lunes, 25 de julio de 2016

OBRAS EN LA CATEDRAL


 
La fotografía es de 1895 y nos muestra las obras que se llevaron en la torre para sustituir el chapitel de pizarra por el actual. Archivo Lopez de la Franca

Empezaba el siglo. Era beneficiado de la Santa Iglesia Prioral don Antonio Sánchez-Gijón, “el tío cura”, como le decían sus sobrinos los Sánchez-Gijón, y así, cariñosamente, “el tío cura”, lo llamábamos todos los de la familia, fueran los que fueran la edad y el grado de parentesco que con él nos uniera. Magro, descuidado, viejo, sordo, de carácter sencillo, pero entrañable. Por derecho de “nacencia”, y por dignidad, era el capellán familiar y a su cargo estaban nuestras misas votivas, los bautizos, las primeras comuniones, pero no las bodas, decía “sí el casorio sale mal, del primero que se acuerdan los desavenidos, para no desearla nada bueno, es el cura que los casó”. Tampoco actuaba en los entierros. En ellos lloraba el buen “tío cura” y no podía entonar los “réquiem”.

Le creció un lobanillo en una mano y por vicio, más que por nada, siempre se lo estaba resobando. En el coro, los pícaros seises –el más pícaro era Marcos Redondo- lo enrabiaban sentándose en frente y remedando los sobos que se daba. Al concluir los rezos, como castigo, en la sacristía ponía en fila a los seises y les obligaba a pasar ante él, uno a uno, para besarle la mano del lobanillo y regalarles, con la otra, un “capón” que los chicos esquivaban entre respingos, muecas y risas, y risas suyas también.

Allá, en los años 2 al 4, el ámbito catedralicio se redujo al camarín de la Patrona. En él se celebraba todo el culto. Lo demás estaba clausurado como consecuencia de obras de gran envergadura por su extensión, pero de intensidad deplorable y no menos grande.

Por semejante incidencia, un año, en Feria, no pudo bajar la Virgen al altar mayor. Había que subir a Ella, y el día de su día, para salir de “su casa” y pasearse bonachona, por el Prado tuvieron que improvisar, con telas rojas y viejas, una cámara tras la puerta que da al paseo, y tan raquítica que solo pudo albergar la carroza.

El proyecto de las obras se debía al arquitecto diocesano, señor Rebollar, pero, con su silencio y su consentimiento más rendidos, Dios sepa por qué, se constituyó en arbitro y absoluto director de las obras el Penitenciario, y luego Arcediano, muy ilustre señor canónigo don Estanislao de Miguel Andrés. Este “maestro de obras” hizo y deshizo, a su antojo, sin tener en cuenta el proyecto y de modo tan desdichado; que dio al traste con la belleza y encanto sencillo y austero que el templo de Santa María del Prado conservó, mientras fue Parroquia, hasta convertirse en Catedral, como escribió por entonces, Ramírez de Arellano.

 
Aumentando la fotografía anterior podemos ver cómo era la antigua puerta de mediodía de la Catedral antes que se transformara a principios del siglo XX

La consumación de tanta ruina y de tanto desacato artístico, levantó gran polvareda en la ciudad y, como es natural, no pudo faltar un Quijote que saliera contra esas torpezas. Fue el sabio sacerdote don Inocente Hervás Buendía, Vicepresidente de la Comisión Provincial de Monumentos Históricos Artísticos quien, en el periódico local “Don Quijote de la Mancha”, publicó sus célebres “Diálogos” entre “el maestro albañil Tomás” y “el oficial Valentín”, censurando las obras con razones, justeza, valentía, erudición y gracejo. Pues, a pesar de ello, no logró frenar la desenfadada incompetencia del penitenciario, que llevó a término su error y su capricho, y solo, en “La Tribuna”, respondió a don Inocente con algún deslavazado soberbioso y poco documentado “Artículo”. Reunió Hervás los ocho diálogos, con otros interesantes escritos suyos sobre las obras y curiosos datos y los publicó en Mondoñedo, en el 1905, con el título: “Obras de la Iglesia Catedral de Ciudad Real”, y constituyen un sustancioso trabajo imprescindible en toda biblioteca pública o particular de la ciudad.

El revuelo y comentarios que, desde el comienzo produjeron las famosas obras se avivó con la publicación periódica en “Don Quijote” de los “diálogos”. Mi padre quiso cerciorarse, viendo lo que leía, y recurrió al pariente “tío cura” que, una tarde, llevó a mis padres a ver las obras. Y a mí con mis contados años, me aseguré a la mano paterna con tenacidad caprichosa y consentida.

Aquello aterraba. Me dio miedo. Andamios, polvo, maderas, voces, escombros, suelos levantados.

Retronaban en la nave, los golpes de la famosa piqueta demoledora. (Si, en el Retiro de “los Madriles”, nada menos que el diablo “el Ángel Caído”, tiene un monumento, ¿sería disparate que nosotros aquí, en lugar perfectamente adecuado -¡pues si que tenemos sitios para elegir!- levantaremos uno, con sentida dedicatoria, a la piqueta demoledora, secular, incansable y malquerida y a la odiada hacha arborófoba?)…y la joya del retablo mayor se ocultaba y protegía con el negro velo de Semana Santa con lo que parecía estar de luto por tanta desdicha. Aquel impresionante cuadro, dantesco, quedó marcado de tal manera en mi infantil memoria que aún parece lo estoy viendo, y ella y los escritos de Hervás nos sirven de guía.

No fueron obras de reparación, como debieron ser; no fueron de restauración; fueron antipáticas y antiestéticas modificaciones, caprichosas, ejecutadas contra viento y marea del Arte y del buen gusto, del respeto a los fines de los templos y el debido a la ciudad y a la letra del proyecto.

Exponiendo a los miembros del Cabildo y a los fieles, a traidoras corrientes de aire, desapareció el cancel, buena obra de carpintería del siglo XVII, de Francisco Navas, con herrajes cincelados de gran mérito. Sin duda asustado de esta parte de su obra, el Penitenciario encargó a Bermejo la improvisación de otro cancel, pero la premura impuesta, las condiciones de ajuste y la probidad de tal maestro carpintero, lo impidieron, según me contó en una ocasión el propio hijo de Bermejo. Y, sin cancel, quedó la Catedral desabrigada y fría.

 
Tal y como quedo la puerta de mediodía a principios del siglo XX tras las obras que se comentan en este artículo

Sustituyó el airoso chapitel de pizarra de la torre, cuadrangular, por el actual, octogonal y feo, de escamas policromas. Desterraron el púlpito a la iglesia de las Hermanitas de los Pobres –hoy de los Marianistas-, e ignoro su paradero. Embadurnaron de yeso las piedras, seculares, de muros y pilastras y, ¡para imitar granito!, con escobones salpicaron con cal y pintura negra el enlucido, con lo que el interior quedó muy a tono con la manifiesta pobreza de las recién nacidas capillas del Corazón de Jesús y de Santo Tomás de Villanueva, semejantes, por el exterior a aguaduchos, o cosa así, como comentaba don Inocente en sus “diálogos”.

Arrancaron el férreo balconaje que corría a mitad de altura de la nave, que era donde pendían las banderas conmemorativas, perdidas todas, menos una que, ¿por qué sin razón? Ha pasado a propiedad particular y ondea, a veces en alguna procesión que, precisamente, no es la de la Virgen del Prado.

A los pies de la nave de la iglesia, levantaron una tribuna para el órgano. Desaparecieron, cubiertos o destrozados, los góticos y aunque sencillos, curiosos adornos externos de las puertas laterales de entrada, y en la del Sol poco después en 1907, y en la capillas, aparecieron enormes y detestables arcos de cemento –¡de cemento, Dios mío, en templo gótico!- y de tan excelente calidad que ni una grieta tienen cuando de modo espontáneo, debían haberse derrumbado de vergüenza. ¡Gran propaganda para acreditar, si existe, la  fábrica proveedora de tal material!

Demolieron las bellísimas tracerías góticas, floridas, de los ventanales que, tamizando dulcemente la luz, hacían acogedor y ensoñador el interior de la Catedral, y de ahí está cual granero con ventanas de lo mismo. Como sería la cosa que, posteriormente, tuvieron que poner cortinas como remediadoras del mal.

La noble solería se cambió por los baldosines actuales, sentado precedente funesto, que han seguido, en estos años, Santiago –que ya muestra desportillado el reciente pavimento-, San Pedro, “las Terreras”, las Carmelitas, las Dominicas, los Remedios, dando a los seculares y venerables templos parcial apariencia de sositas, modernas, capillitas de monjiles conventos de enseñanza de pago. Dios quiera no se repita más el hecho ‘Ya está bien!

Y el coro, desde el fin de la nave, pasó al altar mayor, y no hubiera sido malo, pues con ello se aumentaba la solemnidad del culto y se evitaron las idas y venidas de los prebendados, entre la gente desde el coro al Presbiterio, pero demolieron, y esto, es lo doloroso, el severo y antiguo altar mayor, adosado al retablo, para colocar otro, exento y sin mérito alguno, en el centro de la plataforma levantada, y desmontaron, el notable y monumental sagrario tabernáculo, pieza noble integrante del retablo, como puede apreciarse en viejas fotografías aún existentes, para colocar, sobre el nuevo altar, solo el manifestador demasiado redorado y desvirtuado – si es que no era otro-, dejando vacío el emplazamiento del antiguo, que no pudo llenar dignamente la fenecida magnifica silla prioral de Uclés. Pero, eso sí, para acoplar la sillería coral, desconcharon las pilastras del ábside y ocultaron, con las cresterías de los sitiales, relieves de la Pasión del zócalo de la famosa obra de Giraldo.

Y… ¿para qué seguir?

 
La antigua sillería de la catedral del siglo XVIII destruida en 1936

Así quedó la Catedral y la hemos vivido hasta 1936, pero al concluir la guerra, en 1939, la devastación sufrida durante ella, impuso nuevas obras, las indispensables, para restaurar decorosamente el culto. No había para más. Recorrieron los tejados. El coro volvió, con pobreza patente, a los pies del templo. El Presbiterio quedó tan ruin e incapaz que las solemnidades se celebraban con dificultad. El altar mayor era precario y anodino. El tabernáculo más todavía y, de puro chiquito, casi invisible ante la tela roja que cubría el arco que encuadraba al primitivo. El retablo parecía colgado. De las imágenes se reemplazaron, por donación particular, las ocho destruidas en los intercolumnios, pero todavía faltan las de la Virgen Dolorosa y San Juan, junto al Crucificado, y, en el coronamiento, las de los cuatro Evangelistas. Algo más barrocas son las imágenes, pero son tallas que suplen cumplidamente a las antiguas.

De la efigie de la Virgen del Prado nos ocupamos en ocasión pretérita.

No podemos silenciar el envidiable el envidiable rasgo del M. I. canónigo, monseñor Jiménez Manzanares, deán del Cabildo catedralicio, que retornó a Santo Tomás de Villanueva, Patrono de la Diócesis, a su capilla donde, en retablo con alarde de dorados, preside la preclara trilogía de la santidad de la provincia que compone con los beatos almodovenses.

Y todo –imágenes, altar, retablo y embellecimiento- se hizo por devoción y munificencia de monseñor.

Por ley inexorable que, sin excepción, se cumple en plazo más o menos dilatado, casi a los sesenta años, la razón mantenida por el valiente manchego don Inocente Hervás, en defensa de lo nuestro, de nuestro pasado, de nuestro Arte y buen nombre, se siente reconocida, pues el Excmo. y señor Obispo Prior, Dr. Hervás y Benet, concibe y emprende la ingente benemérita y total empresa de volver el carácter de dignidad artística, de austeridad entrañable, de sencillez prístina, el maltratado templo Catedralicio, empezando por limpiar de yeso muros y pilastras, y, como lo único aceptable que se hizo en las comentadas obras de principio de siglo fue llevar el coro al Presbiterio, a él lo vuelve para realce y comodidad del culto. ¿Se tendrá en cuenta la traza del altar y del manifestador originales?

Si el acierto se aprecia en la iniciación, ¿cómo no hemos de tener esperanza en un completo éxito creciente hasta el remate, de las actuales obras?

Cuando tanto que valía la pena desapareció, por indiferencia, por negligencia o por lo que sea; cuando tan poco nos queda, ¿quién no se conforta con estas resurrecciones, y deja de elogiarlas?

Estoy seguro, allá, arriba, un sacerdote manchego, culto, modesto, y valiente defensor, hace más de medio siglo, de la S. I. P. empieza a sonreír bondadosamente, y no por él: por Ciudad Real, la bien amada y sufrida ciudad nuestra.

Julián Alonso Rodríguez. Diario “Lanza”, Extraordinario de Ferias, sábado 13 de agosto de 1960


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