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domingo, 8 de junio de 2025

LA ROMERÍA DE ALARCOS

 



Se abrió, de par en par, la puerta de la nave del Evangelio vomitando en el campo el “fato” espeso, --¡se podía cortar de tan trabado!—maloliente, acre, contenido dentro del templo y fabricado con atroz amasijo de vahos de sudada humanidad, y olores de sebo de velas consumidas, de incienso, de niños con babas de leche cuaja y pañales manchados, de romero y manzanilla, de hinojo, de tomillo, de mejorana, recocidos al fuego completo y lento de primavera, de sangre de gañania, de amor retozón, de lágrimas de emoción que escaldan las mejillas al correr, de Ave Marías entrecortadas. Había cantado la Misa Petronilo Barrera y “Menchita”, la predicó D. Ramón, la celebró don Emiliano y la presidió, cerca de las gradas del Altar, el concejal presidente de la Comisión de Festejos del Excmo. Ayuntamiento de la capital. Arriba, de sus andas, abrazada a su Hijo enmarcada de florecidas hierbas olorosas y espigas en granazón y sarmientos cuajados de pámpanos y de “muestra” de uva, la Virgen de Alarcos, sonriente, oronda, campechanota, campesina, se empinaba para verlo todo.

Por otra puerta, --la del atrio cubierto--, con ímpetu parejo a la riada que forman las tormentas en la calle de Alarcos de la ciudad (1), llegaba la gente para rezar a la Virgen. No cabía más. El templo estaba macizo, pero seguían llegando romeros y la Señora, que quería sonreír a todos y que todos la vieran, pensó que lo mejor sería irse al campo, para recibirlos. Para salir empujó y abrió la puerta de la nave del Evangelio. Por eso, al punto, al sol y al azul cenital de aquel día, la masa humana y el aire viciado de males y de bienes, encerrados, apretujados, en la Iglesia se esponjaron fuera, se fundieron con quienes no pudieron pasar, y en vivas y gritos y Marcha Real y “cobetes” y volteos de cimbalillo y estridular de grillos, atronaron el espacio, alegraron el campo, y, como heraldo de la paz, el ruido ensordecedor corrió hasta los mas lejanos confines, que el terreno es llano y no pone reparos al bien.

“Platerico”, que “amaneao” comía hierba y rocío junto al Arzollar, sobresaltose, puso tiesas las orejas y soltó un rotundo rebuzno, y las palomas zuritas trenzaron, con sus vuelos, bandadas de arabescos sobre la ermita, y el “guarrillo”, al trotecito, con gruñir impertinente, se amagó bajo un chaparrete, y la borrega, y el gallo, y el perro, y un globo verde, ampolla de esperanza, se soltó y, recto, subió y reventó, ardiendo en lo alto, y ¡era un beso que el suelo enviaba al cielo!. 



La lagartija, que estaba soleándose en la peña pelada, levanto la cabeza, meneo la cola, desperdicio una mosca y, rápida, nerviosa, se metió en la resquebrajadura de allí cerca, junto a la madriguera de conejo vigilante y tímido.

Y Ella, muy luego, apareció en la puerta del santuario orlada de flores silvestres. Con unas cuantas, que eligió de entre las más salvajes, trenzo un ramillete para prendérselo, ¡que para eso era mujer y guapa, y estaba en su heredad! Dejo que el Infantico, enredara con su juguete preferido: “el petín”, cazado entre los cardos, que suave, se acunó en el pecho del Niño y confiado y feliz, empezó a trinar alegre, sencilla, magna y acordada melodía en gracias de los creado al Creador.

Sentado en el risco frontero a ese trozo de almenada muralla, un hombre envejecido, enjuto, solo, triste, esperaba la llegada de la Virgen en su paseo triunfal. Corto es el recorrido, --ya ves: solo el perímetro exterior del santuario--, pero largo es el tiempo gastado en él, que, la Virgen, llevada a hombros hombrunos, entre brazos velludos y caras sudorosas de carol viril y joven, y sobre enjambre gritador de hirviente multitud humana, ha de pararse y mirar hacia donde, en la lejanía, visibles o no, caen cada uno de los lugares de los contornos y de donde vinieron siquiera, media docena de romero “templados” .

“Volvéla pá Valverde. ¡Párala! ¡Más que ha estao más tiempo mirando pa Alcolea!”

Y así conforme pasaba por donde se veían o debían caer, Villadiego y Poblete y Caracuel y Miguelturra y Picón y Peralvillo y La Poblachuela y Las Casas y Piedrabuena y Porzuna y Ciudad Real y Sancho Rey y El hombre envejecido, solo, triste, se levantó. Llegó, al fin, ante él, Ntra. Señora de Alarcos. ¿Sudaba, lloraba? ¡Ah, no se! Solo si sé que quieto, vertical, enjuto, cetrino, parecía el tronco, en ruinas, de un árbol, noble, desgajado por el rayo de la tormenta, recia, de una vida dura.

Se recogió la Virgen a su casa. Poco después, los caminos y “veredas” que divergen del santuario, chorreaban, entre los “piazos de cebá y candeal”, alegres y policromas linfas de romero que se remansaban por doquier: bajo la umbrosa alameda del río, en la praderilla despejada de la dulce agua del Arzollar, a la sombra de aquel peñasco, y, cual feos despojos, iban regando papeles pringosos, mondas de naranjas, cascos de botellas rotas, vacías latas de sardinas, hierbas pisoteadas. Otros hormigueros humanos negreaban camino de los pueblos más distantes. En la dichosa frescura de La Poblachuela, la tarde este lunes siguiente al domingo de Pentecostés, rebosaban paz y alegría cada una de las señoriales y amenas huertas. Barragán, en la suya rústica, mostraba, con orgullo, su inigualado plantel, sin desperdicio de una pulgada de terreno, en magnífica eclosión florida.

 


¡Arroz, pollos, chorizos, tortilla de patatas, humo de guisotes, pan candeal, queso, vino tinto, guitarra, bailoteo, cantares, contento, aquí y allá, al aire libre, en los dilatados campos de Alarcos! Marchóse el sol y, a lo lejos, en la cúspide del cerro, aún blanquea y brilla la otra vez, solitaria casa de la Virgen, y al portón llegan y llaman y pasan, las Aves Marías del Ángelus que, con el remusguillo crepuscular, cada romero manda, de despedida, para que Ella y su Zagal recompongan el ramo de la mañana, ya ajado, cambiando flor por oración. ¡Estas sí que no se deshojan ni mustian, como las amapolas y las lechetreznas!

Y el biencautivo “petín” canta que te canta, y la luz de aceite de la lámpara, baila que te baila, y la lechuza, en la espadaña, chista que te chista, y los grillos, locos, sin hacerla caso.

¿Y el hombre enjuto, solo, triste y envejecido? A pie bajo la cuesta del cerro, camino por las lindes de los sembrados, se encendió en luces de sol poniente cuando iba por el acirate del camino viejo, lo amparó la noche, se perdió ¿en el campo? ¿en la ciudad? Quizá fuera a anegarse, otro año más, en la charca extensa de su turbulento pasado amoroso. Ya, por la mañana, aquel día, cuando pasaron ante él la Madre y el Hijo, les tiro su oración para que lo metieran dentro del grano, crujiente, de una espiga del ramo. Allí, muy cerca de Ellos, ¡hasta que al año siguiente les llevara otra plegaria nueva!

Y así fue hecho. El moscardón de colores que se escapó de la Iglesia por un cristal partido del rosetón bello vio, mientras merodeaba el arco florido de la Señora, la oración guardada en grano, y se lo contó, en secreto, a la presumida mariposa blanca que le esperaba meciéndose en el amarillo jaramago del muro cuarteado.



Todo esto ocurría hace muchos, treinta, cuarenta, cincuenta, años. Entonces se iba a la romería de Alarcos a caballo, en borrico, en tartana o en carro, y, desde la casilla que hay en la falda del cerro, se subía a pie la áspera cuesta que remata en los poyos de la puerta del castillo. Entonces, la imagen secular, hermosa a pesar de la burda y fea pintura con que se la quiso embadurnar, mostraba la gótica galanura, la solemne esbeltez, de su gallardo cuerpo vestido a lo elegante de distinguida romana, y quebraba, leve y airosa, la cintura para mejor aguantar al Hijo, y todo esto nos hacía recordar a la Virgen de la Estrella del trascoro catedralicio de Toledo. Entonces, el aljibe tenía agua clara y fresca. Entonces, quienes, cada año, suben a reparar grietas al santuario aún no se habían calentado con las brasas hechas con los restos del artesonado de la iglesia –“¡maderas viejas pintás!”, como las llamaba la santerilla—y del cual solo se conservaban, de mucho tiempo antes, unas tablas en el archivo del Ayuntamiento. Existía, en el interior del templo, hacia los pies de la nave del Evangelio, un reducido mechinal con una bellísima pétrea crucecita gótica. No se veían los muros de la escalera y del camarín de la Virgen de tantos exvotos como allí coleaban: figuras de cera, hábitos, matas de pelo, muletas, retratos, ingenuas pinturas de milagros con pintorescas leyendas. Por entonces, en los puentecillos que ponían el día de la romería, le daban a uno, ¡por cinco céntimos! “una almorza de garbanzos” “rizaos”, y a perra gorda costaba el “puñaejo” de caramelos de miel o de almendras con su buen cortezón de azucarado almidón blanco, rosa, azul, y rosquillas, bizcochos, aguardiente, “limoná” “¡se mercaban por menos de ná!”

Ahora hay otro simulacro de la Virgen desaparecida, pero es poco feliz y endeble y dulzón; voló “el petín”; desapareció la cruz del mechinal; las paredes del camarín están peladas; los altramuces, garbanzos y pitos y rosquillas ¿a cuánto dice usted que cuestan hoy? ¡Ya no se ha vuelto a ver al hombre envejecido, pobre, triste, enjuto, solitario! El Santuario se quebranta y arruina, fundadamente, se escalofrían los ciudarrealeños que recuerdan, de bien reciente fecha, la vergüenza del Torreón del Alcázar.

Las facetas e incidentes de la actual romería de Alarcos los conoces tú. Yo no.

(1) Nota del autor.- Como hay quien las confunde, y hasta lo escribe, bueno es aclarar que son dos y diferentes, las antiguas calles conocidas con los viejos y típicos nombres de Arcos y Alarcos. Hasta hace algunos años, por ellos las llamábamos los ciudarrealeños. Nada tenían que ver la una con la otra. Yo, al menos, no lo sé y, en caso contrario, me placería saberlo. La de Arcos es la actual del General Aguilera, que empezaba en los tres arcos –de ello tomó el nombre— que cerraban la Plaza Mayor por ese lado y fueron demolidos para levantar el actual, casi de ayer, edificio del Ayuntamiento, termina en el Pilar. La calle de Alarcos parte del Pilar y remataba, en lo que fue la Cava, en la puerta de Alarcos, donde salía la carretera que se dirigía al cerro de Alarcos, y cuyo comienzo, hasta la Cruz de los Casados constituía el paseo del mismo nombre y después, ¡ay, hasta hoy!, frondoso y, en verano, sombreado –si no lo fue más no tuvo él la culpa— paseo principal del Parque. La calle de Alarcos, en su longitud, completa, es al presente la Avenida de los Mártires.

Julián Alonso Rodríguez. Diario “Lanza”, 9 de junio de 1962

 


sábado, 7 de junio de 2025

ACUERDO ENTRE EL AYUNTAMIENTO Y EL OBISPADO PARA LA ADMINISTRACIÓN DEL SANTUARIO DE ALARCOS

 



«… Se dio cuenta de una comunicación del Excmo. e Ilmo. Sr. Obispo Prior, fecha 30 de Diciembre último, manifestando en contestación a la se le dirigió en siete de Junio último, relativa a la Administración del Santuario de Ntra. Sra. de Alarcos, que si bien este fue entregado al Municipio por el Sr. gobernador de la provincia, según lo declarado por el mismo en comunicación de dieciséis de Diciembre de mil ochocientos sesenta y uno, no podía darle derecho a administrar los bienes del Santuario ni para intervenir en el templo ni en el culto, por ser privativo con arreglo a los Cánones y último Concordato de las autoridades eclesiásticas; no obstante comprendiendo S.E. el interés que el municipio debe tener en la conservación del Santuario y mediante renuncia que del cargo de administrador le ha presentado D. Joaquín García y Megía, ha resuelto acceder a los deseos de la Corporación municipal adoptando los acuerdos siguientes:

1º. La administración de las rentas y limosnas del referido Santuario estará en lo sucesivo a cargo de un sacerdote, en representación de la parroquia de S. Pedro, el cual será nombrado por el Prelado Diocesano y de un señor concejal que nombrará el Municipio.

2º. Uno y otro Sr. tendrán el derecho y el deber de gestionar los intereses del Santuario y de intervenir en la recaudación de las limosnas el día de la fiesta anual o cualquiera otra solemne que allí se celebrare, levantando acta firmada por ambos, de lo recaudado y anotándolo como partida de cargo en el libro correspondiente.

3º. Cada uno de los dichos señores tendrá una llave del cepillo que existe en el Santuario para la colecta de limosnas entre año y lo abrirán de tiempo en tiempo para recoger las existencias con las formalidades indicadas.

4º. Dichos Administradores formarán sus cuentas de cargo y data que remitirán cada tres años al Municipio para su revisión y censura y luego al Prelado para su aprobación definitiva.




5º. Los indicados fondos no ingresarán bajo ningún pretexto en las arcas del municipio ni en la fábrica parroquial, debiendo destinarse única y exclusivamente al culto de la Sagrada Imagen y conservación del Santuario.

6º. Continuará con el cargo de Camarera la distinguida Señora que viene desempeñándolo y, en caso de vacante, lo proveerá la autoridad eclesiástica.

7º. Estas disposiciones no podrán impedir al actual Prelado ni a los que le sucedieren, de reivindicar la exclusiva administración del citado santuario si el Municipio faltare a sus compromisos o si circunstancias imprevistas así lo aconsejaren, quedando así mismo libre en este caso la Corporación para resolver lo que estime procedente.

En el supuesto que estos acuerdos satisfarán al Excmo. Ayuntamiento, nombra desde luego por su parte el Sr. Obispo para el cargo de Administrador del Santuario, al Presbítero D. Francisco Antequera, esperando que el Ayuntamiento se servirá adoptar y participarle la resolución que corresponda. Y, previa discusión, se acordó por unanimidad aceptar las condiciones propuestas por S.E.I. por estar todas y, especialmente la quinta, conforme con los deseos del Municipio, el cual nombra por su parte para administrador del repetido Santuario al concejal D. Andrés Ruiz y Serrano.»

(Actas municipales 1882, Enero, 6. Fol. 1v-2v).



viernes, 6 de junio de 2025

ALARCOS PREHISTÓRICO

 


Lacurris y también Larcuris, así es nombrada la importante ciudad de Ovetania que baña el Guadiana, señora y dueña del suelo donde corriendo los siglos se había de alzar Ciudad Real con el destino a su vez de ser en la Edad Moderna la capital de La Mancha. El hallazgo de una lápida erigida en honor de P. Cornerio Sarcuritano encontrada en Malagón dio motivo al eminente Zurita para hacerle vecino de Alarcos; deducción, que con Florez aceptaron la inmensa mayoría de nuestros geógrafos e historiadores.

Entre los geógrafos e historiadores antiguos solo y únicamente Tolomeo nos da cuenta de la existencia de esta ciudad en el siglo 2 de la Era Cristiana; pero situándola entre Baeza y Toya. De su origen y condición en los siglos anteriores al geógrafo de Alejandría como de sus vicisitudes hasta Alfonso VI, época gloriosa de nuestra reconquista, todo enmudece, a su alrededor solo reina un profundo silencio.

Los historiadores de Ciudad Real que aparecen en el campo literario desde el siglo XVII hasta nuestros días, todos nos hablan de Alarcos; pero a excepción del Sr. Delgado Merchán, uniendo y enlazando la historia de las dos ciudades lo que para nosotros lejos de descorrer el velo sobre el origen y condición de Alarcos, lo hace más denso y tupido. El citado Sr. Merchán nos dice practicadas algunas excavaciones en la ruinas del Castillo, descubrió un lienzo de muralla cuyos sillares denuncian evidentemente su construcción romana. En nota añade; “visitando este lugar el sabio Académico R. P. Fita en Marzo de 1891 confirmó mi opinión” -Hist. Documentada p. 33. Esto no resuelve sino el más fácil problema de cuantos cabe establecer acerca del origen y destino de toda ciudad antigua y sobre las huellas que á su paso dejaron los diversos pueblos que en ella habitaron. Se imponía la exploración detenida del Cerro de Alarcos, para reconstituir su historia. Cuando los libros callan no hay otro camino sino el consultar a las piedras, remover la tierra y estudiar los vestigios, que el hombre sembró, analizándolo y estudiándolos a la luz de la Arqueología, ciencia donde los sabios van consignando sus observaciones. En esta grata tarea nos ayuda a diario el inteligente cuanto entusiasta de las glorias de esta Ciudad y de sus monumentos, el secretario de esta comisión D. Emilio Bernabeu. Perteneciente todo aquél terreno a D. Juan Ayala y Mira, gran industrial, a el nos dirigimos en demanda del permiso correspondiente, el que no sólo concedió gustoso, sino que puso a nuestra disposición al encargado de su gran Fábrica de Harinas, siéndonos altamente valiosa, pues a su indicación debemos exclusivamente el hallazgo de la Cueva que estudiaremos en su lugar, el que no vacilamos en conceptuar el más importante de los Monumentos Prehistóricos de Alarcos, el que ha de excitar los mayores anhelos de la Comisión de Monumentos y el estudio y observación de los arqueólogos.



Es el cerro de Alarcos el último baluarte o eminencia de la pequeña cordillera que, partiendo de las cercanías de Poblete, termina a la margen del Guadiana, dando paso a este río en su curso a Extremadura y protegía al camino romano que separándose en Guadalerzas del de Córdoba se dirigía por Malagón y Ciudad Real a Sevilla; de aquí el que la puerta de esta ciudad se llamara y conociera indistintamente por de Alarcos y Sevilla. Un collado le separa del anterior, que contiene los veneros del Arzollar, mina de Basalto y otros accidentes geológicos. Por el dicho collado se sube la empinada cuesta que conduce el Santuario, a nuestro atender asiento con sus alrededores de la antigua ciudad. Tomando la cumbre del cerro en dirección a Poniente, a unos 400 metros se halla una prominencia de 25 a 30 metros de altura sobre su nivel general, de forma circular, cortada por una cañada rocosa, que hubo de estar en los antiguo murada a todo su alrededor, a juzgar por los trozos de muralla, que se ven a su pie, y de aquí el nombre de castillo que lleva.

Al estar en sus alturas, ver aquella planicie que afecta la forma circular, de tierra arenisca, sin poca alguna diferenciándose por ello del cerro, claveteada toda de construcciones acasamatadas, que muchas de ellas parecen llegar hasta el suelo común del cerro, de diferentes géneros arquitectónicos, como pertenecientes a diversos tiempos y pueblos que en él dominaron y dejaron por lo tanto impresa su huella. Puede observarse en una, tener el cimiento de construcción ciclópea, seguido de mampostería ordinaria, dos construcciones separadas, una con bóveda de cañón o románica, en el extremo Sur y sobre las rocas de la mencionada cañada un cubo perfecto de mampostería que el pueblo conoce por la Mazmorra, igual en un todo a su homónima de Calatrava la Vieja, todas aparecen hundidas, rellenas de escombros, unas por buscar tesoros, otras por la acción del tiempo, ocultando su mutua comunicación y su destino y uso por lo tanto. Por esto creemos firmemente, que esta prominencia o elevación del terreno fue hecha a mano y por los diversos pueblos que ocuparon el cerro, en la medida que lo exigían las defensas y construcciones que en progresión ascendente se aumentaban en el Castillo. Calatrava la Vieja ofrece otro ejemplo de este género; esto en Oretania, que sin salir de la provincia pueden señalarse otras.

Al bajar la empinada y resbaladiza cuesta del Castillo por Occidente, a unos 20 metros de distancia se hallan restos de construcción pelásgica o Monumento ciclópeo. Sobre laja natural de aquel suelo se levantan dos hiladas de diverso tamaño y figura, como base, sobre ellas grandes peñascos afectando la forma de rombos, todos enormes, toscos, de figura irregular, sin argamasa alguna que los una y sujete, llenando sus huecos y sirviendo de cuña otras piedras pequeñas. Su altura es tres metros y once su extensión lineal, pero en el centro existe un hueco y dos a sus extremos. Su colocación es en línea recta de Oriente a Occidente. A nuestro pobre entender esta construcción es exclusivamente monumental; porque antiguo es en la historia de la humanidad el conmemorar hechos importantes por medio de PIEDRAS ERECTAS, testigos de mayor excepción los Libros Santos; Homero también nos habla en la Odisea IX siglos antes de Jesucristo de estas construcciones, aunque su descripción sea más bien poética que histórica. El Sr. D. Clemente García Retamero hizo una hermosa fotografía para el Diccionario.

Inocente Hervás. Diario “El Pueblo Manchego” 2 y 3 de julio de 1914




jueves, 5 de junio de 2025

EL VÉSPERO EN ALARCOS

 



En la suave luz del atardecer el paisaje está impregnado de una placidez y una serenidad tan augusta, que llegan a otro ánimo, como una caricia aquietándolo en una calma sedante.

El Sol en su ocaso tiñe de oro las cesterías de los cerros, que parecen de cobalto y el cielo tornándose violeta es de una transparencia en la altura, que ni una mancha enturbia su diafanidad.

No se oye ningún ruido. Es en ese instante magno de sublime quietud en que impera el silencio. Una tranquilidad tan inefable hay por doquier que bajo ella sentimos la necesidad de evocar los versos maravillosos y bellos del maestro de la dramaturgia, en “Los intereses creados” “Alma del silencio que yo reverencio”.

El histórico santuario de Alarcos, en la cima del cerro, dibuja su vieja silueta y evoca esas legendarias construcciones en cuyas entrañas guardan un tesoro de poesía.

No parece, sino que allí, mirando sus muros, sentís la suprema necesidad de adivinar algún trazo del pasado para admirarlo, para contarlo, para rendirle culto.

En el hermoso rosetón románico pone brillos áureos el sol poniente y unas golondrinas, que anidaron en uno de los huecos, cantan en melódicas piadas una canción a la belleza del paisaje que es una canción de amor y de vida.

Las sombras del crepúsculo van llegando suavemente, calladamente; se oculta el sol entre arreboles, van apagándose todos los ruidos: buscan sus nidos los pajarillos; van hacia el redil los ganados; los trabajadores caminan hacia su hogar, canturreando alegres, luego de la fatigosa jornada y el campo parece adormirse en la oscuridad y en el silencio.

Ni la más leve brisa se nota y el paisaje adquiere entonces toda su majestuosidad...Los sembrados ofrecen en sus verdores matices variadísimos; los árboles ponen, de trecho en trecho, una nota simpática; los caminos resaltan en un intrincado laberinto, recta se pierde en el confín una carretera, por la que no camina nadie y el Guadiana, desde la lejanía, viene mansamente, ofreciéndose como bruñido espejo, entre los juncales y reflejando el azul puro de la ojiva del cielo….

¡Que grandiosa serenidad la del véspero en la tarde precursora del estío! Se adentra en Nuestra alma el alma del paisaje haciéndonos sentir toda la maravilla de la Naturaleza, que se condensa en las bellas piadas de la golondrina que parecen entonar una canción de amor y de vida.

Revista Vida Manchega.  Num.489 9 de Mayo de 1922



miércoles, 4 de junio de 2025

ALARCOS

 



Cuando le iba a llegar a Gabriel Miró el tránsito, según él terrible, de pasar de «forastero» a «nuevo», fue aún agasajado en Ciudad Real con una excursión a un cerro «histórico»; Al referir esto en «El humo dormido» hace clara distinción entre esas dos situaciones que se tienen al llegar a una ciudad: primero la de «forastero», durante la cual la persona es agasajada «gloriosamente», Y luego la de «nuevo», cuando ya asomaban entre los que la rodean, eso «iberos» que con todas sus duras virtudes primitivas llevamos dentro los españoles.

Pero a parte de lo anteriormente expuesto, Miró no pasaría en su corta estancia en Ciudad Real de «nuevo», no se haría «viejo» y por lo tanto propiamente no se vería en el trance de tener tal vez que abandonarla Cuando esto ocurre, otra vez se hace uno «forastero» y se nos despierta como al llegar el deseo de verlo todo. Parece cuando al hacer un equipaje quisiera llevárnoslo todo, pensando en que lo vamos a necesitar donde vayamos, Si bien después, muchas cosas no habrán de salir de las maletas. La verdad es que también se puede hablar de un equipaje de los recuerdos, como en la canción, y con ellos queremos abarrotar las maletas, cuánto más mejor, con la ilusión que luego nos sirvan de consuelo, cuando en realidad sólo servirán para atormentarnos.

Después de tantos años en Ciudad Real, me di cuenta de que no conocía la ermita de la Virgen de Alarcos. Muchas veces al pasar por el puente, pensaba: tengo que subir allí para ver aquello, y si me descuido me voy sin haberlo visto. Por este motivo, aprovechando la amabilidad de unos amigos, cierta tarde de este mes de julio que hemos disfrutado, y que ha sido uno de esos regalos meteorológicos con que raras veces nos obsequia la Naturaleza, subimos en automóvil al cerro del Despeñadero donde se asienta la ermita y que, aunque parezca mentira, eleva su cima cien metros sobre el nivel de la ciudad.




Decía Miró, refiriéndose a la excursión a dicho cerro, y como un verdadero acontecimiento, que «hasta Mauro les acompañó». En mi artícu1o «La herrería de la cuesta», ya ¡indiqué quién era el famoso Mauro, y en las palabras de Miró, que entonces tenía catorce años, se ve la admiración de los chicos hacia los que son un poco mayores que ellos, sobre todo si «saben mucho». Generalmente agrada ir a los lugares históricos, aunque no nos importe en cambió para nada lo que en ellos haya ocurrido, pero en este caso llevaban Miró y sus amigos, la ilusión de que Mauro les explicara todo lo sucedido allí.

En aquellos días de 1893, al general Margallo, que había muerto en combate en los alrededores de Melilla, le era dedicada una calle en casi todas las poblaciones de España, y en Ciudad Real fue la de Morería, que, no obstante, más tarde, recobraría su nombre primitivo. El momento era muy propicio para ir a Alarcos a recordar las clásicas luchas entre «moros» y «cristianos», que desde la batalla del Guadalete a la de Ifni han jalonado nuestra historia, y durante la subida, Mauro les puso en antecedentes de lo ocurrido en Melilla.

Al llegar al santuario un ermitaño les abrió la puerta, y penetrando en el interior, pudieron observar cómo de los muros de color de sayal, pendían banderas y estandartes. Hoy día no hay ermitaño, una familia cuida del lugar y tienen en su casa casi como un pequeño museo, con objetos encontrados por allí, algunos surgidos al arar las tierras, y otros comprados a anticuarios y traficantes. A veces se encuentra uno con casos como este, muy meritorios, de personas con nobles aficiones que hacen lo que pueden con muy escasos medios.

Volviendo al interior de la ermita, no quedan banderas y estandartes en sus muros, pero sigue el ambiente de misteriosa soledad y en el sagrado recinto se puede escuchar el silencio y ver la oscuridad que débilmente clarea con la luz que penetra por el rosetón abierto en la pared opuesta a la del modesto retablo de la Virgen de Alarcos.




Subiendo hacia el camarín, los clásicos exvotos de cera de las ermitas y arriba los hábitos y las mortajas, a los que se puede aplicar muy bien lo que decía Miró de las banderas, «telas ajadas, caídas, inmóviles, con una sensación de olorosa frialdad». Pero en éstos hay algo más, el lugar resulta verdaderamente impresionante, no sé, pero al entrar, aquellas ropas en la penumbra parecen como si no estuvieran vacías y cuerpos muertos colgasen de las paredes. Una imagen de la Virgen, allí arrumbada, hace aún más extraño el ambiente del recinto.

En aquella ermita se abrió la memoria de Mauro por la página de Alarcos y en su interior se oiría: «Acometieron los árabes con increíble arrojo». «Un obispo con la cota ceñida sobre los hábitos». «El estandarte verde de la media luna». Pero aquellas fogosas frases se deshacían como copos de nieve en el remanso de paz y de quietud del recinto «viejecito». Nada ya, ni los restos de la antigua fortaleza, ni la iglesia Calatrava que es ya más que «viejecita», hace pensar en guerras como aquella batalla, que en un dibujo nada artístico pero muy expresivo, ha quedado plasmada en una etiqueta de una marca de bebidas. Tan sólo un escrito que cuelga de la pared a la entrada del camarín hace alusión a guerras entre «moros y cristianos», a la romántica campaña del sesenta la de O'Donnell. y Prim.

Desde fuera, como en otros tantos lugares, el ondulante. paisaje del Campo de Calatrava un poco marchito ya en aquellos días de julio. Valverde a un lado, al otro Poblete, también Ciudad Real, el Guadiana, los molinos, los riegos de aspersión, la carretera. Pero eso sí, como en la Plaza de Armas de Picón viejo, aunque no había nubes, flotaban en el aire las nieblas de las leyendas, que buscan refugio en los lugares más apañados donde aún se puede escuchar el silencio.

Carlos López Bustos. Diario “Lanza”, martes 31 de agosto de 1971 




martes, 3 de junio de 2025

PASTELERÍA “LA MANCHEGA” CERRÓ SUS PUERTAS

 



Pastelería La Manchega abría sus puertas en la calle Obispo Estenaga el 25 de febrero de 1972, siendo su propietario en aquellos años don Emeterio López Cañizares, el cual al jubilarse dejó su negocio a cargo de su hijo Emeterio y su nuera Ascensión, quienes han mantenido el negocio hasta finales del mes de mayo y que cierran con motivo de la jubilación de ambos.




Sus orígenes se remontan al abuelo de Emeterio, Sacramento, quien, procedente de Almagro, se vino a Ciudad Real a trabajar, primero en la calle Madrilas y la calle Real, para, después, comprar el 13 de agosto de 1927 una casa en la calle Jacinto donde montó un obrador de pan y pasteles, al que luego siguieron un puesto, el número 1, en el Mercado Municipal y una pastelería en la calle Alarcos que, cuando se expropió el tramo en el que estaba situada para crear el actual Pasaje de la Pandorga, se trasladó a su ubicación actual de Obispo Estenaga 3.



Cincuenta y tres años ha mantenido sus puertas abiertas la pastelería “La Manchega” en la calle Obispo Estenaga, una pastelería con sabores únicos y uno de los negocios más antiguos de Ciudad Real que cerró sus puertas. Ahora solo les toca disfrutar tan merecida jubilación, y agradecer los años que dedicaron a hacernos tan dulce nuestra vida.



lunes, 2 de junio de 2025

DEMOLIDAS LAS DOS VIVIENDAS DE LA RONDA DE LA MATA

 



La pasada semana se demolieron las viviendas 5 y 7 situadas en la Ronda de la Mata de Ciudad Real, cuyo solar ha sido calificado de zona verde.