sábado, 23 de mayo de 2015

FUNDACIÓN Y DESARROLLO URBANO DE CIUDAD REAL



Ciudad Real se nos ha quedado en la memoria a todos los provincianos como la capital a la que se iba a estudiar, residiendo en el Seminario o en el Doncel, y que al marchar todos los días la calle Calatrava adelante se cruzaba la ciudad de poniente a oriente y viceversa. Era también la ciudad donde se va a arreglar papeles, y donde se incorporaban los mozos a la mili, pernoctando en las viejas y destartaladas pensiones, amuebladas y decoradas con estilo azoriniano de  “primores de lo vulgar”,  fondas regentadas por viudas de algún militar, de un abogado o de algún maestro. Eran estas pensiones como un resumen de la ciudad, tenían su color pardo, rosáceo o amarillento decolorado, su sabor a tortilla y picatostes, y su olor a aceite frito y a humedad; eran los colores, sabores y olores del tiempo pasado que iba tiñiendo a la ciudad de un oro viejo. Pensiones que se abandonaban a las tres de la mañana para recibir en el Cuartel el primer chocolate caliente y el petate color verde militar, para marchar después hasta la estación, donde un tren jadeante y renqueante se llevaba a los reclutas. A los provincianos nos asombraba todo lo de la capital de provincia: allí las calles eran más largas, como las de Calatrava y Toledo, los edificios más altos y las plazas más recoletas, como la Mayor y la del Pilar, y es que a la capital manchega le venían pintiparados los soportales de su Plaza Mayor, pero no aquellos edificios monumentales que respetaban por su solidez, su volumen y su recia pesadumbre.

Pero todo el que quiera acercarse al alma de Ciudad Real, yo le aconsejo que lea el libro “Geografía urbana de Ciudad Real”, estudio exhaustivo y muy bien documentado del que es autor mi profesor, el nativo alicantino y manchego de adopción, don Félix Pillet Capdepón.

El volumen no es moco de pavo, pues tiene 648 páginas de letra pequeña y apretada, aunque es un libro bien ilustrado con planos, gráficas estadísticas y fotografías de los edificios más representativos que han ido marcando las señas de identidad en el desarrollo urbano de Ciudad Real.

En la breve introducción, el autor nos sitúa en los estudios anteriores que se han realizado sobre Ciudad Real y su provincia, haciendo referencia a los clásicos: Don Luis Delgado Merchán y Don Inocente Hervás Buendía y también nos cita las tesis doctorales de Rafael Villegas, que estudia la Edad Media, y Carla Rhan Philips, que estudia el desarrollo urbano de la Edad Moderna.

Nos dice Félix Pillet: “El emplazamiento urbano fue producto de diversas razones políticas y económicas, motivadas por la excesiva horizontalidad y la distancia al río, lo que originará auténticos problemas infraestructurales, que vienen a concretarse en el ya histórico problema del agua”.

Y a continuación nos dice que la función y la infraestructura, así como el de la morfología urbana son los grandes temas a tratar en este estudio.

En el capítulo primero, el autor nos habla de la fundación y el desarrollo urbano de Ciudad Real. Tras la batalla de las Navas de Tolosa (1212) comenzó una política muy activa de reconstrucción, fundación y repoblación de la Mancha. Una de las plazas que se intentó reconstruir fue la villa de Alarcos, pero hubo que desistir por estar en la margen izquierda del Guadiana, donde se desbordaban y se infectaban las aguas del río produciéndose fiebres palúdicas, por lo que las gentes fueron abandonando Alarcos y asentándose en una zona llana y salubre conocida como Pozuelo Seco. En el año 1255 Alfonso X el Sabio concedía la Carta Puebla a la aldea, a la que bautizó con el nombre de Villa Real, y la ciudad empezó a crecer auspiciada por sus manufacturas textiles abastecidas por la materia prima cercana: la lana. La industria conoció dos siglos de apogeo (XIV y XV), y a partir del siglo XVI comenzó un lento declive, y a la llegada de los moriscos de la Alpujara, a partir de 1570, hizo que prosperase la agricultura reemplazando a la industria decadente.


La ciudad que había ordenado Alfonso X, diciendo por donde debía ir la cerca, creció dentro de sus murallas en forma de elipse en un plano radiocéntrico que se va a mantener con sus murallas hasta mediados del siglo XIX, con un eje norte-sur, de la Puerta de Toledo a la de Granada, y otro eje de oriente a occidente, desde la puerta de Calatrava a la de Alarcos. La muralla estaba guarnecida por 130 torres y 7 puertas: Toledo, Calatrava, la Mata, Granada, Ciruela, Alarcos, Santa María, y posteriormente, del Carmen; y dentro de las murallas empezaron a diferenciarse los tres barrios: el cristiano, la morería y la judería.

El barrio cristiano fue el del primitivo asentamiento, donde se afincó la nobleza linajuda, y ocupó toda la zona sur, de la plaza del Pilar a las puertas de la Mata y Ciruela. El barrio de la morería iba de la puerta de Santa María a la de Alarcos, limitado por el interior por lo que hoy son calles Postas y Reyes. El barrio de la judería estaba ubicado en la zona oriental de la ciudad entre las puertas de la Mata y de Calatrava. El centro de la ciudad estaba en la plaza Mayor, siendo punto de unión y de reunión, mercado y alcaicería.

En esta ciudad medieval se levantan señeras sus tres parroquias: Santiago, del siglo XIII; San Pedro, de finales del XIV; y Santa María, de principios del XV, aunque existen diversas versiones sobre su origen y edificación.

Con la expulsión de los moriscos (1609), la ciudad entra en decadencia y estará dominada por dos estamentos: el nobiliario de los Treviño, y los Muñoz, que representan la oligarquía  ganadera.

El sector agrario fue creciendo en detrimento del industrial, y con la llegada de los moriscos creció el número de hortelanos, pues así lo dice el viejo proverbio: “Quien tiene un huerto y lo cuida un moro, tiene un tesoro”.

La expulsión de los moriscos fue seguida de una serie de calamidades: sequías, plagas de langosta, malas cosechas, encarecimiento del trigo, pestes, viruelas… todo ello hará que entre 1600 y 1750 la población se estanque o decrezca.

El cuestionario enviado en 1751 por el Marqués de la Ensenada a Ciudad Real dice que la ciudad tenía 7.650 habitantes, que vivían en 1200 casas y que había otras tantas en ruinas. La población se dedicaba: un 64% al sector agrario; un 18% a la industria y manufacturas; y un 18% al comercio y a los servicios.

Y estos son los datos de una población que irá creciendo en los dos últimos siglos hasta convertirse en la capital de la tercera provincia más grande de España. Aunque para nosotros siempre tendrá Ciudad Real ese sabor entrañable de regazo materno que ha sabido acogernos con llaneza y con franqueza a todos los provincianos.

Lucio López Ramírez (Diario “Lanza”, sábado 2 de noviembre de 2002, página 2)

Contestación al cuestionario del Marqués de la Ensenada de nuestra ciudad

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