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jueves, 7 de noviembre de 2019

LAS SIERVAS DE MARÍA EN LA CALLE HORNO, HOY JUAN CABA 1902-1936


El Convento de las Siervas de María en 1913, fotografía publicada en la revista “Vida Manchega”

D. Inocente Hervás y Buendía, en su “Diccionario Histórico, Geográfico, Biográfico y Bibliográfico de la Provincia de Ciudad Real”, nos dice que a principios del siglo XX, no existía en Ciudad Real nadie que se ocupara de los enfermos que no tenían familia, o se encontraban alejados de ella. Por este motivo un grupo de personas piadosas, comisionaron al Coadjutor de la Parroquia de San Pedro, D. Pedro J. Menchén, para que entablara contacto con la Congregación de las Siervas de María Ministras de los Enfermos, quienes aceptaron la fundación de una casa en Ciudad Real.

Las cuatro primeras hermanas llegaron a nuestra ciudad el 5 de septiembre de 1902, estableciéndose en una casa alquilada de la calle San Francisco, esquina con Horno (la calle Horno es la  actual calle Juan Caba). Poco tiempo después adquirieron en propiedad la casa, la cual derribaron, levantando sobre su solar en 1910 el actual convento e inaugurando su capilla el 15 de septiembre del citado año.

Gracias a los donativos de  devotos, se celebró un Triduo a la Virgen de la Salud los días 24, 25 y 26 de marzo de 1913, bendiciéndose el retablo del altar de estilo neogótico, obra del escultor valenciano, José Romero Tena, que estaba presidido por la imagen de la Virgen de la Salud. Un mes después, el 16 de abril de 1913, el entonces Obispo-Prior, D. Remigio Gandásegui Gorrochátegui, bendijo la imagen del Corazón de Jesús, obra también de Romero Tena, y que se puso al culto en un modesto altar junto al altar mayor.

Hasta el año 1936, las religiosas realizaron una gran labor social, gozando de un gran prestigio en la sociedad ciudadrrealeña. Al inicio de la Guerra Civil Española, fueron expulsadas de su convento, por republicanos del Frente Popular, destinando el convento a alojamiento de fuerzas, siendo destruido el retablo de la capilla y todas las imágenes que recibían culto en ella.

Capilla de las Siervas de María en 1913

miércoles, 6 de noviembre de 2019

CIUDAD REAL. NOTAS DE UN VIAJE APRESURADO (V Y ÚLTIMO)



Paquito, mi principal y casi exagerado “Virgilio” en Ciudad Real, al volver de Alarcos nos llevó a la huerta de su familia donde se nos obsequió cumplidamente.

Paquito es hombre inquieto e incesante en su generosidad y cortesía, poco comprendido por todos, es de aquellos seres peregrinos cuya principal vocación, aparte de la enseñanza, es hacer la vida cómoda y agradable a los demás.

El, con gesto de amargura, suele decir que nació para “yunque”, y es verdad, pero no lo hacen yunque las circunstancias, sino que se hace él mismo, para detener el golpe que vaya sobre otro. Pequeño, movible, lía los cigarros con meticulosidad de relojero, nunca se abrocha el botón superior del chaleco -al contrario de los dandys-, y todos los días cambia de corbata, como si fuesen las hojas del almanaque de su camisa. Yo siempre me imagino a Paquito inclinado con un ademán cortés: dispuesto a levantar al transeúnte que cae en la calle, a pagar unas cañas, a dar constantemente tabaco, a dedicar su primera mirada a la joven que pasa. Parece inquieto y aburrido cuando pasa mucho rato sin que alguien le pida ayuda o favor.

...Cuando vuelva a Tomelloso será para recoger su equipaje y marchar al Instituto Laboral de Daimiel. Todos vamos a añorarle eternamente; pero yo estoy seguro que Tomelloso sabrá darle una digna despedida a este ejemplar acreedor de nuestra cultura y amistad.

Desde la hermosísima huerta de los Pérez volvimos a Ciudad Real. Don Emilio nos perfilaba los últimos detalles históricos y anecdóticos de la excursión que acabábamos.


EL CASINO Y FERNANDO CALATAYUD

A mí me gusta mucho el Casino de Ciudad Real. Es cómodo y confortable. Tiene casi más de club moderno que de casino decimonónico. La última siesta de mi estancia en la capital hicimos allí una tertulia literaria y artística. López Torres, callaba como siempre. Paquito Pérez y yo también. Crespo y Calatayud hablaban sus cosas. Fernando Calatayud, por su aspecto físico me dio la sensación de un Camilo José Cela un poco reducido, pero con detalles singularísimos. Por las mañanas Fernando va hecho casi un pordiosero; por la tarde, un caballero en plaza, detrás del burladero de una policroma e inmensa corbata americana; algo así como si se hubiese puesto una servilleta a propósito para tomar una comida surrealista.

Es el primer hombre que he visto en mi vida con los ojos sin brillo. Son los suyos unos ojos planos, anchos y oscuros como botones de abrigo. Fernando Calatayud habla con las narices muy abiertas y con la boca despectiva. Es un pirotécnico de las ideas y de las paradojas. Cuando defiende algo lo hace a sangre y fuego; cuando desprecia lo hace sin remisión. Tiene un celtiberismo intelectual que recuerda la forma de ser de los del 98. Calatayud hace literatura en todos sitios y a todas horas; su minerva es centrífuga y pródiga, su escasa obra publicada muy interesante; yo le creo más pensador que poeta, con ser mucho.

FINAL

El resto de mi última tarde en Ciudad Real fue precipitado y desasosegado. Hubo que asomarse a muchas cosas en poco tiempo. Con la misma prisa que vi, contaré.


Llegamos a San Pedro cuando salía una boda. El acompañamiento vestido de limpio, bullía por la hermosa glorieta. San Pedro es el mejor templo de Ciudad Real. Se conserva bien y su estilo gótico de transición es de lo más puro, aparte de los inevitables aditamentos barrocos. Sus tres naves despejadas, le dan una traza de solemnidad y equilibrio impresionantes. El retablo de la Capilla del Sagrario no pudimos verlo bien por falta de luz. Tallado en piedra gris tiene un concierto sobrio a la vez que magnífico.

Cuando salimos ya habían marchado los de la boda. Dos sacerdotes paseaban solitarios.

La urbanización de la capital ha mejorado muchísimo desde la última vez que yo estuve, hace ya bastantes años. El Mercado, el Instituto de Higiene y la Delegación de Hacienda, en construcción, y otras obras que no recuerdo el nombre... Por cierto que el monumento a Cervantes, no sé dónde lo han metido. Tendría sus faltas pero era el único en esta provincia en que siempre andamos a vueltas con los dichosos molinos. Porque ya se sabe que ningún manchego mueve la pluma sin soltar los cuatro topicazos del Quijote y ponerse muy sentimental como si don Miguel fuese tío o abuelo de todos.

En la Catedral estuvimos unos momentos. Me resultó un poco achorizada con no tener más que una nave; pero 110 deja de ser opinión está un poco irresponsable.

El Parque sigue tan bonito y alegre como siempre, con sus pigmentaciones de soldados y niñeras. Un banco de sorches y otro de niñeras... etc.

Visitamos a don Carlos Calatayud y yo quedé asombrado de verlo sin sus botas. Las ha sustituido por unas zapatillas sin puntera. Desde que tiene un nieto ha echado las botas polla ventana. Me dijo que dentro de unos días venía como “mantenido” (palabra suya) a los Juegos Florales de Tomelloso.

A la estación me acompañó un grupo de amigos. López Torres casi llega tarde, como siempre, con un cuadro a rastras.

Cuando arrancó el tren yo sentí una enorme congoja. Acababa de “descubrir” Ciudad Real, mi capital y allí me dejaba cuarenta y ocho horas de emociones y gentilezas, innumerables e inmerecidas por mi humilde nombre. Desde aquí reitero mi efusiva gratitud a mis amigos ya citados y a José Luis Barreda, cuya bondad y gesto dulcísimo hace imposible el creer que tuviera un antepasado capaz de arrastrar con una cadena tres cabezas de morazos, como campean en el escudo de su casa; a Salvador Pujol, hombre cultísimo y de gran sensibilidad, a Dámaso Pérez Ayala, el rey de los chocolates y descendiente de quien dirigió muchos años la educación manchega.

A todos ellos y a Ciudad Real: ¡hasta pronto!

Francisco García Pavón. Diario Lanza, sábado 22 de septiembre de 1951, página 3


martes, 5 de noviembre de 2019

CIUDAD REAL. NOTAS DE UN VIAJE APRESURADO (IV)


La Puerta de Toledo en los años cincuenta del pasado siglo XX

CARRIÓN DE CALATRAVA Y SUS MAGDALENAS

El regreso lo hicimos por este pueblo de tan poético nombre. No sé si por ser la hora del crepúsculo, por subjetivismo, o porque es así, lo cierto es que las calles de Carrión me parecieron melancólicas y tristonas. Apenas había gentes por las calles. Paramos en la plaza. En una rinconada estaba el Ayuntamiento, con bolas doradas en sus balcones. Nos asomamos un momento al casinillo y yo sentí miedo. Constaba sólo de una pieza pequeñísima, con un incompleto diván de peluche rojo. Bajo una luz de poca salud y entre una humareda turbia, varios hombres jugaban ahocicados sobre una mesa de tapete verde. No vi más, pero me impresionó aquel cuadro tan agrio e ibérico.

Había un incesante y saudadoso tocar de campanas. Le preguntamos a un chiquillo.

-Debe ser porque hace años que murió alguien. Yo me imaginé a ese alguien calcinado ya en el trágico cementerio de Carrión, mientras las campanas de su antigua torre, llenaban una tarde entera y melancólica con sus sonidos.

Compramos unos bolsones de magdalenas y fuimos a una tasquita a tomarlas con vino. El tabernero no fue un ejemplo de cortesía. Algunos de mis acompañantes hubieron de estar de pie porque no quiso sacar sillas. Luego le preguntamos si marchaba un curioso y diminuto relojito de pesas que tenía colgado en la pared y dijo que funcionaba cuando le daban cuerda. En fin, una delicia de hombre. Menos mal que las magdalenas estaban riquísimas y el vino también.

Ya entre sombras volvíamos a Ciudad Real. Crespo tristón y alicaído. Yo con agujetas de tanto andar. Ya de noche pasamos bajo la hermosísima puerta de Toledo.

El viejo puente de Alarcos con el molino de los Ayala

ALARCOS Y DON EMILIO BERNABEU

La excursión a las ruinas del desastre estaba señalada por Paquito Pérez, el gran maestresala de este itinerario, para las diez de la mañana. Sería nuestro guía histórico y práctico don Julián Alonso, pero un endemoniado pisto manchego le indispuso. Cuando iba a arrancar el coche llevándonos a Paquito, Fernando Calatayud y a mí, apareció en la plaza la menuda figura de don Emilio Bernabeu, que al decirle nuestra situación se brindó a acompañarnos con toda su ciencia manchega. Confieso que me emocioné al saludar a don Emilio, el único vivo de aquella antigua plana mayor del Instituto que yo conocí. Don Emilio, con sus 75 años sigue tan arrichante como siempre, su carita de niño viejo y su voz bondadosa y afable. Se detuvo su precoz calvicie y como hace veinticinco años sigue haciéndose ese difícil peinado de los calvos de prestarse el pelo de un lado al resto de la cabeza. Con tres sortijas en un solo dedo, la chaquetita blanca y el abarquillado sombrero de paja, a primera vista parece un sujeto desmedrado y enclenque; pero cuando comienza a trepar por cerros y trochas, incansable y delante de todos, uno cambia bastante de parecer. Don Emilio sabe tanto de moros y cristianos; de “cartas pueblas” y cronicones, de pedruscos, cimientos, estilos y plantas de Iglesia que el viaje fué una lección incesante.

Por el camino me fue contando un viaje que hizo a Alarcos, hará cincuenta años, acompañando a Rubén Daríoy Blanco Belmonte. Fueron en una galera descubierta. El poeta habló poco y Blanco Belmonte presumió mucho. Nunca me había imaginado yo a Rubén, hombre de meridianos gustos helénicos y sensuales gustos franceses, trepando por estos arqueológicos riscos ibéricos. El tópico siempre nos le representa entre duquesas ebúrneas y jardines franceses; y sin embargo estuvo aquí, clavando sus ojos de indio en estas parameras de árabes sucios y cristianos enterragados y ascéticos.

Luego le dimos vueltas a la etimología del río Guadiana. Se habló de la posibilidad de río de Diana. Calatayud dijo que el poeta Ángel Crespo, que llegó a hablar algo de árabe en Tetuán, aseguraba que los moros llaman siempre Guadiana al río de su pueblo va que este vocablo significa “río mío”.

Alarcos en los años cincuenta del pasado siglo

En estas cosas llegamos a Alarcos. El coche subió a la mismísima cima en un alarde de habilidad del simpático chófer. A nuestros pies aparecía el que fue desdichado campo de batalla para Alfonso VIII el día 19 de julio de 1195, al decir de las crónicas. Se trata de uno de los paisajes más sugestivos que vi en estas breves andanzas. Es una amplísima sábana de llanura accidentada con suaves ondulaciones, que hechas rastrojos, al sol de la mañana presentaban todas las gamas del amarillo, desde el dorado transparente al amarillo grisantón de las cardenchas. Al otro lado de la cima, el Guadiana, que como un regato -desde aquella altura- serpea caprichoso entre los juncales y otras vegetaciones bajas que van perdiendo verdor conforme se apartan de la orilla. Desde el mismo sitio vimos el famoso lugar llamado de Villadiego, dirección que dicen tomó el rey al salir de pira después de la rota; y el molino de los Ayalas que visitaríamos luego.

Con paciente meticulosidad vimos los restos de las amplísimas fortalezas. Aquí los restos están mucho más enteros que en Calatrava la Vieja. Quedan poco menos que mediadas algunas cajas de torreones y puede seguirse con cierta imaginación el formato de la fortaleza erizada de pinchos y verbajos secos. Don Emilio caminaba incansable sin quitar los ojos del suelo, de donde con frecuencia cogía y nos mostraba trocitos de cerámica árabe muy abundantes entre aquellas ruinas. Vimos arcos cegados, cuevas, murallones enterrados, torrreones segados y por fin la ermita; gótica de transición con capiteles labrados, artesonado mudéjar como el de Santiago, pero también profanado y enjalbegados los muros. Mal clavados en la pared, provisionalmente, vimos dos lienzos de corte italiano, representado la Anunciación y la Visitación, verdaderamente interesantes, de procedencia y autor desconocidos.

Conducidos por un guarda celtibérico que los señores de Ayala tuvieron la amabilidad de enviarnos para que franquease la corraliza de alambrera que lo impide, bajamos al molino.

PAQUITO PÉREZ

Cuanto debe a Paquito Pérez mi pueblo, Tomelloso, no se le pagará nunca. Como decano del Claustro del Colegio “Santo Tomás de Aquino” ha formado de manera extraordinaria a varias generaciones de bachilleres; como corresponsal de LANZA, hizo una serie de campañas en todos los aspectos del periodismo, que situaron a Tomelloso con harta frecuencia en el primer plano de interés provincial; su pluma de periodista, una de las mejores de la Mancha, colaboró igualmente con la Revista “Albores” y últimamente redactó el libro premiado y de próxima aparición, sobre la “Aportación de nuestra provincia a la Historia de España”.

Francisco García Pavón. Diario Lanza, viernes 21 de septiembre de 1951, página 3

Vista aérea de Alarcos antes de las excavaciones arqueológicas 

lunes, 4 de noviembre de 2019

CIUDAD REAL. NOTAS DE UN VIAJE APRESURADO (III)


Pantano de Gasset

Otro tema que se tocó fue el origen del pseudónimo de doña Cecilia Bóhl de Faber.

La versión oficial, según don Pascual, es que a doña Cecilia le daba vergüenza publicar su primera novela “La Gaviota”, con su nombre y apellido, y leyendo en un periódico no sé qué noticia del pueblo de Fernán-Caballero, decidió tomar este toponímico por pseudónimo.

La segunda versión es original de Pascual Crespo. Según él, el camino de Sevilla para andaduras pasaba muy cerca del pueblo de Fernán-Caballero. En donde hoy está la “Dehesilla de Lara” hubo entonces una venta de cambio de tiros donde doña Cecilia debió pasar en algún viaje y chocándole por su eufonía el nombre del pueblo vecino, lo adoptó por pseudónimo.

Pero de todas las cosas que contó don Pascual, para mí lo más chocante y que me gustaría llevar a cabo es la de hacer la ruta del Quijote en tartana, pero llevando media jornada adelante una típica cocinera manchega, que nos esperase con los galianos hechos. Lo mejor que he oído en materia de “rutas”.

Calatrava la Vieja años 50 siglo XX

PANTANO DE GASSET

Contó Paquito Pérez que según un amigo suyo es fácil hacer un pantano: Se coge agua de un río, se le embotella en un embalse y luego se deja salir a chorritos cuando a uno le da la gana. Había que recordarle esta sencillez a los de nuestro Pantano de Peñarroya, siempre en potencia milenaria.

El Pantano de Gasset es como una preciosa laguna de Ruidera hecha por los hombres. En sus contornos se ha conseguido gran feracidad. Un gran bosque de pinos y eucaliptos caracteriza el paisaje. Con mucho detenimiento me lo explicó don Ángel Rodríguez Niveiro, mi generoso y simpatiquísimo amigo, aparejador del Ayuntamiento de la capital. Don Ángel, que tiene cara de guanche buenazo y dormilón, aconsejó al guarda del pantano que intensificara la dosis de cloroinina para depurar las aguas, porque en la ciudad había varias familias enteras con trastornos intestinales. Yo quedé mirando con verdadero respeto a aquel hombre del “mono” azul, el guarda, que tiene en sus manos la colitis de una población, según apriete más o menos el volante del cloro y de la otra cosa que no me acuerdo.

CALATRAVA LA VIEJA

Desde la carretera y a la caída de la tarde que llegamos, Calatrava la Vieja, es algo así como un monte azulado con muñones deformes. La inercia de los hombres y la tierra voraz se han casi tragado aquellos murallones que fueron el nido donde nació la Orden de Calatrava, puntal fundamentalísimo de la Reconquista. En la historia escrita, los datos de aquellos hombres y gestas, bailan también con inseguridad, son tragados también por la inexactitud.

Dejamos el coche en la falda del monte, y guiados por don Julián Alonso, maestro de erudición manchega y arqueólogo sutil y nada pesado, encimamos aquella cabezota de tierra histórica barbada de rastrojos y barbechos. Mientras vamos subiendo la cuesta entre cardos y espinos me place hablaros de Julián Alonso. Con sus patillas largas, ya canas, la cara ovalada, la sonrisa maliciosa, los ojos chispeantes y su cuerpo duro, ágil y menudo, parece un bandido convertido al bien: cristianizado. Su cojera sincera y decidida debió producírsela el arcabuzazo de un gendarme allá en sus viejas andanzas por las encrucijadas. Es incansable en el andar; lleva sandalias, chaquetilla blanca y una máquina fotográfica cargada, como si fuese un trabuquillo. La prueba más convincente de su valentía es que fuma tabaco de la ración con impasibilidad desconcertante. Siempre va delante, trepando y risqueando, buscando el ángulo interesante y vista más bella... pero luego, cuando habla lo hace con una mirada más dulce y diciendo muchas cosas interesantes. Es uno de los más preeminentes espíritus de la Mancha. 

Vista de Calatrava la Vieja años 50 siglo XX

Ya en la cima, Calatrava la Vieja es una barbechera rodeada de montones informes de piedra de las murallas. sulta dificilísimo para un inexperto, como yo lo soy en materias arqueológicas, hacerse una idea de la estructura que tuvo este recinto. El foso está casi lodado y los cimientos y restos de lienzos de murallas confundidos. El arado ahora, y el ganado y los hombres otras veces, van, con los siglos, haciendo agro lo que fue villa, fortaleza.

La planta de la capilla se conserva más dibujada, aunque de formato irregular, ya que la nave única que debió tener y el presbiterio, según señaló don Angel R. Niveiro, debieron tener distinto eje. Queda el ábside y en su paramento inferior aún se ven agujeros en los que se fijara en otro tiempo el retablo del Altar Mayor.

Atalayando los caminos y subidos en lo más alto de las ruinas había una pareja de la Guardia Civil que nos acompañó en nuestro ir y venir por aquellos restos de historia. Yo pensé si serían dos calatravos metamorfoseados que hacían guardia perenne a su residencia secular.

Luego estuvimos en la ermita de hermosísimo patio, donde está la Virgen de Carrión. La santera, mujer de folletinesca imaginación, nos contó como la antigua imagen de piedra de la Virgen de los Mártires, había sido robada por un catalán, para mandar otra en escayola. Pero según ulteriores explicaciones del hijo de la dicha santera, la del catalán era pura leyenda. Fue una lástima porque yo pensaba decir muchas cosas contra el catalán aprovechado. En fin, otra vez será, porque desgraciadamente robos no faltan en ninguna parte.

Francisco García Pavón. Diario Lanza, jueves 20 de septiembre de 1951, página 6

Otra vista de Calatrava la Vieja años 50 siglo XX

domingo, 3 de noviembre de 2019

CIUDAD REAL. NOTAS DE UN VIAJE APRESURADO (II)


Artesonado de la Parroquia de Santiago cuando estaba cubierto por la falsa bóveda barroca

Me subieron por una endemoniada escalera de caracol. El sacristán, con guardapolvos amarillo, nos llevó la vela para alumbrarnos. Llegamos a la “boardilla” del crimen. Allí, condenada a cadena perpetua, sobre la panza quebradiza de una estúpida bóveda de yeso, duerme el sueño de los justos, lo que debió ser precioso artesonado mudéjar, que al igual que en Alarcos, cubría el templo. Aunque descolorido, está casi íntegro, Recibe la luz de un precioso rosetón gótico, que ha quedado como claraboya de aquel palomar. Porque aquello señores, es un palomar con su palomina y todo y de ello es comprobante mi impregnada carpeta de apuntes y mi traje. Aquellas artísticas tracerías, en cuya ejecución tanta ilusión pusieran nuestros ilusos abuelos, yace hoy mirando la panza estúpida de la bóveda de yeso. Allí, las armas de Castilla y de León, así como las del Maestre de Calatrava, que ornaban los canecillos y el friso, día a día, van siendo borradas por los vuelos y lo otro, de las felices palomas, que se permiten tener un columbario estilo mudéjar del siglo XIV.

Fernando Calatayud, pataleando furiosamente sobre la tonta bóveda, me dio la idea de lo que debían hacer los ciudarrealeños con aquella “boardilla”.

Desde las vistas de aquellas alturas, por una tronera, López Torres descubrió un panorama interesantísimo. Yo, intenté asomarme para verlo pero un chavea me tiró una china desde la recogida plazuela y desistí... Debí parecerle una paloma grande...

ANGEL CRESPO

Es el hombre que he visto en mi vida más parecido a su caricatura, concretamente a una que conozco hecha por Eripe. Por su vitalidad, fábrica humana, gesto y ademanes, parece hombre de goma maciza, capaz de estar botando días enteros entre un techo académico y un suelo de cretinos. Con los ojos rasgados, su pronunciación redonda, casi levantina, sus aspavientos, su pelo, su cabeza y su espíritu es iconoclasta... de lo malo.

Unos versos suyos se me quedaron en la memoria que resultan un verdadero autorretrato:

Yo me monto en el aire
y a las rocas me bebo
a sorbos. Yo soy libre
y vigoroso y crespo.
Esto es estupendo.

Angelín se abre paso a bastazos y la gente le teme cara a cara y le critica a la espalda. Muerto el pobre Juan Alcaide, yo creo que a él le corresponde el cetro de la poesía manchega.

Comprendí mejor a Crespo cuando conocí a su madre. Los dos se compenetran hablando de arte y de poesía. Con una exquisita nobleza de matrona me habló de Pietro, de Pradilla, de Iniesta, de Calatayud, y de su Angelín. Pero... yo me he enamorado de las preciosas y sensitivas manos de tu madre, Crespo.

Taller de la “Editorial Calatrava” lugar donde empezó a realizarse la tirada de Lanza

EL DIARIO “LANZA”

La Redacción y Talleres de LANZA, dan la impresión de una máquina de escribir en las cuevas de Altamira; pues dentro del caserón más zarrapastroso que pueda imaginarse está la maquinaria moderna y buenísima, al decir de los entendidos: tres linotipias, una rotoplanay el taller de fotograbado.

Yo tenía verdaderas ganas de ver estos talleres donde a veces se componen cosas mías. Hasta que no conoce uno la imprenta donde le imprimen sus escritos no está tranquilo. Hasta el día que visité LANZA tenía yo el pesar que debe invadir a los operados de estómago, cuyas entrañas han sido arregladas y puestas de limpio sin poderlas ver el propio interesado.

Las bobinas de papel que había en el patio eran como las piezas de género en el anaquel de un sastre; que luego salen deshechas de tres en tres metros. Sentí mucho no poder saludar a Carlos María San Martín, pero tuve un magnífico y cordialísimo “Virgilio”. Me refiero a Baldomero Montoya. Tuvo conmigo extraordinarias atenciones, que nunca
le agradeceré bastante.

Salí de LANZA con cierta nostalgia porque sé que allí se barajarán algún día unas líneas hablando de mí cuando me muera. Las notas necrológicas que los diarios hacen a los escritores, artistas y políticos, tienen cierta isocromía y ritmo, con la fane doméstica de embaular las ropas del finado.

... Sí, salí nostálgico porque el poco nombre que uno tiene en la provincia se lo han fabricado aquellos simpáticos hombres que allí andan con “mono” azul escribiendo y desescribiendo en plomo.

LÉRIDA Y SUS LIBROS

Don Enrique Lérida con su cara de niño tímido, su voz trémula, sigue siendo el primer librero de Ciudad Real. Rodeado de sus hijos y mujer, la tienda de don Enrique es algo así como una salita de estar para los estudiosos de la capital. Yo, le tengo mucho agradecimiento a Lérida por algo que él no recordaba: Siendo casi un niño, entré en su librería a husmear en los estantes y él se aproximó a mí con un  libro entonces recién aparecido.

-Lleve usted esto que es de un poeta de Valdepeñas buenísimo.

Era la “Noria del agua muerta”, de Alcaide. Con él me inicié en la obra de Juan.

FERNÁN CABALLERO

Estaban acabando sus ferias cuando nosotros estuvimos allí. Me pareció un pueblo muy manchego y muy luminoso. En una plazuela vi un bar solanesco, cuya terraza estaba abierta con una lona bajísima y pequeña atada a cuatro postes, para dar sombra a los clientes, la mayoría mozos en mangas de camisa y a horcajadas sobre las sillas. Daba la sensación de algo así como un puesto donde se vendieran hombres a la sombra de la siesta canicular.

Pasamos un rato muy bueno en la casa de don Pascual Crespo, médico cultísimo, gran conversador, que posee una coleccioncita interesante de obras de pintores manchegos. Don Pascual, vestido con pijama, que manejaba como si fuese un traje nuevo, nos invitó a “palomillas” en su patio fresco y hablamos de muchas cosas. A mí me dio la tarde un endemoniado sillón de lona con respaldo basculante que se me giraba como aspa cada vez que me incorporaba para tomar mi copa. Fue una pena que cuando aprendí a manejarme en el dichoso sillón tuviéramos que marcharnos.

Don Pascual nos habló de los famosos “encierros” de Fernán Caballero. Por lo visto son algo estupendo. (Luego me lo ratificó mi simpático paisano Daniel García-Ibarrola). Sueltan unos cuantos toros por las calles, acotadas en determinados sitios, que están correteando a su sabor horas y horas por el pueblo. La corrida es constante, plural y espontánea. Los mozos y chiquillos torean a las reses como quieren y como pueden. Los espectadores, salen a sus ventanas, ven un poco; entran, charlan un rato, beben unas copas; salen a ver otro poco y así hasta la noche, en la que los toros son fusilados del modo más ibérico. Como anécdota contaron que un señor de Ciudad Real que llegó a ver el espectáculo un poco tarde, tardó cuatro horas en poder cruzar una calle.

Francisco García Pavón. Diario Lanza, miércoles 19 de septiembre de 1951, página 3

Programa de fiestas de Fernán Caballero de 1950

sábado, 2 de noviembre de 2019

CIUDAD REAL. NOTAS DE UN VIAJE APRESURADO (I)



Las ciudades deben verse como se bebe el vino: despacio y paladeándolo; pero yo he visto Ciudad Real a horcajadas sobre veloz saeta de montero; mirando y mirando, pero viendo poco; sin tiempo para buscar durante unas horas el rincón; ese rincón que tienen todas las ciudades, desde el cual, a la caída de la tarde, se puede adivinar y soñar toda la historia de un pueblo. Un dulce anochecer de primavera, sentí -hace ya años- sentado en el poyo de una ignorada callejuela de Toledo, todo el pulso y el tempo de la ciudad. Otra tarde de otoño, cobijado de la llovizna en el quicio de una puerta claveteada y con escudo, vi, como en revelación, el lento y nostálgico pulso de Santillana. Pero en Ciudad Real no tuve tiempo de buscar ese rincón... aunque yo creo que me estaba destinado en la glorieta que rodea la iglesia de San Pedro, allá en un paseo ancho donde vi pasear a dos sacerdotes entre el grave revoleo de sus manteos. Y un día próximo, sin que nadie se entere, volveré a Ciudad Real para esperar la (ilegible) donde digo.

CIUDAD REAL: PUEBLO DE LA MANCHA

Como nuestra provincia está tan cerca de Madrid, los habitantes de los pueblos suelen tenerle por capital; y a Ciudad Real por el “mejor pueblo de la provincia”. Si, es corriente que se le mire despectivamente, más todavía, dolorosamente, va que los premiosos viajes a ella siempre están motivados por trámites oficiales y papeleos utilitarios. Pocos manchegos han ido a Ciudad Real buscando el placer del cuerpo o del espíritu. A mí, confieso que me ocurría igual. Para mi Ciudad Real era la dolorosa Caja de Reclutas sugerente de recuerdos desasosegados; y el Instituto, donde pasé los primeros miedos de mi vida. Por sus galerías oscuras que hoy me parecen tan pequeñas, entre sus bedeles bigotudos, en la silla eléctrica de sus bancos descuajaringados, ante aquellos severos tribunales de catedráticos ¡ay! Ya desaparecidos: Don Rodrigo Méndez, con sus barbas; don José Balcázar, con sus voces y su oreja de celuloide; don Eusebio León, con su recio bigote de gendarme y su severísimo y extraviado mirar; don Vicente Calatayud, con el chaleco negro siempre nevado de la ceniza del cigarro, su bigote multicolor y su imponente y machadesca naturaleza, etcétera. Sí, yo a Ciudad Real siempre fui a sufrir... a que me firmasen y sellasen papeles temerosos. El único retiro placentero que encontré allí, fue su precioso Parque de Gasset; donde descansaban mis nervios y añoraba mi casa. Por todo esto, yo necesitaba conciliarme con mi capital, debía ir una vez al menos con fines puramente generosos. Intentando buscar lo mucho que tiene de verdadera capital, de “mejor pueblo” cargado de historia y de poesía. Debía ir, y he ido a buscar el alma de Ciudad Real. A continuación enumero mis impresiones. Pero quiero anticipar mi fallo: Ciudad Real ha dejado de ser para mí “el mejor pueblo de la provincia” y se ha convertido, redonda y absolutamente, en la capital, en la verdadera capital, a la que difícilmente podrá alcanzar jamás ningún pueblo de su gobierno. Yo os
invito, manchegos, paisanos, desde estas columnas a que un día toméis el tren y vayáis a Ciudad Real desinteresadamente, sin papel sellado, a pasear por sus calles y plazas, a visitar sus monumentos, a charlar con sus intelectuales y artistas, y veréis cómo al volver de ese viaje Ciudad Real ha dejado, en vuestro concepto, de ser el “mejor pueblo de la provincia” para convertirse en la capital, en la auténtica e indiscutible capital.


HOMBRES Y COSAS DE CIUDAD REAL - LOS DOS CAUDILLOS –

Una de las primeras visitas que hice fue a la Diputación. No estaba en aquel momento el presidente accidental, señor Gutiérrez, y con la gentil dirección de don Luis Oraá vi los principales departamentos del Palacio, hoy restringido por la vecindad del Gobierno Civil. Aunque no tuve tiempo de ver con detenimiento lo mucho que encierra, me detuve ante las obras de mi mejor examinador de dibujo don Ángel Andrade. La Diputación provincial es un verdadero Museo de don Ángel. Abundan las obras monumentales de paisaje manchego y castellano, siempre prefecto de dibujo y de paleta muy matizada y sobre todo los últimos, dentro de una técnica personalmente impresionista.

Recuerdo a don Ángel la última vez que le vi, con su lacito, blancos ya el cabello y el bigote. Con la perspectiva del tiempo, vamos viendo ya como los hombres del 98 -llamémoslos así- al igual que los románticos, tenían una tipología singular, don Antonio Machado, como Vicente Calatayud, Gregorio Arrieta, Rusiñol y Andrade, eran hombres de corbata de lazo, traje descuidado y lleno de ceniza del cigarro; de semblante bonachón y liberal; amigos melancólicos de la vida; con los dedos amarillos por la nicotina.

El otro gran pintor manchego y por tanto prolífico vecino de la Diputación es Carlos Vázquez. En su autorretrato, magnífico por cierto, tiene cara de doctor en medicina: con quevedos y cuello duro. Me gustó mucho su retrato de Balbuena, tan suave y delicado de color; pero lo que más me llamó la atención -aparte de su arte, con ser mucho- fueron los retratos de los dos Caudillos manchegos: el general Espartero y el Cardenal Monescillo. Ambos cuadros están colocados uno frente a otro en la sala de sesiones de la Diputación. Están enfrentados ambos en posiciones análogas, medio incorporados cada uno en su sillón, con gestos enérgicos, imprecativos, como sorprendidos en acalorado debate sobre la primacía de sus respectivas jurisdicciones. Cuando la sala esté solitaria sobre los escaños de los diputados, serán ellos los que voceen con voces y arrebatos.

SANTIAGO Y SU “BOARDILLA”

La única impresión lamentable de mis cuarenta y ocho horas en la capital, me la produjo la medieval iglesia de Santiago. Su limpio gótico de transición está enjalbegado de la forma más detestable; en el Altar Mayor hay unos dibujos simbólicos que unidos a una lamentable imagen del Apóstol, color de bombonera, hacen llorar de rabia. El piso, de mosaico, es de cualquier cosa menos de un templo gótico... Pero lo verdaderamente triste, lo que hace dudar a uno del raciocinio humano, es la “boardilla”. Mis queridos amigos don Emilio Bernabeu y Julián Alonso, ya hablaron del asunto en el fusilado “Albores”; pero yo he de insistir.

Francisco García Pavón. Diario Lanza, martes 18 de septiembre de 1951, página 3


viernes, 1 de noviembre de 2019

LOS ENTIERROS


Festividad de Todos los Santos, cementerio de Ciudad Real en 1965

Desde primero de año, se ha introducido una novedad en los entierros de nuestra. ciudad. Ya no va el clero parroquial a la "casa mortuoria", es Decir, a la casa donde el óbito se ha producido o en la que ha sido depositado el cadáver para ser trasladado. La familia· ya no constituye el duelo en ella, sino que recibe el pésame en la puerta de la parroquia, donde se ha de decir el funeral, aunque naturalmente los más allegados o amigos se acerquen hasta la casa a expresar su sentimiento, acompañar a los deudos y rezar por el difunto.

Indudablemente, todo ello supone una pequeña "revolución" en nuestras costumbres. De sobra sabemos cómo han sido, hasta ahora, los entierros en nuestra capital y en muchos pueblos de la provincia. Media o una hora antes de la fijada, según la importancia o numero de amigos y conocidos del fallecido y su familia, se constituía el duelo, ante el que iban desfilando todos los asistentes; los menos ligados a los familiares, en señal de respeto y dolor, se reducían a inclinar la cabeza, que en argot popular se llamaba la "cabezada" o la "cabeza". No sabemos desde cuanto tiempo se mantenía esta costumbre. Y cuando se trata de cambiar algo tradicional, hay opiniones para todos los gustos. Muchos dicen que nuestra ciudad no es una gran urbe y que todavía los entierros no provocan un caos en la circulación, que es una de las razones esgrimidas.

No hablemos de razones, ni de conveniencias. Vayamos más a lo profundo para admitir la innovación sin reservas. Uno de los hechos fundamentales en los entierros, aparte de condolerse con la familia, es orar por el alma del fallecido, ofrecerle nuestros sufragios. En este aspecto, la novedad refuerza más este sentido cristiano de la muerte, puesto que la gente ha de ir necesariamente a la iglesia y si, por cualquier razón, no puede asistir al funeral, es más fácil que la vista del templo le recuerde la oración, aunque lo cierto es que, 1o mejor, es estar en la asamblea comunitaria -la oración en común tiene un gran valor expresado por el propio Cristo- y meditar sobre el verdadero significado de la muerte a lo que ayuda la homilía. El mejor homenaje al fallecido y el mayor consuelo para la familia, no es el rito externo o el cumplimiento social del pésame, sino unirse sobrenaturalmente a ambos, en la celebración eucarística. ¿Que así se reduce el número de asistentes? Siempre quedarán los que, pudiendo, tenían más afinidad con el difunto Y más motivos de unirse a los familiares. Por otro lado la estampa de una larga procesión del domicilio del finado a la iglesia, si aquél estaba distante, hemos de reconocer que no está muy acorde con los tiempos.

Festividad de Todos los Santos, cementerio de Ciudad Real en 1966

Algunos puede preguntar: ¿Y cuando se trate de alguien; que no practica la religión católica es de otras o de ningunas creencias? La solución es la misma, pero en la puerta del cementerio.

No sabemos cómo la medida ha sido acogida en el fuero interno de cada cual. Lo que sí podemos decir es que nuestro pueblo parece disciplinado y no ha hecho grandes aspavientos a  la reforma. Todo es acostumbrarse de nuevo a acomodar las costumbres a los tiempos. La antigua "cabezada" siempre puede sustituirse por los pliegos de firmas; bien en el portal de la casa mortuoria, bien en el atrio del templo. El testimonio es el mismo, para los que no desean o no pueden asistir al funeral o para quienes se creen con menor obligación. Los verdaderamente amigos de la familia, de todos modos, antes o después del entierro estarán con ella, la visitarán y la consolarán, haciéndose partícipes de su dolor.
A nosotros no nos parece mal la medida. Es más, en cierto modo, se libera a una familia dolorida de un excesivo agobio de pésames personales; aunque no criticamos, por supuesto la costumbre antigua, que siempre llevaba implícito el buen deseo de mostrar, de un modo directo, el testimonio de un pesar y de una solidaridad, mucho más en ambientes reducidos donde todos nos dolemos con todos y donde se desarrolla una vida más "humana" que en la gran urbe, en la que la mayoría se desconocen.

Carlos María San Martín, diario Lanza, 6 de enero de 1973

Festividad de Todos los Santos, cementerio de Ciudad Real en 1966