Equipo JOC Pilar en 1974 en su debut
en la III Regional
Pedro Pardo
utilizó las herramientas a su disposición para generar un nuevo ambiente de
unión y vivificación de la parroquia del Pilar: creó un coro parroquial de
adolescentes y jóvenes, creó un grupo de teatro afín a la parroquia y fundó un
equipo de fútbol, al principio infantil, luego juvenil y finalmente senior, con
el paso de los años, que estuvo en activo desde 1964 hasta 1983, compitiendo
oficialmente en la provincia desde 1974. Este equipo fue conocido como JOC
Pilar, pues Pedro Pardo era consiliario diocesano de las Juventudes Obreras
Católicas. Era una forma de aprovechar lo que más gustaba a los chicos, el
fútbol, para llevarlos al buen camino del Evangelio, sin obligarles a las
prácticas de la Iglesia, que ellos aceptaron sin más cuando interiorizaron la
experiencia de vida cristiana junto a don Pedro. De esta manera el espíritu del
Concilio Vaticano II se hacía realidad en una humilde barriada de Ciudad Real.
Recuerdan todas
las fuentes como los entrenamientos eran de madrugada, en el campo de fútbol
del Seminario. Pedro Pardo recogía a los chicos con su furgoneta y los
entrenaba cuando apenas había amanecido, con un balón repintado año tras año,
pero con una ilusión que cuajó, con el paso del tiempo, en un equipo
extraordinariamente competitivo que logró el ascenso a II Regional Preferente
hasta en dos ocasiones, de la mano del entrenador Julián Amores, que había
empezado también como juvenil con el equipo creado, entrenado y presidido por
Pedro Pardo. Puestos al habla con los rivales del JOC Pilar, todos coinciden en
su excelente comportamiento dentro y fuera del campo, un equipo caballeroso que
llevaba por bandera las buenas formas, la lucha noble dentro del campo y el
excelente trato del rival. Esos fueron los valores personales y éticos que inculcó
Pedro Pardo a lo largo de estos 19 años intensos de dedicación a un proyecto
deportivo que atrajo a todo el barrio, no solo a familiares y amistades de los
jugadores. La JOC Pilar tuvo la fuerza de aunar a las gentes de un barrio gris
y pobre que empezaba a contar para el resto de Ciudad Real, que empezaba a
salir de su atraso pertinaz y que, sobre todo, se aunaba en torno a su párroco
y a su iglesia con un cariño difícil de definir y de superar. Este milagro hizo
posible, por ejemplo, la construcción de un nuevo templo de Nuestra Señora del
Pilar entre 1973 y 1975, que incluía locales parroquiales y la modernización de
todas sus infraestructuras en torno a un patio porticado, donde, actualmente,
luce un busto de homenaje sentido a la figura de Pedro Pardo.
Cuarteto Vocal Sacerdotal
Eran aquellos
los años de la transición democrática. Años de incertidumbre a nivel económico
y social. Años herederos de la crisis económica del petróleo en 1973, cuyos
efectos en España fueron el paro lacerante y la inflación. El papel de Cáritas
diocesana, cuyo delegado fue Pedro Pardo entre 1960 y 1979, era fundamental
para llevar ayuda y recursos a localidades y grupos sociales que sufrían
especialmente la recesión. La furgoneta DKW de Pedro Pardo se hizo famosa en
toda la provincia por su llegada sin demora a los rincones donde más se
necesitaba la justicia social y la ayuda desinteresada, cargada de alimentos,
ropa, enseres y todo lo necesario. Los propios chicos del coro, del grupo de
teatro o del equipo de fútbol ayudaban a don Pedro en esta tarea de
redistribución incansable durante tantos años y que quedó marcada en la
historia diocesana de Cáritas.
Y en el fondo
la música, siempre la música, como prolongación vital de las profundas
convicciones evangélicas de don Pedro Pardo. Desde 1967 hasta 1972 Pedro Pardo
dirigió un grupo de gran atractivo musical, el Cuarteto Vocal
Sacerdotal, cuyo repertorio era el canto polifónico clásico del siglo XVI y
el canto ceciliano del siglo XX (estilo compositivo que
reivindicaba precisamente la polifonía clásica a 4 voces mixtas y a capella,
sin acompañamiento instrumental). El cuarteto estuvo formado por el propio
Pedro Pardo, director y tenor primero, Juan Miguel Villar Pérez, tenor segundo,
Jesús Abad, barítono, y Antonio Lizcano, bajo de excelentes cualidades, chantre
de la catedral desde 1966. Eran sacerdotes con apenas treinta y tres años
cumplidos y su éxito en los numerosos conciertos que dieron a lo largo de la
provincia fue incontestable. Especialmente relevantes los conciertos que se
celebraron anualmente en la Casa de la Cultura de Ciudad Real, organizados por
su histórica directora Isabel Varela.
La tercera
época que vivió en su vida Pedro Pardo García fue la que podemos denominar años
de seculariación de la sociedad española, generada a partir de la libertad
religiosa que legisla la Constitución de 1978. La norma terminaba
definitivamente con el estado confesional creado en el Concordato de
1953 y establecía una libertad que se tradujo en un movimiento social
pendular desde una práctica religiosa intensa hacia una práctica reducida por
parte de la población. Este es uno de los rasgos básicos de la sociedad
española durante los años ochenta y noventa del siglo XX, las dos últimas de
vida de Pedro Pardo. También la ciudad, Ciudad Real, cambió de forma vertiginosa
durante este periodo: creación del campus de Ciudad Real dentro de la UCLM en
1985, llegada del AVE a Ciudad Real el 14 de abril de 1992, vital para la nueva
conexión laboral y poblacional con Madrid, y especulación en torno a grandes
proyectos, unos llevados a término, como el Hospital General Universitario, y
otros frustrados como el aeropuerto de la ciudad o el complejo recreativo El
Reino de don Quijote.
Pedro Pardo contempla la nueva
parroquia de Nuestra Señora del Pilar
La moderna
sociedad secularizada y cada vez más mediatizada por las nuevas tecnologías, a nivel
local y escolar, fue otro de los grandes retos de Pedro Pardo, vinculado
durante estos años a la docencia de Religión en Secundaria, en concreto en el
IES Maestre de Calatrava, más conocido como el Politécnico, durante el periodo
1979-2000. En este contexto Pedro Pardo tuvo que asumir la nueva legislación
educativa, especialmente la LOGSE de 1990, que ponía a la asignatura de
Religión en grave riesgo al equipararla a una clase de alternativa a la
Religión sin apenas definir y garantista con el alumnado, pues no aportaba
calificación. El gran mérito de Pedro Pardo fue la valoración de la materia muy
por encima de la media en su instituto, con alto grado de matrícula y, sobre
todo, con alta estima por parte del alumnado, que, confesaba, en general, que la
clase de Religión era su preferida. No sabemos qué influyó más, si la vocación
docente del sacerdote, puesta de manifiesto en su propia parroquia, o su
ejecución humanista y directa de los valores evangélicos, pero lo cierto es que
la respuesta de los estudiantes no deja lugar a dudas. Uno de los documentos
más impresionantes que podremos manejar sobre la vida de don Pedro es un
cuidado cuaderno azul lleno de testimonios de los que fueran sus alumnos con
motivo de su fallecimiento, en forma de homenaje póstumo. Su lectura evoca
sinceridad y dolor por una pérdida extraordinariamente sentida y el
agradecimiento por una enseñanza vital que ayudó a madurar a muchos de sus
discípulos.
Pedro Pardo el día de su toma de posesión de la Parroquia
del Pilar en diciembre de 1963 junto al obispo Juan Hervás Benet
Se cumplen 20 años del
fallecimiento del querido y añorado sacerdote Pedro Pardo García
El 4 de octubre de 2001, hace veinte años,
fallecía en Madrid el reverendo Pedro Pardo García a la edad de 66 años,
después de complicarse de forma irreversible una operación en que le fue
amputado un dedo del pie derecho. Pedro Pardo venía sufriendo durante años
dolencias de estómago y su deterioro era evidente en los meses anteriores. Sin
embargo, nadie esperaba el fatal desenlace de aquella madrugada, que sorprendió
a todos sus amigos, que eran muchos, a lo largo de la mañana y que llenó de
lágrimas a los vecinos de la barriada del Pilar, donde fue párroco durante 27
años, de Poblete, de donde era párroco desde 1990, de Aldea del Rey, su
localidad natal, y de todo Ciudad Real. Quedaron especialmente impactados “sus
chicos”, como él les llamaba, un puñado de hombres y mujeres de la barriada del
Pilar o afines a ella, nacidos todos entre 1948 y 1950, que habían vivido su
adolescencia y juventud al lado de este sacerdote, al que consideraban su
segundo padre, el hombre que enderezó sus vidas y les dio un camino de vida y
servicio para transitar. Ellos son los que hoy en día forman la Asociación
Amigos de Pedro Pardo, una agrupación muy activa al servicio de su memoria
y que honra todos los valores del querido sacerdote: la entrega, la ayuda a los
demás, la compañía incesante y una implicación activa desde el punto de vista
social en auxilio de los más necesitados en coherencia vital con los valores
del Evangelio.
Pedro Pardo García nació en 1935 en Aldea
del Rey en el seno de una familia pobre y humilde compuesta por su padre, Pedro
Antonio, hortelano, su madre, Isabel, sastra, y sus dos hermanas, que nacerían
en los años siguientes, Teresa y Ramona. Los años de guerra (1936-1939) fueron
una dura prueba para esta familia, obligada a vivir de alquiler y a trabajar
para sus convecinos más favorecidos para poder sobrevivir. A los cinco años,
una tarde de intensa lluvia, Pedrito, como le llamaban todos, se
encontró con el cura del pueblo, don Juan Manuel, que le invitó a que le
ayudara en la iglesia y con gran contento empezó su colaboración, que no cesó
hasta el día de su muerte. Pedrito era un chico extrovertido,
alegre, teatral, que tomó como un auténtico oficio las tareas en la parroquia
del pueblo, que desarrolló con total prioridad y responsabilidad.
Pedro Pardo, con sotana, bonete y fajín
blanco de Latín y Humanidades con 13 años de edad
Animado por el párroco Pablo Martín y por
el maestro de Aldea del Rey, Upiano Trujillo, Pedro Pardo marchó del pueblo
hacia la capital provincial, Ciudad Real, con doce años de edad, para entrar en
el Seminario menor en 1948. Durante los dos primeros años, correspondientes a
los estudios de Latín, dentro del Plan Especial de los Seminarios
Españoles, estuvo en el antiguo Instituto Popular de la Concepción de la
calle de la Mata, habilitado para acoger a los muchos alumnos que se
registraban en 1º y 2º de los estudios del Seminario en aquellas fechas.
Posteriormente pasó al antiguo Seminario diocesano, ubicado en la calle Alarcos
y hoy desaparecido. Allí completó los diez años restantes de su formación como
futuro sacerdote, tres años más de Latín, tres años de Filosofía y cuatro años
de Teología, dentro de un régimen estricto de internado acorde con los tiempos
que se vivían, considerados históricamente como los años del
nacionalcatolicismo, que se consumaron tras la victoria de Franco en la Guerra
Civil.
En realidad, la vida de Pedro Pardo tuvo
que amoldarse a tres épocas históricas muy diferentes de la historia de España
y de la historia local: el nacionalcatolicismo referido, la época de apertura
eclesiástica sin precedentes que supuso el Concilio Vaticano II y los años que
siguieron, y la etapa de España en democracia (1975-2001), que fue una fase de
fuerte secularización de la sociedad española.
La primera etapa, coincidente con su
formación en el Seminario, le condujo a una consolidación de sus talentos como
buen estudiante y buen músico, pues la música, de la mano de maestros
consagrados como Agustín Sánchez de la Nieta, Pedro Rebassa Bisquerra o Salomón
Buitrago Gamero, profesores del Seminario, se convirtió en su pasión y en la
vía para trasladar a los demás su profundo espíritu evangélico. El 19 de junio
de 1960, junto a once compañeros de promoción, Pedro Pardo recibía las órdenes
del presbiteriano en la parroquia del Cristo de Miguelturra y el día 28 de
junio oficiaba su primera misa (cantar misa, es la expresión) en la
iglesia de San Jorge Mártir de Aldea del Rey, donde acudieron todos los
aldeanos, incluso los segadores, que pararon ese día para asistir al canto de
misa de Pedrito.
El 19 de junio de 1960 fue ordenado
sacerdote Pedro Pardo en la iglesia del Cristo de Miguelturra por el obispo
Juan Hervás Benet
El obispo de la Diócesis Priorato de las
Órdenes Militares en Ciudad Real, Juan Hervás Benet, tuvo a bien encomendar
como primer destino de Pedro Pardo el Camirro (Capilla misionera rodante), una
caravana tirada por un Land Rover que recorría las fincas y pueblos más
alejados de la provincia de Ciudad Real con el objetivo de evangelizar a las
gentes que no disponían de un sacerdote ni una parroquia cercana, una tarea
intensamente misionera y difícil, pues en no pocas ocasiones podían encontrase,
los dos sacerdotes que la llevaban a cabo, con hostilidades consecuentes de la
pasada Guerra Civil. Sin embargo, todo lo que Pardo refirió de esta fase,
cuando solo contaba veinticinco años de edad, se resume en el cariño de las
gentes de la Mancha y en una experiencia muy gratificante que duró
aproximadamente dos años y medio. De alguna manera, la teoría del Seminario se
convertía en vida y experiencia directa que influyó decisivamente en su
apostolado posterior, muy entregada a las necesidades sociales.
En diciembre de 1963 Pedro Pardo fue
nombrado párroco de una parroquia muy pobre de la zona fuera de rondas de
Ciudad Real, una barriada creada en 1946 dentro de la política de casas baratas
del primer franquismo para localizar y controlar a la población conflictiva,
alejada de la zona centro. Era la barriada del Pilar y su parroquia, consagrada
en 1960 con el nombre de Parroquia de Nuestra Señora del Pilar, cuya
infraestructura amenazaba ruina inminente. El segundo destino de Pardo no era,
pues, mejor que el primero. El propio sacerdote confesó en una entrevista
a Lanza que en los primeros meses no se atrevía a salir de
casa pues en el barrio había un fuerte sentimiento anticlerical y sufría
continuamente el trato despectivo de algunos vecinos que se cruzaban de acera
cuando le veían o incluso escupían en el suelo con gesto de evidente rechazo. El
barrio estaba sucio, no disponía de canalización de agua y el desafecto se
podía cortar en el aire. Sin embargo, fue precisamente esto lo que motivó y
justificó toda su intensa labor posterior de evangelización, que duró 27 años,
hasta 1990, y cuya consecuencia fue la completa transformación de la barriada,
sobre todo cuando don Pedro descubrió el corazón tan grande de cada uno de sus
habitantes y empezó a trabajar con la juventud del barrio, motor del cambio en
muy poco tiempo.
El pasado 18 de octubre se presentó en el
Museo de la Merced, en Ciudad Real, el libro El valor de la bondad.
Época, vida y obras de Pedro Pardo García, sacerdote y músico (1935-2001). Se
trata de una obra de Vicente Castellanos, editada por el Instituto de Estudios
Manchegos (IEM) y la Asociación de Amigos de Pedro Pardo (ASAPP).
El acto, presentado por Ana Mª Fernández Rivero, secretaria general del
Instituto de Estudios Manchegos, contó con las intervenciones de Fernando
García-Cano Lizcano, autor del prólogo, así como del autor del libro, Vicente
Castellanos Gómez, que interpretó melodías originales del sacerdote Pedro
Pardo.
La vida y obras de Pedro Pardo García
(1935-2001), sacerdote de Ciudad Real nacido en Aldea del Rey, son un ejemplo
de autoridad cristiana y de moral coherente con los principios del Evangelio de
Jesús de Nazaret. Trabajó durante gran parte de su vida entregando su persona,
su valía y su tiempo a las familias más pobres de la ciudad en la barriada
periférica del Pilar, a la que levantó de la postración. Dio sentido humano,
social y también transcendente a muchos jóvenes ciudadrealeños nacidos en la
posguerra española, y llenó sus vidas de ilusión y esperanza. Utilizó el
deporte como instrumento para moldear hombres y mujeres maduros en su
compromiso social y religioso. Y vinculó su gran pasión por la música con su
admirable tarea pastoral durante toda su vida, especialmente durante diecinueve
años en que dirigió la Coral Polifónica de Ciudad Real. Sus obras musicales, de
considerable calidad -catalogadas y consignadas en este libro, con las
partituras originales digitalizadas- forman parte de la historia musical de la
catedral y de la diócesis de Ciudad Real.
El presente estudio biográfico, por otra
parte, adquiere significación en el contexto histórico, social y eclesiástico
en que se desenvuelve. La historia contemporánea de España es el lienzo donde
se entienden y se valoran las pinceladas de vida y obras de don Pedro, como era
conocido por todos. De ahí el enfoque histórico de esta obra, que analiza
diferentes tiempos a los que responde de manera ejemplar la personalidad del reverendo
Pardo García. Apartado de ideologías e intereses puntuales, don Pedro supo
vivir con absoluta gratuidad los valores de entrega propios de una fe profunda
a través de un reconocible amor por la vida y por sus semejantes. Por ello,
desde su fallecimiento en 2001, Pedro Pardo se ha convertido en uno de los
personajes más recordados y admirados de la reciente historia de La Mancha.
Este libro contribuye con una investigación documental y testimonial rigurosa
al reconocimiento público e histórico de su persona.
La «Escuela de Don Ángel» era una
institución en el Ciudad Real de la primera mitad de nuestro siglo. Por allí
desfilaron, en el trasiego continuo de los años, centenares y centenares, miles
mejor, de niños pertenecientes a todas las clases sociales: era un «Colegio de
pago», pero con cuota tan módica que cabían todos, los hijos de las familias
más distinguidas y los otros, los de los menestrales, artesanos y obreros. La
escuela de don Ángel estaba m uy bien organizada, cíclica dentro de lo posible,
con sus clases para los pequeños, los párvulos a quienes enseñaba las primeras
letras la esposa de don Ángel, doña Carolina, también Maestra titulada,
auxiliada por alguna de sus hermanas, y luego, ya mayorcitos, pasaban al aula
grande, donde el Maestro ejemplar, en una labor titánica de esfuerzos y de
horas, iba transformando, puliendo y desarrollando aquellas inteligencias
infantiles: a la manera del escultor, cuya gubia o cincel hacen maravillas de
arte en la madera o en el mármol, así don Ángel Rojas recibía el tosco material
humano, y con paciencia y tesón lo llenaba de espiritualidad, de conocimientos
elementales y hasta de ciencia pura y suficiente para que aquellas promesas de
hombres lo fuesen más adelante en la realidad de la vida.
— ¡Yo fu i alum no de don Ángel! —
proclamarían luego, como blasón de educación perfecta, con orgullo santo y
legítimo, los muchos que saben agradecer y valorar la elevada misión del
Maestro, como en estas mismas páginas lo ha hecho recientemente su asiduo
colaborador Julián Márquez, en un artículo emotivo y cordial.
Nosotros también fuimos discípulos do don
Ángel Rojas. No en la enseñanza primaria, ciertamente. Fue después, cuando
hicimos las prácticas pedagógicas necesarias para nuestros estudios de
Magisterio que completarían los de Facultad. Y a la hora de elegir Maestro y
Escuela, no lo dudamos un instante. Allí, al lado de don Ángel, aprendimos en
el libro vivo de su conducta, de sus maneras, de su agrado, de su paciencia, de
su arte para hacer fácil lo arduo y agradable lo ingrato, con simpatía, con
llaneza, con la anécdota siempre oportuna a flor de labios, con la magnífica
lección de su ejemplo vital y constante. Y fue durante aquellas prácticas
inolvidables, aprovechando minutos de recreo y descanso, o prolongando
agradablemente la jornada, cuando don Ángel nos contaba cosas de su vida, que a
nosotros nos sirvieron unas veces de recuerdo, otras de estímulo, siempre de
vivencia aleccionadora y ejemplar.
Boletín
de Información Municipal Nº 33, agosto de 1970
Nació el día 1º de marzo de 1877, día del
Ángel de la Guarda, fecha que justificaba su nombre. Hijo de una familia
modestísima, no sentía rubor al confesarnos el oficio de su padre, un zapatero
remendón, tan humilde como trabajador y honrado, que sacaba adelante a la
familia con mil apuros y sacrificios. Aquel chicuelo no se conformaría luego
con las primeras letras solamente, pues fue acólito en la Catedral y cantor o
seise en la Capilla, donde aprendió música y completó su elemental instrucción.
Bajo la sombra y protección del tío carnal
don Amalio Moreno, otro gran maestro de prestigio en la Ciudad Real de fines
del XIX , don Ángel Rojas ingresó y estudió en la Normal del Magisterio. El
niño se transformó en hombre y el timbre atiplado del seise se hizo voz recia
en el aprendiz de baríto no. Ya era «Maestro Elemental». Y «Maestro Superior»
seguidamente. En aquella escalada profesional fueron condiscípulos suyos don
Rafael García Roldán y el inolvidable don Gaspar A. Sánchez Pérez, más adelante
Inspector-Jefe de 1.a Enseñanza y alcalde de Ciudad Real, inicuamente
sacrificado en el trágico verano del 36.
¿Recuerda el lector aquello del hambre y
el Maestro de Escuela? Por muy bajos que estuviesen los precios en los años
finiseculares, ¿cómo se podría vivir con un sueldo inferior a las 1.000 pesetas
al año, mejor dicho, con una cantidad que apenas llegaba a los 3.000 reales?
Pues ese milagro lo realizó don Ángel Rojas en sus andanzas como Maestro
interino de Poblete, de Hinojosas, de Aldea del Rey... dejando huellas de su
actuación que han pervivido durante años.
Hasta que decidió establecerse aquí, en su
Ciudad Real, creando un colegio privado, con la denominación oficial del «Santo
Ángel». Cuando hay preparación científica, vocación firme y constancia en el
trabajo, llega el triunfo como inmediata consecuencia: el colegio aumentó su
matrícula año tras año y, aunque la jornada resultase agotadora, se ampliaba luego
con clases nocturnas para adultos y, en colaboración con otros profesores,
preparación de oposiciones al Magisterio.
El también las hizo al Cuerpo de Maestros
ce Prisiones, porque un sueldo fijo y estatal preserva siempre de posibles
avatares y contingencias, y las ganó brillantemente. Don Ángel Rojas fue
«Maestro de la Cárcel» hasta su jubilación y aquí su alumnado de la población
penal sí que era de la más heterogénea catadura: los tuvo «buenos», aunque
delincuentes; pero también enseñó a leer al «Borgueta», que le salió discípulo
aprovechado, pues una de sus primeras prácticas de escritura consistió en m
andar una nota a su compañero de fechorías y bandidaje, el «Cañamón»,
proponiéndole la fuga. Ambos, «Cañamón» y «Borgueta», serían juzgados y
ejecutados allá por el año 1912.
Vista de
la calle General Rey
Esta y otras muchas anécdotas nos contaba
don Ángel Rojas al concluir las clases de Prácticas. Conversador amenísimo,
cultivador de amistades sin fin , era, sin pretenderlo, el centro de la
tertulia íntima. ¡Qué bien se pasaba escuchando a don Ángel! No con el chiste
procaz o la frase chocarrera, sino con el «sucedido» oportuno, el cuentecillo
bien traído, la ocurrencia narrada con salero, la broma ingeniosa, todo ello
fruto espontáneo de una cultura refinada y una vida intensa. En la partidilla
de tute a domicilio , en la caza dominguera a la Atalaya en burro , o al Batán
en la tartana de alguno de aquellos modestos aficionados a la cinegética, —
¡qué tiempos aquéllos, tan distintos y apenas ha transcurrido medio siglo!— don
Ángel Rojas disfrutaba de la merecida y necesaria expansión y recuperaba
energías para la dura y diaria tarea de su Escuela.
Hasta que un día, ya mayores sus hijos y
situados en la posición privilegiada a que les daban derecho su preparación,
estudios, trabajos y sacrificios, obligaron a los padres a dejar la Escuela
¡Con qué esfuerzo salieron don Ángel Rojas y doña Carolina Dorado de aquella
casa de la calle del General Rey! Allí dejaban media vida porque allí sí habían
formado hombres de provecho en las más diversas actividades y allí se forjaron
inteligencia y fraguaron su personalidad quienes entraron siendo criaturas.
Allí se recordaba todos los años, en la grata fiesta del 1º de marzo, día del
Santo Ángel de la Guarda y onomástica del fundador, a los compañeros que
fueron, mezclándose a veces padres hijos, alumnos pretéritos y actuales, unidos
todo al lado del Maestro. Se pasaba lista y, desgraciadamente, siempre faltaban
algunos...
Don Ángel Rojas, ciudadano de pro, nunca negó
su concurso para beneficiar a Ciudad Real. Concejal en el Ayuntamiento bajo la
presidencia de don Francisco Herencia Mohíno, contribuyó a las mejoras entonces
implantadas y puso su impronta cultural en los más diversos cometidos. Por su iniciativa
y presidiendo una comisión como miembro además de la Hermandad de la Virgen del
Prado, se consiguió que la procesión de la Patrona saliese del angosto recinto
de su Paseo y recorriese por vez primera las calles de la ciudad. Entusiasta de
la Semana Santa, fue el brazo derecho de don Federico Fernández, impulsor de la
numerosa cofradía del Cristo del Perdón, y luego Hermano Mayor o Presidente de
la misma desde el año 1921 hasta el destrozo de la guerra civil. Y organizar el
brillantísimo desfile de aquella popular Hermandad, con sus centenares de
túnicas moradas y blancas, uniformes, estandartes, gallardetes, emblemas y a
tributos, era empresa en la que se implicaba la familia en pleno de los Rojas,
trabajando incansables meses antes y semanas después de cada procesión anual.
En 1946 ¡ay! don Ángel se quedó ciego. Aún
no había cumplido los setenta años; y aún le quedaban casi catorce de vida. Una
vida resignada y pacífica, serena y tranquila, llevada hasta su final con una
conformidad y una paciencia singulares. Todavía guardaba su mejor anecdotario
para el visitante, antiguo alumno o amigo leal. Un pitillo — ¡aquellos
estupendos cigarrillos que le liaba su abnegada compañera, la inolvidable doña
Carolina! — encendido con mano temblorosa y surgía la conversación siempre
amena, plagada de recuerdos y añoranzas. Narrar el pasado es volver a vivirlo.
Fue por entonces cuando el que esto
escribe, designado inmerecidamente para pronunciar el Pregón de la Semana Santa
ciudarrealeña, se presentó en casa de don Ángel Rojas unas horas antes del
acto. Había que leerle aquellas cuartillas. Sin su corrección y aprobación no
existía posibilidad de «pregonar» nuestra Semana Santa. Y don Ángel tuvo la
paciencia de escuchar, de interrumpir un par de veces, de enmendar y corregir
levemente y dar su visto bueno final. Era la última lección que de él
recibíamos.
Ciudad Real quiso pagarle, tal vez,
dedicándole una calle de las afluentes a la de la Mata, en el barrio de San
Pedro, por donde se desarrolló la vida entera de don Ángel Rojas Moreno. Sin
ruido, un día apareció su nombre; y en igual forma, otro día cualquiera lo
quitaron. No recordamos quién propuso lo primero ni quién decidió lo segundo.
Es igual. A esto de los nombres de las calles no hay que darle demasiada
importancia.
Y sin ruido también desapareció de este
mundo terrenal. Concluía una vida sencilla, normal, sin sensacionalismo ni
angustias desorbitadas, la vida de un hombre modesto desarrollada en un
ambiente de igual modestia. La vida de quien, casi de la nada, supo encumbrarse
y encumbrar a los suyos: hijos y discípulos. Sí, discípulos, porque para el
buen Maestro son hijos también.
Francisco
Pérez Fernández, Boletín de Información Municipal Nº 33, agosto de 1970
El pasado jueves 13 de octubre, la
Facultad de Educación de la Universidad de Castilla-La Mancha (UCLM) en Ciudad
Real acogió la presentación del libro “Las Escuelas Normales de Maestros y
Maestras de Ciudad Real, 1842-1936”, escrito por Miguel Lacruz y editado por la
Biblioteca de Autores Manchegos, de la Diputación Provincial.
Varios años de investigación han dado como
resultado este libro que es un exhaustivo estudio que pretende sacar del
anonimato a más de cuatrocientos profesores y profesoras que durante casi un
siglo, entre 1842 y 1936, ejercieron su enseñanza en las Escuelas Normales de
Maestros y Maestras de Ciudad Real, dando a conocer tanto su biografía como la
docencia impartida, los horarios lectivos, la formación, las publicaciones, la
implicación en la sociedad del momento y las diferentes actividades que llevaron
a cabo, para ejercer su profesión con eficacia y dignidad, consiguiendo con
ello dejar su huella en los alumnos que les escuchaban en las aulas,
aportándoles anhelos de aprender, de saber, de crecer, de trascender, de vivir
con dignidad y ser buenos maestros y ciudadanos.
Miguel Lacruz durante la
presentación de su libro / Patricia Galiana
A lo largo de seis capítulos, enmarcados
cada uno de ellos en momentos históricos y educativos de gran trascendencia
para la historia de la Educación en España, se describen los referentes
legislativos, sus planes de estudio, las materias y sus horarios, además de
conocer las distintas instalaciones que acogieron a estos centros, los recursos
materiales y los presupuestos con que contaron para cumplir sus objetivos
pedagógicos.
Conocer el transcurrir cotidiano de estos
centros docentes nos ayudará a comprender mejor la historia educativa de
nuestra provincia, al mismo tiempo que acompañamos en su quehacer cotidiano al
profesorado, alumnado y maestros y maestras que pusieron los cimientos e
iniciaron la dignificación de una profesión, calificada por algunos como “la
mejor del mundo”, pues todos los que un día asistieron a una escuela conocieron
en ella a un maestro o maestra que supo transmitirles la importancia del saber,
el valor de aprender, el fruto del estudio, el respeto a los demás y los
valores que como ciudadanos debían practicar.
La Ilustre Hermandad de la Virgen del
Prado, realizó el pasado sábado 22 de octubre una campaña de recogida de
alimentos en los supermercados que la Cadena Mercadona tiene en nuestra ciudad,
en la Calle Rafael Torrija, Olivo, Paloma y Plaza de las Terreras, en favor de
los más necesitados de Ciudad Real, y destinada a las Hermana de la Cruz.
Para su realización, a parte de los
miembros de la Junta de Gobierno de la Patrona de Ciudad Real, se ha contado
con la colaboración de varios hermanos y de la Asociación de Damas y Dulcineas
de Ciudad Real, que estuvieron recogiendo en los diferentes mercadonas de la
ciudad, desde las 9 de la mañana, hasta las 9:30 de la noche.
En total se han recogido 10.000 kilos de
alimentos y artículos de limpieza e higiene, y 376,76 Euros, que han sido
entregados a las Hermanas de la Cruz, para que continúen con su gran labor en
favor de los más necesitados de nuestra sociedad, las cuales comentaban que "Jamás
habíamos recibido una donación de tal magnitud", por parte de una
hermandad en Ciudad Real.
Desde la Junta de Gobierno de la Ilustre
Hermandad, quieren agradecer a Mercadona, que una vez más prestara sus
instalaciones para realizar esta campaña; a los voluntarios y a la Asociación
de Damas y Dulcineas de Ciudad Real, el tiempo dedicado en la recogida durante toda
la jornada del sábado; y a las personas que colaboraron con su donativo en
especies o económico, su gesto de solidaridad con los más necesitados de Ciudad
Real. A todos ¡GRACIAS!
Ceferino Saúco Díez (1851-1915) no fue un
hombre cualquiera en su época, sino un intelectual que marcó la cultura
finisecular y de los primeros años del XX en la ciudad que lo vio nacer, Ciudad
Real. Su vasto legado como farmacéutico, político, periodista, escritor y actor
aficionado estuvo significado por su carácter solidario y filántropo con las
clases más desfavorecidas, a pesar de haber alcanzado puestos de gran
relevancia a nivel nacional y provincial (fue diputado del Partido Liberal por
Alcázar de San Juan -1881- y Ciudad Real -1884-), según destaca el principal
biógrafo de su figura, su bisnieto Arturo Saúco Jiménez.
Fue profeta en su tierra, recibió diversos
reconocimientos como hijo adoptivo (1911) y predilecto (1914) de Ciudad Real
por su labor como alcalde de la capital (1909-1912), aunque durante casi un
siglo desde que muriera fue un personaje desconocido para la memoria local.
Hasta que en 2012 tres de sus biznietos, Arturo Saúco Jiménez, Jorge Jesús
Saúco Ruiz y Francisca Palacios Ruiz, escribieron un libro (‘Ceferino Saúco
Díez 1851-1915’) sobre su polifacético antepasado, editado por Almud Ediciones
y el Centro de Estudios de Castilla-La Mancha, que repasaba la trayectoria
vital y profesional de aquel ilustre ciudarrealeño. Ahora, una década después,
Saúco Jiménez ha hilvanado otra publicación de edición propia, donde refleja la
pertenencia de su ascendiente por tres reales academias (Farmacia, Bellas Artes
de San Fernando e Historia) y por la Orden de la Beneficencia, entre otras
instituciones.
Pero más allá de la recopilación de
documentos y títulos, el también profesor de Administración y Dirección de
Empresas jubilado cree necesario destacar la impronta que su bisabuelo dejó
como regidor en la capital ciudarrealeña, donde vio la luz y murió en la casa
familiar del número 6 de la calle La Mata.
Quien fuera fundador y director del
periódico decano de la prensa manchega El Labriego (1877-
1920) y gobernador civil en las provincias de Tarragona, Gerona, Zamora y
Santander, promovió en tres años de primer edil importantes proyectos, en su
afán “de traer a Ciudad Real la vanguardia del progreso que vio fuera”. No sólo
fueron obras, sino también visitas de personalidades como los escritores
Jacinto Benavente y Valle Inclán (colaboraba en su diario), el general
Aguilera, o el influyente ministro Rafael Gasset.
“Lástima”, lamenta el biógrafo, que la
etapa más activa de Ceferino coincidiera con “una de las épocas más convulsas
de la historia de España”, marcada por ‘el desastre del 98’. “La guerra de
Cuba, agravada con la intervención de Estados Unidos, la insurrección de
Filipinas, o el fin de la Regencia de María Cristina ante la mayoría de edad de
Alfonso XIII, fueron hechos que influyeron en la política española a todos los
niveles”, sostiene.
Saúco Jiménez hace estas y otras
consideraciones en el recorrido que junto al diario Lanza ha
realizado in situ en los principales proyectos impulsados por su bisabuelo
Ceferino, como la Escuela de Artes, el nuevo mercado,
la remodelación del Paseo del Prado y la Plaza Mayor, o la renovación
del acerado y el alumbrado.
En parte para reivindicar una vieja
petición de la familia para que el nombre de Ceferino Saúco Díez nomine una de
las vías de la ciudad “por la que tanto hizo”. De hecho, no sólo su legado ha
marcado la fisonomía de la capital, sino que sus restos, ubicados en el
Cementerio municipal, conforman “un patrimonio de la memoria colectiva de la
historia ciudarrealeña”. “Creemos, reitera Saúco Jiménez, que Ceferino se merece
un poco más de recuerdo del que ha tenido en la capital”, y que “volviera a
tener una calle (la de La Mata llevó su nombre)”. “No pedimos al Ayuntamiento
que sea un espacio principal, sino un lugar que lo evoque”.
Las placas de Ceferino Sáuco y
Carolina Ardile, su mujer / Carlos Díaz
1.- Cementerio
La visita se inicia en el camposanto
ciudarrealeño, donde Ceferino Saúco Díez yace en un nicho, junto a su esposa,
Carolina Ardila Sande, y tres de sus hijos, Araceli, Adelina y Alfredo.
En el recuerdo de dos piezas de mármol,
delante de las que Arturo Saúco Jiménez deposita un ramo de clavelinas
y un gladiolo, están inscritos los nombres del matrimonio con
tratamiento honorífico. Él, como ilustrísimo señor y la fecha de su muerte, el
1 de noviembre de 1915, y la viuda, con el registro de su deceso, el 16
de enero de 1928. Hasta esa fecha, los restos del alcalde estaban depositados
en una tumba, pero ese año fueron trasladados a la fosa de pared al fallecer su
mujer. También es el lugar donde se reunieron los restos mortales de sus tres
vástagos desaparecidos prematuramente. Sobrevivieron Carolina y Arturo, quien
es abuelo de Saúco Jiménez y padre de Arturo Saúco Escobar.
En este punto, el bisnieto vuelve a la
reivindicación de dar luz al nombre de su antepasado reiterando su llamada al
Ayuntamiento. “Aquí reposan las cenizas de un hombre que fue ilustre y
consideramos que forma parte del patrimonio cultural y social capitalino, al
que se podía dar más proyección con la recuperación de su memoria, sobre todo
tras la publicación de dos libros sobre su figura”, comenta el exdocente
delante de las placas funerarias, donde también hay dos fotos de su padre y
abuelo, junto a una figura en miniatura de un Jesús Cautivo.
2.- Escuela de Arte
La Escuela de Artes y Oficios de Ciudad
Real es otro de los emblemas que dejó Ceferino Saúco. Proyectada en 1911 junto
al ministro de Fomento Rafael Gasset para impartir enseñanzas a los obreros, se
instaló en el número 3 de la calle la Mata. Tras 111 años de vida, la actual
Escuela de Arte ‘Pedro Almodóvar’, ubicada en la Plaza de la Provincia desde
1962, cuenta con estudios de distintos niveles -Bachillerato, ciclos medios o
enseñanzas artísticas superiores-.
El guía de la memoria de uno de los
alcaldes más dinámicos de principios del siglo XX recuerda que la institución
fue creada por Real Decreto en 1911 (en base al RD de 1901 de creación de
escuelas de Artes e Industrias), cuando Ciudad Real contaba con 15.000
habitantes, el 20 por ciento de los 75.000 actuales.
“Ceferino tuvo claro que iba a intentar
modernizar su tierra con los proyectos más vanguardistas que veía en otros
territorios, reitera el heredero del regidor, al haber sido gobernador civil de
varias provincias catalanas, castellana y del norte, y senador por Ciudad Real
en Madrid”.
Se creó una comisión organizadora,
presidida por el propio Ceferino, como alcalde, y compuesta por José Medrano
Rosales, comisario regio y amigo personal de Gasset, Clemente García, director
del Instituto General y Técnico, un representante de la escuela Normal de
Maestros y Maestras, el abogado José Cendrero y el político y periodista Emilio
Bernabéu.
Así lo recoge el libro editado en el
centenario de la escuela, que señala que “fue pensada para el aprendizaje de
oficios, más que para la enseñanza del arte”.
Los primeros planes de estudios estaban
enfocados a los oficios artesanos, relacionados con la construcción o el
ferrocarril, y también dibujo artístico, y clases de gramática, caligrafía, y
de elementos de Historia del Arte. Incluso hubo un taller para las Enseñanzas
de la Mujer.
El edificio, propiedad de Medrano, con
esquina a la calle Alcántara, tenía 560 metros cuadrados, y se distribuía en
dos plantas (25 metros de altura) en espacios para la ebanistería, vaciado y
modelado, y otras salas de dibujo por las que pasaron nombres como José Vázquez
Úbeda (fue director), hermano del conocido pintor Carlos Vázquez.
En la actualidad, tras los grandes cambios
en la concepción de los currículums académicos, “se desarrollan cantidad de
oficios como decoración, pintura, arte gráfico, y diseño gráfico con
ordenadores”, celebra el mismo interlocutor.
“La escuela de Artes es otra prueba de
cómo Ceferino fue desarrollando otro concepto de urbanidad”, asegura Saúco
Jiménez, teniendo en cuenta que la capital en aquella época “era más pueblerina
que ciudad”.
3.- Mercado de abastos
1911 también fue el año de inauguración
del mercado de abastos ‘Nuestra Señora del Prado’. Vino a reformar las
anteriores dependencias, “insalubres y obsoletas”, y facilitó las compras
domésticas de la ciudadanía con unas instalaciones más “cómodas y
embellecidas”.
El nuevo edificio “corrigió los problemas
de higiene e insalubridad” que había en localizaciones anteriores tanto en los
puestos como en los lugares de evacuación de los residuos. Por ello, su inauguración
en el mes de agosto fue todo un acontecimiento. Tal y como reflejó La
Correspondencia de España (Saúco era director de El Labriego, que
fundó en 1877, con una larga vida como decano de 46 años) el acto estuvo
presidido por “un gran entusiasmo” entre la población. Saúco Díez “recibió
multitud de felicitaciones”, según el diario, y el recinto fue bendecido por el
obispo y prior de las Órdenes Militares, Remigio Gandasegui, “con un discurso
elocuente, no menos que los de los señores (Julián) Arredondo, diputado
provincial por el distrito de Almadén, (Emilio) Bernabéu, director de El
Labriego, y Maldonado”.
“Fue fiesta fui un día muy bueno para para
la población de Ciudad Real, y para otros representantes institucionales como
los directores de otros periódicos de la época”. Aquel día fausto queda fijado
para la familia de los Saúco, principalmente asentada en Málaga, en una placa
de mármol con la fecha de apertura del establecimiento de venta de alimentos,
ubicado en la calle Postas, y el nombre de Ceferino como promotor del mismo. La
plancha la guarda un primo de Saúco Jiménez.
En la actualidad, y tras varias reformas,
el mercado cuenta con puestos de carne, pescado, conservas y salazones, frutas,
dulces, encurtidos, quesos y aceites.
4.- Paseo del Prado
Y junto al saneamiento, el embellecimiento
fue la otra cara de las transformaciones urbanas impuestas por los políticos de
la época. “Una de las cosas en las que Ceferino se empeñó en su etapa de
alcalde de Ciudad Real fue en reformar y embellecer los parques y los paseos de
la ciudad”, suscribe su descendiente en el actual pulmón verde de la capital,
al pie de la catedral.
El Paseo del Prado fue objeto de estas
mejoras, con nuevas instalaciones para el uso que los ciudarrealeños daban al
espacio verde como solárium. “Lo transformó poniéndole otros materiales para
que fuera un lugar de recreo para todos los habitantes”. Las obras, para Saúco
Jiménez, dieron sentido al carácter actual, como centro de juegos y descanso, y
para disfrute de las familias los días de fiesta, tras las celebraciones
religiosas en el templo anexo, dedicado a la Virgen del Prado.
Otra de las mejoras introducidas en el
mapa urbano ciudarrealeño fue “el cambio de las columnas antiguas de
mampostería por otras de hierro” en la que era Plaza de la Constitución -se
denominó así en 1820-, actual Plaza Mayor, además “de embellecer y modernizar”
otras partes del entramado capitalino.
Según el catedrático de Geografía Humana
de la Universidad de Castilla-La Mancha (UCLM), Félix Pillet Capdepón, ese
céntrico espacio, núcleo de la sociedad local, fue optimizado con el Plan de
decoro y mejora (1850) desarrollado “que hubieron de sufragar los vecinos que
habitaban los tres lados de la plaza (no estaba cerrada por el nuevo
ayuntamiento)”. Así lo recogió el investigador en la presentación de la
exposición ‘La evolución de la Plaza Mayor de Ciudad Real: cambios de
denominación y sucesivas agresiones’ en 2016. “Unos años después, relató
Pillet, la vieja Casa Consistorial (la del arco) fue declarada en ruina (1865),
lo que obligaría a trasladar sus pertenencias, de forma provisional, al número
6 de la calle de la Mata, en una casa propiedad del Ayuntamiento”.
Curiosamente, esta casa es la de la familia de Ceferino, y donde el exalcalde
ciudarrealeño nació (19-9-1851), murió (1-11-1915), y tuvo su domicilio durante
64 años.
Igualmente, Saúco Jiménez destaca el don
de gentes de su célebre antepasado siendo alcalde, a la hora de atraer a
figuras ilustres del momento como el escritor Jacinto Benavente, cuyo secretario
personal era el sobrino carnal de Ceferino, Ernesto Pérez de Inestrosa Saúco.
Igualmente, “Valle Inclán empezó de articulista en El Labriego donde
Ceferino lo acogió”, así como nada más llegar al Consistorio “recibió al
general Aguilera también”. El Diario de La Mancha recogió el
26 de noviembre de 1909 esta visita, informando del bando municipal publicado
por el Ayuntamiento, en el que instaban a los vecinos de las calles anexas a la
estación ferroviaria a engalanar estos espacios para recibir “al valeroso
caudillo”. Se alojó en casa del alcalde durante unos días y se celebraron
banquetes en su honor, con las principales autoridades civiles y militares.
El profesor jubilado también destaca las
crónicas de aquellos años, con alabanzas a su bisabuelo, por la gestión
implementada en la ciudad y sus proyectos urbanísticos de reformas porque
“estaba obsesionado con la modernización”.
Y también dan cuenta de su “carácter
íntegro”, incluso con la Iglesia. El País contaba el 14 de
junio de 1910 que se enfrentó al obispo Remigio Gandasegui, cuando éste en una
carta mostró su malestar por “dar la Comunión en la cárcel” y “menospreció a
los concejales presentes”.
Ante las razones del prelado y prior sobre
el derecho canónico y la autoridad máxima de la iglesia en los actos
litúrgicos, Saúco le contestó que las ordenanzas municipales recogían a la
autoridad civil como superior representación en ese tipo de actos y, por tanto,
la Corporación no hacia sino dar cumplimiento a su normativa.
“Lástima”, se queja el bisnieto de
Ceferino que éste tuviera que vivir “el entorno convulso y efervescente” de
España en esos momentos, “con las guerras de Cuba y EEUU, y el inicio de un
nuevo reinado”. “Hubiera sido mejor un escenario más tranquilo”, opina el
biógrafo.
Jiménez Saúco también presume del busto
que guarda como oro en paño del Santísimo Cristo de Limpias realizado para
Saúco Díez, cuyo original está en la catedral de Toledo, del que “decían que
lloraba sangre y que fue bendecido por varios obispos de Ciudad Real”.
5.- Número 6 de la Calle de La Mata
La visita acaba en el actual número 6 de
la calle de La Mata, donde se supone estaba ubicado el caserón de los Saúco
Díez y que a tanta gente insigne acogió.
“Aquí vivió y murió quien fue gobernador
civil de cuatro ciudades, farmacéutico honorario de la Casa Real, con el Rey
Alfonso XII, y gran reformador de Ciudad Real”, resume su descendiente del
ilustre manchego.
En este punto, presume de la bonhomía del
alcalde número 19 de la ciudad, que puso de manifiesto, entre otras ocasiones,
en el año 1885 cuando llegó el cólera a Ciudad Real. “Tenía su farmacia en la
calle Cuchillería y, aparte de regalar los medicamentos para curar a las
personas que se habían contagiado que no podrían costear, también se dedicó a
acarrear al cementerio los cadáveres que se encontraba por la calle para darles
cristiana sepultura”.
Esta entrega y participación activa para
con sus conciudadanos “le valió el reconocimiento posterior de la Cruz de
primera clase de la Orden de la Beneficencia”, y que lo nombraran caballero de
la Real Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, entidad con una larga
historia en la Comarca de La Mancha, muy dinámica en la actualidad con foros de
estudio.
Precisamente, dichos nombramientos centran
el segundo libro que ha escrito Saúco Jiménez, y que presentará el 9 de junio
en el Convento de la Merced, junto a Julio Chocano, de la mano de la Asociación
Amigos del Museo de Ciudad Real – Convento de La Merced, donde “aparece
Ceferino como miembro de varias reales academias y de la Orden de la
Beneficencia”, con la reproducción de los documentos originales de su
afiliación.
Otro de los capítulos trata de su
nombramiento como jefe superior de la Administración Civil del Estado, con la
consideración de usía Ilustrísima, y como director general de Hacienda. “Este
cargo trasladado al día de hoy estaría en un escalafón alto, por debajo del
ministro”, indica Saúco Jiménez, quien señala que podría haber ocupado los estamentos
más altos de los ejecutivos del momento, tal y como recogió la prensa
histórica.
“No quiso entrar en el Gobierno de Cánovas
del Castillo, con Francisco Romero Robledo (jugaron un papel clave en el
sistema de alternancia de partidos en la Restauración), y se quedó con la
consideración de jefe superior”, además “de todos los cargos y todas las
iniciativas que tomó y desarrolló para mejorar la vida de los ciudadanos de
Ciudad Real, una tierra a la que amaba profundamente”.