El Parque de Gasset durante la celebración de la Feria
y Fiestas de Ciudad Real en las primeras décadas del siglo XX
La estampa es
clásica.
Pero no es
absolutamente cierta.
Aquel 1º de mayo
de 1898 fue la jornada infausta del desastre de Cavite. La escuadra
norteamericana del almirante Dewey, en aguas de Filipinas, destrozaba en
desigual combate a la española que mandaba el almirante Montojo. Nuestros
marinos, a sabiendas de su inferioridad, fueron a la lucha obedeciendo órdenes
superiores. Los nombres de Montojo, Cardoso, Morgado, Pérez Moreno, Chidley,
Iturralde y De la Concha quedaron grabados con el sello del heroísmo y algunos
con la trágica corona de las heridas y de la muerte. Había, sí, un número
equivalente de barcos de ambas flotas. Pero mientras nuestros cruceros y
cañoneros eran de madera, los norteamericanos tenían casco de acero; las 11.000
toneladas españolas casi se duplicaban en la armada yanqui; y frente a los 60
cañones españoles, había 134 enemigos. Cavite no fue, en realidad, un combate,
fue una cruenta inmolación, porque mientras los cañonazos de Dewey destrozaban
al “Reina Cristina”, al “Antonio de Ulloa”, al “Castilla”, al “Don Juan de
Austria”… nuestra réplica dejaba los proyectiles a mitad del camino. El mar de
Cavite, como ha dicho un brillante historiador, se convirtió en un gran tiro al
blanco.
¿Y en España?
La estampa es
clásica: en España, aquella misma tarde del 1º de mayo de 1898, los madrileños
asistían a la cuarta corrida de abono y llenaban la plaza de toros para admirar
las faenas del Guerra, de Fuentes y Bombita, los ases de la tauromaquia de
entonces.
Pero esta
estampa, que se hizo clásica en crónicas y manuales, no es absolutamente
cierta. No era verdad total aquella alegría inconsciente. No todos se mostraron
insensibles al cruento drama nacional. Si un imperio de siglos, cercenado desde
Ayacucho, se desmoronaba en unas horas, en unos días, no todo era suicida
indiferencia. Hubo, sin duda, una masa inconsciente, que se divertía en los
toros mientras se perdía una guerra, pero no toda España era así, ni mucho
menos, felizmente. Ante la infausta noticia del desastre, hubo patrióticas
reacciones en muchos, de muchísimos dignos españoles. Primero fueron
manifestaciones y protestas. Y al estado de sorpresa sucedió el de indignación,
el de una rabia contenida y luego una desilusión grande que dominaba el
orgullo, el entusiasmo y la confianza iniciales. Por último, el “nos han
engañado”, el escepticismo y el sonrojo del poeta ante su bandera:
“Hoy, desmayada
y triste,
con humildad se
pliega,
amarilla de
rabia
y roja de
vergüenza”.
La generación
pesimista del 98, con su renovación subsiguiente, sería la más elocuente prueba
de que en España no todo fue holgorio suicida y diversión entre aquella
tragedia finisecular, sino que muchos sintieron la afrenta, reaccionaron con
dignidad y aprendieron la cruenta lección.

La Plaza de Toros a principios del siglo XX
Nuestra memoria
de adolescente guarda un desvaído recuerdo de aquella feria ciudarrealeña de
1921. Pero los vacios de la memoria los rellenamos con esta ya vieja colección
de “Vida Manchega”, diario entonces y antes revista ilustrada, alarde editorial
de un hombre emprendedor y dinámico, a cuyo recuerdo nos sentimos íntimamente
vinculados.
El año 1921 fu
el del desastre de Annual. El terrorismo estaba en su apogeo y ya el 8 de marzo
caía asesinado don Eduardo Dato, presidente del Gobierno. En la “Vida Manchega”
de entonces se reflejan esta inquietud y este malestar. Pero con arreglo al
criterio periodístico provinciano, se daba mucha más importancia a la
información local y regional que a la nacional, y nada digamos del extranjero,
casi desconocido para el periodista indígena, encerrado y aislado en su torre
provincial y aldeana. Los titulares de los sucesos y “acontecimientos” locales
y comarcales, a dos y a tres columnas, con alarde de tipos del cuerpo 48,
letras negras y llamativas, contrastaban con la humilde columnita y titular
sencilla de la “Información nacional”.
Así pasaban por
las páginas de “Vida Manchega” los tristes episodios de Marruecos: el 21 de
julio era el desastre de Annual, en el que “no se salvaron sino los que huyeron”.
El 2 de agosto era evacuado Nador y Zeluan al día siguiente. Monte Arruit, con
el general Navarro, se rendía el 12 de agosto. Crisis ministerial y nuevo
Gobierno presidido por Maura. Miles de muertos, heridos y prisioneros. En la
Península se miraba de reojo a Marruecos. La barbarie rifeña mutiló, barbarizó,
Carbonizó.
En términos
semejantes, todo esto se dice en la “Vida Manchega” de entonces. Y también, y
con preferencia, se habla de la feria. Se había trasladado el “Real” el año
anterior, desde la estrechez de la plaza a la amplitud del parque. Se había
vencido, aun a costa de resquemores y disgustos de muchos comerciantes, la
tradición anquilosada de una feria pueblerina y se había ensanchado su
instalación en el marco esplendido de unos amplios paseos. La comisión de
festejos quería ese año 1921 celebrar una feria digna, superior desde luego a
la rutina monótona de las anteriores. Se especulaba con las corridas de toros,
cuestión batallona y fundamental de todo programa, y al final se anunciaban dos
carteles de categoría: seis Villamartas para Sánchez Mejías, Chicuelo y Granero
la primera tarde, y ocho Veraguas para los mismos y Emilio Méndez al día
siguiente. Una buena compañía de
zarzuela en el Teatro Circo, concierto por la banda Militar del Regimiento del
Rey en el de verano, gran fiesta de las Rondallas de asturianos, andaluces y
aragoneses en la plaza de toros…
En fin, la
estampa clásica: el pueblo se divertiría, indiferente al drama cruento y cruel
de Marruecos.
Pero también
aquí la estampa no era absolutamente cierta: un concejal de grata recordación
–nuestra memoria de niño aun recuerda un hombre piadoso y ejemplar, un hombre
trabajador y diligente, una tartana y una calvicie prematura…-, don Clemente
Velázquez, se atrevió a proponer en la sesión del Ayuntamiento celebrada el 11
de agosto, nada menos que la suspensión de la feria. Nos lo dice “Vida
Manchega”: “El señor Velázquez propone la suspensión de los festejos anunciados
para esta feria, con motivo de los sucesos de Melilla, y después de haber visto
todos los señores concejales muy acertados los razonamientos que dicho edil
consigna en su documento, por noble y elevado fin que lo inspira, se acordó por
unanimidad no acceder a la pretensión que se interesaba, por lo avanzado del
tiempo en que nos encontramos y por tener ya hechos bastantes gastos en la
confección de varios números del programa”.
Vista del interior de la Plaza de Toros en los
primeros años del siglo XX
Se celebró la
feria, al fin. Pero no entre la alegría inconsciente y unánime. Porque el
editorialista de “Vida Manchega” dice el mismo día 18 de agosto: “Estamos
totalmente alejados de cuanto de importancia ocurre, tanto en política como en
tierras africanas, por razón de celebrarse en nuestra capital las tradicionales
fiestas de agosto…”. Y luego añade: “…sólo pensamos en ver la manera de divertirnos.
Bueno ésta eso, pero también procede pensemos en el deber que tenemos,
cumpliendo como buenos patriotas”.
Se celebró la
primera corrida, con mediano éxito. Y se suspendió la segunda, por informalidad
de la empresa, calificada de estafadora, como si una maldición hubiese pasado
sobre esta feria del año 21, que no debió celebrarse. Con grandes titulares
pedía “Vida Manchega” responsabilidades y la defensa del prestigio de Ciudad
Real… mientras ¡ay! El prestigio de España y las responsabilidades de mucha
mayor altura se diluían oscuramente en la página interior. ¡Los toros, los
toros! Como cuando Cavite y Santiago de Cuba.
La estampa era
clásica.
Pero no
absolutamente cierta.
Porque en esa
“Vida Manchega” del 21 tampoco faltaron, ciertamente, espíritus sensibles,
plumas celosas y conductas diligentes. Así, el autor del artículo de fondo
–recordemos al director Pepe Recio, un gran periodista, trágicamente asesinado
en una lívida madrugada del 36- se expresaba así: “Momentos antes de comenzar
la corrida ayer tarde, el teléfono, con su laconismo desconsolar en ocasiones,
nos transmitió la triste nueva de otra derrota sufrida por nuestro ejército en
los campos de Melilla…”.
Y en otros
números de aquellos días agosteños se decía: “En el Parque Gasset, lo de
siempre, lo rutinario, aun cuando hermoso, plácido y encantador. ¿Qué más puede
uno desear que ver caras bonitas? Pero… ¿pobre feria? ¿Presentíamos todos,
acaso, el nuevo desastre de Marruecos?”. Y “Ariel”, otro cronista ciudarrealeño
de la época, fustigaba así: “Causa vergüenza y confusión leer estos días los periódicos.
Junto a las noticias de Marruecos y confundidas con ellas, aparecen reseñas de
corridas de toros, espectáculos teatrales y toda clase de holgorios. Pero ¿es
que en España se ha perdido la vergüenza o es que escasea el concepto del honor
y sobre todo, del amor fraternal?”.
Frente a la masa
ignara, inconsciente y voluble -¡masa al fin!- nunca faltó en España la minoría
sensible, dirigente y encauzadora. En las fechas dolorosas e infaustas –Cavite y
Santiago, del 98; Annual y Monte Arrult, del 21- hubo hombres en la capital de
la nación y también en la oscura capital provinciana, que sintieron en sus espíritus
la flecha hiriente del deshonor y en sus cuerpos el duro trallazo de la
responsabilidad.
Y pedían que no
se celebrara una feria, aun a trueque de perder popularidad y simpatías.
Porque la
clásica estampa española de “pan y toros” nunca fue absolutamente cierta.
Francisco Pérez Fernández. Diario “Lanza” miércoles 14
de agosto de 1963