lunes, 5 de diciembre de 2016

EL CASINO Y SU HISTORIA



Con motivo de la desaparición del Gran Casino, se han publicado varias notas referentes a su historia y, últimamente, un buen artículo de ese amante de las cosas de Ciudad Real que es Hermenegildo Gómez Moreno.

Pienso yo que el Casino encierra trozos de la vida de nuestra capital que no deben perderse con el edificio. Pero como las piedras no hablan, ahí están antiguos socios, supervivientes de la época más gloriosa de la sociedad, que podrían aportar datos interesantes para que, canalizados de alguna manera -¿por quién mejor que por los cronistas de la ciudad?- servirían para una historia del Casino que, con un espíritu más ambicioso, podría ser una historia de aquel Ciudad Real que fue el entorno de la entrañable sociedad.

Esas personas a quienes aludo nos hablarían con nostalgia de las tertulias de aquellos sesudos señores que fueron bautizadas, a la sazón, como “el Congreso” y “el Senado”, donde se fraguaba la política local y se comentaba la nacional. Nos hablarían del empaque que le dio al centro su presidente don Arturo Gómez-Lobo que hizo vestir a los camareros con calzón corto y charreteras. Nos contarían de las fiestas, de aquellos carnavales divertidos y añorados. Recordarían la acreditada repostería. Comentarían el juego, que tan pingües beneficios proporcionaba a la sociedad. Anécdotas sin fin y tantas y tantas cosas y personas que eran espejo de la vida local.


Yo hoy quiero aportar unos datos, de los que nadie ha hecho referencia y que no sería justo olvidarlos. Los oí de labios de mis mayores y dejo constancia de ellos:

1º.- El arreglo y el embellecimiento del patio central, pavimentado con mármol, que perdura en perfecto estado pese al tiempo y vicisitudes, fue obra del presidente don Bernardo Mulleras, ciudarrealeño de feliz memoria.

2º.- Las lámparas, quizá lo mejor de cuanto encierra el edificio, fueron diseñadas por otro insigne paisano, el laureado pintor don Ángel Andrade y fundidas en Toledo.

3º.- Entre las aportaciones de la sociedad a la ciudad está la pavimentación de la calle de Ciruela (Alfonso X el Sabio) con adoquín –tal vez los primeros que se pusieron- y que fue un hito importante en aquellos años, donde el empedrado de cantos prominentes, el desagüe central de las calles y los infinitos charcos hacían intransitables las calzadas en días de lluvia.

Pequeñas cosas todas ellas, pero que debemos escribirlas y transmitirlas porque son piezas que configuran la personalidad de una ciudad, su propia identidad, lo que, en definitiva, nos aparta de la monotonía de las ciudades modernas, sin alma y sin humanidad, en la que estamos abocados a vivir olvidando nuestra propia imagen, para ser números y cemento sin espíritu ni transcendencia.

Carlos Rojas Dorado, diario “Lanza” miércoles 7 de octubre de 1981


No hay comentarios:

Publicar un comentario