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lunes, 22 de junio de 2020

CALLE DE LAS CAÑAS


 
La calle de las Cañas concluye frente a las tapias del convento de monjas “terreras”

Páginas de un callejero botánico de Ciudad Real

La caña común es la planta gramínea de mayor porte de nuestra bora, pues sus tallos aéreos, leñosos, fistelosos, muy mineralizados y cuyas astillas cortan como cuchillos, alcanzan hasta 6 metros de longitud. Tienen múltiples aplicaciones: para cañas de pescar, para armazón de trabajos de escayola, para cielorrasos, para moldes de barquillos de dulce casero, para palos de escoba, para varillas de los abanicos tan en moda en estos últimos años.

Los tallos subterráneos, rizomas vivaces, por ser diuréticos se usan en cocimiento.

Las hojas son sentadas, largas, puntiagudas por el ápice y anchas por la base, mineralizadas también y con vaina que rodea ampliamente el tallo aéreo.

Sus flores, nada vistosas, se abren en otoño y rematan los tallos aéreos agrupadas en panojas muy ramificadas.

La caña común es frecuente en toda España formando grupos espesos y frondosos –cañaverales- en sitios húmedos, cerca de las corrientes de agua dulce, en las regueras de las huertas, junto a las albercas…

La calle de las Cañas, de nuestra ciudad, parte de la acera izquierda de la segunda mitad de la Mata. Es larga y descuidada en toda su extensión y concluye frente a las tapias del convento de monjas “terreras”, llamadas así por su enclave en las proximidades de “los terreros” antiguas e insalubles hondonadas encharcadas, foco secular de paludismo, con carácter epidémico a veces, como en el siglo XVIII, que cegó don Agustín Salido, en 1869, siguiendo las directrices del plan de saneamiento que en el 1786, diera don Alvaro Maldonado y Treviño en su famoso informe. En alguna ocasión escribiremos más sobre los Terreros.

Pues sí, en la parte final de la calle de las Cañas aparece el Alto mirador, soleado, amplio y celado, que el convento tiene para la recreación de las monjitas “terreras”, como se les conoce vulgarmente, y, antes, por “monjas de Jesús”, y que viste elegante habito blanco, con capa azul y cordón franciscano, por corresponder a la Orden Concepcionistas Franciscanas y por mandato de la Virgen, allá cuando España estrenaba su unidad –a la bella fundadora no santa aún, pero si Beata, madre Beatriz de Silva.

Encantadora historia la del nacimiento de esta Orden y la vida de su fundadora. Por si a vosotros os place, aquí la resumo. Si no, con leerla, asunto zanjado.

Hasta el año 1962 no se inauguró la pavimentación de la calle

Beatriz de Silva nace en Ceuta –portuguesa entonces- en la primera mitad de la decimoquinta centuria. De ricos, nobles y piadosos padres, fue criada en el regalo y en la comodidad del palacio de Villa del Campo (Portugal) hasta que, a los 23 años la infanta Isabel de Portugal casó con don Juan II y la trajo a Castilla como dama suya. Su juventud, extraordinaria belleza y dulce y discreto trato, atraen, en la corte fastuosa, literaria y turbulenta, el deseo de magnates y de peregrinos ingenios y hasta las apetencias del poeta y tornadizo rey, pero Beatriz hace tiempo ofreció a Dios su virginidad. Calumnias y malquerencias, envidiosas, encienden los celos de la reina que en Tordesillas, donde radica la corte, mandó encerrarla en un cofre, y lo sello después. Muerta la creían, pero cuando a los tres días, abren tan estrecha cárcel, mostróse sana, viva y con mayor belleza. En aquellos días de enterramiento había renovado su voto virginal y hasta ella descendió la Virgen a confortarla y decirle que su Hijo la tenía dispuesta para fundar una Orden que diera prez al misterio de su Concepción Inmaculada.

Con estos escarceos Beatriz determinó ser pobre de Cristo y, distribuyendo sus riquezas entre los necesitados, se retiró al convento cisterciense de Tordesillas, cubrió con velo su bello rostro y durante 37 años, con hábito seglar, se dio a los menesterosos y a la pobreza, hasta que, llegada la hora fundacional y seguida de otras vírgenes, marchó a Toledo donde la magnanimidad de la reina Isabel la Católica, ya reinando, le donó el palacio de Galiana, cercano al hospital de Santa Fe, a la siniestra mano, según se baja de Zocodover por el arco de la sangre, donde nuevamente la visitó Nuestra Señora para anunciarle, ahora, su tránsito en el día señalado para la profesión de ella y de sus seguidores, y mandarle que las estancias de sus sayales fueran de los colores azul y blanco de su Concepción, a los que Beatriz quiso añadir el cordel franciscano de austeridad y pobreza.

…, en efecto, en la esperada y fausta fecha recibe el viatico, pronuncia sus votos y, ungida por el Oleo Santo, expira, y se apaga el lucero que, hasta entonces brilló sobre su frente, pero que seguirá iluminando perpetuamente, como faro y guía, el camino de obediencia que sus monjas han de seguir.

Y, en Toledo, por el año 1944, en la decrépita fundación de la Concepción, primera de Beatriz de Silva, he visto la pobre y reducida huella donde, en un tiempo, reposaron las cenizas de la bella Beata para la que, un día, la Gloria de Bernini, del Vaticano, se encenderá en magnificencias de canonización.

En la calle aún se conservan viejas portadas de edificaciones de la segunda mitad del siglo pasado

Pues aquí, en Ciudad Real, en 1527, don Luis de Mármol, escribano de la Chancilleria de Granada, dio sus bienes para levantar el convento de sus primitivas “beatas de la tercera Orden” que, en 1583, para acomodo, trocaron con los Padres Predicadores, unas casas de su pertenencia, cercanas al convento de Santo Domingo, por otras que los frailes tenían junto al de ellas con lo cual, añadiéndolas a él, lo dejaron  más amplio y ajustado. La iglesia forma el fondo del encanto de la plazuela, mancheguísima, que las obras de modernización, en lugar de otras de bien pensada y necesaria restauración, han desvirtuado lamentablemente.

Si sois curiosos, admirar el bien fraguado llamador, en forma de bicho, de la puerta del convento, y pedid a la Abadesa actual os muestre, por el torno, la imagen, de unos 40 centimetros de altura, de la “porterita”, como la llaman por guardar, desde la portería, la clausura del Virgen monasterio. Quizá, como yo, penséis es, sin duda y aparte las injuriosas restauraciones y mutilaciones sufridas, la más curiosa, antigua y valiosa efigie de María que hay actualmente en Ciudad Real y tal vez tallada en la XIII centuria. Y también os dirá la Abadesa que las beatas “terreras” de Ciudad Real, como consecuencia del Concilio de Trento, profesaron la Orden Concepcionista, transformándose en monjas de clausura, y el beatorio se convirtió en monasterio.

Retornamos a la calle de las Cañas, ancha y descuidada terriza a trozos, periferia del viejo y populoso barrio judío, bordeada de cercas de huertos y de tapias de corralones de labranza, con casas humildes a lo largo de sus dos aceras. Hacia la mitad, le han colocado un bloque de casas, ajardinado, pinturero, nacido recientemente de unos corralones y de un viejo molino aceitero.

Hace años, la calle de las Cañas fue dedicada a Marcos Redondo, nuestro entrañable y gran barítono, que, si nació en Pozoblanco, a Ciudad Real fue traído cuando pocos meses de vida contaba y aquí creció en manchego, aquí vivió en manchego, aquí se hizo cantante y de aquí salió a triunfar, y por nuestro, muy nuestro, lo tenemos, y él lo sabe y lo quiere… pero que nada de su vida ciudarrealeña, que sepamos, se desarrolló en los apartados parajes, descuidados, de esta calle que con su nombre está rotulado hoy.

Julián Alonso Rodríguez. Diario “Lanza”, sábado 14 de mayo de 1960, página 4

Estos bloques de pisos se levantaron sobre un viejo molino aceitero

domingo, 21 de junio de 2020

DOS ANECDOTAS PARA UNA BIOGRAFIA DE MAZANTINI


Fachada de la casa de Mazantini en la calle Progreso

Corría el invierno del año 1945 o 46. La noche iniciaba su andadura. La pequeña tienda de ultramarinos que Mazantini poseía entonces, ya estaba cerrada, aunque ello no era obstáculo para que alguna vecina del barrio, acudiera a comprar, a esas horas, cualquier artículo olvidado y necesario para la cena.

Todas las noches, después de la comida, Mazantini velaba un buen rato, junto a la mesa camilla, al calor benigno del brasero. Le acompañaban su mujer, dormitando en la vieja mecedora y su nieto el mayor, que contaría once o doce años. La guitarra a estas horas de silencio, suena más honda. Mazantini rasgueaba sus cuerdas, y un arroyo casi río; luego mar, brotaba de la anciana guitarra. El chiquillo se arrancaba por fandangos. El tiempo se hacía pozo y playa de inverosímiles mareas.

Dos golpes fuertes en la puerta quebraron, aquella noche, el encanto del prodigio. El muchacho se levantó a abrir la puerta. Dos hombres entraron. Vestían traje y corbata. Parecían dos señores. Extraña visita a estas horas. Mazantini dejó la guitarra sobre la silla, púsose en pie, y los saludó. Su mujer abrió los ojos y se sobresaltó momentáneamente.

Mazantini en su madurez

Aquellos señores eran inspectores de Abastos. Por estos años, solamente podía haber en existencias en los establecimientos públicos, el cupo reglamentado, según el número de cartillas, de cada artículo alimenticio. Estos hombres venían con el propósito de hacer una investigación en este sentido. Justamente aquel día Mazantini tenía más aceite del debido. Y estaba allí, al lado, en la tienda, a unos pasos, dorado, limpio y terso, en la zafra que de un momento a otro, iba a ser cubicada. Mas la guitarra fue la salvación. Les invitaron a sentarse, cosa que hicieron sin dudar, quizá porque el frio era muy intenso, quizá por nadie sabe qué. Uno de ellos pidió a Mazantini y al chiquillo que tocara y cantaran algo. La noche se hizo cascabel. El tiempo campana. Y los cantes de ida y vuelta, hicieron su aparición. Aun resuena la guajira en mis oídos:

Tengo una casa en la Habana
con el techo de cristal
para ti linda cubana.

Luego, fue Cádiz con su cante de espuma y oleaje: alegrías, tanguillos… Sevilla por seguidillas o soleares, tristeza y jipío hecho cantar y desgarro… Más tarde fueron los cantes de minas: tarantos que saben a sudor y pena. La noche se hizo de lujo, y la voz de Mazantini y del chiquillo, los protagonistas principales de un quite por guajiras.

Cuando el reloj, implacable dio las doce, aquellos señores se despidieron sin comprobar las existencias. Al rato, el sueño se adueñó de todos, y una sonrisa de madera se oscureció sobre la guitarra.

Mazantini y el doctor Yubero en Sevilla

Esta segunda anécdota ocurrió en Sevilla. En uno de sus viajes a la ciudad de la Giralda, Mazantini, acompañado del médico poeta, Ramón de Yubero, visitó en Triana una peña flamenca. Aquella noche, como es costumbre, el vino fino de esta tierra caliente regaba las gargantas de los presentes. Estas se hacían de  plata por bulerías y otros cantes. Se bailaba y se cantaba sin Cesar. Los distintos palos hacían su aparición, y las palmas repicaban a gloria y a alegría de pueblo y de trabajo, como sólo saben hacerlo aquí.

Por fin les tocó el turno a las sevillanas. Este era el objeto de Mazantini: estudiar las sevillanas en su propia salsa. Unas parejas ejecutaron las cuatro. Mazantini tuvo suficiente. Ya estaban captadas. Yubero entonces le dijo:

-¿Eres capaz de salir a bailarlas?

-Naturalmente. Y no van ni a sospechar que no soy sevillano.

Contestó Mazantini. Y efectivamente, salió. Las bailó las cuatro y nadie sospechó que aquel hombre, que nadie conocía, en Triana, era manchego.

Entre su repertorio figuraban, a veces, las sevillanas, aunque lo suyo eran nuestros bailes, nuestros ritmos, más serenos, más austeros, como estos surcos de pan y vino llevar.

Francisco Mena Cantero. Desde Sevilla, feria de abril de 1980. Diario “Lanza”, domingo 11 de mayo de 1980

En la fotografía, vemos a Mazantini junto, a su amigo, el sargento entonces, "Corchaito". También fue gran amigo suyo el torero "Grano de Oro". Mazantini lleva un cesto al brazo

sábado, 20 de junio de 2020

A LA MEMORIA DE “MAZANTINI” VECINO DE LA CALLE PROGRESO E INSUPERABLE INTERPRETE DEL FOLKLORE MANCHEGO


Puerta de entrada a la casa de Mazantini en la calle Progreso

“Ha muerto “Mazantini”, reza la crónica de nuestro diario LANZA, fechada el día 22 del actual, en cuyo día me encontraba en Madrid.

Días antes, el 18, recibí una carta conmovedora de él (dictada por uno de sus nietos) en la que se excusaba por no haber podido enviarme antes su fotografía, para ilustrar en unión de otras 19 mi “Cancionero Musical Popular Manchego”, que verá la luz, Dios mediante, en octubre próximo, gracias al interés que ha puesto en ello el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, la excelentísima Diputación de Ciudad Real y la Sociedad de Autores de España, especialmente su presidente, el popular maestro Guerrero, quien se ha dignado anticipar la cantidad de 75.000 pesetas para publicarlo, a fin de que esta obra sea digna de esta bendita tierra cervantina.

Pues bien: dicha carta, el malogrado y querido “Mazantini”, el mejor intérprete del folklore manchego que he conocido entre los 2.000 campesinos y artesanos pertenecientes a los 140 pueblos visitados de la región manchega, se lamenta de que lleva más de diez días en cama con fuertes dolores en las piernas y que el corazón (¡ese corazón todo bondad y cariño para la lirica popular manchega!) no le funciona bien, teniendo paralizado la mitad de su cuerpo por lo cual no podía, últimamente, hablar, entendiéndose la familia por medio de señas. Reconoce que, aunque hace ya tres años que le pedí una fotografía para tal fin, le ha sido imposible encontrar un “traje típico del país”, a excepción del sombrero, por lo cual me envía esta fotografía que por medio del diario LANZA, dedica al autor de estas líneas a todos los admiradores del popular “Mazantini”, el “único” cantador y trovador manchego que ha interpretado las seguidillas, jotillas, torrás, fandangos, boleras o meloneras ante Reyes, Príncipes y Caudillos, siendo aclamado por las multitudes.

Reja de entrada a la casa 

En uno de los párrafos finales de su carta, su nieto me dice que “cuando vio la fotografía suya, ya estaba muy grave y, al contemplarla, se echó a llorar como un niño”. ¡Pobre “Mazantini”! ¡Cuánto sufrirías, en los últimos momentos de ti vida, al ver que tus piernas ya no saltaban, como un galgo, en el patio de tu casa, que ha sido siempre la “cátedra” más genuina del folclore manchego, por donde han pasado infinidad de bailadores de todas las clases sociales! ¿Te acuerdas de aquella inolvidable actuación de tus discípulas, días antes de la Virgen del Prado el año 1949, entre las cuales se encontraba una chiquilla de cuatro años con más gracia y salero que la propia Conchita Piquer? Nunca olvidaré aquella coreografía de los bailes y demás escenas del folclore manchego, con que tuviste el honor de obsequiarme, correspondiendo según tus palabras “a los premios que había obtenido en el Instituto Español de Musicología, de Consejo Superior de Investigaciones Científicas, por mis trabajos de investigación folclórico-manchega”. Ese día, inolvidable para mí, es cuando conocí, a fondo, las grandes cualidades de “Mazantini”, como el más fiel intérprete de su compañera inseparable, la “guitarra” (que debiera pasar al Museo de la Excma. Diputación Provincial), con lo cual iniciaba, con una naturalidad pasmosa y agilidad envidiables, el ritmo de estos bailes y danzas, muchos de ellos dificilísimos para llevar al pantágrama, como ocurre con las torrás, boleras o meloneras y las típicas seguidillas; sin embargo, a pesar de ello, con la buena y santa paciencia de “Mazantini”, y con su grajeo peculiar, tuve la suerte de recopilar de sus labios diversas canciones de Ciudad Real, que figuran en mi obra, especialmente una típica y tradicional seguidilla, muy “antigüisma”, como él decía, cuya letrilla canta así:

A la Virgen del Carmen
quiero y adoro,
porque saca las almas;
del Purgatorio;
saca la mía,
que la vengo penando
de noche y día.

Imagen del patio de la casa 

Dios te ha llevado a su seno querido “Mazantini”, sin que nadie se haya preocupado de que, para la mayor exaltación del folclore manchego, era preciso dejar constancia de tus afanes y actuaciones en pro de la gran riqueza lirica manchega procurando, como hacen en otras regiones de España, conservar en toda su pureza y tradición, es decir en su “propia salsa”, el tipismo del traje manchego, importantísimo, hoy día, para apreciar la coreografía de una región.

Ya sabes admirado “Mazantini”, (y tus familiares han sido testigo de ello) que, desde hace más de tres años, venia interesándome por tener una fotografía tuya, con el traje típico ciudarrealeño, como muchas otras que me han facilitado en las provincias de Cuenca, Toledo y Albacete. No ha podido ser, con gran perjuicio para el arte manchego.

Si el día de mañana aparece, por casualidad por la antigua Villa Reale, algín folclorista español en pos de su lirica popular, en seguida le dirán las gentes: “¡Ah, sí viviese el hermano “Mazantini”! Ese sí que sabia un rato largo de esas cosillas”. Es la cantinela que me han soltado a mi “muchísimas” veces, por los pueblos manchegos, cuando iba recopilando los materiales para la formación de mi Cancionero. “Todo se lo lleva Dios”, me decía un día una viejecilla de Montiel. Pero Dios, con su sabiduría infinita nos deja a los hombres en libertad para obrar como mejor nos parezca. De ahí nuestra obligación moral y social de realizar estas investigaciones folcloristas antes de que desaparezcan los más genuinos y mejores intérpretes de los bailes manchegos, como ocurre en este caso concreto.

De todas formas, gracias a Dios y al interés supremo que siempre puso “Mazantini” por el engrandecimiento del “folclore manchego”, la Musicología española podrá contar con diversos giros y gramas musicales de la lírica popular manchega a la que dedicó los mejores años de su vida este ciudarrealeño, pregonando, “urbe et orbi” el grito de su raza sintetizado en esta seguidilla que dice:

Aunque soy de la Mancha,
no mancho a “nadie”,
más de cuatro quisieran
tener mi sangre.

Pedro Echevarria Bravo. Académico C. de la Real de San Fernando. Diario “Lanza”, jueves 28 de junio de 1951, página 3

Mazantini tres días antes de morir

viernes, 19 de junio de 2020

CALLE DEL PROGRESO


La desaparecida vivienda de los Pintor en la confluencia de la calle Corazón de María con Progreso. Fotografía Domingo Chacón Pintor

A pesar de que la literatura supone, en muchas ocasiones, desnudarse, anímicamente claro está, el escritor no está siempre dispuesto a hacerlo. Existe un cierto pudor a mostrar sus interioridades, aparte de que, como se ha dicho con motivo del escritor portugués Pessoa, el poeta es un fingidor. Es decir que no es lo que entendemos por realidad la que aquél expresa. Es una especie de creación a partir de materiales más o menos reales.

La mente es una gran desconocida, pero lo es aún mucho más si se trata de un poeta -entiéndase esta palabra en el sentido primigenio de "Creador»-. La imaginación, unas veces añadiendo, otras disminuyendo, en ocasiones mezclando o desfigurando lo que se entiende por realidad, elabora o "crea” esas otras especies que no se dan cada día tal y como él nos las presenta, pero está ahí bajo otras circunstancias. Pues todo esto se intensifica cuando el poeta intenta, más o menos, referirse a algo que le atañe muy de cerca o es casi, casi autobiográfico.

Patio de la vivienda de Mazantini, una de las pocas casas de la calle que aún permanece en pie. Fotografía Elena Maeso

Escribir sobre la calle del Progreso, supone que yo tenga que vencer el pudor a desnudarme, anímicamente se entiende, porque en esta pequeña travesía que, paralela a Calatrava, arranca de la calle del Corazón de María, corta a Refugio y a Lirio y termina en Felipe II, transcurrió mi niñez y juventud. Aquí vivieron familias de raigambre manchega, tales como los Campillo; los Barranco; los Vera, de donde proviene Deogracias Vera, pintor acuarelista que alternaba los pinceles con el silbato de árbitro de fútbol; los Pintor; los Sánchez Expósíto que fueron tan amigos, míos, gentes todas que forman parte de esa intrahistoria de Ciudad Real, a la que me vengo refiriendo en tantas conversaciones; y aquel gran Mazantini, que durante los años dolorosos en que no hubo Pandorga, él con sus muchachos y muchachas la conmemoraba sin faltar una sola vez, en la puerta de su casa, en plena calle del Progreso frente al número ocho. El supo revivirla haciendo de su casa una fiesta de cantos y bailes regionales, porque Mazantini, se quiera o no, fue un lujo para Ciudad Real, y esta calle un tanto a redropelo de la circulación vital de la ciudad, fue durante muchos años centro del único mancheguismo vivido en canciones añejas y bailes que rebrotaban, si rebrotaban, las raíces de La Mancha. Luego la costumbre, el sentir cerca lo grande y hermoso parece disminuir calidades, y cayó la rutina. Siempre ocurre igual. Se tienen al lado personas o hechos sobresalientes y no se los valora. Es como si la cercanía y la amistad restasen valor, cuando debería acontecer lo contrario, pero, por una suerte de desgracia, no es así. Lo foráneo y lo poco conocido parecen atraer más a los ciudadanos, no voy a caer en la falacia de decir que de Ciudad Real, sino de tantos otros lugares o, tal vez, sea propio de la condición humana.

El caso de que esta calle con su piso terrizo durante muchos años, luego empedrada y con acera en uno de sus lados solamente, fue arteria de bandas de chiquillos hacia la Granja Agrícola, hoy terrenos de las Escuelas universitarias y otros organismos más o menos oficiales. Los niños de la posguerra soñábamos venideros tiempos en estas calles que, hoy, apenas son ni olvido. Nada  Vía despersonalizadas, carentes de individualidad, anónimas, donde las gentes viven independientes en sus hogares sin más relación que la coexistencia monótona y diaria.

Tiempos de posguerra. Malos sí; pero de auténtica convivencia, en que la vida, como en las ciudades y pueblos del sur, se hacía todavía en la calle en gran manera, donde, para bien o para mal, nadie era desconocido, nadie anónimo, nadie despersonalizado. Y para nosotros, los de menor edad, la calle era una fiesta, campo de juegos, lugar de aprendizaje para la vida que ya adivinábamos dura, sitio casi de familia. Calle del recuerdo, hoy del Progreso, mucho antes del Caballo, que todos, poco a poco, hemos ido abandonando empujados parla vida en su frenesí que, cada vez, se comprende menos, pero que tiene que ser así, qué duda cabe.

Francisco Mena Cantero. Diario “Lanza”, 6 de marzo de 1988, página 16

Vivienda de Mazantini 

jueves, 18 de junio de 2020

DE CALLE CABALLO A PROGRESO


Vista de la calle Progreso en el año 1973. Fotografía de Ricardo Moreno

La calle Progreso de nuestra ciudad, es una calle paralela a la calle Quevedo, que veíamos ayer, que nace en su confluencia con la calle Corazón de María y tiene su término en su confluencia con la calle de Las Cañas.

Calle del barrio perchelero de Santiago, poblada hasta los años ochenta del paso siglo XX, de viviendas de una y dos plantas, de las que aún quedan algunas en pie. Su primitivo nombre de Caballo, fue cambiado en la sesión municipal celebrada el 13 de febrero de 1919, a propuesta del Concejal Lucendo, por su nombre actual de Progreso.

Otra vista de la calle Progreso con Lirio en el año 1985. Fotografía de Ricardo Moreno

miércoles, 17 de junio de 2020

CALLE QUEVEDO


 
Vista de la calle Quevedo en su confluencia con la calle Lirio en los años sesenta del pasado siglo XX

La calle Quevedo es una calle del antiguo barrio judío de la ciudad, que se inicia en la confluencia con la calle Corazón de María y concluye en la Ronda de Calatrava. Su primitivo nombre fue calle del Conde, cambiando en el tiempo de la Segunda Republica Española este por el de Quevedo, en homenaje al escritor español del Siglo de Oro, Francisco Gómez de Quevedo y Villegas.

Como podemos ver en el plano de Sofi de 1925, la mayor parte de la calle eran huertos y campo de labor, solo estando edificada por viviendas el tramo de calle comprendido entre la calle Corazón de María y Lirio, existiendo un molino aceitero, en el actual aparcamiento disuasorio entre la calle del Lirio y Quevedo. La calle se comenzaría a poblar de viviendas a partir de los años treinta del pasado siglo XX, y una vez concluida la Guerra Civil Española en 1939. Con el paso de los años, las primitivas viviendas de uno y dos pisos construidas en la calle, dieron paso a los actuales bloques de pisos.

Vista de la calle Quevedo con Juan de Ávila en 1948. Fotografía Puri Moreno Vázquez  

martes, 16 de junio de 2020

BODEGÓN EL ESCONDITE EN LIRIO 6



Como en estos últimos días, estoy haciendo un repaso a la calle del Lirio, publico hoy una fotografía de la que no tengo muchos datos, pero que ya es histórica de esta calle, me refiero a lo que fue un despacho de vinos y después fue el Bodegón del Escondite, que se encontraba en la calle del Lirio número 6.