3. Ser (privadamente), aparentar (públicamente)
Admitidas dichas premisas cabría aceptar que la posesión de estos objetos fue la base sobre la que se sustentó la configuración interna del hogar, pero que también sirvió para visualizar esas estrategias de significación social a las que se ha hecho referencia más arriba. Tanto fue así que joyas, ropa femenina y masculina, esclavos... funcionaron como instrumentos simbólicos que dieron forma a ese aparentar tan necesario como el propio ser. Junto a ellos, se sitúan otros objetos que también denotan ese interés por aparentar pero que, por su naturaleza y procedencia, fueron utilizados en la esfera de lo privado: libros, ropa doméstica, cierto tipo de mobiliario, menaje... bienes que, como dirían Isabel dos Guimarães y Máximo García Fernández, se utilizaban de “puertas adentro” pero que servían para sostener estrategias de puertas afuera, pues representaban conceptos que constituyeron “la base sobre la que pivota la imagen de la familia y, a fin de cuentas, su identidad respecto a las demás familias de su estatus y al resto del entramado social”(41).
El problema estriba en que es difícil
precisar la frontera entre lo público y lo privado (42). De hecho ese
aparentar no se construyó solo para marcar diferencias con respecto a los no nobles
o a los no pudientes. También existe ahí lo que podría definirse como un
“aparentar endogámico”, tocante al grupo y destinado a establecer escalas de
diferenciación entre los propios privilegiados(43). Por eso cabe
admitir que, frente a otros mecanismos de transmisión del patrimonio familiar,
la dote jugó un papel más relevante de lo que podría pensarse en principio. Es
cierto que si nos fijamos exclusivamente en el montante total de los bienes traspasados,
las cartas matrimoniales son poco relevantes en comparación con otras formas de
perpetuación de patrimonio; sin embargo, si nos olvidamos de cantidades y
reparamos en lo cualitativo, la cosa cambia porque, como indica el propio
García Fernández, al ser un mecanismo hereditario, la dote prima la transmisión
sobre el consumo(44) y en ese proceso se
convierte en el medio ideal para observar aquello que interesa conservar,
mantener y mostrar en relación al linaje. Ello no evita que estas escrituras
también muestren “los usos más frecuentes y típicos de los bienes del hogar o
las vestimentas”(45) y es precisamente
ese carácter polifacético el que mejor sirve a la hora de abordar lo público y
lo privado, lo nuevo y lo antiguo en el seno de las familias recién
constituidas. De ahí lo importante de mantener activos los resortes que
aseguraban la endogamia del grupo. En ese contexto, lo más habitual fue la
transmisión de la dote vía paterna y eso es lo que explica la tendencia a
buscar esposas en el propio grupo y las reticencias a hacerlo fuera de la
ciudad siempre que ello pudieraevitarse. También la preocupación que algunos
individuos mostraron por asegurarse una correcta posición ante la inminencia
del enlace matrimonial. Por ello resulta significativo, por aparentemente
excepcional, el caso de las hermanas Marina y María de Galiana (46), huérfanas de
padre y madre a la altura de 1595, cuando sabemos del matrimonio de la primera
con Francisco de Galiana Bermúdez, regidor para más señas. Su dote, valorada en
70.254 reales, fue acompañada de unas arras de 1.000 ducados. Se trata, si los
cálculos no han fallado, y a la espera de futuras consultas, de la tercera más
cuantiosa de cuantas otorgaron las hidalgas de la ciudad en el periodo de
tiempo estudiado. Su contenido difiere levemente de lo observado más arriba
porque más de una cuarta parte de los bienes aportados (en torno a 16.500
reales) se correspondieron con capital dinerario, bien fuera en metálico, bien
a través de escrituras de obligación a su favor. Por el contrario, los bienes
raíces no tuvieron un peso tan marcado como en otros casos, pues la esposa solo
–y es un solo relativo– aportó 130 fanegas de barbecho que fueron valoradas en
1.600 reales; poco, como decimos, para lo que es tónica general en estos casos.
Ganado de labor, un esclavo negro de 45 años “de nación morisca, llamado Alonso”,
joyas, mobiliario doméstico, herramientas y aperos de labranza, armas, aderezos
para caballos y una no despreciable cantidad de cubas y tinajas de distinta
capacidad fabricadas con madera de roble, completaron en aquellos días una dote
en la que tampoco faltaron el resto de partidas habituales en los inventarios
matrimoniales de las hidalgas manchegas, libros incluidos.
Sin embargo, lo interesante de la dote de
doña Marina no es su contenido (que también)
sino el hecho de que fueron sus propios bienes dotales los que sirvieron para enriquecer la también atractiva dote de su hermana (47). Tanto fue así que los primeros veintitrés conceptos incluidos en esta última se incluyen a su vez entre los primeros cuarenta y uno reseñados en la de Marina. En su inmensa mayoría fueron piezas de tipo suntuario (platos, vasos y calderillas de plata, jarrones de oro y cristal...) y, sobre todo, joyas, entre las que, a título anecdótico, podrían resaltarse, por su riqueza, una rica cadena de oro valorada en mil reales y, por su curiosidad, una “ninfa de oro con sus alas y cola y pies y el pecho de perla con su cadenilla y tres perlas colgantes” que se apreció en cien reales más. Todo sumó 4.140,43 reales, más del 10% de su hacienda personal.
Aun partiendo de la misma base y teniendo cierta similitud, las dotes de las hermanas Galiana reflejan dos formas diferentes de hacer frente a la transmisión de la hacienda familiar. La naturaleza de sus respectivos patrimonios estuvo fuertemente mediatizada por su ya conocida orfandad, aunque esa situación parece que constituyó una traba más considerable en el caso de la menor. De ahí las diferencias. Entre ellas, lo primero que llama la atención es que la dote de María estuvo polarizada en torno a unos pocos conceptos: capital dinerario, ropa femenina y joyas y alhajas, que juntos suman más de tres cuartas partes del total (48). Gran parte de ese dinero (787.730 mrs.) corresponde a una escritura de censo valorada en 1.000 ducados(49) y a sus correspondientes intereses que, en principio, estaban vinculados al mayorazgo fundado por don Antonio de Galiana, tío de ambas, y asociado a las personas de Marina y su esposo, pero que éste último traspasó (no sin antes descontarlo de su herencia) a María en lo que parece que constituyó un intento de mejorar la dote de ésta(50).
Por su parte, la de Marina –que es anterior en el tiempo– parece reflejar una situación más acorde con lo observado en el conjunto de la ciudad. No obstante, llama la atenciónla “pobreza” en bienes raíces y el poco peso que tiene la partida correspondiente al ganado, situación que se compensa con la importancia que adquiere la relativa a productos en especie, con importantes cantidades de vino (5.450 reales), trigo (3.900 reales) y cebada (2.500 reales).
(41) RUIZ CANALES, I.,
“Las prácticas del vivir noblemente y su importancia. El ejemplo de los Díaz de
Escobar en Córdoba”, en Historia y Genealogía, 1 (2011), p. 158.
(42) En torno a estas
cuestiones, y para el caso cordobés, véase RUIZ GÁLVEZ, A. Mª, “Guardar las
apariencias. Formas de representación de los poderes locales en el medio rural
cordobés en la época moderna”, en Historia y Genealogía, 1 (2011), p. 180.
(43) Es lo que
Álvarez-Ossorio Alvariño relacionó con esa autoafirmación estamental que los
privilegiados buscan por medio del consumo suntuario al que no se considera
como una “mera opción, sino más precisamente una obligación que le impone su
status”. Véase ÁLVAREZ-OSSORIO ALVARIÑO, A., “Rango y apariencia…” art. cit.,
pp. 269 y 265. En el mismo sentido se manifiesta el profesor Bravo Caro cuando
afirma que “no solo importaba ser considerado integrante del grupo, sino
situarse en los escalones más elevados y demostrar (…) toda la capacidad
posible de boato y de preeminencia respecto a otros linajes cercanos en el
ámbito territorial”. Véase BRAVO CARO, J. J., “El parecer y pertenecer a las
élites de la Edad Moderna. Ascenso social y fuentes para su estudio”, en SORIA
MESA, E. y BRAVO CARO, J. J., Las élites en la época moderna. La Monarquía española.
Tomo IV: Cultura, Córdoba, Servicio de Publicaciones de la Universidad de
Córdoba, 2009, p. 9.
(44) GARCÍA FERNÁNDEZ,
M., “Entre cotidianidades: vestidas para trabajar, de visita, para rezar o de
paseo festivo”, en Cuadernos de Historia Moderna, VIII (2009), p. 120.
(45) Ídem.
(46) De la primera se
da cuenta en MALDONADO Y COCAT, R. J., “Genealogías manchegas. II. Familias de Barrionuevo,
Del Castillo, Galiana, Hurtado, Loaisa, Marín, Muñoz Sosa”, en Cuadernos de
Estudios Manchegos,5 (1962), p. 114. No así de María.
(47) Ascendió a
43.173,41 reales. En el momento de otorgar la carta de dote de María, actuó
como testigo don Francisco Galiana Bermúdez, esposo de doña Marina, que, a su
vez, era tutora de los bienes de su hermana en compañía de don Luis Cabeza de
Vaca, tío materno. AHP CR, Protocolos, leg. 41-2, fols. 22r-35r. 29.09.1596.
(48) Véase Gráfico 2.
(49) El resto del
dinero (412.730 mrs.) corresponde a dos partidas de corridos de ese censo:
340.127 hasta finales de mayo de 1593 y otros 72.603 desde junio de 1593 a
febrero de 1596. El acuerdo al que los esposos de ambas hermanas llegaron
también estipuló el pago periódico de los corridos del censo desde 16 de
febrero de 1596 en adelante.
(50) La indicación de
mejoras y conceptos pendientes de cobro por herencia o por cesión es frecuente
en las escrituras de dote. Baste al respecto el ejemplo de María Treviño de
Góngora, en cuya escritura de dote se especificó que, además de lo contenido en
ella, la joven tendría derecho a casi 41.000 reales más procedentes del patrimonio
de sus padres, ya fallecidos, que hasta el momento habían gestionado sus
hermanos. AHP CR, leg.53-1, fols.208r-209r. 13.09.1592.



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