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sábado, 12 de septiembre de 2020

LA PLAZUELA DEL “SEÑOR SAN TIAGO”



Entrada la luna por las estrecheces que unen las plazuelas de Santiago y de D. Agustín Salido; daba tintes de leyenda, de moros y cristianos, al torreón almenado, y, entre él y el feísimo atrio del templo, en medio del paredón liso, dibujaba, con meticuloso afán, la cegada puerta que de arco de herradura parece, lo que si en remate fuera cierto, aclararía que antes de iglesia cristiana, mezquita era de Pozuelo, como los calatravos en sus escritos nombraban a nuestro lugar hasta que, convertido por el rey sabio en villa, y realenga, fuera desgajado de la pertenencia y dominio de los monjes y enfrentado a ellos, que como Pozuelo no vuelven a mentarlo.

Así: lunera, solitaria, espaciosa, aparecía la plazuela del “Señor San Tiago” en la primera visita veraniega, que hube de hacerle en mi temporada de ciudarrealeño, que se ha perdido en Ciudad Real y recibióme en sus susurros incorpóreos y sutiles de amiga, de buena amiga, que me daba la bienvenida.

La recorrí, cumplidamente de extremo a extremo en pasos lentos, deliciosos de recreación y pensaba que, pronto, aumentara el nocturno ensueño de su recinto con tenue luz artificial, penumbrosa y ciega, ya que “a edificios viejos, luz vieja” como hace poco nos contaba LANZA iban con gran acierto, a iluminar Morat.

¡Bonita estará nuestra plazuela! En las noches luneras, la luna jugaba con los viejos puntos luminosos y juntos, o estos solos en los días de negrura, darán aspecto antañón, poético, encantador a nuestro más bello rincón añejo, y la mortecina luz caerá en el típico empedrado nuestro de grandes cantos cuarcitosos que, holgados al empedrarla de nuevo, dejarán, entre sí, espacio a la hierbezuela para crecer y bordar verdes arabescos, complicados, en su sayal propio y castizo, haciéndola más bonita y subyugadora. Ni más masa verde que esas rendijas rellenas, ni más adornos, ni más filigranas, para la austeridad y respeto que merece la plazuela si no queremos dar al traste con él, como decimos, más castizo rincón de los pocos que aún quedan, que sobradas profanaciones artísticas son, para ella, un atrio absurdo, un edificio insulso, no de aquí, ni de allá, ni de ayer ni de hoy; otro pegote repelente, atroz, allí donde se besan esta plazuela y la de Don Agustín Salido… ¡y no entendemos en la siete u ocho veces secular, y sufrida, Santa Casa del Hijo del Trueno buscando el artesonado, del siglo XIV, mandado hacer por Muñiz de Godoy y oculto desde centurias pasadas sin que exista medio de que lo descubran!

Antiguas edificaciones de la Plaza de Santiago

Y paseando y paseando, seguía pensando en estas faltas y sobras y me decía: ¿qué opinarían los sevillanos si, en su barrio de Santa Cruz, quitásemos la famosa Cruz de herrejes retorcidos y complicados, y las macetas de claveles de sus gradas de ladrillo y en su lugar, clavásemos un gótico “cruceiro” gallego de piedra berroqueña carcomida de líquenes y musgos? ¿Saldríamos airoso de la “plaza de Santa Ana” de Ávila después de dejarles allí, en ella, una barroca fachada, al estilo colonial de retorno de América, como la del Carmen descalzo de Cádiz? ¿Y si adosásemos a la granítica Lonja del monasterio de El Escorial --¡a ver que le pasaba a la tumba de nuestro señor don Felipe II!—una casita blanquita de cal, con candela en la puerta; con ventanas de celosías verdes y con una azoteílla desgranando geranios rojos y jazmines, aires flamencos y repiqueteos de palillos?.. ¿Recuerdas los comentarios de aquellos turistas al ver junto a las vetustas parroquia de San Pedro y “la casa de la torrecilla” la novísima Delegación de Hacienda?

¡No te desquicies, Fantasía! Y piensa que la monumentalidad de esos próceres parajes no es comparable a la de nuestra plazuela.

Cierto pero, en su modestia, dale un tantico de monumentalidad la fachada del templo, cargado de historia, y se la aumenta la mole del monasterio de la Alta Gracia que se asoma sobre las bajitas casas ¡que no suban!... y los injertos de nuestra plaza antes restan, que añaden, nobleza artística.

…Y quizá más humilde que este remanso de paz de nuestra ciudad sean, en una ciudad hermana, unas casas que, en estos días, empezó a derruir su propietario, y sin embargo, varios vecinos vieron perderse un rincón de belleza local, que tan cuidadosamente allí conservan, y sus quejas respetuosas, razonadas, justas, tuvieron eficacia suficiente para que se decretara la suspensión de las demoliciones caprichosas y la reconstrucción de lo arruinado en la forma prístina con los mismos caracteres de armonía que tenía, que no podemos ser dueños amnimodos, de las cosas si no hasta el límite, prudente, de aquello a que nos debemos y exigen Dios, el Arte, la Historia y los que nos sucedan, ante quienes hemos de responder del empleo que hagamos de las riquezas, bellas y artísticas, pues en depósito, nada más no las entregaron sus creadores.

…Y una nubecilla cubrió la luna, ensombreció el recinto y la ciudarrealenga, encantadora, plazuela del “Señor San Tiago”, se hizo, más maravillosamente atractiva, medieval, legendaria… y, en lo alto del torreón almenado parecióme asomada la silueta de Alfonso X mirando los campos llanos del mismo modo que estuviera cuando, tal vez desde esa misma altura concibió la creación de su “real e bona villa”. La nubecilla: tiró unas gotas, y el agua, tibia, semejaba llanto sedante… y volvió a lucir la luna.

Julián Alonso Rodríguez, diario “Lanza” vienes 13 de septiembre de 1957


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