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sábado, 2 de diciembre de 2017

CIUDAD-REAL EN EL SIGLO XVII.- MOVIMIENTO INTELECTUAL.- INSTITUCIONES DOCENTES.- UN DOCUMENTO CURIOSO (II)


 
Vista de Ciudad Real a principios del siglo XX

Juzgada muy diversamente en sus causas y consecuencias, conforme a la variedad de criterios de Escuela, el decreto de expulsión de los Moriscos, dado atrás información casi lujosa por Felipe III, del que decía Riechelieu que era el consejo más osado y bárbaros de cuantos hacía mención la historia de todos los siglos anteriores, en una cosa están contestes cuantos se han ocupado en el estudio de tan ruidoso acontecimiento, y es en señalarle como causa eficiente y principalísima del decaimiento de la agricultura española en el siglo XVII y por ende de muchas y muy productoras industrias, que de los jugos de esta se alimentaban, y que, gracias al instinto cultivador y práctico de dicha raza, habían alcanzado el mayor grado de desarrollo.

Si tal sentir no fuera ajustado a verdad en otras regiones de España, en lo que respecta a la de la Mancha y en especial a su capital de hoy, es de evidencia notoria, pues con saber –y así consta por documentos que obran en su archivo municipal- que no bajaron de 5.000 los Moriscos expulsados de Ciudad-Real en 1613, cuando según el censo hecho a fines del siglo XVI, es decir, veinte y tres años antes, contaba sólo diez mil y pico de habitantes esta población, y que de este número todos los brazos útiles se dedicaban a las faenas agrícolas, confiadas por los naturales a su exclusivo cuidado, basta para cerciorarse, de que aquel Decreto reclamado por altas y poderosas razones de Estado, como lo eran indudablemente la unidad política y religiosa de la Nación, trajo la ruina total de la primera fuente de su riqueza pública y con ella la paralización de todas las fuerzas vivas del país, el estancamiento de la industria, la muerte del comercio y el empobrecimiento general en las artes y en las letras, que con el riesgo de aquellos fecundos manantiales habían logrado prosperidad y robustez envidiables.

Inútiles fueron los esfuerzos de su mermado vecindario por volver a recobrar lo perdido. Sus quejas sentidas llegaron al trono de Felipe III, implorando de la regia munificencia la condonación de los enormes tributos, que pesaban sobre el territorio, la vuelta de su Chancillería, interinamente y como depósito trasladada a Granada, el mercado franco, la prohibición de la entrada por Portugal de los productos elaborados en sus fábricas, y otros tan extremos como indispensables remedios para conjurar la profunda crisis, que la arrastraba al abismo, quejas expuestas en luminoso y detallado informe por el Ayuntamiento de la ciudad, que aunque en alguna parte fueron atendidas, no bastaron las mezquinas concesiones hechas por el monarca y por su sucesor Felipe IV para devolverle el antiguo esplendor, antes siguió empeorando hasta que Dios y el tiempo, al cabo de siglo y medio pusieron de su parte lo preciso para librarla de segura muerte.
 
 
Vista de Ciudad Real desde la torre de la iglesia de Santiago en los primeros años del pasado siglo

Pero si los esfuerzos comunes no dieron los apetecidos resultados, la iniciativa particular de muchos de sus hijos veló solicita por su rehabilitación, proveyendo a Ciudad-Real de su sabias instituciones docentes, que a la vez que hacen alto honor a sus fundadores por el generoso desprendimiento y patriótico desinterés con que las llevaron a cabo, sirvieron de puntal seguro para sostener la cultura intelectual entre los hidalgos y artesanos de la población, y de abundantes semilleros para la instrucción y educación moral del pueblo.

Causa ocasional como todos saben del aumento de despoblación en España el feliz descubrimiento de las Américas, las circunstancias excepcionales de la Mancha, a la época en que la estudiamos llevaron muchas gentes, huérfanas de todo medio de sustentación, en busca de los tesoros escondidos en aquellas vírgenes regiones, logrando los más afortunados cuantísimas riquezas que aplicaron en bien y en aprovechamiento de su país natal, que este y no otro es el origen de todas o casi todas las fundaciones piadosas, casas y obras de beneficencia, memorias, aniversarios, capellanías, cátedras y escuelas, mejoras de templo, regalos de valiosas alhajas, que aún se conservan, con que aparece enriquecida Ciudad-Real en el siglo décimo séptimo según puede comprobar cualquiera por los documentos que obran en los archivos parroquiales.

A la emigración de estas gentes, motivada en unos por apremiante necesidad, por afición aventurera o sed de codicia en otros, puede asegurarse que debió en parte esta población el no haber sucumbido totalmente y como de golpe, víctima de su desesperada situación económica, pues el amor a la cuna de los desfavorecidos por la suerte atrajo considerables riquezas, que empleadas con discreción en obras de interés general, aliviaron no poco las miserias y estrecheces de las clases menesterosas, contribuyendo a su vez, por medio de la creación de ciertos centros de enseñanza a difundir entre ellas los conocimientos indispensables a una buena educación popular.

Fácil, facilísimo me seria, con los datos que tengo recogidos, hacer una extensa y minuciosa relación de todas aquellas manifestaciones, que reflejaron el vivo espíritu benéfico y profundamente religioso de los hijos de este hidalgo suelo durante el expresado siglo, pero ha sido mi único intento el hablar de las instituciones docentes, siquiera de algunas de las principales, erigidas en tan aciagas circunstancias por el amor a la ciencia, y a tan interesante asunto dedicaré el articulo próximo.

Luis Delgado Merchán. “La Mancha Ilustrada” Valdepeñas 22 de febrero de 1893, páginas 2 y 3. Centro de Estudios de Castilla-La Mancha.

 
Vista de Ciudad Real desde la torre de la iglesia de San Pedro en la segunda década del siglo XX

viernes, 1 de diciembre de 2017

CIUDAD-REAL EN EL SIGLO XVII.- MOVIMIENTO INTELECTUAL.- INSTITUCIONES DOCENTES.- UN DOCUMENTO CURIOSO (1)


 
Patio nevado de la calle Estación Vía Crucis en los años cuarenta del pasado siglo XX

Fue en el siglo XVII, como todos saben, siglos de general decadencia para España, que iniciada en los mismos momentos de sus gloriosos apogeos, a los promedios de la dominación austriaca, y agravada por las torpezas y desaciertos políticos de Felipe III y Felipe IV, llegó a su máxima durante el funesto reinado del imbécil Carlos II el Hechizado, época aciaga, en que las viriles energías de aquel pueblo, asombro y admiración un siglo antes de Europa entera y de todo el mundo civilizado, quedaron reducidas a completa inacción y casi total aniquilamiento. Las ciencias y las letras, la política y la administración, el arte y la enseñanza, la industria y el comercio, todo lo que constituye, en una palabra, el verdadero organismo, el nervio y la vitalidad de una Nación culta, todo fue arrollado por aquella ola de sombras y sumergido en postración, a tal extremo profunda, que pareció extinguirse, para no tornar jamás a nueva vida, el genio protector de nuestra pasada grandeza.

Una crítica justa, imparcial y severa ha analizado cien veces y puesto de relieve con lujo de detalles y prolijidad minuciosa las causas determinantes y generadoras de aquel empobrecimiento, de aquella mortal anemia, que aquejó por esos días a España, y no he de reproducirlas ni conduce tampoco al propósito de estas líneas. Impórtame solo consignar el hecho y manifestar que sino por igual, ni a la misma hora –que es lento y prolongado el agonizar de los siglos- ni con idéntica intensidad, en todas partes, sin embargo desde el centro a la circunferencia, desde la capital más populosa a la más ruin y miserable aldea, dejáronse sentir las consecuencias del malestar social, alcanzando en mayores proporciones que a otros por motivos que se indicarán, a la entonces única ciudad del territorio manchego, en que está hoy enclavada nuestra provincia, a Ciudad-Real, destinada más tarde a ser la capital de la comarca.

Sin evocar recuerdos ni añejas historias de otros tiempos, puede condesarse cuanto conviene saber acerca de Ciudad-Real, en lo que atañe a nuestro particular objeto, en cuatro palabras:

 
Uno de los patios de la casa del que fuera cronista de Ciudad Real, Julián Alonso Rodríguez, en la calle Estación Vía Crucis

Desde su nacimiento en regia cuna, preparada con solicito afán y generosa munificencia por Alfonso el Sabio, hasta el último tercio del siglo XV, Ciudad-Real atraviesa dos largas centurias, entregada a la ímproba labor de su establecimiento y constitución definitiva, en lucha permanente y porfiada contra rival tan poderoso como la inelita Orden de Calatrava, muro de hierro alzado sobre las lindes de sus mezquinos aledaños. Atención tan preferente y obligada no le dio lugar ni tiempo para ensanchar los horizontes abiertos por su augusto fundador, y robustecido unas veces, debilitado y enflaquecido otras su poder señorial, conforme al éxito e irremediables azares de la guerra, a estos cambios y vaivenes hubo de sujetarse de manera inflexible el desarrollo de sus elementos de riqueza, de su incipiente industria, agricultura y comercio.

La incorporación del Maestrazgo de los dominios de la corona en tiempo de los Reyes Católicos libro a Ciudad-Real de tan molesto y formidable enemigo, con lo cual moviéndose desde entonces en esfera independiente y propia, dueña y señora de sus destinos, no solo alcanzó aquel primer encumbramiento, a que cien circunstancias felices la elevaran como por encanto, el día después de nacer, sino que llegó al mayor grado de prosperidad posible, a su verdadero siglo de oro, que se prolonga desde la toma de Granada hasta la expulsión de los Moriscos, realizada aquí en 1613.

Los Judíos en el primer periodo y los Moros en el segundo ejercen bien marcado influjo en la marcha ulterior de nuestro pueblo, como la ejercieron en toda la civilización española. Rodeados a su cuna aquellos, tan crecidos en número como en codicia, pues en el repartimiento de Huete, hecho en 1290, figura ya la Judería de Villa-Real pagando por tributación 25,486 maravedises, cantidad mayor de la asignada a muchas capitales de España, sus miras explotadoras y especulaciones indurarías, contenidas y reglamentadas por prudentes medidas del Sabio Rey, contribuyeron no poco a dar estimación a la riqueza pública, no menos que al desenvolvimiento de ciertas artes y oficios, a que dio vida su espíritu mercantil. Con las matanzas promovidas por el furor popular y fanatismo religioso durante el reinado de Enrique el Doliente desaparecieron los Judíos con su sinagoga, quedando solo los conversos que arman escandaloso y sangriento motín en tiempos de Juan II, último recuerdo de la maldecida raza en su paso por Villa-Real.

 
Otro de los patios de la casa de Julián Alonso con el típico pozo

Acción más bienhechora a favor del desarrollo de sus vitalísimos intereses, que eran los de la agricultura, ejercen los Moros desde que desprendidos de la abandonada, por inhabitable, Alarcos y de otras regiones colindantes y aumentados con los Moriscos de las Alpujarras, forman parte crecida y bien granada del vecindario de Ciudad-Real. A cargo de ellos y casi bajo su exclusiva dirección este ramo de riqueza, logró positivos adelantos que se reflejaron a su ven en el incremento y proporciones que a su sombra tomaron las demás artes, la industria de paños, tejidos y guantes, que le dio especial nombradía en los mercados de España, y la elaboración de otras primeras materias, producto abundante de su suelo, con todo lo cual subió también, como no podía menos, el nivel de su cultura intelectual, de que son gallarda muestra las múltiples fundaciones y obras de todas clases, que aún quedan por honrosa memoria del engrandecimiento que alcanzara en todo el trascurso del siglo décimo sexto, con la de otras instituciones que desaparecieron a poco de nacer, iniciándose con su muerte el principio de la decadencia del siglo siguiente.

Luis Delgado Merchán. “La Mancha Ilustrada” Valdepeñas 19 de febrero de 1893, páginas 2 y 3. Centro de Estudios de Castilla-La Mancha.