miércoles, 18 de octubre de 2017

D. FERNANDO DE COCA



La disposición de este sepulcro, aunque no la de su estatua, lo mismo que sus adornos y su ejecución, es enteramente igual al de D. Martín Vázquez de Arce, en Sigüenza. Un arco conopial simulado recubriendo otro real de medio punto; un testero, hoy liso y encalado, con un cuadro que han colgado en él, y que antiguamente estaría recubierto por pinturas y por otra inscripción; la urna sobre leones, y en su frente dos pajecitos, lo mismo que allá, sosteniendo el escudo, y en el resto, que aquí lo forman espacios mayores, cardos góticos de una fractura exactamente igual. La relación de tamaños y la impresión que causa uno y otro sepulcro es idéntica.

También la estatua se asemeja mucho por su ejecución a la del Doncel. Los ropajes tienen la misma dureza y la misma continuidad y paralelismo en los que caen rectos, y están tratados con la misma y especial factura; pero como aquí son mucho más abundantes, se causa con ellos una impresión mayor de sequedad. Las proporciones, aunque estén más veladas con tanto ropaje, son también elegantísimas y tienden a alargar.

La cabeza y las manos son superiores, por su trabajo, a las del Doncel, pero ofreciendo iguales particularismos y anomalías. También aquí son los ojos muy aovados, aunque no tan a flor de cara, y los pómulos salientes, y excesivas las distancias desde la oreja y desde la base de la nariz al mentón, y agudísimas y duras las cejas, y muy acusado el surco nasolabial, y el cabello, aunque más corto, trabajado de igual modo, tanto en el modelado y ondulación general de la masa como en la técnica y la intención de las ranuras y la iniciación de los mechones. Las manos acusan sus falanges y, sobre todo, sus venas, con las mismas anomalías, y aunque su dibujo es más correcto, no dejan tampoco de ser defectuosas.

A esto hay que añadir que la época posible de este sepulcro coincide perfectamente con la del Doncel y con la probable del Maese Juan, que tan estrechas relaciones tiene con aquella; y que, según la afirmación del Sr. Quadrado, D. Fernando de Coca fue canónigo de Sigüenza, donde nada de extraño tendría que conociera al escultor y le encargada el sepulcro.

Por todas estas razones yo creo que el monumento se debe al mismo artista que hiciera el de D. Martín Vázquez de Arce, aunque claro está que este género de obras no las puede hacer nunca un hombre solo y se haría ayudar, lo mismo que en Sigüenza, por algún oficial. Si esto es así, seguiría pensando que se debe al maestro el trazado general y una dirección muy directa y muy vigilante sobre toda la obra, la estatua y algunos cardos de los que adornan el frente de la urna, y que sólo encomendaría al oficial la ejecución de los tres pajecitos y el resto de la hojarasca; pero aun aquí mismo, en esta hojarasca y en estos pajecitos, especialmente en el que está a los pies del difunto, corregiría el trabajo con toques de su propia mano y no descuidaría la dirección ni en los más pequeños detalles.


No me cabe duda de que este sepulcro de Ciudad Real nos vuelve a presentar otra vez al gran maestro de Sigüenza, que aunque aquí no alcance la delicadeza exquisita y el refinamiento ideal que se le nota allá, no deja de ser nunca un admirable artista, y hasta hay ocasiones, como cuando labra la cabeza, en que parece sobrepujarse a sí propio o haber perfeccionado su labor.

Esta cabeza, que parece más retrato que la de don Martín, es también mucho más rica de modelado, más precisa y más intencionada en sus toques: se persigue en ella a la forma más cerca; se buscan ya efectos de blandura y morbidez en la boca, de flacidez de piel en las mejillas, de sequedad en la nariz y las cejas y de dureza en los pómulos; y estos efectos se contraponen y se armonizan para buscar un efecto general, y la totalidad se encaja y se ajusta con precisión y se relaciona con lo demás de la estatua y toda ella con la totalidad del monumento. Podrá ser obra de muchos, pero el alma del sepulcro es de uno solo.

Esta cabeza tiene los ojos cerrados y produce una impresión de respeto, pero no de terror. Aunque impone, no sobrecoje ni espanta, porque no habla de muerte. No hay en ella rigidez ni deformación cadavérica: sus ojos se cierran naturalmente, como en el sueño;  sus labios se juntan con un cierto vigor de vida; sus mejillas se modelan sin hinchazones ni abotagamientos. Da una impresión serena y plácida de reposo apacible, de perfecta tranquilidad, que se ha conseguido con el único recurso de la quietud, de la absoluta inexpresión de todo movimiento, que es el recurso más potente que tienen las artes plásticas para evocar el misterio y la eternidad. Lo demás del cuerpo, guardando la posición supina, parece acomodarse en una postura cómoda para perdurar en ella, y el mismo pajecito no tiene el aire triste que ofrece en otros sepulcros. Todo es en esta estatua serio y hondo, sin dejar de ser por esto tranquilo y grato.

La inscripción, grabada en caracteres monacales sobre el filete de la urna, dice así:

“SEPULTURA DEL CHANTRE FERNANDO DE COCA FUNDADOR E DOTADOR DESTA CAPILLA E CAPELLANIA, FINÓ… DIAS DE… AÑO DE MC…”

El dejar en blanco el día, mes y parte del año indica que se labró el sepulcro antes del fallecimiento del chantre y que se hizo en la última década del siglo XV, porque de haberse ejecutado muchos años antes, se hubiera puesto MCCCC, y de haber sido ya en el XVI se hubiera esculpido MD.

A estas noticias de la inscripción añade el Sr. Quadrado que D. Fernando de Coca aun vivía en 1502, y que, además de cura de San Pedro, era chantre de Soria y canónigo de Sigüenza.

La estatua y el pajecito miden 2,30 metros y el material es alabastro.

Ricardo de Orueta. “La Escultura Funeraria en España: Provincias de Ciudad Real, Cuenca y Guadalajara”. Madrid 1919, páginas 161-168.


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