había levantado a la Virgen María. A Isidoro de Madrid se debe la idea de hacer en él un plantío de árboles y lugar de recreo”. Los problemas del riego causan situaciones peculiares, que cuenta también Inocente Hervás y Buendía.

Una anécdota curiosa que sucede cuando se rompe una antigua tubería de conducción que hace que el agua comience a brotar en dos fuentes existentes en el lugar. Los vecinos, gentes de ambos sexos y de todas edades, lo toman por milagro de la Virgen. El párroco los convence de que no es así, pero a pesar de ello los vecinos consiguen que se vuelva a la Virgen su pozo. Esa tarde se reunieron varias mujeres, jóvenes y algunos hombres y comienzan a limpiar las fustas y yerbas del Prado, traen caballerías a su costa y empiezan a regar, pidiendo para ello el correspondiente permiso al Gobierno. Al terminar el riego, por la noche, convencen al párroco para que pida el permiso para que la Virgen salga en procesión alrededor de su Prado.

Acaba su exposición, comentando cómo al año siguiente  “el Ayuntamiento compró las casas de Cozar, así llamadas por pertenecer a la vinculación de este nombre, destinadas para habitación del campanero, frente a la puerta del Sol de dicha iglesia, con lo que el Prado adquirió una forma regular, y dando el Arzobispo de Toledo la piedra para construir su gradería, quedó constituido en el más bello recreo de la población”. Un testimonio que deja clara la vinculación del Prado con la iglesia catedral, con el culto a la Virgen y la valoración que los vecinos de la ciudad tienen de este espacio libre.

Pascual Madoz, en su Diccionario Geográfico Estadístico- Histórico de mediados del siglo XIX dice refiriéndose al Prado:“... y los paseos están reducidos al espacio que se extiende delante de la parr. de Sta. María, llamado el Prado, que no deja de ser vistoso, por las bonitas calles de árboles, asientos y faroles con que se halla adornado; y un plantío de moreras multicaulis, que se hizo en 1843, dentro de una cerca, habiendo precisión de entrar a ella, por unas casucas miserables, y que sin duda por esta razón no se ve concurrido”.


El Plano de Coello, de este mismo momento (mediados del siglo XIX), dibuja el Prado con la estructura de un espacio central, cuatro parterres y el espacio perimetral que lo rodea. En la leyenda del plano se señala el lugar como “Atrio y paseo del Prado”. Ya en esta definición describe el Prado como el atrio relacionado con la catedral.

El siglo XX

Ya en el siglo XX, en el Plano de Sofi de 1925, se dibuja el Prado como continuación de la catedral y delimitado en su perímetro por el Paseo del Prado, callejón del Prado, calle Reyes y la calle Ángel Andrade detrás de la catedral.  Ya aparece reseñado en el Paseo del Prado el edificio del Casino de Ciudad Real que se había inaugurado en 1887 proyectado por el arquitecto Sebastián Rebollar.

A partir de ese momento comienza a producirse una cualificación del entorno del espacio ajardinado con edificios culturales o recreativos. En la actualidad se sitúan en su entorno el Casino adquirido y rehabilitado por el Ayuntamiento, el Museo provincial, la antigua Casa de Cultura proyectada por Miguel Fisac y hoy abandonada y sin uso, y la Casa Hernán Pérez del Pulgar adquirida por el Ayuntamiento y convertida en Museo López Villaseñor.

Las últimas trasformaciones de los Jardines del Prado se producen en las décadas finales del siglo XX. Al final de la guerra civil se construye un monumento a los caídos, realizado en granito, con una gran cruz central y una simetría en las cuatro direcciones de los paseos centrales. Este monumento fue trasladado a la entrada del cementerio y se colocó en su lugar un templete para la música procedente de los baños de Villar del Pozo (Ciudad Real). Transformaciones naturales que el tiempo realiza en los espacios, en los edificios en la vida de las personas.

Un espacio histórico

Lo que es evidente es que este espacio de cerca de 7.000 metros cuadrados en el interior de la ciudad forma parte de nuestra historia. En su sencillez, en sus valores de trazados, de elementos vegetales, pero sobre todo de memoria y vida ciudadana es parte de nuestra realidad histórica. Entendiendo por historia como lo hace la Ley del Patrimonio Histórico el hecho de estar asociado a la vida continuada de una colectividad, de formar parte de sus acontecimientos significativos y de ser valorado por la comunidad. El Prado no es solamente el entorno de la catedral, es un espacio verde en el interior de la estructura urbana (modelo a imitar en otros espacios urbanos) que merece la protección en sí mismo como parte de nuestra historia.

Las obras que se han comenzado a realizar, sin licencia municipal y sin la necesaria autorización de la Consejería de Educación y Cultura, deberían considerar los elementos esenciales de este espacio como elementos a no alterar. Dejemos los paseos en tierra, con el drenaje necesario, hagamos los accesos necesarios y no más, dejemos los juegos infantiles para otros lugares y mejoremos su mobiliario, su ajardinamiento y su iluminación. Avanzar en este camino sería una muestra de inteligencia de nuestros gobernantes municipales que demostrarían así su aprecio por los Jardines Históricos del Prado.

Diego Peris Sánchez. Diario Lanza, domingo 9 de junio de 2013, página 35.


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