martes, 29 de octubre de 2013

EL MURO DE LA CALLE DE ALTAGRACIA



Continuando mis entradas con lo relacionado con la demolición del  antiguo Monasterio de las Madres Dominicas, hoy reproduzco el artículo publicado el jueves 30 de enero de 1969, en el diario Lanza en su página 9, por el profesor y farmacéutico Carlos López Bustos, titulado: “EL MURO DE LA CALLE DE ALTAGRACIA”, en el cual resaltaba el viejo sabor del barrio de Santiago con sus añejas edificaciones, y pedía se conservara la puerta del monasterio.

Alguien que también siente un gran afecto hacia su adoptiva patria chica, hacia Ciudad Real, me llamó por teléfono para decirme, casi angustiosamente, que  iba a ser derribada muy pronto la iglesia de un viejo convento de esta población. La verdad es que nada podíamos hacer para evitarlo, y además, en lo que a mí se refiere, como madrileño estoy ya muy acostumbrado a esta clase de disgustos.

Decía el escritor Cansinos Assens que él por haber nacido en una ciudad que databa del tiempo de los fenicios, se podía reír de su amigo el poeta madrileño Emilio Carrere, cuando le oía hablar de los que él llamaba “arqueología madrileña”, y no sin cierto desprecio añadía además, que las antigüedades de Madrid a lo sumo dos siglos de edad. Así es en efecto, en Madrid son pocos los edificios verdaderamente antiguos con mérito artístico e histórico, pero sí, en cambio muchas de sus calles, de sus avenidas y plazas, y hasta barrios enteros, tenían algunos, un estilo propio de gran belleza y carácter. Tal ocurría con el suntuoso paseo de la Castellana, en el cual se alineaban, casi sin interrupción, palacetes que, sin ser obras de arte, en su conjunto, hacían del mismo algo verdaderamente sin par. Ahora sigue el paseo, tal vez esté más cuidado; pero, sin sus antiguas edificaciones, ha perdido su esencia propia, y valga la comparación, es algo así como un “café descafeinado”.

En Ciudad Real no hay casi monumentos de verdadero mérito, y además los pocos que lo tienen, no son demasiado apreciados y a veces desde muy lejos no han de recordar su valor, como ocurrió con la Iglesia de San Pedro  hace algunos meses, que mereció un articulo acompañado de una fotografía en un periódico de Barcelona. Por otra parte, si hay barrios y rincones que conservan intacto su viejo estilo, y que a mi juicio deberían respetarse, claro es que antigüedad no significa suciedad, abandono y descuido.

El muro del monasterio de las dominicas visto por la calle Jacinto en los años cincuenta del pasado siglo XX, donde podemos ver la arquitectura popular que entonces tenía el viejo barrio de Santiago

Tal vez la zona urbana de más rancia solera sean los alrededores de la Plaza de Santiago, que a decir de personas que visitan nuestra ciudad, recuerda, en su aspecto nocturno, al barrio viejo de Cáceres. No es sin embargo sólo por la noche cuando aquellos rincones adquieren un especial encanto; tal vez sea mayor el de sus atardeceres en los días nubosos o de lluvia, cuando el cielo se puebla de nubarrones cuyo color va cambiando, a medida que los iluminan los últimos rayos del sol que se hunde en el horizonte; del rojo violáceo al azul y por fin el negro, y bajo sus sombras la vejez de los edificios del barrio parece armonizar bellamente. Muchas veces, si mi salida del Instituto coincide con la hora del crepúsculo y a poniente, al fondo de la calle de Calatrava, se divisa un esplendido horizonte rojizo, y hacia levante, una extraña luminosidad se derrama por el campo; en lugar de seguir por dicha calle, y aún a costa de andar un poco más, tomo la de Jacinto para recorrer aquellos parajes, precisamente en momento que adquieren su mayor encanto.

Aparte de esto, recuerdo la autorizada opinión de un Catedrático de Arte que hablando de Ciudad Real cuando por motivos profesionales la visitó por primera vez, al referirse a la Catedral dijo que, si bien arquitectónicamente carecía de valor, había en la misma cuadros de indiscutible merito, y luego, al hacer como un recuento de los motivos artísticos que más le habían gustado en esta ciudad, hizo mención de la portada del convento de las Dominicas.

Sobre dicha portada no cabe la disculpa, para justificar su desaparición, de que su mérito artístico no sea muy grande, pues en la vida no solo cuenta lo mejor, y además, también conviene escuchar los dictados del corazón, que si no entiende tanto de arte científico como la cabeza, tal vez entienda más en los que se refiere a la verdadera belleza de las cosas porque lo humilde, lo que no es ostentoso, ya tiene por si solo un gran valor.

Naturalmente es imposible evitar ya su derribo, pues median intereses de personas, que además, no son responsables del asunto. Por este motivo, sólo me atrevo a insinuar que podrían conservarse el muro y la portada trasladándolos a otro lugar donde se lucieran. No es la primera vez que han acometido obras semejantes; recuerdo cómo en León me extraño la presencia, en pleno barrio del ensanche, de una vieja iglesia perfectamente alineada con la calle, y aún fue más mi extrañeza al trasponer la puerta y encontrarme con su interior totalmente moderno. El arquitecto que proyectó la nueva Iglesia Parroquial de San Juan del Renuevo, había tenido la buena idea de colocar como portada de la misma, la del viejo monasterio de San Pedro de Eslonza.

Para terminar, quisiera sugerir que, al menos, las piedras humildes pero nobles de la portada del convento no fueran a servir para rellenar baches en los caminos, y esto me trae a la memoria el gesto, que nos relata Palacio Valdés, de aquel pobre hidalgo de “Rodillero” que no quiso que el escudo de armas de la puerta de su casa solariega, al ser vendida ésta, siguiera campeando sobre la puerta de una fábrica de escabeche, y ayudado por su amigo, el marinero José, lo sepultan solemnemente en las profundidades del mar.

La portada de las dominicas que se pedía se conservara. ¿Qué  sería de la vieja puerta de madera del siglo XV con sus añejos clavos de forja?

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