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sábado, 18 de diciembre de 2021

UN REY EN CIUDAD REAL (VII)

 

Vista del Castillo de Miraflores en Piedrabuena



Dejamos a la Santa en su celda, sentada en el viejo sillón de roble, con el asiento y respaldo de oscuro cuero sencillamente repujado, a estilo cordobés, con el atuendo académico, muceta de seda que cubría su busto y en la cabeza el birrete de Doctora.

Cuando yo escribí los Loores y las Cántigas a la Virgen Santa María, me hice la ilusión de que no se igualarán nunca, no por la forma imperfecta como todo lo humano, sino por el ferviente amor que puse en esas obras, y que creo están ahora los mimados manuscritos en la biblioteca de El Escorial, dijo el rey pensativo, pero Santa Teresa como poeta superó cuanto se ha escrito porque supo expresar en sus versos el amor divino, como nadie.

Subimos en “Pegaso” y tornamos veloces otra vez hacia estos campos que rodean la Ciudad que fundara el sabio monarca, rumbo a la antigua PETRA BONA (hoy Piedrabuena), buscando el Castillo de Mestaza, famoso en otro tiempo, cuando las luchas de la Reconquista ensangrentaban nuestras comarcas de la Mancha, pero la desilusión fue grande, porque la antigua fortaleza estaba convertida en plaza de toros, para recreo de la villa.

Desde lo que fueron altas murallas, vimos como a unos cuatro kilómetros, la silueta en un altozano, de otro castillo, claro que casi derruido, llamado de MIRAFLORES, que, sin ser grande, por el punto que ocupó era de importancia estratégica por dominar grandes extensiones.

Llegamos a Miraflores, que así se conoce y llama indistintamente por los contornos de Piedrabuena y a la luz intensa de la plateada luna, subimos por una rampa, penetrando en lo que fue Patio de Aguas del Castillo, sentándonos al pie de la Torre de Homenaje.

Examinamos la entrada de un subterráneo, que como en todos los castillos, tenían por objeto surtir de agua de algún río próximo a la fortaleza y en caso de asedio facilitar la fuga de la guarnición.




Este de Miraflores desemboca como a un kilómetro del castillo cerca de un manantial que nunca se agota llamado Fueteva.

-Voy a contaros, Majestad la tradición que se conserva sobre esta fuente, leyenda que he recogido de labios de naturales de Piedrabuena:

El castillo de Miraflores estaba en poder de un gobernadorcillo moro, que tenía un hijo y una hija, ésta de subida belleza y genial figura llamada Zoraida, y su hermano fanático musulmán, que la mejor palabra que tenía para los de la verdadera fe era llamarlos “perros cristianos”.

Es lo cierto que la bellísima mora salía todos los días por el subterráneo hasta la fuente, y una vez se encontró en el mismo sitio con un apuesto joven cristiano de otro castillo fronterizo y entablaron amorosas relaciones.

Por confidencias de un morito, el hermano de Zoraida supo estas entrevistas y montando en cólera, juró matar a la joven pareja. Y así fue, que, habiéndolos sorprendido a los amantes, en dulce coloquio amoroso, sacó su puñal, matando a su hermana.

El cristiano lucho con el moro, venciéndole y dándole muerte, pero al ver agonizando a su amada, se clavó su daga en el pecho para no sobrevivir a la gentil mora, amor de sus amores.

El rey dijo: Es una leyenda romántica parecida a otras muchas que conocemos, pero bella en verdad, ahora vamos a la ciudad y Castillo de Alarcos, pasando por Benavente, Alcolea, Valverde, y Galiana.

 

Emilio Bernabeu, diario “Lanza”, miércoles 27 de enero de 1954

 


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