viernes, 27 de mayo de 2016

EL “DÍA DEL SEÑOR”, EN EL VILLARREAL ANTIGUO Y EN EL CIUDAD REAL DE ANTAÑO



La festividad del Corpus Christi fue instituida por la Bula “Transiturus” “otorgada por el Papa Urbano IV, el francés, el 29 de agosto de 1261”, dando así carácter ecuménico a la que, aunque decaída, venía celebrando la Diócesis de Lieja desde que, 1247, la estableció su Obispo Roberto Torate, “El Concejo de Villa Real asociose al contento de la Iglesia e hizo voto –que ha resultado perpetuo- de celebrar la solemnidad del Señor, y, añaden viejas noticias escritas , “la función del Corpus la tenían las dos Parroquias de Santa María y san Pedro. De este modo, salía la procesión de Santa María y en San Pedro se decía la misa, fundada por Simón Ruiz de Vergara, y después regresaba a Santa María”.

Sometidos, pero disgustados, habían quedado con esta decisión la clerecía y los parroquianos de San Pedro y San Pablo –que de este modo de denomino en un principio la Parroquia- pues siempre pleitearon por la primacía de su feligresía que con la anterior disposición les era arrebatada, cuando de hecho la tenían, puesto que San Pedro, y no Santa María, desde que, con anterioridad a la del Corpus, se estableció la fiesta del Domingo de Ramos por el Papa Gregorio, el italiano (?), celebrada la bendición de las palmas o ramos de olivo en la ermita de San Lázaro, más allá de la puerta de Alarcos, en un principio y, posteriormente, por privilegio singular en España, en el Ayuntamiento que también en la feligresía de San Pedro estaba enclavado.

Al correr de los tiempos, la detención de la procesión del Corpus, que imponía la misa en San Pedro, se hizo molesta al Clero y Comunidades de Santa María y, tachándola de contraría al espíritu de las disposiciones de Urbano IV, quisieron suprimirla. De este modo, resucitaron rescoldos de polémicas y competencias pasadas, pues el Clero y las autoridades de San Pedro se alzaron en defensa de sus derechos, aunque mermados, fundándose en la secularidad de la costumbre. Y a tal extremo llegaron las disputas que el Consejo de la Gobernación del Arzobispado Primado las elevó a Roma quien designó un juez eclesiástico, que tras indagaciones meticulosas y lentas, suprimió el derecho para San Pedro, y para Santa María quedó, en adelante, “hacer la función más principal que es la del Santísimo Corpus Christi”.

Cuando, en 1867 Pío IX, en Breve de 23 de mayo, concedió pudiera hacerse por la tarde la procesión del Corpus, Ciudad Real acogiese a ello y al atardecer de tan señalado día viene celebrándola desde entonces.

No conozco la pompa dada a esta fiesta por nuestros antepasados remotos, pero si la celebraban como al comienzo de la actual centuria, bien podemos calificarla de modesta, que aquí no tuvimos procesionales carros dorados de profusas tallas barrocas o de cincelada plata renacentista, ni monumentales custodias con artística y complicada labor gótica, cuajada de pedrería, que pasear en ellos, como Toledo, Sevilla, Córdoba, Cádiz, Santiago… Sólo recordamos el barroco ostensorio que pasó a la Merced, al convertirse Santa maría en Catedral, y que, sin la grandiosidad y la riqueza de los de las ciudades dichas, era hermoso y esbelto y paseaba a Dios-Hostia por las calles del barrio en la suprimida, ¿por qué? Tradicional fiesta de la Minerva de Santa María.

Y ahora me viene a la mente un episodio que relata Hervás en su Diccionario y es curioso y pintoresco:


“El gremio de barberos, por antiguos usos, había de hacer una danza en la carrera de la procesión, pero en 1530 no estaban de humor para bailar y se resistieron, entablándose el pleito consiguiente, que ganaron en Valladolid”.

Siente uno pena por estas cosas que no se supieron conservar. ¿Cómo sería el baile de los barberos? En Redondela (Pontevedra) aún hacen los pescadores, ante la custodia, complicada e interesante “danza de las espadas”.

Claro, como la tarde del Corpus, está en nuestra memoria el recuerdo de la de ese día, en Ciudad Real, a los comienzos del siglo XX: Poco a poco, iba llegando “la crema” al paseo de la Virgen, en el Prado los papás de negro y las mamás con veraniego vestido de “señora de cierta edad” y llenas de joyas. De punta en blanco, de estreno, estaban las nenas, y sus sombreros monumentales, eran un Edén de lazos, flores, frutas y pájaros disecados, y los señoritos, de bigote tieso a fuerza de cosmético, con cuello alto y rígido sombrero de paja, manejaban a la perfección el flexible bastón de caña. “En un rincón, las cuarentonas cuchicheaban  y mientras tanto” la juventud, paseo va y paseo viene, y miradas lánguidas, románticas e hipocritonas, que vienen y van, aguardaban el momento de salir la procesión, que, al fin, por el camino de toda aquella pulida sociedad hiciera, desfilaba sencilla, pueblerina, solemne, dándole tono al Cabildo Catedralicio presidido por el obispo Gandásegui, revestido de pontifical, y, de etiqueta las autoridades. Escoltaba al Sacramento la Guardia Civil, de gala. El humo del incienso subía y, unido al acre olor de mejorana y juncia, con que alfombraban el trozo de calle de sus casas doña Victorina, Calatas, Medrano, Cendrero… embalsamábase la Hostia que, portaba en modernísima carroza, se alejaba por las calles limpias; entre fachadas jalbegadas de vivos y varios colores.

Enseguida, con rapidez de llegar tarde, quedaba vacio el Prado y se ocupaban, tomadas al asalto, las mesas de la terraza del Casino. Entre las altas rejas que la separaban de la calle, como en monumental jaula de Zoo, el enjambre elegantón de Ciudad Real consumía, a cucharaditas y con barquillos de canela, el amarillento y primer mantecado helado del año, no con prodigalidad elaborado.

Quienes quedaban sin sitio, y sin mantecado, habían de conformarse con sentarse a las mesas que las dos estererías de la calle de Arcos ponían fuera de las aceras y tomarse un buen vaso, de esos de “dedos”, de horchata valenciana, o uno de fresca, fresquísima, pero no helada, y ambarina y dulzona agua de cebada que en aquella fecha empezaba a vender, junto a un poste de piedra de la Plaza Mayor, la vieja Rosario de cara lustrosa y sonrosada y pelo blanco, tusido. ¡Era de ver a la Rosario con su rodete prieto en lo alto de la coronilla; sus pendientes de dos chorros de aljofar en las orejas; mandil blanco, sobre vestido negro, y con simpatía bonachona, derramada por arrobas, sentada a la vera de la garrafa!

¡El Corpus abría el verano de Ciudad Real!

¡Ah! Se me olvidaba: desde este día, hasta pasado el de la octava de la Virgen, por las noches de los jueves y domingos, después de cenar, la banda de música municipal daba conciertos en el kiosco del Prado, ¡y era gozo pasear por “el paseo de en medio”!

Estas musicales veladas en el “Prao, fresco y regao”, no eran cosa nueva ya que, en 1792, “estaba muy divertido el Prado, en verano. Todas las noches concurrían dos músicas, en la una Pascasio y su mujer y, en la otra, Tomás Villaverde Camacho y su mujer, que llamaban “la Pizca”, de modo que iban de competencia sacándose, como se dice, unos a otros abujetas”.

Del día del Corpus ahora, vosotros me contareis. Yo no lo conozco. Largos años ha no lo pasé en mi tierra.

Julián Alonso Rodríguez. Diario Lanza, jueves 20 de junio de 1957, páginas 3 y 4.


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