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miércoles, 7 de septiembre de 2022

CIUDAD REAL, VISTO POR GREGORIO PRIETO

 



En el número 33 de la revista “Clavileño” ha aparecido, entre otros, un documento e interesante trabajo firmado por Francisco García Pavón, sobre Ciudad Real en el séptimo centenario de su fundación.

García Pavón, después de un pequeño preámbulo en el que delimita categóricamente a Ciudad real como la provincia íntegramente manchega, para hablar de la ubicación histórica de la ciudad, capital de la Mancha, y dice “No se puede concebir con toda claridad el papel histórico de la Mancha a lo largo de toda su biografía de región, si no se deslindan un poco las gradas progresivas de la reconquista” y continua más adelante “La Mancha es, durante siglos y siglos plataforma de fuertes inseguros, campo de liza para las calbagatas de moros y católicos en pleito. No podían consolidarse sus ciudades, no podían realizarse en cobijo sedentario de españoles hasta que la Reconquista amainó de hecho”.

Para después a relatarnos como tuvo lugar la fundación de Ciudad Real y de como la mencionan las crónicas de la época, mostrando como testimonio fiel la famosa Carta-Puebla cuyo traslado se encuentra en el Ayuntamiento de la Villa.




Más tarde, en amenas y justas palabras, nos habla García Pavón, de las gracias y desgracias de la capital de la Mancha tan poco conocida. Termina su artículo de “Clavileño” con unos breves retazos que retratan el tipismo de Ciudad Real en sus días actuales.

También nos trae “Clavileño” una serie de dibujos debidos al arte, tan conocido, del manchego Gregorio Prieto. Sus páginas nos dicen como ha visto el artista a Ciudad Real. Sus dibujos, alarde de gracia y belleza lineal, nos lleva por la Pedrera Baja y nos muestra el telón de fondo de la Catedral, nos mete en la historia alfonsina al ver en sus páginas el vestuto Torreón y la Ermita de Alarcos y la Sinagoga, de la cual ofrecemos una copia a nuestros lectores, y en fin, con la famosa portada de la casa palacio de Hernán Pérez del Pulgar, termina la colección de dibujos que en las páginas de “Clavileño” nos traen como dedicación del arte de Gregorio Prieto a Ciudad Real.

 

Diario “Lanza”, jueves 4 de agosto de 1955



martes, 6 de septiembre de 2022

LOS NOSTÁLGICOS TAXIS O “COCHES DE PUNTO” DE MI CIUDAD

 



El primer escrito del presente año lo dedico a los lectores de la revista “Nosotros” con mis mejores deseos. Espero, para algunos de “mi quinta” les sirva de grato recuerdo y para los más jóvenes de cómo ha evolucionado este colectivo.

Me refiero al “negocio rodante” que por los años 30/40 tenían instalado los pacientes taxistas en su parada de los portales “tristes o viudos” de esta capital. En la misma se encontraban conductores -verdaderos quijotes del volante- para recorrer en muchas ocasiones polvorientas carreteras y pésimos caminos. El precio del kilómetro rondaba las 2 pesetas y la hora de parada sobre las 30.

Aunque avance em zigzag ya no hay quien detenga nuestra historia local -émula del tiempo al decir de Cervantes; depósito de los tiempos pasados, ejemplo y aviso bien patente del presente y seria advertencia de lo que está por llegar.

Voy a tratar de recordar los que habitualmente se encontraban en la parada de la Plaza: Pablo Prado “Pablillo” Tenia un Ford tipo A. -Pepe Ruiz “El Churrero” Citroén de 1930. -Ángel Millón. Opel de 1940. -Agustín Santos Renault de los años 30. -Antonio Nieto, Ford B 1930. -Francisco Ciudad, un Opel. -Moisés Abellán ( el más lujoso de la parada). Era propietario de un excelente Plymout. Todo un lujo desplazarse en este vehículo. -Pepe “el válvula” con un Ford T y Manuel Cortés, con un Ford A.

Dejo para final “como guinda de este gremio” a mi buen amigo Damián Aparicio “el chato”, en posesión de un Ford modelo T (descapotable). Formaba inseparable trío con Alvarito y el “señorito Velo”. (En ocasiones se incrementaba el grupo con Enrique Barenca “Clarc Gable” para los amigos, por el cuidadoso bigote que portaba muy similar al del referido actor de cine, y el que ahora escribe este artículo con toda nostalgia) recordando aquellos pasados años.

Este coche era considerado toda una “joya” de aquella época, recibiendo el cariñoso apelativo del “el pulmonías”. En ciertas ocasiones los pasajeros de los asientos traseros portaban entre sus pies una lata de picón o erraje para calentar el “ambiente”.

 



Damián, con todo acierto comercial adoptó adecentar su “forito”. Fue pintado en tonos muy llamativos. A pesar de su transformación quedó de por vida con el nombre de “el pulmonías” y en su interior se disfrutaba de un frío glaciar a pesar de su reciente e innovadora restauración. No quisiera terminar este artículo sin comentar que el “chato” se trasladó a Madrid con su esposa Damiana donde prestó sus servicios como chofer en la casa de la Marquesa de Mora y Aragón y de su hija Fabiola quien fue Reina de Bélgica al contraer matrimonio con el Rey Balduino. El palacio de la Casa de Mora y Aragón se encontraba en la calle Zurbano de Madrid.

El negocio de la locomoción no iba con mi familia. Mi abuelo materno adquirió un flamante Ford T (para uso familiar). Me comentan que su matrícula era CR-13. En uno de sus primeros viajes volcó y fue retirado de la circulación. A los pocos días del siniestro fue aparcado definitivamente en los cocherones de Obras Públicas, junto a maquinaria pesada. De todo esto nos podría informar de forma más detallada el maestro Andrés, pero desgraciadamente ya no existe.

Tampoco lo fue con el paterno. El Sr. Piqueras Fernández, hombre de negocios creó una línea de autocares para unir con el balneario de Fuensanta y pueblos de Calzada y Aldea del Rey. Esta empresa recibe el nombre de “La Auto Manchega”.

Relatan conocedores que el día de su inauguración se invitó a todo el vecindario a participar del evento, ( La invitación consistía en dar una vuelta a la ronda de circunvalación). Además hicieron el primer viaje con el Sr. Piqueras, el diputado del Partido y los representantes de la prensa de Ciudad Real. Todos ellos fueron recibidos por el Alcalde, Concejales y resto de autoridades.

Aunque el servicio de viajeros se dio con toda normalidad, la empresa no prosperó y al poco tiempo desapareció. (Datos facilitados en el libro “Ciudad Real. Medio siglo de su comercio” de Cecilio López Pastor).

 

Augusto Piqueras. Revista “Nosotros” Año XXIII Nº 113. Enero-Abril 2022



lunes, 5 de septiembre de 2022

CIUDAD REAL VISTA POR VILLASEÑOR EN LOS AÑOS CUARENTA DEL SIGLO XX

 



En el López Villaseñor hay una serie de dibujos de la década de los cuarenta de Manuel López Villaseñor. Esa etapa previa a su salida hacia Roma donde practica en cada rincón de la ciudad, un conjunto de dibujos de Ciudad Real de principios de la década de los cuarenta que da cuenta de la relación vital de Manuel Villaseñor con esta ciudad y un testimonio excepcional de cómo era Ciudad Real en ese momento del que disponemos poca documentación gráfica.

 



Los dibujos son un excelente testimonio de la ciudad en esos años. Los planos urbanísticos del momento se completan con imágenes de esa ciudad humilde con casas bajas y calles estrechas que rodean los edificios singulares. Dibujos desde las calles que rodean la catedral, de las Terreras, o vistas desde la Atalaya. Dibujos fechados en 1943, 1944 que son un retrato de la ciudad en ese momento.




Un conjunto de imágenes que, históricamente son una imagen especialmente interesante de la situación de la ciudad en esa etapa de su evolución. Bocetos rápidos, prácticas de dibujante que quiere ejercitar el apunte rápido, la toma de datos del paisaje pero que además de eso son un testimonio excelente de la ciudad. Un conjunto de dibujos que con la rapidez de su ejecución, como proceso de aprendizaje, de ganar soltura en el trazado y en la copia del natural, vistos ahora, con el paso de los años, son todo un documento de la imagen urbana de los años cuarenta del siglo pasado y de la profunda vinculación de Manuel López Villaseñor con esta ciudad.








domingo, 4 de septiembre de 2022

DE MEMORIAS DE UN ESTUDIANTE DE SALAMANCA DE JOSÉ BALCÁZAR Y SABARIEGOS (III)

 

El salón de plenos del viejo ayuntamiento capitalino a principios del siglo XX



En la sesión celebrada por el Ayuntamiento el 29 de abril se hizo constar en acta los inmensos beneficios que venía reportando a este pueblo la feliz actuación de don Agustín Salido y se acordó con el mayor entusiasmo nombrarle hijo adoptivo de Ciudad Real, levantar un monumento que perpetuara su memoria y que se colocara su retrato en sitio preferente de las Casas Consistoriales.

El 6 de mayo leyóse también en sesión lo que contestó don Agustín Salido al anterior acuerdo. Es un escrito muy notable en el que resalta la sencillez y el patriotismo. Sólo transcribo sus tres ideas sublimes que en letras áureas debieran esculpirse en el salón de sesiones. Dicen así:

"Mi pensamiento al proponerme la desecación de los pantanos abrazaba tres ideas que con alegría veo como realizadas. Er a la primera la de librar a este pueblo de ese foco de infección que tantas enfermedades originaba y tantas víctimas ha llevado al sepulcro. Er a la segunda la de dar trabajo a tanto pobre como me lo demandaba para llevar pan a sus hambrientas y desconsoladas familias; y por último era mi tercera idea procurar el aumento de la población y de su riqueza urbana, que vienen en decadencia hace muchos años por esas malhadadas lagunas, padrón de ignominia y de descrédito para la ciudad, quedándome aún la esperanza de ver completado mi pensamiento con la transformación de aquellos insalubres lugares en frondosos y amenos paseos y alamedas".

Los terrenos donde estaban las lagunas malditas eran riquísimas canteras de donde se extrajo la piedra para construir las murallas, formándose aquéllas en el enorme barranco que quedó. Varias veces se intentó cegarlas desistiendo siempre de la idea por la falta de recursos. En 29 de noviembre de 1775 se hizo por el Ayuntamiento una gran plantación de árboles en las inmediaciones y el Cardenal Lorenzana, gran protector de Ciudad Real, dio principio a las obras del terraplén que fueron continuadas por la ciudad, teniendo que suspenderlas a poco, y en 11 de mayo de 1777 se acude en razonada petición de numerario al Consejo de Castilla, pero ni el Cardenal, ni el Ayuntamiento, lo consiguen.

 



El Cardenal D. Francisco Antonio de Lorenzana, nació en León en 1722 y murió en Roma en 1804. Fue nombrado en 1772 Arzobispo de Toledo y desde entonces demostró con hechos su predilección por Ciudad Real. Cuéntese de él una anécdota a los pocos días de llegar a Toledo. Alguien que sin duda tenía miedo a su inflexibilidad formó un anagrama con el apellido y escribió en la puerta de su Palacio:

Y a está aquí Ana Lorenza

¿hará aquí lo que en Sigüenza?

Y dicen que al leerlo él mismo escribió debajo:

No me llamo Ana Lorenza

que me llamo Lorenzana

haré aquí lo que en Sigüenza

y más si me da la gana.

Los primeros pasos de D. Agustín Salido para acabar con las mortíferas lagunas produjéronle hondo pesimismo. El presupuesto hecho por los ingenieros elevase a tres millones de reales. ¿De dónde iba a sacar tan enorme suma? Tuvo entonces una idea providencial; se avistó con D. Ernesto Walter, Inspector Jefe y representante de la Compañía ferroviaria de Ciudad Real a Badajoz, y aquél señor, obrando con un interés que no le agradeceremos nunca bastante los vecinos de este pueblo, dio toda clase de facilidades e informó en tal sentido al Consejo de Madrid. E l resultado fue estupendo. L a Compañía cedió desinteresadamente la locomotora número 1 que lleva el glorioso nombre de Miguel de Cervantes para que porteara las tierras necesarias para la desecación, economizando así los gastos del transporte, y además proporcionó el material necesario para hacer una vía provisional que partiendo desde el paso a nivel del camino de Miguelturra y cruzando las alturas del Calvario llegase hasta las lagunas, facilitando el acarreo de las abundantes tierras de dicho altozano. La noticia fue recibida con delirante entusiasmo. Al fin, después de siete siglos, iba esta ciudad a verse libre de un foco de infección y de muerte, que era padrón de ignominia de sus habitantes. El 26 de enero del 68 se echó la primera paletada de tierra por D. Agustín Salido, con asistencia del Regidor síndico D. Ruperto Lozano y precedidos de músicas y pasando bajo arcos improvisados por el mismo pueblo entre vivas estruendosos y entusiasmo inenarrable, manifestaciones populares que siguieron hasta la madrugada disparándose cohetes y bengalas y tocando hasta enronquecer los músicos. Al día siguiente se dio ocupación a más de seiscientas personas. La locomotora arrastraba en cada viaje catorce vagones. El primer tren llegó el 16 de febrero. El 9 de junio desapareció por completo el agua de las lagunas. El 24 de julio conduce la "Cervantes" el último tren de tierra a la lagunilla titulada "La Longuera", y al día siguiente se da remate a la obra; convirtiéndose en realidad lo que parecía un ensueño. Declárase "voto de ciudad" esta fecha en sesión memorable y el 26 pronuncia elocuentísimo sermón el párroco de Santiago D. José María Toledano y después de la función religiosa el pueblo todo, ricos y pobres, hombres, mujeres y niños después de engalanar la locomotora, van con ella hasta la estación en vibrante manifestación de entusiasmo tributando un homenaje apoteósico a D. Ernesto Walter, alma de esta grandiosa obra y hoy totalmente desconocido de esta generación. ¿No le parece al Ayuntamiento actual que es hora de perpetuar su memoria? E l beneficio recibido es de tal magnitud que cuanto se haga es poco.


Cuadro que se conserva en el ayuntamiento de nuestra capital de la desecación de las lagunas de los terreros



Igualmente debe conservarse en una lápida los nombres de los que formaban aquel Ayuntamiento: Alcalde corregidor, Don Agustín Salido; Regidor síndico, D. Ruperto Lozano; regidores.

D. Cayetano Clemente Rubisco, D. José María Rueda, D. Fernando Fernández, D. Vicente Trujillo, D. José Alcázar Pérez. D. José Valihonrat, D. José Delgado Sevillano, D. Antonio Marina y D. Juan B. Borja; secretario, D. Tomás Hervás.

Fechado en 26 de julio de 1868 y firmado por A. Galbien hay en el Ayuntamiento un cuadro dedicado a D. Agustín Salido, en prueba de simpatía y admiración. Es un cuadro verdaderamente histórico donde se ve a la locomotora "Miguel de Cervantes" en el momento de llegar a los Terreros. En ella van D. Agustín Salido (1); D. José María Toledano, cura párroco de Santiago (2); D . Ernesto Walter (3); D . Fernando Vázquez Orcall (4); don Antonio Z. Vázquez (5); D . José Gabriel Balcázar (6); D. Federico García Laguna (7), y a su lado su padre D. Antonio, reputado médico de entonces; D. Cayetano Clemente Rubisco (8); D. Basilio Diez (9); D. Jacinto Diez (10); D. Pedro Saúco (11); y D. Ruperto Lozano que no he podido precisar cuál es. Junto a la máquina está D. Juan Obón y el autor del cuadro D. A. Galbien, sintiendo no saber quienes son los otros. La pareja de caballería son Coraceros de la Reina, del regimiento que guarnecía a Ciudad Real. Este cuadro estaba en el despacho presidencial y un alcalde lo "sacó" a la galería porque "era muy feo", como si en lo histórico influyera la belleza. Hace algunos años con motivo de una fastuosa verbena de Santiago se levantó un arco alegórico en la plaza de Agustín Salido y se exhibió este cuadro agradando a todos. Honremos nuestras glorias para honrarnos nosotros y ser verdaderos representantes del pueblo. En Valladolid ocupa lugar preferente Pedro Ansurez, y aquí Hernán Pérez del Pulgar, el de las hazañas, no ha pasado del despacho del Secretario, donde está también el de don Agustín Salido, a pesar del acuerdo de aquel benemérito Ayuntamiento del 68, y menos mal que está allí que. cuando se implantó el nuevo régimen, lo vi tirado en un cuarto trastero, ligereza cometida, sin duda alguna, por quien desconocía el valor de lo realizado por don Agustín Salido, hombre meritísimo que remedió como nadie el paro obrero, dando trabajo a todos y que al llevar a cabo su gran obra de saneamiento favoreció principalmente a las clases proletarias que en su mayoría son las que han habitado siempre el barrio de Santiago. Los retratos de Hernán Pérez del Pulgar y de don Agustín Salido y el cuadro de Galbien deben ir al salón de sesiones, por lo menos los dos primeros, donde está el del general Aguilera, a no ser que la Historia no sirva para nada y que se desdeñe a los que en tiempos antiguos tanto enaltecieron la patria chica.


Aspecto que ofrecía la Plaza de Agustín Salido en las primeras décadas del pasado siglo


El 2 de agosto del 68 un importante semanario El Eco de la Mancha, que comenzó a publicarse el 61 hizo un extraordinario dedicado a la gran obra que había trasformado a Ciudad Real. De él entresaco las dos redondillas de don Federico García:

"Salido y Walter: sin cuento

gracias os da mi emoción

a éste por la ejecución,

a aquél por el pensamiento.

 Gracias también especiales

a los que enterrando el cieno

extinguieron el veneno

que causaba tantos males".

También insertaba otras poesías de Joaquín de Zaldívar, Pedro Saúco, Fernando Merás, F. Moral Cañete y Carlos Mestre y Mar/al, todas ellas de elogio y entusiasmo.

En un número del mismo periódico del mes de julio de 1862 encuentro interesante noticia acerca del desarrollo de las enfermedades producidas por aquellas pestilentes lagunas en los meses de excesivo calor. Dice así:

"Empieza la enfermedad con calenturas intermitentes, haciéndose perniciosas en algunas ocasiones, y Degenerando otras veces en fiebres continuas que con facilidad toman el carácter tifoideo o dan lugar a infartos del hígado o del bazo, como consecuencia del empobrecimiento de la sangre. De una y otra forma originan numerosas víctimas."

En septiembre de 1868, después de la batalla de Alcolea quedó triunfante la revolución y derrocada la monarquía de Isabel II. E n la Capital fuera de un exaltado que burlando la vigilancia penetró en las Casas Consistoriales y arrojó por un balcón el retrato de la Reina no hubo nada digno de mención. El Presidente del comité revolucionario de Ciudad Real don Joaquín Ibarrola, siguiendo instrucciones del Gobierno provisional, dirigió una comunicación a los munícipes para que abandonaran el cargo, como así lo hicieron, quedando sólo los de matiz liberal, y entrando como nuevos don Juan Obón y don José Ruiz de León. Mi buen padre, don José Gabriel Balcázar fue a Soria de Gobernador civil; y don José Peñalver, Notario de este Colegio y asimismo Vocal del Comité revolucionario, a Zamora de Secretario del Gobierno." Callos y caracoles" era la contraseña que tenían los del Comité de Ciudad Real para entenderse con los emisarios que venían de Madrid.

José Balcázar Sabariegos. “Memorias de un estudiante de Salamanca”, Madrid Librería de Enrique Peco 1935, páginas 108-113.

 

El escudo de Ciudad Real en el desaparecido ayuntamiento del siglo XIX


sábado, 3 de septiembre de 2022

DE MEMORIAS DE UN ESTUDIANTE DE SALAMANCA DE JOSÉ BALCÁZAR Y SABARIEGOS (II)

 

La Parroquia de Santiago con su antiguo chapitel y las viejas construcciones que la rodeaban



En las notas de mis recuerdos tengo también fiestas campestres en las alamedas de Sancho Rey y Villadiego, matinadas en Torrecilla y amaneceres deliciosos en la terraza del Casino y en el paseo del Prado. Algunas noches discurrí por las calles de la antigua villa de Alfonso el Sabio recordando detalles históricos, mientras la población dormía. Una de esas noches la dediqué al barrio de la Judería. Entré por la calle de Calatrava en la de Leganitos (hoy Castelar), seguí por la de la Libertad, que antes se llamó de Barrionuevo, no sin echar antes una mirada al Compás de Santo Domingo donde estuvo la Sinagoga mayor. Se ha dicho sin fundamento serio que en dicha calle del Lirio estuvo el Tribunal de la Inquisición en los dos años, de 1483 a 85, que duró ésta en Ciudad Real, y tal aserto10 rebate con razones Ramírez de Arellano. Al pasar por la de la Cruz Verde, representóseme el típico carácter de las viviendas judías, de construcción singular, de aspecto miserable y sucio; y creía ver al clásico hebreo con su larga túnica y su gorro a la cabeza, y a las mujeres de la raza con pañuelos de vivos colores 11 cuello, tomar repetidas píldoras de antimonio para ser gruesas; y me pareció que cuestionaban los judíos de "señal" con los conversos y que estos decían:

"Por la señal

de pito canal

comí tocino

no me hizo mal..."

Pero no, no había nadie, el silencio era absoluto. Parecía que tornaban los tiempos de antaño en que sólo aire de muerte se respiraba por el barrio, por las defunciones que producían las lagunas de los Terreros y por la dureza de aquel Inquisidor que se llamó D. Fernando Sánchez de la Fuente, que luego fue Obispo de Córdoba, y que en los dos años que estuvo en Ciudad Real mandó quemar a cincuenta y dos judaizantes.

 

Vista de la Parroquia de Santiago y su barrio del “perchel” en 1928



Ante la iglesia de Santiago, y aprovechando la luz de la luna contemplo por unos momentos el templo más antiguo de Ciudad Real, con su torre, que en tiempos debió ser torreón de defensa y con su campana primorosa del siglo XV, y con sus dos portadas no por ser sencillas carentes de interés. Recuerdo el interior, lamentando el que aún sigan incólumes las antiestéticas bóvedas de carrizo que tapan el suntuoso artesonado o armadura de lazo de a cuarto, del siglo XIV, que de estar al descubierto sería esta iglesia una de las más notables de la Mancha.

Sigo el paseo. Salgo al campo por la calle de Calatrava. No existe todavía la Granja, pero hay bancos de piedra no lejos de unos álamos. Canta el ruiseñor, sopla ligero cierzo, descanso un rato reconcentrando mi atención en el cambio operado en aquellos terrenos que durante siete siglos fueron pestilentes y mortíferas lagunas Pasan y cruzan procesiones de galeras cargadas de mies que van a las eras, produciendo su paso ensordecedor ruido con el estridente choque de sus chapas…

Regreso a la ciudad sin olvidar la histórica tragedia de los Terreros. Conozco detalles, pero quiero completarlos...

Al día siguiente en cuanto dan las nueve de la mañana voy al archivo municipal, donde se guardan las actas del Concejo. Pepe Alcázar, el culto y laborioso Secretario, me da facilidades para buscar lo que deseo, con la particularidad de que no sólo encuentro lo que busco, sino que hallo también el historial de las Casas Consistoriales y como lo conceptúo interesante lo anoto asimismo en el libro de mis recuerdos.

 

Las antiguas casas consistoriales del siglo XV



La primera Casa Consistorial que se conoce estaba situada frente por frente al actual Ayuntamiento, en la llamada Alcaná de San Antonio, edificio que ardió en 1396, quedando el pueblo sin casa solariega. Los ediles reuníanse para celebrar sesión en el trascoro de San Pedro.

La manzana de casas, de la que formaba parte el edificio devorado por las llamas, constituía en sus pisos bajos las tiendas del comercio en su mayoría propiedad de los judaizantes, y se caracterizaban porque, sobre las puertas de entrada y debajo de los balcones, había tejadillos de medio metro de largo. L a casa y tienda que forma esquina con la calle de Correhería (hoy Pablo Iglesias, donde está la farmacia de Calatayud) fueron confiscadas al judaizante Alvar Díaz y por donación de los Reyes, de 18 de noviembre de 1484, se dieron al pueblo para que construyera en ellas la Casa Consistorial, obra que tardó en realizarse por falta de recursos.

En el último tercio del siglo XIX, y aquí entra lo nuevo para mí, desde que fue nombrado Gobernador civil y Alcalde corregidor de Ciudad Real el insigne manchego don Agustín Salido y Estrada, planeó y ejecutó el hacer entre otras beneficiosas reformas, una nueva Casa Consistorial, la que hoy existe, y una vez realizados los trámites necesarios, el 23 de enero de 1868, organizó el Ayuntamiento un acto cívico, con asistencia de toda clase de elementos para poner la primera piedra del edificio. Interesante, curioso y digno de anotarse es el hecho de que entonces cuando se trataba de beneficios para la población se prescindía del matiz político y se contaba con todos y así se explica que en este acto como luego en lo de la desecación de los Terreros fueran unidos los isabelinos, con los carlistas y con los liberales que, como mi padre, formaban ya parte del Comité revolucionario que meses después había de dar al traste con la monarquía Isabel II.

José Balcázar Sabariegos. “Memorias de un estudiante de Salamanca”, Madrid Librería de Enrique Peco 1935, páginas 105-108.


El desaparecido Ayuntamiento del siglo XIX


viernes, 2 de septiembre de 2022

DE MEMORIAS DE UN ESTUDIANTE DE SALAMANCA DE JOSÉ BALCÁZAR Y SABARIEGOS (I)

 

Vista del antiguo casino en 1895 con su desaparecida reja



A primeros de Agosto regresé a Ciudad Real para pasar con la familia las fiestas patronales, que, sencillas y muy pueblerinas como siempre, tenían el encanto de la intimidad y el entusiasmo de la patria chica. Er a alcalde D. Manuel López, un militar retirado de mucho respeto, y síndico D. Felipe Carnicero, de la misma carrera. Nada de singular mención hubo en las fiestas, aparte de las delirantes manifestaciones populares al paso de la Virgen del Prado en las dos procesiones, y a su salida y entrada en el templo.

Con inmensa fe íbamos cuatro cofrades al lado de la carroza haciendo que ésta caminase despacio para que todo el mundo pudiese rezar y exponer sus cuitas a la excelsa Reina de los cielos. En la procesión del día 15 íbamos en esa guardia de honor cuatro Pepes: Alcázar, Martín Serrano, Medrano y yo.

La terraza del casino a pesar de su verja jaulera tenía sus encantos, porque el centro de reunión en las noches del verano era entonces el Paseo del Prado.

El juego atraía mucha gente al Casino y aún recuerdo que no obstante triplicar una tarde de toros el 32, ganó la banca una fortuna. De Enero a Enero el dinero es del banquero.

Escurridos mis pobres bolsillos una de las noches, en vez de blasfemar como otros, fuime a uno de los bancos que había dentro de los jardines y me puse a soñar despierto pensando en el Ciudad Real de otros tiempos, en el Ciudad Real antiguo, en lo que fue y es el pueblo de mis mayores, y veía a la villa de Alfonso el Sabio, ciudad después por Juan II, con sus gruesas y elevadas murallas y sus ciento treinta torres. Doy un paseo inmente después de comer, y veo la puerta que da al camino real de Granada que cuenta con dos torres un poco separadas pero de recia fortaleza, sigo por un camino de rastrojos, y paso por la de Alarcos que mira a la antigua Larcuris y que forma con sus torreones un cuadrángulo muy anchuroso; tiene las armas reales por escudo y cuatro soberbias guardas en la "quaternion" de sus torreones. Avanzo en el paseo a la derecha hasta llegar a la de Santa María, una de las más sencillas aunque con naturales defensas que indica el principio del camino que conduce a la antiquísima población de Santa María del Guadiana.




Continúo pegado a la muralla, y me encuentro con la de Toledo, que es la única que hoy da idea de lo que fue. Avanzo en el paseo y el tufillo de los terreros me hace taparme las narices pero aun así contemplo la hermosa puerta de Calatrava con su anchurosa torre que guía al viejo recinto de sus caballeros, y en la cual hay dos tránsitos divididos o una puerta dilatada del más bello estilo; sigo a ras de la muralla y llego a la de la Mata, que mira al sol que sale, y es una de las más principales, a la que guarnecen dos torres, y en su mediación al exterior de la ciudad está también el escudo de nuestros Catholicos Reyes, y por la parte de dentro, encima del arco de la puerta un altar donde se dice misa los domingos. En la continuación de la muralla diviso dos enormes torreones, pero es la caída de la tarde y penetro en la ciudad Es la hora del chocolate conventual. Llego a Santo Domingo, antigua sinagoga mayor, y haciendo uso de la invitación que tengo voy a penetrar en el convento. En la puerta está parado el Conde de Montes Claros chicoleando a una bella beata que sale del templo y que con pasos ligeros y menuditos se dirige hacia la calle de Loaisa (hoy Lirio). Ambos entramos juntos. Nos recibe el P. Velázquez quien con sonrisas y zalemas nos lleva al sitio de la merienda. Se han anticipado a nosotros tres caballeros y dos señoras. Es gente principal, D. Ángel de Coca y Reguera y su esposa Dª.  Mencia Bermúdez y Mexia, y D. Rodrigo Treviño Villaquirán y sus hijos Pedro y María de Alarcos. Saboreamos él rico chocolate con rica tarta y bizcochos del prior. Agradeciendo el yantar vespertino a la atenta comunidad, me despido y por la calle de las Madrilas entro en la espaciosa plaza del Torreón (hoy desaparecida) con sus cuatro gigantescos álamos y cinco o seis acacias. Unos pequeñuelos corretean por allí y yo me dirijo a mi casa para descansar, y otro día continuaré la excursión a través de los siglos con la sombra del pasado.

José Balcázar Sabariegos. “Memorias de un estudiante de Salamanca”, Madrid Librería de Enrique Peco 1935, páginas 88-90.

 

Desaparecida muralla de Ciudad Real


jueves, 1 de septiembre de 2022

ALGUNOS RECUERDOS DEL PASADO: LOS AÑOS 20

 



Escribo de memoria, sin notas personales ni consulta de documentos: transcribiendo “vivencias” como ahora se viene diciendo.

La PLAZA DEL PILAR tenía por entonces casi el mismo perímetro que ahora. Estaba rodeada de nuestras edificaciones tradicionales a base de casas de dos plantas. Descollaban la del Banco de España, aún subsistente, la de Barrenengoa, desaparecida y ambas obras del arquitecto de la Diputación Provincial don Sebastián Rebollar, que dejó otras muestras de su buen gusto y la torre de Messía, que en este momento están derribando y lo estará de todo cuando aparezca este artículo.

Era un lugar tranquilo y recoleto. Mucho polvo en tiempo seco, mucho barro en tiempo lluvioso. Sus árboles de entonces son casi todos los que perduran. Con motivo de una mejora que de ella se hizo en 1950 con una subvención recibida del entonces gobernador civil (inolvidable gobernador e inolvidable amigo) don Jacobo Roldan Losada, siendo alcalde (inolvidable alcalde e inolvidable amigo) don José Navas Aguirre, se pensó por un sector de la Corporación municipal en talar estos árboles. Entonces, uno, el que suscribe, fue y dijo “como me toquéis a esos árboles, os mato”. Y como sabían que uno, el que suscribe, es de temperamento belicoso y desasosegado, convenció, se respetó el arbolado y se amplió.

La Plaza del Pilar tenía una pandilla de chicos: Luis, Manolo, Gildo, Fernando, Pepito, Heliodoro, Antoñito, etc. Porque cada barrio tenía su pandilla. Esto era cosa seria: la invasión por uno del coto de otro suponía un riesgo personal. Así, una vez la pandilla del Pilar se llegó hasta la Plaza de Toros. A la salida del coso, la pandilla de aquel barrio estaba apostada en las ruinas de la muralla. Se oyeron gritos muy ofensivos y siguieron las pedradas lanzadas con honda o a mano. No fue preciso oír el grito de Waterloo “sauve qui peut”, para iniciar una desbandada nada ordenada ni honrosa, que no paró hasta llegar a su territorio.

 



Esta pandilla desarrollaba actividades diversas: jugaba incansablemente y el juego dependía de la temporada: bolas, pídola, trompo: (“en tiempo de los finaos, trompos y cuerdas a los tejaos”). Se molestaba a los vecinos golpeando los llamadores de sus puertas cerradas por la noche o tirando el sombrero de quienes tomaban el fresco, sentados en un banco, en el verano, acometiéndoles por detrás, corriendo y aprovechando la escasa luz de gas. También eran objetivo de esta actividad las chicas; se las asustaban arrastrando un trapo negro con una cuerda diciendo que era una rata. Porque es de saber que había dos alcantarillas descubiertas que recogían las aguas de toda la población, una frente a los jesuitas, otra junto al árbol gordo, que constituían un albergue para estos roedores, que llegaban a tener un gran tamaño.

Tan es así, que a un vecino le degollaron dos gatos y decidió esperarlas como a los conejos, matándolas a tiros.

Otras actividades de esta panda eras más honestas: vinculados algunos de sus miembros a los jesuítas, ayudaban a Misa, dirigían desde el púlpito el Santo Rosario o leían textos piadosos, volteaban las campanas en la espadaña, a mano y cuerpo limpio, con gran riesgo y no menor emoción. Su recompensa era comer los recortes de las formas a consagrar, que ellos preparaban, lucrándose, además, haciendo arquillos con la pasta sobrante a la que añadían limón y azúcar. Y luego disfrutaban del campo de juego, al que se tenía acceso a través de dos pasadizos subterráneos, uno bajo el callejón del Tinte (hoy Ramírez de Arellano), otro, bajo la calle del mismo nombre: allí, balón, zancos, pelota vasca…

A esta plaza llegó o fue testigo de acontecimientos nacionales o locales. Entre estos últimos, son de recordar los siguientes:

Ruido de tropel de gente, con música y gritos, camino de la Estación de ferrocarril; ya se distinguen los gritos “Viva el hijo del pueblo”. ¡Viva!




Se trataba de recibir a quien, de familia humilde, había terminado con su esfuerzo la carrera de Medicina, ejercida después con brillantez.

Otro día, por la mañana, se presentan allí unos señores bien vestidos, se colocan en forma de herradura frente a un monumento, contemplados por escaso público y tras unos discursos, descubren la estatua de Cervantes, obra del malogrado, por prematuramente difunto, Coronado.

Ahora rememoramos los acontecimientos nacionales. Los chicos que reparten la prensa gritan que ha muerto Joselito. Poco antes, actuó aquí en un festival. Y poco después, llegaron las copias impresas en hojas, repartidas y cantadas por ciegos (últimos juglares o rapsodas):

--Pues que, si haces cualquier cosa mala, esta misma noche, esos mismos soldados, te afusilan.

--Vámonos a casa.

En otra fecha, pasaron por el Pilar unos señores muy serios y muy compuestos: “Y el dieciséis de mayo—en Talavera, muerte le dio— a Joselito un toro…”

Y también por entonces, los mismos repartidores de periódicos, vocean: “Y otra bomba en Barcelona”

--Y ¿Qué es una guerra civil?

--Pues que tú tienes que matar a tu padre o a tu hermano o ellos te matan a ti.

 



--Moño.

Fue por la tarde. Desfila un piquete del Regimiento de Artillería, con sus vistosos uniformes azules, fusil al hombro, bayonesa calada. En la esquina de la calle de Ciruela, hace alto, suena una trompeta y quien iba al mando de la tropa lee un Bando.

--¿Qué ha dicho?

--Que se declara el estado de guerra.

--Y ¿qué es eso del estado de guerra?

--¿Quiénes son?

-- Son las autoridades y ese señor del traje negro con un bastón es el General Primo de Rivera.

La SEMANA SANTA tenía un especial atractivo. La pandilla era unas veces espectadora, otra comparsa. Le satisfacía mucho recorrer las Parroquias para cerciorarse de la marcha del montaje de los pasos y luego el desfile de las procesiones. El recorrido de las estaciones, el Jueves Santo, lo consideraba brillante y ameno, por la abundancia de mantillas que lucían las mujeres. El vestirse para desfilar con una procesión era un encanto, que no mermaba el cansancio del largo recorrido, unos con sotana y sobrepelliz blancos cantaban una estrofa en latín: “Stabat Mater dolorosa – justa Crucem lacrimosa—dum pendebat Filio”; otros lucían la armadura de armao, muy envidiada y otros, ya en un grado superior, la túnica de penitente. Constituía esta un sacrificio, porque si hacía calor se sudaba bien; si viento se iba el capirucho o impregnaba el farol de carburo.

Y el sábado de Gloria y Domingo de Resurrección, gran alegría que solo turbaba la sombra del recuerdo de que había que volver al colegio.

Antonio Ballester Fernández. Boletín de Información Municipal nº 38, Marzo de 1972