jueves, 17 de diciembre de 2015

CARIDAD Y BENEFICENCIA EN EL ANTIGUO CIUDAD REAL (PRIMITIVOS HOSPITALES, ASILOS Y CASAS DE MISERICORDIA) (II)


La Casa de la Caridad a principios del siglo XX cuando era Cuartel de Artillería

Lo que hoy es Cuartel de Artillería hubo de ostentar en otro tiempo el nombre de Casa de Caridad. Algunos terrenos vestidos por la hiedra que escondía la fábrica de altos tapiales comidos por el sol y el agua, sirvió para la instalación.

Era aquellos tiempos de la Majestad de Carlos III, cuando el Cardenal Lorenzana, Arzobispo de Toledo, resolvió emplear en la construcción de una Casa de Caridad gran parte de su peculio particular, a más de otros legados, entre ellos, uno que dejaba el vecino de Corral de Calatrava, D. Luis Tamayo, con destino a obras de beneficencia. Con anterioridad ya el Ayuntamiento de la capital había proyectado establecer en Ciudad Real un Asilo donde recoger y dar enseñanza a los desheredados de la fortuna. El pensamiento era por tanto bien claro, y el Cardenal Lorenzana, llevado de notable espíritu constructivo, comprendiendo las necesidades dio realidad al proyecto. Se hicieron los planos por el Arquitecto Sr. López Durán y la fabricación dio comienzo en la primavera de 1785, tardándose en la construcción tres años, y siendo invertidos cerca de 4.000.000 de reales. El 29 de abril del año 1788 fue el destinado a la inauguración del edificio, constituyendo día de gran gala para Ciudad Real, y el propio Cardenal Lorenzana ofició la misa inaugural y sirvió por si mismo comidas a los menesterosos asilados, en presencia de autoridades y pueblo en general.

El edificio de hermosa perspectiva en su fachada principal constaba de dos pisos. En el bajo, estaba establecida la capilla bien espaciosa, enfermería y amplias estancias destinadas a talleres y otros usos, teniendo salida a buenos patios y amplio porche. De ese porche central partía una escalera con peldaños cruzados por losetas de cordelillos que daba acceso al piso segundo destinado a dormitorios y otras dependencias. La fachada posterior del edificio daba a un corral donde no faltaba la tradicional higuera y donde se recogían los animales domésticos que constituía la fauna de la Casa de Caridad. Por aquella zona del edificio se extendía el campo libre, dándose vista a los terrenos conocidos, tristemente, por Terreros, lugar insalubre por sus charcas, lo que dio lugar a que el Cardenal Lorenzana invirtiera considerables sumas en terraplenar y cegar las lagunas de donde se exalaban las mismas que causaban estragos en los asilados, obras que continuó hasta su remate D. Agustín Salido, alcalde que fue de la ciudad.

Regía la Casa de la Caridad una Real Junta compuesta por el Regidor, el Vicario y algunos Párrocos. Junta que disponía la Ordenanza se reuniesen una vez al mes, en sala destinada ex profeso; y “en sitio permanente estará colocado el retrato de Nuestro Amado Rey D. Carlos IV, en marco de terciopelo carmesí con galón y rapacejo de oro”. Había para el servicio interior un grupo de servidores que presidía el gobierno y administración compuesto por un sacerdote de rector y un capellán, mayordomo, contador, escribiente, celadores y rectora para los asilados del sexo femenino.

Vista de unos de los patios de la Casa de la Caridad, hoy Rectorado de la Universidad de Castilla-La Mancha

Un año después, más de trescientas personas eran acogidas y empleadas y entre ellas, muchos de los mendigos y desocupados que se paseaban por los caminos de la Mancha eran instruidos en diferentes oficios o destinados al trabajo de telares en la manufactura de ropas. Pues deseoso el Cardenal Lorenzana de continuar en Ciudad Real la fama que dio al Alcázar toledano el trabajo en los telares, orientó en tal sentido la Casa de su fundación, llegando a fabricarse paños, estameñas y lencería lisa y bordada, que sin ser trabajo selecto llenaba su cometido práctico. El cronista Almenara recuerda con entusiasmo el espectáculo de aquella Casa de Caridad en todo apogeo de actividad, haciéndonos saber además, la opulenta generosidad de aquel Cardenal Lorenzana a quien Marañón llama gran señor de la Iglesia española. Extraordinarios elogios que corrobora el Sr. Hervás al decir del Cardenal que como Tito “no era feliz el día que no hacía algún dichoso” y nos cuenta como un día recibe Lorenzana 25.000 escudos a la mañana y a la noche los había repartido en limosnas. Así era el Cardenal Lorenzana, y así continuó hasta el final de su existencia en 1804, a los 66 años, siendo enterrado en la Basílica de Santa Cruz de Roma en modesta sepultura con aquel sencillo epitafio: “Aquí yace el padre de los pobres”.

El destino no fue muy complaciente con la fundación, al servir de alojamiento a las tropas francesas que entraron en Ciudad Real aquel lunes 27 de marzo de 1809, al mando del general Sebastiani que mandaba el segundo ejército francés. Acuarteladas allí las tropas por la situación estratégica, tan próxima a la fuerte puerta de Toledo la fisonomía de la Real Casa de Caridad fue transformada por completo, se construyeron fosos, troneras… Y hasta dice la tradición popular, que alguna dependencia sirvió de cárcel a los realegos que derrotados y hambrientos imploraban entre rejas la caridad de transeúntes.

Con el abandono de la ciudad por las guarniciones francesas, el establecimiento pasó a depender del Ayuntamiento, pero la escasez de fondos municipales obligó a la cesión del edificio a la Intendencia Militar General quien lo destinó al alojamiento de tropas de Infantería y Caballería. En aquella cesión se comprendía también una casa contigua, la llamada de las tahonas, que había servido de sitio de elaboración del pan que se consumía en la Casa de Caridad, y que por mandato de S. M. se destinó al alojamiento de tropas de Caballería y Depósito de sementales, hasta su desaparición.

Nacida, por tanto, la idea de destinar aquella Casa de Caridad al alojamiento de tropas, así ha proseguido ininterrumpidamente desde entonces, para desembocar en la importancia que tiene hoy, como uno de los buenos Cuarteles de España.

El Hospicio Provincial a principios del siglo XX en la Plaza de San Francisco

Otra de las fundaciones de esta época era el Hospicio Provincial. La exclaustración de 1836 según el Decreto de Mendizábal, hizo pasar a Santa Cruz de Mudela a los religiosos que habitaban el Convento de San Francisco, pasando a ser ocupada la fundación por fuerzas de Infantería. Después como apuntábamos anteriormente fue ocupado por el Hospital de San Juan de Dios (1824), y en 1859 se hizo construir para ser inaugurado al año siguiente, un edificio solemne, elegante para su época y majestuoso, el Hospicio Provincial, colocado bajo la advocación de San José. Su inauguración fue de fama, haciendo la entrega en brillante discurso el gobernador D. Enrique de Cisneros, presidente de la Junta de beneficencia.

Numerosas eran las dependencias, y el número de asilados fue pronto grande ascendiendo a fines de 1851, un total de 248 párvulos de ambos sexos entre expósitos y huérfanos mayores de 8 años y ancianos impedidos.

Por último de un legado de D. Antonio Galiana Bermúdez, caballero de la Orden de Montesa, se fundó el Convento del Carmen de religiosos descalzas en 1521, que duró así hasta el año de 1821 en que se convertía en Hospital Municipal, pasando a la categoría de Hospital Provincial, siendo inaugurado como tal el 1 de julio de 1857, bajo la advocación de Nuestra Señora del Carmen, constaba el edificio de 150 camas dispuestas en trece salas dedicadas a hombres, mujeres, militares y distinguidos, con separación de enfermos según la naturaleza de las enfermedades. Médicos titulares lo eran entonces D. Dámaso López de Sancho, en la sección de cirugía, y D. Juan Bernabeu encargado de la medicina. Dicho hospital quedó destinado a Asilo de dementes al construirse el hospital provincial actual en terrenos contiguos, a lo que un día fue convento.

Eran médicos en ejercicio en Ciudad Real: D. José Lamano, D. Antolín Martínez, D. Jesús Delgado (médico de la compañía del ferrocarril Ciudad Real-Badajoz, y también de los Baños de Villar del Pozo), D. José Salazar y D. Marcial Rico.

Tales son a grandes rasgos las referencias recogidas de la historia de Ciudad Real, sobre fundaciones benéficas. Instituciones que hubieron de desaparecer o de sufrir transformaciones por esos azares desfavorables de los tiempos; pero, algo hay imperecedero, como flotando sobre ese mundo de cosas que fueron, el caudal de virtudes magnificas que saben decir las páginas antañonas de las Crónicas.

Prudencio Herrero Vior. (Cuaderno del Instituto de Estudios Manchegos. Primera Época nº 4)

BIBLIOGRAFIA

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Antiguo Hospital Provincial

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