Un
poco de efemérides-La verbena y la función religiosa-El sermón
La fiesta del apóstol Santiago el Mayor,
es para los ciudarrealeños, motivo de doble júbilo y fecha de feliz
recordación. Por un lado la fiesta del santo Patrón de las Españas, de aquel
Santo apóstol que predicó en nuestra patria la doctrina de Jesucristo, de aquel
Santo varón cuyos restos eran más tarde hallados por inspiración divina;
difundiendo su veneración y fe por todas partes, hasta lejanas tierras de
allende los pirineos.
De otra parte es la fecha del 25 de
Julio, la que trae a la memoria de los viejos, el recuerdo grato e imperecedero
del día, en que para tranquilidad de los habitantes de este pueblo, terminan
las obras de desecación de las lagunas de los Terreros, aquellas lagunas
mortíferas que tantas vidas costó a los moradores del sufrido barrio de
Santiago.
Era coincidencia providencial. En otros
tiempos el fervor al Santo Apóstol hacía llegar de lejanas tierras grandes e
interminables comitivas de peregrinos que postrados ante el Sepulcro de
Compostela oraban cumpliendo sus promesas. Lo mismo llegaban de Francia, que de
Italia, que de Alemania, hasta aquellos juglares de la Provenza.-donde la fe
por el apóstol, era ardiente- los cuales entonando sus canciones fáciles y
sonoras, esparcían en Galicia las rimas de sus trovas que dulcificarían después
armoniosamente su dialecto. Y si la tierra la frecuencia y aglomeración de
peregrinos llegó a grabar sobre el suelo el llamado Camino de Francia, en el
cielo para los peregrinos de España el Señor también grabó la Vía láctea o
“Camino de Santiago”.

Después, andando el tiempo en el día del
Santo Patrón, Patrón al mismo tiempo del barrio tan mortalmente castigado, eran
los vecinos de este pueblo los que marchaban con el corazón y sus oraciones
hacia el Sepulcro de Compostela, siguiendo con su mirada en la noche de la
víspera, el camino del cielo, para rezar allí su acción de gracias por el
inmenso favor concedido de ver extinguido el horrible azote.
Ocurrió este hecho memorable en el año
1868 a los seis meses menos un día de comenzar las obras. Y lo que un siglo
antes no había podido realizar a pesar de todos sus esfuerzos el cardenal
Lorenzana, el vecindario de Ciudad Real veía finalizar el día 25 de julio de
1868, gracias a las iniciativas del gobernador don Agustín Salido, cuyo nombre
lleva una plaza del barrio de Santiago, y que más que plaza mereciera un
monumento como así lo acordó el Ayuntamiento de entonces, que por desgracia no ha
pasado de ser un acuerdo como otros muchos.
Eran las lagunas de los Terreros, balsas
de agua de gran extensión que se formaban en el sitio de aquel nombre, que es
el que hoy ocupa la Granja Agrícola. Debido a la alteración de las aguas por la
descomposición de las innumerables subsistencias orgánicas que acarreaban,
ocasionaba en los veranos altas fiebres y frecuentes epidemias de las que pocos
vecinos del barrio de Santiago se libraban. Morían muchos y en aquel barrio tan
castigado, era un lamento eterno y un dolor profundo que nadie lograba
extirpar. Como antes decimos en el año 1775 el cardenal Lorenzana hizo una
intentona que no tuvo éxito alguno. Dos años más tarde se repitieron los
trabajos con escaso resultado.
Así quedaron las cosas dejando latente
el terrible enemigo que no cesaba de aumentar el número de víctimas.
Un día señaló para la vida de Ciudad
Real nueva era y la voz de un hombre de voluntad e iniciativas, emprendedor y
activo, se esparcía entre el júbilo de una fiesta, llevando el corazón de los
ciudarrealeños, la espera de la salvación.
El 23 de enero de 1886, en el acto de
colocar la primera piedra del edificio que hoy ocupa el Ayuntamiento, el
gobernador D. Agustín Salido, anunció solemnemente que se cometería la obra de
la desecación de las lagunas de los Terreros como obedeciendo a una sola voz,
el pueblo que le escuchaba prorrumpió en vítores y alabanzas, no cesando de
aplaudir hasta el final de su discurso.
Efectivamente a los tres días después
también solemnemente el gobernado echaba la primera espuerta a las lagunas, la
segunda la echó el párroco de Santiago D. José María Toledano.
Como la cantidad de tierra que se
necesitaba era enorme dada la extensión y profundidad de las lagunas que en
algunos sitios pasaba de tres metros, el gobernador consiguió de la Compañía
del ferrocarril de Badajoz prestara su concurso y al efecto instaló una vía
férrea que partiendo del paso a nivel
del antiguo camino de Miguelturra, cruzaba el altozano del Calvario hasta las
mismas lagunas. Puso al servicio de las obras la maquina número uno de la
Compañía llamada Miguel de Cervantes que aún conserva la Compañía de M. Z. A. y
que todavía vemos en este depósito, al servicio de las maniobras.
Esa máquina que para los ciudarrealeños
solo merece gratitudes, tiene en su historia esa página tan honrosa y hay que
mirarla con veneración y respeto, porque a ello estamos obligados. Arrastrando
sin plataformas transportaba las tierras que se extraían de las propiedades que
el Ayuntamiento adquirió para este fin y que algunos hidalgos manchegos como D.
Joaquín Zaldivar cedieron graciosamente.
En estas obras trabajaban hombres,
mujeres y niños. Todos prestaban su concurso y en algunos días pasaban de
seiscientos el número de obreros.
El día 24 de julio del mismo año se
transportó el último tren de tierra. Al día siguiente, festividad de Santiago,
patrón de España y del barrio castigado terminaban las obras, las obras que
extinguían para siempre el enemigo terrible e implacable de los sufridos vecinos
del barrio.
Por tan fausto acontecimiento el
Ayuntamiento acordó el Voto de la ciudad y costear anualmente la función
religiosa. También entonces se celebraron grandes fiestas en señal de júbilo, a
las que ni un solo vecino dejó asistir. Los viejos lloraban, los mozos reían y
los niños saltaban y cantaban de contento. Todo el pueblo tomó parte en la
alegría, como en los grandes acontecimientos populares. Una nueva era de
tranquilidad y salud se abría en la vida de la Ciudad.
El día 25 por la tarde se celebró una
novillada que presidieron cuatro bellas mozas. El ganado lo cedió de su peculio
particular el mencionado gobernador señor Salido. Dirigió la cuadrilla, aquel
buen manchego, que nosotros siendo niños le oíamos contar historias y aventuras
taurinas y que gozó de los elogios y buena amistad de Lagartijo y Frascuelo.
Nos referimos a Francisco Ciges, que realizó una gran faena de muleta
valiéndole los aplausos y la ovación unánime del público.
Entonces era muy joven. Nosotros, le
conocimos después ya viejo, pero guardando siempre los restos de sus buenos
tiempos. ¡Pobre Ciges! ¿Quién diría que fuéramos nosotros, andando los días los
que habláramos de él con respecto y veneración, en letras impresas, nosotros
que como niños le escucháramos absortos en otras épocas?
Se recaudaron aquella tarde más de 6.000
reales, que fueron repartidos entre los pobres de la conferencia de San Vicente
de Paul.

Aquella misma noche a las diez, se quemó
una vistosa colección de fuegos artificiales, frente a las Casas
Consistoriales. Numerosos niños entonaron un inspirado himno que compuso D.
Juan Valcárcel, conmoviendo al público que se aglomeraba frente al
Ayuntamiento. Eran momentos febriles y de júbilo.
Muchos vecinos continuaron la fiesta
aquella noche de Julio, para asistir al amanecer al almuerzo con que en la
Plaza de toros, el Gobernador, D. Agustín Salido, obsequiaba a los obreros que
habían trabajado en las obras. Había varios centenares, que copiosamente
comieron y bebieron en medio de la alegría de la mañana estival.
A las nueve se celebró en el templo de
Santiago un solemnísimo Te Deum en acción de gracias por el feliz término de
las obras. Predicó el párroco de Santiago D. José María Toledano, que en
vibrantes párrafos entonó una elocuente oración sagrada.
Cuando salía la comitiva del templo, un
niño de rubia cabellera ofrendó al gobernador una corona de flores con que las
castigadas y olvidadas religiosas Franciscas, vulgarmente conocidas por las
monjas terreras, premiaban la obra del gobernador libertándolas de la cruel
opresión de la epidemia, que tantos estragos las ocasionaba. Se levantaron
arcos por los sitios que había de recorrer la comitiva a la que seguían
multitud de feligreses que no cesaban de gritar enardecidos por la palabra
vigorosa del párroco.
Por la tarde a las siete tuvo lugar el
acto de hacer entrega a la compañía de la maquina Cervantes, a cuyo objeto iba
esta engalanada con flores y banderas, conduciendo a las personalidades desde
el paso a nivel del camino de Miguelturra a la estación de la línea de Badajoz.
Allí aguardaban altos empleados de la compañía, que habían engalanado la
estación. Se pronunciaron discursos de gratitud, a los que contestó en tonos de
mayor encomio, el inspector de la compañía D. Ernesto Walter.

Y al día siguiente, o sea el 27, por la
mañana bien temprano, las campanas doblaban a muerto. Contrastaba la tristeza
de este día, con el júbilo del anterior. No quisieron olvidar las víctimas de
las epidemias, y a su recuerdo dedicaron un día entero. Todo él estuvieron las
campanas tocando a tránsito. Aún se veían muy cercanas las huellas de la
epidemia. Gentes enlutecidas vivían en el barrio. A las nueve se celebraron
solemnes honras fúnebres por los fallecidos por las epidemias. Los antiguos
decían, no haber conocido funerales más solemnes en los días de su vida.
Seguramente desde aquellos funerales regios que se celebraron por el alma del
infante D. Fernando de la Cerda, cuyo cadáver tres días estuvo bajo las naves
de la Iglesia de Santiago, no se conocieron otros como los del 27 de julio de
1868.
Este fue el final de fiestas. Dejaron
para el último la corona de siemprevivas el recuerdo a los difuntos, la oración
para los antepasados que cayeron bajo el dogal de las mortíferas lagunas.
En aquella época se publicaban los periódicos
El Eco de la Mancha que dirigía D. Matías Torres y el Iris Manchego dirigido
por D. Bernardino Porte.
Coadyuvaron con sus esfuerzos a los
trabajos de D. Agustín Salido, D. Luis Muñoz, que entonces era diputado
provincial, D. Perfecto Acosta, D. Antonio Vázquez, D. Francisco Sauco, D. Dámaso
Barrenengoa y D. Ernesto Nalter, todos ellos de feliz recordación.
Francisco
Herencia. El pueblo Manchego, Jueves 26 de julio de 1917