martes, 6 de octubre de 2015

LA ALJAMA Y LA MATANZA DE JUDIOS DE 1391 EN CIUDAD REAL



Con el nombre de “aljama” tenía la comunidad judía de Ciudad Real una junta o Concejo. Estaba formado éste por los judíos más ancianos, los adelantados y los cabezas de familia; intervenían en todas las materias relacionadas con el municipio y controlaban los pagos e ingresos de todos los impuestos por medio de sus representantes. Junto al concejo tenían también un tribunal especial, para juzgar las causas. En uso de las prioridades concedidas por los reyes, entre toda la “aljama” era elegido un juez o rabba mayor, el cual ejercía la triple jurisdicción: civil, criminal y religiosa, teniendo que acatar su autoridad los “dayares” (jueces menores), así como los “cohenim” (sacerdotes). Para lo único que no tenían facultad era para condenar a la última pena. El tribunal se constituía en la puerta de la sinagoga, completando esta la organización de la “aljama”.

Pocos años después de ser fundada la ciudad, la “aljama” villarrealenga había adquirido gran fama y abundante poderío. Para hacernos una idea de su potencial económico, dice un documento, que, en el reparto de Huete (año 1290) la Aljama de Villa Real pagaba por el impuesto de capitación 26.486 maravedíes, correspondientes a los 558 cabezas de familia que formaban la junta. Además de esta contribución, que en aquellos tiempos era una cantidad considerable, pagaban también a la Corona: los diezmos hipotecarios de liquilinato y del comercio, las tercias, los donativos, la mañeria o luctuosa, los yantares, los servicios ordinarios y extraordinarios y las alcabalas, contribuyendo de consumo a engrosar las rentas reales con el arrendamiento de las alcaicerías y tafurerías. Nos dice el historiador Haim Beinart, que, “veintitantos años antes de los decretos de conversión, Enrique II de Trastámara autorizó la transferencia a la Orden de Calatrava de un ingreso anual de mil maravedíes de los impuestos de la comunidad”.

En el año 1292 el concejo de Villa Real recibió una orden del rey Sancho el Bravo, para que no se concediera a los judíos instalados en la ciudad beneficios con más del tres por ciento de los préstamos concedidos a los cristianos, renovando el monarca la decisión de su padre, don Alfonso X, de no serles permitido adquirir propiedades de sus términos. Pero los judíos, que eran hábiles en rehusar las leyes, no tardaron en eludirlas.

La escuela, llamada talmúdica, estaba al cuidado de los “rabbies” o rabinos, bajo la autoridad del “rabb mayor”. Los “cohenim” o sacerdotes, atendían el culto.

La matanza de 1391

Entre los judíos se encontraban verdaderos artesanos, en todos los oficios, por lo que la industria de  Villa Real tuvo arraigado abolengo, llegando a alcanzar gran crecimiento y prosperidad, particularmente en el tejido de lanas, viniendo a competir con las mejores de Europa. Pero su verdadero arte era la usura, en cuya virtud hicieron grande fortunas, logrando además inmenso prestigio y poder con los responsables de los pueblos y gobierno de la Corona; tanto es así, que, en época de don Pedro I, eran sus tesoreros. Precisamente por las demasías y abusos excesivos en los préstamos otorgados por los judíos a los cristianos, hicieron que las relaciones entre ambas razas se generalizaban cada vez más tensas y tirantes. La intranquilidad y la tempestad que se había levantado por algunos puntos de España, especialmente en Sevilla, el miércoles de ceniza 15 de marzo de 1391, llegó también a nuestra ciudad, derramándose en el barrio judío abundante sangre israelita, llegando a extinguirse la rica aljama de Villa Real. Tras la sangrienta matanza, bastantes fueron los judíos que se convirtieron al catolicismo, poniendo sus miras en la salvación de sus vidas.

Avanzaba el año 1396 cuando, Enrique III, dio orden de quitar las sinagogas judías. La de Villa Real fue donada a Gonzalo Soto, quien posteriormente en el año 1398 la vendió por 10.000 maravedíes a Juan Rodríguez de Villa Real, que era tesorero de la casa-moneda del rey en la corte visigoda y del monasterio de P.P. Predicadores. Juan Rodríguez donó la sinagoga  a la Orden de Predicadores de Sto. Domingo, convirtiéndola en iglesia bajo la advocación de San Juan Bautista. Años más tarde, el 10 de agosto de 1412, la reina Beatriz, dueña del señorío de  Villa Real, donaba a Juan Alfonso, vecino de la ciudad y cortesano suyo, parte del terreno que antes sirvió de fonsario o cementerio de los judíos. El solar, dice Delgado Merchán, fue vendido después el 10 de octubre de 1413, por la cantidad de 1.500 maravedíes, a los dirigentes de las cofradías: de Todos los Santos, de San Juan y de San Miguel de Septiembre de Barrio Nuevo. Todas estas sociedades estaban integradas por vecinos de Villa Real, y las habían fundado conversos locales.

Francisco Pérez Limón Diario “Lanza” 15 de agosto de 1989, Extra de Feria de Ciudad Real)


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