viernes, 2 de diciembre de 2016

¡ADIOS AL GRAN CASINO!



Mi buen amigo Cecilio López Pastor, en la “Hoja del Lunes” del día 28 pasado, me invita a que dedique unas líneas sobre la historia de nuestro Gran Casino que en la actualidad está a punto de desaparecer. No es agradable escribir de algo muy querido que se nos “muere”, con tantos recuerdos como nos merece. La amistad y el cariño que siento por las “cosas” de mi pueblo me obliga a aceptar la invitación. Ingresé en la sociedad como socio numerario en el año 1928. Antes, ya nos permitían la entrada, en calidad de hijo de socio y en tiempos de estudiante eran frecuentes nuestras visitas a las salas de los billares, juego de ajedrez y biblioteca. Es lógico, pues que sintamos con pena la desaparición de lo que tanto estuvo ligado con nuestra ya larga vida.

Según los datos que conservo en mi archivo particular, parece ser que nuestro Gran casino, llamado en un principio “Casino de la Amistad”, tuvo su origen a mediados del siglo pasado. Estuvo instalado desde su fundación en la casa que fue de don Diego Sanz, esquina de las calles del Camarín y Caballeros. Allí estuvo hasta el año 1875 en que se trasladó a la planta baja de la casa de los señores Barrenengoa, también en la calle Caballeros, número 1, y en donde estuvieron la Diputación Provincial, la Academia general de Enseñanza y el Gobierno Civil y hoy el moderno edificio levantado con destino a Museo provincial.

Años después la Sociedad adquirió la casa de labor de don José de Forcallo, con fachadas en el Prado y calle Caballeros, en cuyo solar fue levantado el nuevo edificio, ejecutando la obra el maestro don Joaquín García.

Una vez terminado el inmueble fue inaugurado el día 7 de julio del año 1887, según se indica en la lapida que figura en el zaguán del mismo, siendo presidente de la sociedad, el ilustre abogado don José Ramón Ibañez, conocido por los amigos como el “Pollo Ibañez”.

En los días de su inauguración hubo bailes de gala y grandes fiestas. No faltó, como era costumbre en la época, los recursos económicos destinados a los pobres, limosnas con las que se escondía la diversión y recreo bajo la máscara caritativa.

Don José Balcázar Sabariegos y mis buenos amigos, José Rico y Paco Pérez, en varias publicaciones nos dan amplios detalles de este acto y de aquella sociedad que según el señor Balcázar, era “consuelo de los pobres, recreo de los ricos, vivero de amistades verdaderas y centro de cultura”.


Era por entonces el “Casino de los señores”, como era conocido por el pueblo, el centro de reunión que congregaba a la clase media y algo más que media, de cuyas tertulias, a la usanza de la época, salían los alcaldes, concejales, diputados y algún que otro senador, ya que a ellas asistían los más destacados elementos de la política y caciquería provincial de aquel tiempo.

El juego de la ruleta y el de los naipes dieron al Casino abundantes ingresos que, a través del tiempo, permitió a la Sociedad realizar grandes reformas y obras importantes que enriquecieron el edificio, completado con lujosa ornamentación y noble nobiliario. Entonces el Casino fue rico y generoso; así en el año 1913 ayudó al Ayuntamiento construyendo una acera en la entonces calle de Alarcos, hoy Avda. de los Mártires. En el año 1915 a sus expensas se imprimía una obra titulada “Nuestra Señora del Prado” escrita en verso por don Antonio Mendoza. Siempre estuvo dispuesto el Casino a prestar su ayuda a las obras benéficas y culturales.

En el año 1916, siendo presidente del casino el señor Cárdenas del Pozo, coincidiendo con el acuerdo del Ayuntamiento de trasladar la feria desde la plaza de la Constitución al Parque de Gasset, la sociedad construyó un amplio y acogedor pabellón en los paseos donde se colocó el real de la feria, destinado a sus socios y familiares.

Su biblioteca fue magnífica y su fama traspasó los límites de la provincia. Cuando el Rey don Alfonso XIII vino a Ciudad Real en el año 1905, en calidad de Gran Maestre de las Ordenes Militares, los caballeros de dichas órdenes que vinieron con él, al conocer la biblioteca de nuestro casino, manifestaron con palabras de elogio la valía de la misma considerándola como una de las mejores en su categoría existentes a nivel nacional. De ella guardo gratos recuerdos. En mis tiempos estuvo en la sala que hoy se juega a las cartas, comunicaba, con un rico cortinaje de terciopelo, con una habitación contigua (donde hoy se halla la secretaría), para la lectura de la prensa. Se hallaba rodeada de ricas vitrinas de nogal guardando miles de volúmenes, cuidadosamente clasificados. Su pavimentación estaba cubierta con una alfombra que mitigaba el breve ruido de las pisadas. En el centro una reproducción de la Venus de Milo y pupitres individuales para la escritura y lectura con cómodos sillones. Al frente de ella se hallaba la simpática y bondadosa bibliotecaria doña Amalia Luna, la que con buen entender nos atendía cuando de estudiantes íbamos a consultar algún tema y nos ayudaba a buscar el texto apropiado. Su ambiente acogedor, la comodidad y los medios que teníamos a nuestro alcance nos invitaba al estudio.

Recordamos algunos de los que fueron presidentes de la sociedad: don Arturo Gómez Lobo, don Rafael Cárdenas del Pozo, don Cirilo del Río, don Gregorio Yaner, don Bernardo Mulleras, don Carlos José Víctor, don Cipriano Arteche, don Casimiro Coello Gallardo, don Eduardo Rodríguez Arévalo, don Juan Ignacio Morales, don Fidenciano Trujillo, don Alfredo Ballester, don José Manuel Cantos Buendía, don Miguel Guzmán y don Francisco Sauco.


Vino la triste guerra del 36 y el Casino tendría que pagar su tributo. Disuelta la Sociedad. Destruidos y desaparecidos la mayoría de sus enseres, entre ellos la famosa biblioteca, cuyos volúmenes fueron repartidos entre varias instituciones, el Casino dejó de ser Casino convirtiéndose por entonces en hospital de sangre.

Cuando terminó la guerra fue “Hogar de José Antonio”, centro de recreo y actividades de la Falange. Años después se pudo rehacer la Sociedad del Casino y haciéndose cargo de lo que de él quedó se procedió a levantarlo sin conseguir jamás que volviera a ser lo que fue.

La nueva Sociedad no escatimó sacrificio para levantar su Casino y conseguirlo con la dignidad que exigía nuestra ciudad. Hubo derramas y subidas de cuotas de los socios, pero, por la prohibición de los juegos, cuyos porcentajes hubieran podido proporcionar recursos y no siendo suficientes la cuotas y aportaciones de los socios para cubrir la cuantía de sus gastos, hubo necesidad de acudir a los créditos con la esperanza de llegar a tiempos mejores. Estos no llegaron, sino todo lo contrario. Los créditos fueron aumentando y sus intereses iban ahogando la economía de la Sociedad, llegando al triste extremo del embargo y subasta de sus enseres. Despojada la Sociedad de sus muebles se ve en la necesidad de ofrecer la venta del edificio al Ayuntamiento a quien anteriormente se le había adjudicado la subasta para, con el importe de la venta, terminar de pagar el restó de sus deudas y con lo sobrante instalarse la Sociedad en otro lugar más reducido.

Es posible que el Ayuntamiento adquiera el edificio y conserve su construcción en donde instale algunas de sus dependencias con fines culturales y se le siga llamando el Casino y la Sociedad llegue a instalarse en otra parte, pero jamás volverá a ser Gran Casino. El Gran Casino de Ciudad Real ha muerto.

Hermenegildo Gómez Moreno, diario “Lanza” domingo 4 de octubre de 1981, página 3.


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