Revista
Vida Manchega 10 de enero de 1915
Hasta la misma entrada del “portalito”
adelantó Rafaelito, antes de acostarse, los Reyes Magos, jinetes en caballos
galopantes y seguidos de hieráticos camellos. Cada día de Navidad, los había
hecho avanzar por el camino de madera, pino y retorcido, que arrancaba de las
puertas del castillo de cartón, con azoteas soladas de mármol blanco y negro de
envolturas de papel de fumar “Jean”, y rendían viaje galopando entre multitud
de figuritas de barro amontonadas esta noche, en apoteósico fin de Pascuas,
ante el “misterio”, con buey amarillo como el manto de San José y mula de igual
color que el pelo de la Virgen, alumbrando con resplandores de llama de oculta
vela, hueca, de esperma.
Allí se apretaban las parejas de
pastores bailadores en mangas de camisa y con sombrero de paja; el chiquillo
tocador de la zambomba de cañiflote de alambre; la villana de la pandereta; el
ciego del guitarrico; el gañán de los pavos a cuestas; la vieja de los
buñuelos; el molinero de picudo gorro negro y blanco saco al hombro; el
vinatero del tonelillo y del chaleco estrecho; el viejo de la manta remendada y
los jamones en las alforjas; el fraile franciscano; la labradora de las cestas
de fresas y naranjas tocada con la saya; el leñador; el pastelero con la
bandeja de roscos en la cabeza; la aguadora; el carnicero; el pastorcillo del
recental reliado al cuello; el de la sartén de migas; el… ¡Un mundo barroco, de
barro y alambre anacrónico, encantador y pintoresco, ante el pesebre del Niño
Dios ¡Hasta una linda damisela, de porcelana, con falda larga, polisón, abanico
pericón y plumas en la tortada del peinado!
Acostaron a Rafaelito; tempranito e
intranquilo. Apretaba los ojos para dormirse y no los cerraba el sueño. Se
acurrucaba. Sentía frio. Calor, luego. Quedó transpuesto, pero desosegado.
Adormecido, en su disparatada fantasía infantil, adquirían perspectivas y
lejanías deliciosas el Nacimiento de montes de bornizo y bosques de madroña, y
las praderas de musgo arrancado en la umbría de las murallas, y el rio de
hojalata, papel platilla y agua de verdad, con un pescador frente a la
lavandera del hatico en miniatura hecho por mamá, con primor, con recortes de
tela. En lo más alto, el cuadrangular castillo roquero de Melchor, Gaspar y
Baltasar, con ventanas ojivales, balcón renaciente, portada de herradura y
cuatro torres de negros chapiteles piramidales. ¡Era lo más atrayente del
Belén!
La nieve de harina estaba mohosa, pero
aun blanqueaba en los roquedales. La escarcha, de cristal machacado, aun brillaba
en los llanos.

Revista
Vida Manchega. Belén del Monasterio de las Madres Carmelitas 30 de diciembre de
1918
Veía, soñando, el chozo chico y picudo y
la vieja, grande, calentándose en la puerta. Y no digamos el pueblo de casas
blancas tejadas de papel de lija, y el tapón de corcho convertido en manchego
molino de viento, encaramado en el repecho, y la iglesia, en la plaza, con el
cura, a la puerta, en balandrán y los brazos abiertos. En lo hondo se percibía
el altar mayor con una estampa de la Virgen del Carmen, anuncio de Barrenengoa.
La llueca en la cesta de paja; las
ovejas de palo y bayeta y collares rojos; los guarros hechos de bellotas
gordas; las gallinas; los pavos… se desparramaban por siembras de césped y
surcos de cartón ondulado de envolver no sé qué. ¡Aquel maravilloso cielo azul
compuesto por mamá cosiendo estrellas en la colcha azul y, colgando de un
cordón, el angélico desnudo que tocaba la flauta pintada de purpurina, se
balanceaba como si velase y se aquietaba, de espaldas siempre, enseñando el
culito sonrosado!
Todo, todo el Belén iba, venía, se
esfumaba, se hacía luminoso, tornaba a desaparecer, en el sueño del nervioso
Rafaelito.
Se despertó, levantó la cabeza de la
almohada, creyó sentir galope de caballos en los guijos de la calle. Era la
señal. Así le dijeron venían por la puerta de Toledo los Reyes Magos cargados
de juguetes para los niños buenos. Les había escrito pidiéndoles muchas cosas.
Había sido bueno… aquel día ¿Lo sabrían ellos?
Pararon allí mismo, ¿las yuntas que
salían al campo al amanecer o los caballos de los Reyes? El corazón le sonaba
en el pecho con ruido de zambomba. Quiso levantarse y no pudo. Tuvo miedo.
Cuando entraron sus papas en la alcoba,
se sobresaltó mucho ¡Llegaron los Reyes!
Arropado en una manta, mamá lo llevó en
brazos para que viera, tras los cristales de la ventana, un Rey Mago de carne y
hueso ¡de veras! Lo sorprendieron atando
unos paquetes a las cruces de los hierros. Traía capa grana y una corona
brillaba sobre su blanca melena, crespa, como las barbas, muy largas, y el
bigote.
Rafaelito se agarró con fuerza al cuello
de su mamá. Tenía mucho miedo y una alegría muy grande.
-¡Pregúntale quién es! –le dijo su papá.
-Soy el Rey Melchor.
-¿De dónde vienes?
-De Oriente.
No dijo más. Terminó de amarrar los
paquetones y se marchó solemne, silencioso con majestad de criado disfrazado, arrastrando
en la noche su capa grana; brillando a la luna los agudos picos de la corona
sobre aquella melena blanca, crespa, como la barba y el bigote; dejando en
Rafaelito una enorme emoción de dulzura y encanto…

Revista
Vida Manchega. 25 de diciembre de 1919
Tan grandes eran los envoltorios que no cabían
entre los barrotes de las rejas y tuvo Bienvenido, el criado, que salir por
ellos a la calle. En uno ponía: “Para Rafaelito”. En el otro: “Para
Carmencita”.
Rafaelito abrió los dos. Carmencita
dormía en su cuna. Era tan chiquitilla que no la despertó el ruido del caballo
de Melchor.
Una pelota muy grande, con gajos azules,
verdes, rojos, amarillos, para Carmencita ¡Era la pelota casi tan grande como
ella! Y una muñeca rubia, “de china cerraba los ojos y tenía un vestido de seda
rosa lo mismito que el de su hermanita.
Para él, un teatro que se armaba y
desarmaba, con los monigotes vestidos de reyes, de guerreros de enanos, de
duquesas, de príncipes, de doncellas, de gitanos… ¡Cómo lo había pedido! ¡Ah, y
un tímpano con el macito de corcho y las teclas de cristal, limpias, lustrosas!
Fue a golpearlas con el macito… y le
despertó un ruido seco. Eran Tinito y Lilita que irrumpieron en el despacho de
don Rafael.
Don Rafael se rebulló en la butaca y
acercó al radiador las manos frías, flacas, huesudas, viejas, pero
aristocráticas.
-¡Mira, mira abuelito Rafael mira lo que
nos han puesto los Reyes!
Lilita apretaba en su regazo un Pepe que
parecía de carne y lloraba y hacia pipi y todo.
-¡Y vestido de blanco! ¡Lo mismito que
mí vestido bueno! ¿Sabes abuelito?... con lacitos azules.
A Tinito le dejaron un balón pequeño “de
reglamento” y un mecano.
-¿Te gusta abuelito?... ¡Ayúdame a armar
el puente!... No ¡La grúa mejor! ¿Quieres?
-Mañana os aguarda la chacha. Vais a
merendar. Hace mucho frio y debéis volver pronto a vuestra casa con mamá y
papá.
-¿Lloras abuelito?
-¡es el humo del cigarro que se metió en
los ojos!
Suavemente; acariciando a Tinito;
perdiendo sus dedos finos, viejos, señoriales, entre la maraña sedosa de los
cabellos de Lilita, los llevó hasta la puerta. Los besó y cerró.
Lentamente, en el crepúsculo de la tarde
de Reyes, el venerable y arrogante abuelito Rafael, volvió, otra vez a la
butaca. Acercó sus manos al radiador.
-Señor, ¿por qué me habéis
despertado?... ¡caramba, el humo del cigarro se metió de nuevo en los ojos!
Don Rafael, maquinalmente, abrió la
pitillera, tomó un cigarrillo y lo encendió. ¡Era el primero que fumaba aquella
tarde!
En la vacía penumbra del anochecer de la
tarde de Reyes quedó pensativo, dormido… y no volvió a soñar ¡Qué lástima!
Lejos reía Lilita y gritaba Tinito.
1895-1953
Julián
Alonso Rodríguez. Diario Lanza, sábado 3 de enero de 1953

Revista
Vida Manchega. Reparto de juguetes en el
Hospicio Provincial 10 de enero de 1920