Escribo de
memoria, sin notas personales ni consulta de documentos: transcribiendo
“vivencias” como ahora se viene diciendo.
La PLAZA DEL
PILAR tenía por entonces casi el mismo perímetro que ahora. Estaba rodeada de
nuestras edificaciones tradicionales a base de casas de dos plantas.
Descollaban la del Banco de España, aún subsistente, la de Barrenengoa,
desaparecida y ambas obras del arquitecto de la Diputación Provincial don
Sebastián Rebollar, que dejó otras muestras de su buen gusto y la torre de
Messía, que en este momento están derribando y lo estará de todo cuando
aparezca este artículo.
Era un lugar
tranquilo y recoleto. Mucho polvo en tiempo seco, mucho barro en tiempo
lluvioso. Sus árboles de entonces son casi todos los que perduran. Con motivo
de una mejora que de ella se hizo en 1950 con una subvención recibida del
entonces gobernador civil (inolvidable gobernador e inolvidable amigo) don
Jacobo Roldan Losada, siendo alcalde (inolvidable alcalde e inolvidable amigo)
don José Navas Aguirre, se pensó por un sector de la Corporación municipal en
talar estos árboles. Entonces, uno, el que suscribe, fue y dijo “como me
toquéis a esos árboles, os mato”. Y como sabían que uno, el que suscribe, es de
temperamento belicoso y desasosegado, convenció, se respetó el arbolado y se
amplió.
La Plaza del
Pilar tenía una pandilla de chicos: Luis, Manolo, Gildo, Fernando, Pepito,
Heliodoro, Antoñito, etc. Porque cada barrio tenía su pandilla. Esto era cosa
seria: la invasión por uno del coto de otro suponía un riesgo personal. Así,
una vez la pandilla del Pilar se llegó hasta la Plaza de Toros. A la salida del
coso, la pandilla de aquel barrio estaba apostada en las ruinas de la muralla.
Se oyeron gritos muy ofensivos y siguieron las pedradas lanzadas con honda o a
mano. No fue preciso oír el grito de Waterloo “sauve qui peut”, para iniciar
una desbandada nada ordenada ni honrosa, que no paró hasta llegar a su
territorio.

Esta pandilla
desarrollaba actividades diversas: jugaba incansablemente y el juego dependía
de la temporada: bolas, pídola, trompo: (“en tiempo de los finaos, trompos y
cuerdas a los tejaos”). Se molestaba a los vecinos golpeando los llamadores de
sus puertas cerradas por la noche o tirando el sombrero de quienes tomaban el
fresco, sentados en un banco, en el verano, acometiéndoles por detrás,
corriendo y aprovechando la escasa luz de gas. También eran objetivo de esta
actividad las chicas; se las asustaban arrastrando un trapo negro con una
cuerda diciendo que era una rata. Porque es de saber que había dos
alcantarillas descubiertas que recogían las aguas de toda la población, una
frente a los jesuitas, otra junto al árbol gordo, que constituían un albergue
para estos roedores, que llegaban a tener un gran tamaño.
Tan es así, que
a un vecino le degollaron dos gatos y decidió esperarlas como a los conejos,
matándolas a tiros.
Otras
actividades de esta panda eras más honestas: vinculados algunos de sus miembros
a los jesuítas, ayudaban a Misa, dirigían desde el púlpito el Santo Rosario o
leían textos piadosos, volteaban las campanas en la espadaña, a mano y cuerpo
limpio, con gran riesgo y no menor emoción. Su recompensa era comer los
recortes de las formas a consagrar, que ellos preparaban, lucrándose, además,
haciendo arquillos con la pasta sobrante a la que añadían limón y azúcar. Y
luego disfrutaban del campo de juego, al que se tenía acceso a través de dos
pasadizos subterráneos, uno bajo el callejón del Tinte (hoy Ramírez de
Arellano), otro, bajo la calle del mismo nombre: allí, balón, zancos, pelota
vasca…
A esta plaza
llegó o fue testigo de acontecimientos nacionales o locales. Entre estos
últimos, son de recordar los siguientes:
Ruido de tropel
de gente, con música y gritos, camino de la Estación de ferrocarril; ya se
distinguen los gritos “Viva el hijo del pueblo”. ¡Viva!
Se trataba de
recibir a quien, de familia humilde, había terminado con su esfuerzo la carrera
de Medicina, ejercida después con brillantez.
Otro día, por
la mañana, se presentan allí unos señores bien vestidos, se colocan en forma de
herradura frente a un monumento, contemplados por escaso público y tras unos
discursos, descubren la estatua de Cervantes, obra del malogrado, por
prematuramente difunto, Coronado.
Ahora rememoramos
los acontecimientos nacionales. Los chicos que reparten la prensa gritan que ha
muerto Joselito. Poco antes, actuó aquí en un festival. Y poco después,
llegaron las copias impresas en hojas, repartidas y cantadas por ciegos
(últimos juglares o rapsodas):
--Pues que, si
haces cualquier cosa mala, esta misma noche, esos mismos soldados, te afusilan.
--Vámonos a
casa.
En otra fecha,
pasaron por el Pilar unos señores muy serios y muy compuestos: “Y el dieciséis
de mayo—en Talavera, muerte le dio— a Joselito un toro…”
Y también por
entonces, los mismos repartidores de periódicos, vocean: “Y otra bomba en
Barcelona”
--Y ¿Qué es una
guerra civil?
--Pues que tú
tienes que matar a tu padre o a tu hermano o ellos te matan a ti.
--Moño.
Fue por la tarde.
Desfila un piquete del Regimiento de Artillería, con sus vistosos uniformes
azules, fusil al hombro, bayonesa calada. En la esquina de la calle de Ciruela,
hace alto, suena una trompeta y quien iba al mando de la tropa lee un Bando.
--¿Qué ha
dicho?
--Que se
declara el estado de guerra.
--Y ¿qué es eso
del estado de guerra?
--¿Quiénes son?
-- Son las
autoridades y ese señor del traje negro con un bastón es el General Primo de
Rivera.
La SEMANA SANTA
tenía un especial atractivo. La pandilla era unas veces espectadora, otra
comparsa. Le satisfacía mucho recorrer las Parroquias para cerciorarse de la
marcha del montaje de los pasos y luego el desfile de las procesiones. El
recorrido de las estaciones, el Jueves Santo, lo consideraba brillante y ameno,
por la abundancia de mantillas que lucían las mujeres. El vestirse para
desfilar con una procesión era un encanto, que no mermaba el cansancio del
largo recorrido, unos con sotana y sobrepelliz blancos cantaban una estrofa en
latín: “Stabat Mater dolorosa – justa Crucem lacrimosa—dum pendebat Filio”;
otros lucían la armadura de armao, muy envidiada y otros, ya en un grado
superior, la túnica de penitente. Constituía esta un sacrificio, porque si
hacía calor se sudaba bien; si viento se iba el capirucho o impregnaba el farol
de carburo.
Y el sábado de
Gloria y Domingo de Resurrección, gran alegría que solo turbaba la sombra del
recuerdo de que había que volver al colegio.
Antonio
Ballester Fernández. Boletín de Información Municipal nº 38, Marzo de 1972