martes, 10 de enero de 2017

LA ANTIGUA CAPILLA DE LOS MARIANISTAS



Estuvo en pie treinta y tres mil días... y por ella pasaron nuestros compañeros desde 1928 hasta 1997: la capilla antigua balbucea unos ecos con olor a cera transido de incienso.

A base de ser mil veces monaguillo, de estudiar partituras en el armonio del coro, y con unpoco de sazón de memoria fotográfica —y aquí pido perdón a los muchos especialistas en arquitectura salidos del Colegio por atreverme—, he podido reconstruir el plano de lo que hoy no es más que un recuerdo: la capilla cuya primera piedra se pusiera el lunes 18 de julio de 1904.

Igual que sucede actualmente, para acceder al entorno del templo había que entrar (F) desde el soportal principal a una antesala (24) donde en los años setenta y ochenta del siglo pasado lucían buena parte de las orlas de las promociones más veteranas. La falta de espacio hizo que las galerías de la planta primera de ambas alas (salón de actos y comedor de pequeños, más tarde aulas) fuesen la continuación natural para exponer los retratos.

A los costados de este nártex existía, del lado izquierdo, una escalera estrecha (23) que, partiendo de la puerta casi siempre condenada que daba al comedor de mayores (22) junto a una alacena (27), comunicaba en el segundo piso con algunos de los cuartos de los religiosos y en el primero con la antigua sala de la comunidad marianista, con el oratorio de diario y con el coro (D) donde estaba el armonio (21) y algunos bancos; y del derecho un despacho minúsculo (25) usado en los ochenta por el orientador o chicólogo Carlos Bragado al que llamábamos el reznaco, contiguo a la secretaría del centro (26) donde la tecnología más puntera se personificaba en una multicopista Gestetner de clichés de cera.

Una vez traspasadas las puertas (E), que al igual que las anteriores (F) eran de doble vano, tanto peatonal como de gran apertura – a los lados de las que colgaban las piletas de mármol blanco con forma de concha y taladros cilíndricos para tomar el agua bendita, hoy preservadas con esmero por el propio constructor de la capilla nueva –se accedía a una nave única (C) bajo el voladizo del coro (D) cuya primera sección antes de las bancadas (15) estaba amueblada con dos confesionarios de madera (20). En el del lado del evangelio acostumbraba a sentarse el longevo padre Eliseo Mata Arce sm (1900-1990), quien, entre aroma de pastillas juanolas, solía preguntarnos en confesión con qué frecuencia caíamos en determinados pecados.

Providencialmente, la vida de este santo varón, gran especialista en la obra de Francisco de Quevedo y algo sordo tras un desafortunado tratamiento en la Argentina con Cristalmina (Cristomicina apropiadísima para un clérigo, según entendió uno de sus iletrados compañeros de hospitalización —solía narrar el padre Eliseo—) prácticamente coincide en el tiempo con la existencia de la propia iglesia, que se había añadido como un anexo dieciocho años después de la construcción del conjunto principal del edificio que hoy conocemos del que, como es sabido, el sábado 12 de junio de 1886 el obispo José María Rancés había puesto en el solar la primera piedra para un vistoso asilo de ancianos de las Hermanitas de los Pobres, quienes ya habían ocupado otros predios menores en la esquina de las calles de los Reyes con Real y en la de Toledo.


Por cierto, el I Centenario del Colegio como edificación pasó inexplicablemente sin pena ni gloria al final de la primavera de 1986. Habrá que preguntarse por qué, a pesar de que algunos lo pusimos de manifiesto...

Fue otro obispo prior, Remigio Gandásegui, el que el martes 10 de septiembre de 1905 consagró esta nueva iglesia para las religiosas que heredó después, en 1927, la Compañía de María al comprar la totalidad de la finca y sus contenidos por un monto total de trescientas mil pesetas.

Como curiosidad, en el ángulo oeste del recinto del Colegio, existió una casa de planta baja y alta con jardín adosada a la tapia donde confluyen el camino (hoy calle ) del Calvario y el paseo de Carlos Eraña, que los Marianistas dejaron en usufructo al antiguo capellán de las monjas hasta su muerte. Precisamente en los últimos años setenta el propio Eliseo Mata ocupó esta vivienda y cuidó de su frondosa parra de la que llegó a hacer vino casero (¡cuántas lagartijas hemos cazado en aquel corralón!) hasta que se trasladó a la segunda planta del ala sureste del edificio principal junto al viejo laboratorio de Ciencias Naturales.

La factura de la capilla realmente era un pastiche neogótico realizado con materiales de mucha sencillez, construida en sólo catorce meses, y sin más ánimo que la funcionalidad, sin alarde alguno.

Cuatro ventanales apuntados (14) se orientaban entre media docena de contrafuertes (9) hacia el porche de las cocinas (19) y hacia el resto del frondoso jardín (17) que hoy no luce el vigor de tiempos pasados.

La decoración de los muros no exhibía más que las catorce estaciones de un vía crucis (18) en bajorrelieve y vetustos ventiladores incapaces de aliviar en los meses cálidos las altas temperaturas de La Mancha. Unos primitivos radiadores de hierro fundido tampoco los rigores de la temporada contraria.

Las bancadas (15) se separaban del presbiterio (B) con dos sencillos pasos (16) que aupaban el altar y su ara (12) a un ligero nivel preeminente, al que se encaramaba aún más el oficiante (no los concelebrantes ni los acólitos) mediante una tarima (13) de poca superficie en la que hemos visto trastabillar a más de uno y a más de dos bajo el eje del sagrario (8). El tablero de mármol del altar disponía sobre el mantel de cojín-atril y de dos tríadas de velas apostadas en los extremos. El olor tras apagarlas al final de las misas todavía reverbera en los trasteros de nuestra pequeña historia.

La configuración del espacio era tan simple como un ambón portátil (11) que podía ser puesto también del lado de la epístola, un gueridón (10) para dejar los aperos del culto y tres hornacinas en la mitad superior (7) de los tres muretes, que alojaban sendas estatuas de bulto redondo, de izquierda a derecha, del Sagrado Corazón de Jesús, la Virgen con el Niño (conservada cuidadosamete por el presidente de la Asociación de Antiguos Alumnos, Alfredo Muñoz Lorca) y San José con el Niño, en la actualidad diseminadas por otros destinos.


Entre la Virgen y el sagrario, que era de labrado plateado con puertas correderas, presidiendo, una Crucifixión. Junto a la puerta izquierda de acceso a la sacristía (A) el candelabro suspensor de la vela roja para denotar al Santísimo.

El espacio que ocupaba esta sacristía era amplio, con dos ventanas (1) al jardín y al edificio ya desaparecido del chalé, junto al crematorio donde jugábamos entre la hojarasca con fragancia a humus, que en el pasado ocuparon religiosos como don Pío Segura-Jáuregui Uriarte sm. Tenía dos amplias cómodas de pesados cajones, una para lencería de altar (2) donde se guardaban también otras cosas como las cestas para la colecta, los misales, leccionarios, el joyerito con la llave del sagrario y tanto las formas de pan ácimo como sus recortes traídos de las Carmelitas, preciados trofeos para los monecillos; y otra para revestirse (3) y para almacén de las casullas de guitarra más valiosas y para las desusadas capas pluviales.

A  espaldas de esta cómoda principal estaban los armarios roperos empotrados (4) para albas, estolas, roquetes y sotanas, y también para velas, vinajeras y muchos otros efectos, como los apagavelas de mango largo.

Embebidas en ambas paredes laterales, como se ve en la fotografía a través de la puerta derecha, hubo otras tantas alacenas (28) provistas de puertas esmaltadas en marrón.

La esquina más curiosa de la estancia, que coincide aproximadamente con la base de la actual tumba de la Capilla de los Mártires (comenzada el viernes primero de Agosto de 1997, terminada a finales de marzo de 1998, tras sólo ocho meses de obras, e inaugurada el viernes 18 de septiembre por el obispo Rafael Torija), era la del lavabo canónico (6), bajo el que estaba la piscina (5), que no era más que la baldosa del suelo del rincón que podía levantarse tirando de una argolla. Al hacerlo quedaba al descubierto el terreno y era allí donde se arrojaba el agua de haber lavado los purificadores y corporales, es decir, los paños que habían estado en contacto directo con las hostias y el vino consagrados. Rito bonito donde los haya.

Por último, sobre el lavabo, parcialmente alicatado de baldosín cerámico blanco, lucía un cuadrito, como en tantas otras sacristías, con la oración para musitar mientras se lavaba el oficiante las manos antes de la eucaristía: "Cum lauat manus, dicat: Da, Domine, uirtutem manibus meis ad abstergendam omnem maculam; ut, sine pollutione mentis et corporis , ualeam tibi seruire". Quién sabe: a lo mejor acabé dedicándome a la Filología Clásica por culpa de esta frase.

Qué pena que en los años setenta hacer una fotografía fuese un hecho tan extraordinario. Un carrete de treinta y seis duraba lo que todas las vacaciones de verano. De hecho en nuestra tierra seguimos diciendo tirar una foto. Este paseo por el tiempo a base de retina y neuronas hubiese sido sin duda mucho más completo e ilustrado de haber tenido la facilidad de desenfundar un smartphone.

La demolición del templo ocurrió a lo largo del lunes 14 de julio de 1997 (exactamente 33.964 días después de aquella otra tórrida jornada de 93 años antes) a cargo de la empresa encargada igualmente de la ejecución del nuevo tabernáculo, la constructora de Eusebio García del Castillo, quien conserva de ambos procesos una película ya histórica de hora y media de duración en formato doméstico Super-8 cuyo resumen tenéis en el apartado de al lado en esta misma web.

Antonio Gómez Bernal (promoción 1984/1985)


Derribo de la capilla del colegio. Marianistas. Ciudad Real. 1997. from bricofurgo on Vimeo.

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