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miércoles, 24 de octubre de 2018

EL DESAPARECIDO MONASTERIO DE LOS CARMELITAS DESCALZOS DE CIUDAD REAL (III)



De esta cláusula se deduce que, cuando faltasen 8.000 ducados para terminar de pagar el monto total de las obras, el dinero que rentase la hacienda del fundador debía emplearse en la compra de juros o censos que habrían de servir para financiar el resto del proyecto. Además, dejaba claro que los frailes debían contribuir con su propio esfuerzo a la financiación de las obras, renunciando de forma momentánea a la mitad del dinero que se les debía entregar en concepto de manutención.

Para evitar cualquier confusión, la concordia precisaba el momento en que deberían de pagarse los 50.000 maravedís que recibirían los frailes mientras se construyera el convento. Esta cantidad tendría que darse:

<<por todos los años que durare el pagar la cantidad en que se tasasse la dicha fabrica y adorno del dicho convento, y pagaba esta asi con la cantidad con que se fabricare como con los ocho mil ducados que como queda dicho se han de emplear en renta (…) es visto haver de cesar los dichos cincuenta mil maravedís y en tal caso se da la dicha obra por acavada aunque no lo este y desde entonces a de comenzar a correr los quatrocientos ducados que se dan a dicho convento para sus alimentos>>(14)

Es decir, los frailes dejarían de contar con los 50.000 maravedís en el mismo momento en que dispusieran de los 8.000 ducados que debían emplearse en renta.

Los carmelitas presentaron la planta a principios de diciembre de 1612 y acto seguido se procedió al nombramiento de los tasadores. Los frailes depositaron su confianza en Juan de Chavarría (o Echevarría), maestro de obras vecino de Madrid, y en Francisco de Espinosa, carpintero vecino de Ciudad Real. Los patronos, por su parte, eligieron a dos vecinos de Almagro: Bernardo Martín Recuero, maestro de obras, y Bautista de Breña, carpintero. Los maestros aceptaron el nombramiento y revisaron la planta el convento, tasando su fábrica en 25.000 ducados(15). Cantidad verdaderamente importante a la que deberíamos añadir algo más de 6.000 ducados que irían destinados a la compra de ornamentos, libros y distintos bienes muebles.


Las partes parecían haber llegado a un acuerdo pero el conflicto tardó muy poco tiempo en estallar porque, el 29 de diciembre, don Antonio de Aguilera (procurador síndico de Ciudad Real por el estado de los hijosdalgo) presentó un escrito rechazando la tasación. La petición denunciaba el alto coste de la obra y analizaba los graves inconvenientes que se podían derivar de un proyecto tan ambicioso. Don Antonio pensaba que la obra era demasiado suntuosa y aportaba varios ejemplos que apoyaban esta opinión. En primer lugar, señalo que <<otras religiosas para fundar conventos se contentan con quatro o zinco mil ducados para hacer casa, y adornalla de lo necesario>>. La alusión a un convento femenino puede parecer fuera de lugar, pero el procurador síndico manejó otro argumento que tocaba muy de lleno a los carmelitas descalzos. Para demostrar que el proyecto era desorbitado, tomó como punto de referencia el convento que habían construido los carmelitas descalzos en Sigüenza. Esta casa contaba con 40 celdas y en su fábrica se habían invertido unos 10.000 ducados, aproximadamente. A la vista de estos datos, parecía obvio que la tasación era excesiva porque <<habiendo de ser la casa que han de fundar en esta ciudad para solo veinte religiosos, vasta mucho menos casa que de Siguenza>>(16)

Don Antonio afirmaba que el  elevado coste de las obras perjudicaba seriamente a la obra pía para casar doncellas que instituyó don Antonio de Galiana. Según sus propias palabras, al gastar <<en el dicho convento tan exesiva cantidad, en muchos años no se podrán dar dotes a muchas huérfanas y doncellas pobres, precisando que con cada dos mil ducados de los que se gastan de mas en el dicho convento>> se perdían quince dotes. Esta disminución tenía claras repercusiones sociales, repercusiones que afectarían a la mayor parte de la población de Ciudad Real. En este sentido, el procurador síndico afirmaba que:

<<por ser, como la mayor parte de la jente de ella, es tan pobre que no tiene con que casar sus hijas, y se quedan sin casar de que es causa hirse acabando la ciudad, y vecinos de ella, y conviene a la republica que las mujeres tengan dotes, para que hallen con quien casarse, y la ciudad se conserve y aumente>>(17)

Los carmelitas no se arredraron y continuaron con las gestiones para empezar las obras. El mismo día que don Antonio presentaba su recurso, fray Luis de San Gerónimo (procurador del convento) compareció ante el regidor y solicitó una copia de todos los autos que se habían realizado hasta ese momento; es decir, del nombramiento de los tasadores <<y de la aceptación, juramento y tasación fecha por los dichos maestros>>. Con la documentación en la mano, el fraile presentó un escrito ante el Consejo de Castilla pidiendo permiso para ejecutar la tasación, afirmando que <<en el interin que la obra de dicho convento, se hiva haciendo su parte podía estar a derecho en qualquier contradicion que se hiciese>>. Los carmelitas querían iniciar las obras antes de cerrarse el proceso y daban a entender que harían frente a todos los recursos que se interpusieran por la parte contraria.


Los patronos reaccionaron rápidamente y presentaron una petición ante el Consejo. Su representante (Gerónimo de Niso) redactó un escrito en donde rechazaba la ejecución de la tasación, alegando que el proyecto no respetaba la voluntad del fundador y, además. Incumplía los términos de la concordia que se firmó en 1611. El procurador de los patronos afirmaba que la traza que los carmelitas habrían mostrado a los tasadores <<no era la planta menor de las casas  de dicha orden, sino mucho mayor, y de la mayor que dicha orden tenia>>. La petición mencionaba algunos detalles del proyecto que corroboraban esta versión como la <<grande lonja, y pórtico y mirador arguis, y estancos (six)>> que poseería el convento; elementos que, normalmente, no formaban parte de <<las casas de planta de la dicha orden, y de las que havia en aquella comarca>>. En la misma línea. Gerónimo denunciaba que los frailes querían disfrutar de una huerta enorme, tan grande que a su juicio resultaba desmesurada para la fundación. En su interior, los carmelitas querían plantar más de 200 olivos y otros muchos árboles frutales, además de reservar un pedazo de tierra desocupada para sembrar hortalizas. Por si esto fuera poco, la cerca que servía para acotar este espacio se había tasado en 2.000 ducados, cantidad verdaderamente importante. En un intento por demostrar la mala fe con la que habían actuado los frailes, el procurador afirmaba que los carmelitas habían mostrado a los tasadores una planta que, en teoría, respondía al concepto de <<menor>> pero, en realidad, esto era falso porque después de valorar las obras no querían volver a enseñarla para encubrir el engaño. Por todo esto, solicitó que no se realizara:

<<la execucion de la dicha tasación y (…) se redujese y de nuevo se hiciese planta menor de las casas de la dicha orden y se entregase a los tasadores para que reviesen la dicha tasación que hasi habían hecho, y rebajasen de ella lo que hubiesen tasado de edificios y exedido de la dicha planta menor>>(18).

La polémica dio un nuevo giro con la petición que presentó Hernando García en nombre del procurador síndico. El escrito incidía de nuevo en el perjuicio que ocasionaba la fundación del convento a la dotación de doncellas, pero en esta ocasión aportaba unos argumentos que no se habían manejado hasta ese momento. Ahora no se hacía referencia al coste de las obras sino que rechazaba la concordia que habían firmado los carmelitas con los patronos de las obras pías fundadas por don Antonio de Galiana. En concreto, el procurador síndico se oponía a la posibilidad de costear la manutención de los frailes con las rentas que generase la hacienda del fundador. A su juicio no había <<causa ni razón>> para hacer frente a este gasto porque iba en contra de la <<disposición>> de don Antonio de Galiana. Este argumento se veía reforzado con el posible perjuicio que pudiera sufrir la segunda fundación instituida por don Antonio. En este sentido, afirmaba <<que siendo ansimismo la dicha dotación de doncellas obra pia, se les seguiría un daño irreparable y de grave perxuicio, si se diesen los alimentos a la dicha orden>>(19).

José Javier Barranquero. “Conventos de la Provincia de Ciudad Real. Biblioteca de Autores Manchegos. Ciudad Real 2003.


(14) AHN, Clero, Clero secular-regular, legajo 1.864/2, sf.
(15) AHN, Clero, Clero secular-regular, legajo 1.864/2, sf. Dentro de esta cifra tenían cabida los gastos por mano de obra y la compra de materiales de construcción, pero no incluía la adquisición del terreno donde habría de levantarse el convento.
(16) Ibídem.
(17) AHN, Clero, Clero secular-regular, legajo 1.864/2, sf.
(18) AHN, Clero, Clero secular-regular, legajo 1.864/2, sf. Al mismo tiempo, Gerónimo solicitó que los carmelitas presentasen los estatutos de la orden y la planta <<por donde se havia hecho la dicha tasación>>.
(19) AHN, Clero, Clero secular-regular, legajo 1.864/2, sf.


martes, 23 de octubre de 2018

EL DESAPARECIDO MONASTERIO DE LOS CARMELITAS DESCALZOS DE CIUDAD REAL (II)


Dibujo coloreado del desaparecido convento de los carmelitas de Ciudad Real, publicado en el “Semanario Pintoresco Español” el 2 de abril de 1843

El convento de los carmelitas descalzos de Ciudad Real posee una historia muy compleja que estuvo marcada por las disputas entre los frailes y los patronos de la fundación. El acuerdo de 1609 aporta datos muy importantes en torno a la problemática ubicación del convento. Gracias a este documento sabemos que los frailes no querían asentarse en la vivienda del fundador por dos razones fundamentales: la proximidad de otras fundaciones religiosas y las propias características de su fábrica. Las casas que dejó don Antonio estaban muy <<cerca del convento del señor San Francisco (…) y cerca del de señor Santo Domingo y muy cerca de la parroquia de la iglesia del señor San Pedro y arrimadas a el hospital de la Concepcion>>(9). La presencia de tantas fundaciones religiosas no agradaba demasiado a los carmelitas. Estaba claro que al quedarse en esta zona tendrían  que desenvolverse en un área completamente saturada desde el punto de vista religioso. Esta situación les colocaba en inferioridad de condiciones a la hora de conseguir limosnas entre los vecinos de la ciudad porque se verían en la tesitura de competir con fundaciones que ya estaban consolidadas y que, por tanto, habían creado su propia red de influencia.

Por otra parte, los frailes afirmaban que las casas del fundador estaban <<edificadas para avitacion secular de suerte que si se ubiesse de derribar para plantar el dicho convento seria mucha consta>>. Este problema adquiría otra dimensión si además se tenía en cuenta que la vivienda lindaba con dos hospitales (el hospital de la Concepción que mencionamos antes y un hospital que pertenecía a la Santa Hermandad Vieja); por lo que, de fundarse, el convento <<no se podría ensanchar>>.

Esta situación limitaba el futuro desarrollo arquitectónico del edificio; por eso, el provincial de los carmelitas (fray José de Jesús María) envió una petición al ayuntamiento de Ciudad Real solicitando la cesión de la ermita de San Sebastián para instituir el convento. Los patronos estaban de acuerdo con esta postura y no pusieron ningún impedimento a la hora de firmar el acuerdo. Los términos en que se redactó la escritura dan buena fe de ello porque, además de admitir la posibilidad de levantar el convento <<en el dicho sitio del señor San Sevastian>>, recogían la necesidad de vender las casas del fundador para invertir el <<prescio dellas (…) en la hedificacion del dicho convento>>.

La buena sintonía que existía entre las partes quedó de manifiesto a la hora de articular una fórmula que sirviera para financiar las obras del convento. Su fábrica se convirtió  en el principal objetivo de la fundación porque toda la renta que generasen los bienes del mayorazgo (una vez apartados los 200.000 maravedis que se entregarían a los frailes y descontados los gastos que generase la propia hacienda del fundador) debía gastarse <<en hedificar el dicho convento y adonarle de todo lo necesario>>. La escritura no aporta ningún dato de carácter artístico pero incluye una pequeña referencia que serviría para valorar la envergadura de la fábrica. En ella se afirmaba que <<el edificio de la iglesia y casa a de sser conforme a los estatutos permiten  en lugares insignes como lo es esta ciudad>>. En vista de estas consideraciones, está claro que los patronos querían levantar un gran conjunto arquitectónico, pero el coste de las obras les hizo cambiar de opinión.

La concordia que se redactó en 1611 nos muestra un panorama completamente distinto. El enfrentamiento entre las partes había sido tan fuerte que la fundación se encontraba en la misma situación en que se hallaba antes del acuerdo de 1609; de ahí que fuera necesario solventar problemas en apariencia tan simples como la ubicación del convento. No tenemos referencias al respecto pero es probable que los carmelitas adujeran razones de tipo religioso para volver a rechazar la vivienda del fundador. El acuerdo afirmaba que los frailes no querían <<las casas que para el dicho convento, dejo señaladas el dicho fundador, por no ser a propósito, ni conforme a los estatutos de la dicha orden>>. A pesar de las disputas y del tiempo transcurrido, la concordia recogió las aspiraciones de los carmelitas, precisando que el recinto debía levantarse <<en la parte y lugar que la dicha orden señalare por mas convenientes>>(10).

Escudo de la Orden Carmelita

Las condiciones arquitectónicas del edificio también quedaron acotadas, aunque de forma bastante genérica. El convento tendría que ser lo suficientemente grande como para albergar a veinticuatro religiosos, incluyéndose en su traza una iglesia, una hospedería, una enfermería, una huerta con su correspondiente cerca y todas <<las  demás oficinas y servicios ordinarios>> de cualquier fundación. El proyecto tenía que responder a los principios que se recogían en los estatutos de la congregación y su fábrica debía limitarse a <<la planta menor>> que utilizaba la propia orden. La escritura dejaba claro que los carmelitas tenían la obligación de entregar la planta del convento a los patronos; por eso, la necesidad de adecuar el edificio a los criterios que estipulaba la regla del Carmelo sería una fórmula de autoprotección empleada por los propios frailes. De esta forma, podrían imponer su criterio si el patrono quería introducir algún elemento arquitectónico que fuera contrario al espíritu de la orden (11). Por  contra, la referencia a la planta menor estaba directamente relacionada con la suma de dinero que deseaban invertir los patronos; aspecto que, como veremos más adelante, generó una agria polémica.

Con independencia de estos factores, la planta debía ser revisada y aprobada por varios expertos. Para ser exactos, tanto los patronos como los frailes tendrían derecho a nombrar dos representantes (un  alarife y un maestro de obras) que velasen por sus intereses. En caso de producirse alguna discrepancia entre los tasadores, las partes debían acudir al arzobispo de Toledo en busca de una solución. En este sentido, la escritura estipulaba que:

<<si los dichos alarifes y maestros no se conformaren, el consejo del ylustrisimo cardenal de Toledo, a de nombrar dos terceros, y los dichos maestros y alarifes, y los terceros en discordia han de tasar la dicha fabrica de la dicha trasa y planta y de todo lo en ella contenido con el precio justo que pueden  tener, y en discordia de todos que dicho consejo nombre otro tercero hasta que sea la mayor parte y hecha la dicha tasación  se a de traer y presentar en el dicho consejo del ylustrisimo cardenal, el qual a de informarse de la verdad y justificación de ella por los medios que tuviere por mas convenientes o por otra revista de alarifes, o maestros, y satisfecho de la justicia determine y declare el precio justo con que a de quedar la dicha tasación, determinando conforme a justicia y conciencia y por lo que determinare se a de estar y pasar sin quedar recurso o apelación ni otro remedio alguno>>(12)

Los patronos también debían costear <<los ornamentos de la sacristía y los demás aderesos necesarios para el servicio en dicho convento, como retablos de los altares, sagrario, plata, calices y los demás ornamentos, librería, enfermería, cozina y todo lo demás necesario hasta quedar dicho convento en perfeccion de todo el servicio necesario>>. Los frailes tendrían que entregar a los patronos un memorial en donde figurasen todos los elementos que necesitaba la comunidad. Los objetos tendrían que tasarse siguiendo el mismo procedimiento que se utilizó para la obra del edificio y, en caso de surgir alguna disensión, las partes tendrían que recurrir al arzobispo de Toledo.

La fórmula que se ideó para financiar las obras del convento estaba directamente relacionada con la dotación que se entregaba a los frailes. El acuerdo señalaba que:

<< todo el precio en que se tasare el edificio y ornamento de dicho convento, se vaya gastando en hirlo fabricando y adornando hasta que del dicho precio no queden mas que ocho mil ducados, y estos como fueren cayendo de los frutos de la dicha hacienda se han de hir empleando en renta a satisfacción de la dicha orden y después de empleados, con la renta de ellos y con otros duscientos de los quatrocientos que se le han de dar para sus alimentos (…) se ha de hir prosiguiendo la obra de dicho convento y ornato de el, hasta estar puesta en toda perfeccion, sin que pueda emplear en otra cosa>>(13)

José Javier Barranquero. “Conventos de la Provincia de Ciudad Real. Biblioteca de Autores Manchegos. Ciudad Real 2003.

Ubicación del Convento de los carmelitas en un plano de Ciudad Real de 1925, cuyo edificio estaba entonces destinado a manicomio 


(9) AHPCR, Protocolos notariales, legajo 116, fol. 90v.
(10) AHN. Clero, Clero secular-regular, legajo 1.864/2 sf. La concordia estipulaba que las casas de don Antonio debían venderse <<y su precio>> juntarse con <<la demás hacienda>> del fundador.
(11) En este sentido, resulta inaudito pensar que los frailes pudieran entregar un proyecto que quebrantase sus propias normas de vida.
(12) AHN, Clero, Clero secular-regular, legajo 1.864/2, sf.
(13) Ibídem.

lunes, 22 de octubre de 2018

EL DESAPARECIDO MONASTERIO DE LOS CARMELITAS DESCALZOS DE CIUDAD REAL (I)


 
El desaparecido Monasterio de los Carmelitas de Ciudad Real, ubicado en la Ronda del Carmen, enfrente de la calle del Carmen. Fotografía del  Centro Estudios de Castilla-La Mancha

La presencia de los carmelitas descalzos en Ciudad Real (tanto en su rama masculina como en la femenina) está vinculada a la figura de un caballero de la Orden de Montesa que era regidor de la ciudad: don Antonio de Galiana Bermúdez. El convento de los carmelitas descalzos se fundó con las rentas del mayorazgo instituido por don Antonio de Galiana en 1594. Los derechos del mayorazgo recayeron sobre doña Marina de Galiana, sobrina del fundador que debía cumplir una sola condición para disfrutar de la renta: casarse con don Francisco de Galiana Bermúdez (1). La escritura de mayorazgo regulaba la transmisión del mismo siguiendo las costumbres del momento (preferencia del hijo mayor al menor y del varón a la hembra) e incluía una cláusula que aclaraba el destino de los bienes ante una situación excepcional: la muerte de doña Marina sin tener descendencia. En este caso las rentas del mayorazgo debían servir para fundar dos obras pías: el convento de los carmelitas descalzos y una institución destinada a casar doncellas. La sobrina de don Antonio no tuvo hijos durante su matrimonio y, como era de esperar, esta falta de descendencia propició la aparición del convento.

A la hora de estudiar el convento de los carmelitas descalzos de Ciudad Real tenemos que partir de la propia carta de mayorazgo que otorgó don Antonio de Galiana en 1594. El documento en cuestión establecía una clara prelación entre las dos fundaciones que había instituido don Antonio; prelación que, sin duda, redundaba en beneficio de los frailes. El benefactor quería que los primeros esfuerzos económicos se consagrasen a la construcción del convento, que debía fundarse en su propia casa siguiendo en todo momento las condiciones y estatutos de la orden. La financiación de las obras y la dotación del edificio quedaron perfectamente acotadas, estipulándose que:

<<todo lo que fuere necesario gastarse se gaste de lo que rrentaren los demás frutos deste dicho mayorazgo estando sienpre lo principal dellos ynhiesto sin enaxenarse y bien rreparado (…) y haciendo los dichos gastos y hornamentos que de presente fueren nezesarios de los dichos frutos>>(2)

A continuación, don Antonio precisó el destino que se habría de dar a los réditos que siguiera produciendo su hacienda, señalando que <<de los demás frutos deste dicho mayorazgo no aviendo la dicha subcesion y hecho el dicho monasterio la rrenta dellos se gaste y rreparta en casar doncellas pobres de mi linaje>>. Esta obra pía quedó vinculada al convento de los carmelitas ya que, por expreso deseo del fundador, los derechos de patronazgo debían recaer sobre el prior <<del dicho monasterio que asi dexo ordenado>> y, al mismo tiempo, sobre <<los dos deudos mios mas cercanos que obiere>>; decretándose, además, que los tres patronos tendrían que reunirse en el convento para proceder al reparto de la renta.

Las ditectrices que marcó el fundador dejaban en el aire un tema tan importante como la renta que debía entregarse a los frailes para su manutención. Con la intención de aclarar este asunto, don Cristóbal Bermúdez y don Pedro de Galiana(3) se reunieron con fray Pedro de Cristo (definidor general de los carmelitas descalzos) y rubricaron un acuerdo que <<a priori>> acotaba todos los aspectos del proyecto. Los patronos no querían que se suspendiera <<el aver en esta ciudad (de Ciudad Real) rrelixiosos de la dicha horden (de Nuestra Señora del Carmen) ni tampoco cesse ni se suspenda el dotar las dichas doncellas>> mientras se construía el convento; por eso determinaron 

Montaje donde estuvo ubicado el Antiguo Monasterio de los Carmelitas. Montaje realizado por Víctor Diez Bejarano

que todos los años  debían <<apartarse>> 200.000 maravedís de las rentas generadas por los bienes del mayorazgo, cantidad que debía repartirse a partes iguales entre las dos instituciones: 100.000 maravedís <<para ayuda a los alimentos de los rrelixiosos que desde luego a de aver en el>> convento (estipulando que por lo menos habrían de ser <<quatro o cinco>>  los frailes que residieran en la localidad) y otros 1000.000 <<para dotar desde luego doncellas>>(4). Una vez terminado el convento, los frailes tendrían que recibir 600 ducados al año en concepto de limosna para costear su manutención y el resto de la renta que generasen los bienes vinculados por don Antonio habrían de servir para casar doncellas.

A cambio de la donación, los carmelitas tendrían que celebrar todos los años un par de oficios religiosos; oficios que debían aplicarse por el alma del fundador y, además, por un nutrido grupo de personas en el que tenían cabida los patronos de la disposición y todos los difuntos de don Antonio, incluyéndose una mención muy especial a sus dos mujeres: doña Beatriz de Guzmán y de la Serna y doña Isabel Treviño de Galiana. La primera ceremonia se iniciaba con unas vísperas solemnes el 12 de junio y continuaba al día siguiente (festividad de San Antonio de Padua) con una misa cantada, sermón y responso también cantado. El oficio restante estaba directamente relacionado con el ámbito funerario, se trataba un aniversario que debía celebrarse en la octava del día de los difuntos (5).

Para terminar, la concordia recogía otras dos contraprestaciones sociodevocionales: la necesidad de colocar las armas de don Antonio de Galiana (tanto paternas como maternas) en cuatro lugares del convento y el derecho de los patronos a enterrarse en la capilla mayor de la iglesia (6).

Las partes parecían haber llegado a un acuerdo válido pero las diferencias económicas provocaron un enfrentamiento bastante duro que llegó a los tribunales. Al final, el conflicto se solventó de forma amistosa con la redacción de una concordia que se rubricó el 2 de mayo de 1611. Este acuerdo seguía el mismo procedimiento a la hora de distribuir la renta (es decir, tomaba como punto de referencia la propia obra del convento) pero rebajaba de forma ostensible el dinero que debía entregarse (7). En este sentido, mientras se estuviese construyendo el edificio, se debían destinar 50.000 maravedís anuales para la manutención de los frailes que viviesen en la casa y otros 50.000 para la dotación de una doncella, tal y como lo dispuso el fundador. El resto de la renta debía servir para levantar la fábrica del edificio y, cómo no, para comprar todos los ornamentos que fuesen necesarios. Cuando el convento estuviese completamente terminado, <<asi de edificios como de ornato>>, se debían entregar a los carmelitas 400 ducados (es decir, 150.000 maravedís) anuales para costear sus alimentos y todo lo demás debía quedar para sufragar el resto de las obras pías que había fundado don Antonio (8).

A diferencia de lo que ocurrió en el plano económico, las contraprestaciones socio-devocionales solo sufrieron  una pequeña modificación. Y es que la concordia no recogía la necesidad de celebrar un sermón en la fiesta de San Antonio de Padua. El resto de las prerrogativas (colocación de los escudos de armas, distribución de los oficios religiosos, derechos de sepultura, etc.) seguía al pie de la letra los términos del acuerdo anterior.

José Javier Barranquero. “Conventos de la Provincia de Ciudad Real. Biblioteca de Autores Manchegos. Ciudad Real 2003.

Vista aérea del antiguo Monasterio de los Carmelitas en 1928. En la fotografía podemos ver la iglesia y sus antiguas dependencias destinadas entonces a manicomio (mano izquierda), junto al antiguo Hospital (mano derecha)

(1) Don Francisco era hijo de un primo hermano del fundador llamado Luis Bermúdez.
(2) Archivo Histórico Provincial de Ciudad Real, Hacienda, caja 792, doc. 2, sf.
(3) Don Cristóbal Bermúdez era patrono de la fundación y don Pedro de Galiana actuaba en nombre de su padre (don Diego de Galiana) que también era patrono de la institución, AHPCR, Protocolos notariales, legajo 116, fol. 89r.
(4) AHOCR, Protocolos notariales, legajo 116, fol. 91r.
(5) Los carmelitas debían oficiar estas ceremonias <<en rreconocimiento de la charidad quel dicho don Antonio de Galiana tuvo a esta rrelixion y de la charidad que los dichos patronos le hacen>>. AHPCR, Protocolos notariales, legajo 116, fol. 92r.
(6) Los patronos del convento tendrían la capacidad de elegir los cuatro lugares donde irían colocadas las armas del fundador. AHPCR, Protocolos notariales, legajo 116, fol. 92r.-92v.
(7) No sabemos qué motivó esta reducción pero podría deberse a dos motivos fundamentales: a una valoración más exacta de la renta que podía generar el mayorazgo o, lo que es más probable, a la crisis económica que se vivía en esos momentos, situación que como veremos más adelante afectó a la dotación del convento femenino.
(8) AHN, Clero, Clero secular-regular, legajo 1.864/2, sf.

domingo, 21 de octubre de 2018

LA CALLE DEL CARMEN


Montaje de la actual calle del Carmen, con la desaparecida puerta del Carmen. Montaje realizado por Víctor Diez Bejarano

La calle del Carmen de Ciudad Real, es una de las antiguas calles de nuestra ciudad, que perteneció al barrio cristiano de la Virgen, que comienza en las mismas puertas del Monasterio de las Madres Carmelitas Descalzas y terminaba en la ronda del Carmen. Su nombre proviene precisamente del citado monasterio, aunque no fue su primitiva denominación.

El primitivo nombre de esta calle era de San Andrés, que provenía del antiguo hospitalillo de San Andrés, que se encontraba en la Plaza del Carmen y sobre su solar se levantó el monasterio de las carmelitas, tal y como no lo recuerda D. Julián Alonso, en un artículo publicado en la revista “Albores de Espíritu” sobre la “Vida y Muerte de Don Manuel Castro de Antolínez” en 1949.

Fotografía de los años noventa del pasado siglo XX de la calle del Carmen, donde aun se conservaban viejas edificaciones. Fotografía de Antonio López González de la Higuera

La calle hasta el siglo XVII, terminaba en la muralla medieval que rodeaba a Ciudad Real, pero en el mencionado siglo se abrió en la muralla la desaparecida Puerta del Carmen, con el objeto de dar acceso al desaparecido Monasterio de los Carmelitas, que se levantó a extramuros de la ciudad, construyéndose su iglesia en 1619.

La Puerta del Carmen era un sencillo pero esbelto arco rebajado, el cual estaba apoyado en dos pilares o puntos fijos, teniendo también vistosos adornos geométricos. Parece ser que en 1912 presentaba un estado ruinoso, siendo demolida.

El edificio más noble de la calle es el actual Monasterio de las Carmelitas, y a lo largo de su historia en ella se levantaban edificaciones de una y dos alturas, que a partir de los años setenta del pasado siglo, fueron demolidas para levantarse en sus solares, los actuales pisos de varias plantas.

Imagen de la Virgen del Carmen que preside la calle, en la puerta de acceso a la iglesia conventual

sábado, 20 de octubre de 2018

PÁGINAS DEL CALLEJERO FLORAL DE CIUDAD REAL



Para este callejero, husmeador de hombres botánicos, interesan dos calles de las seis que afluyen o salen, de la remansada plazuela de las Carmelitas descalzas, cuyo convento mandaron hacer D. Antonio Galiana y doña Isabel Treviño para la Orden de Montesa que lo rechazó por lo cual, en el 1596, pasó al Carmelo siendo su primera priora M. María de Jesús. Su templo se construyó con los bienes de don Juan Bustamante, en el reinado de Carlos II.

Las dos vías parten casi juntas y rematan, divergentes, en la de Morería, uniendo el barrio moro con el cristiano de Santa María de nuestra ciudad. Son las calles de la Azucena y de la Zarza, separadas, al iniciarse, sólo por la fachada frontal, de muy castiza traza, de una casa de acomodados manchegos de tiempos pasados, que, ahora, sin respeto al buen gusto local, ha sido reforzada con modernidad deplorable. Es lamentable la inhibición municipal en esta anarquía desbordada, que, como contraste, en Toledo mantienen a límite con rígida meticulosidad.

Otro día recorreremos la calle de la Zarza. Hoy pasearemos por la calle de la Azucena.

Azucena. Planta con bulbo escamoso de cuya yema apical surge el tallo aéreo, indiviso, con profusas hojas, sentadas, en toda su longitud.

En junio, se termina con un racimo de grandes y blanquísimas flores de olor embriagador y polen amarillo abundante.

Por la Inmaculada blancura de sus flores, la azucena es tomada como símbolo de pureza. Es la flore de las primeras comuniones, de los santos virginales, del altar de la Concepción, de los sagrarios, de la custodia del día del Señor…

Con los bulbos y pétalos de esta planta se hacen cataplasmas para las quemaduras y crisipela.

La calle de la Azucena es larga, de anchura creciente desde el principio a su mitad y vuelve a estrecharse hacia su final, soleada, salpicada de rancias casonas, aunque modernizadas casi todas –la casa de Vidal aún conserva un arco mudéjar en su interior-. Empieza en la citada plazuela del Carmen, precisamente donde termina la señorial calle de Caballeros; da arranque a la de Infantes; cierra la del Prado; se deja cruzar por la de los Reyes, y desemboca, casi frente a la del Olivo, en la Morería.

En su mitad estuvo el cementerio que rodeaba la parroquia de Santa María del Prado, hoy Catedral del Obispado Priorato de las cuatro Órdenes Militares; se abre “la puerta de la umbría” de este templo, y se eleva la tetragonal hechura de la torre levantada, en 1825, como sustituta de la que, siendo en realidad dos torres –una externa ciñendo a otra interior- amenazaba ruina, en el mil setecientos ochenta, y demolieron tirando las piedras, brutalmente, desde lo alto, con el consiguiente peligro para las casas vecinas.


Uno de los edificios con fachada a la calle de la Azucena es el famoso palacio cuya interesante portada, perfectamente conservada, da al paseo del Prado. Era, en el siglo XVII, “la casa de los Martibáñez” y es, hoy, de los herederos del marqués de Huétor de Santillán. El catedrático don José Balcázar Sabariegos aseguraba y se perpetúa en una lapida, naciera ahí, en 1451, Hernán Pérez del Pulgar, llamado “el de las hazañas”, por aquella del Ave María realizada en Granada cuando los Reyes Católicos pusieron cerco al postrer baluarte de la morisma en España. La lápida fue colocada durante las fiestas de agosto de 193, año en que se cumplía el IV centenario de la muerte, en 1531, de Hernán Pérez, según reza la inscripción que en ella mandó emplomar Balcázar, autor del discurso inaugural, que no leyó personalmente, aunque asistió al acto.

Cosa curiosa en anotar que, al establecerse el Coto Redondo de las cuatro Órdenes Militares, en 1851, prometió el Estado, entre otras cosas, dar decente palacio al Prelado, pero no era propicia la economía nacional y el primer Obispo Prior hubo de instalarse en el entonces viejo caserón de la Vicaría, en la calle de Toledo hoy bellísimo palacio de la Diputación Provincial –mientras se reparaba y adecentaba la casa número 13 de la calle Azucena, que todavía conserva trazas de su pasado y temporal destino eclesiático. En él  se celebró el Concurso general a Curatos- nos dice Hervás- y continuó siendo la mansión de los obispos hasta que, en 1881, fijaron su residencia en la casa número 4 de la calle de Caballeros –en la actualidad imprenta y litografía de Pérez- para, en 1887, trasladarse, definitivamente, al actual suntuoso palacio episcopal construido de nueva planta, según planos del arquitecto diocesano don Vicente Hernández Zanón, en el número 5 de la mentada calle de Caballeros, donde estuvo la “casa de las oficinas”, procedente de una memoria pía del camarín de la Virgen incluida en los bienes desamortizados y abandonada por estar ruinosa.

La calle de la Azucena se ha rotulado en nuestros días, con el nombre de don Ángel Andrade, catedrático del Instituto, paisano nuestro, insigne y laureado paisajista, que nació en ella, en el número 12, el 15 de mayo de 1867, como atestigua la lápida colocada en la fachada de la casa natalicia y falleció, hace 25 años, en el edificio de la plazuela de la Merced que forma esquina con callejón viejo del Instituto, actualmente flamante pasaje de la Merced.


D. Ángel Andrade, por la honra que nos dio, merece el homenaje agradecido de sus paisanos, y que sus tablas, lienzos, dibujos…, diseminados por las dependencias de la Excma. Diputación, que los adquirió a la muerte del artista – a cuyo pincel se debe la decoración del techo de la escalera- tengan, reunidos, sobresaliente y justo acomodo para, con santa vanidad y biennacido cariño, poder mostrar a la admiración del visitante y al estudio del entendido, la obra, casi integra, de tan ilustre manchego. Y, al organizar esa pinacoteca, bueno sería alhajarla con los tapices que Andrade pintó para los balcones principales de los edificios de la Diputación y del Ayuntamiento –muy maltratado el de este ultimo y, por fin, guardado cuidadosamente por las corporaciones municipales actuales- y con el estandarte de la Hermandad de la Piedad en donde plasmó, con gran realismo, la efigie de ¡aquel hermosísimo Cristo de la Piedad de la catedral, del siglo XVII, destruido, de suma belleza humana y emocional y de valor artístico insuperable.

La ciudad, cuando en la puerta de Santa María existía la ermita de San Sebastián, celebraba solemnemente su festividad. “La víspera del santo, a las dos de la tarde, salía la procesión de Santa María del Prado, que, por la calle de la Azucena y cantando el himno del Santo, se dirigía a la de Infantes para llegar a la ermita que estaba en las eras, en donde luego estuvo “el pozo de nieve”. En el desfile figuraban “el Cabildo, las tres cruces parroquiales, capellanes y demás individuos y la Corporación de la ciudad”. “Celebraban vísperas en la ermita, que tenía dos puertas, y, al siguiente día, decían misa, con sermón, y, por la tarde, salía por las eras la procesión del Santo Mártir”. “Acudía un inmenso gentío y después, todos a porfía, llenos de fe, bebían agua del pozo que, junto a la ermita, estaba en las eras de San Sebastián” y que en la actualidad se conserva, seco, delante de la caseta oficina y almacén de materiales de las obras del nuevo Seminario. “Bebían para curar las fiebres malignas del alma y después del cuerpo”. “Concluida la procesión del Santo, Abogado de la peste, los dos cabildos, en la misma forma que llegaron y cantando el himno, se retiraban hasta Santa María del Prado.

Julián Alonso Rodríguez. Diario Lanza, miércoles 1 de octubre de 1958, página 5.


viernes, 19 de octubre de 2018

EL ANTES Y DESPUÉS DEL EDIFICIO DE LA ESQUINA DE LA PLAZA DEL CARMEN CON CABALLEROS



Haciendo el recorrido histórico que he realizado estos días a la Plaza del Carmen, hoy voy a reproducir dos imágenes del antes y después,  del edificio que hacia esquina en la Plaza del Carmen con la calle Caballeros, en cuyos bajos estuvo la “Papelería Eloísa”, el “Bar Chicos” y en su parte superior albergó durante muchos años, la sastrería de Epifanio, lugar donde se realizaron muchas túnicas de las cofradías y hermandades de nuestra Semana Santa. Edificio que permaneció en pie hasta la década de los años noventa del pasado siglo XX. 


jueves, 18 de octubre de 2018

EL MONUMENTO A LA VIRGEN DEL CARMEN



El Ayuntamiento de Ciudad Real en el año 1995, realiza obras de urbanización en la Plaza del Carmen, así la isleta de la Plaza del Carmen experimenta un cambio al suprimirse un trozo del perímetro exterior y unirla a la fachada del convento de las carmelitas a modo de acera y haciendo desaparecer el tramo vial existente entre el edificio y la isleta. Dos años más tarde, en 1997, la comisión municipal de cultura, acuerda la realización de un monumento a la Virgen del Carmen, que presidiera la plaza Monumento que fue encargado al granadino, Mariano Roldán Esturillo, por un importe de seiscientas mil pesetas.


El primer monumento a la Virgen del Carmen en nuestra ciudad, fue inaugurado por el entonces alcalde de Ciudad Real, D. Francisco Gil-Ortega Rincón, el 16 de julio del citado año de 1997. El monumento en sí, es un gran pedestal de piedra que lleva la siguiente inscripción: “El Pueblo de Ciudad Real a la Virgen del Carmen. 16-VII-1997”. Sobre él una imagen de la Virgen del Carmen, de un metro quince, realizada sobre una textura de mármol blanco.


Pero esta primera escultura fue objeto del gamberrismo incívico de algunos ciudadanos, que la llegaron a mutilar, lo que obligó al ayuntamiento al sustituir la imagen y poner la actual de bronce, que fue inaugurada por la Alcaldesa, Rosa Romero Sánchez, el 16 de julio de 2010.