miércoles, 30 de octubre de 2013

LAS DOMINICAS SE MUDAN


Estado en que se encontraba la fachada del monasterio en 1969

Mucho se ha hablado y se ha escrito sobre el caso del Convento de las Madres Dominicas de la calle Altagracia. Nosotros, en esta ocasión no pretendemos romper una lanza por el convento, por la iglesia, por el lienzo histórico, ni por el campanil, ni por la puerta, bellísima por cierto, de la iglesia.

Permítasenos que rompamos una lanza por las propias monjas de la comunidad que viven tan en precario.

A las monjas dominicas de Ciudad Real, un buen día, bueno para ellas, se les presentó la ocasión de “cambiar de piso”. Un constructor avispado vio que lo que ahora es convento, iglesia, huerta conventual y demás dependencias del mismo, se podía convertir, con un poco de imaginación y algunas pesetas, bastantes, en un bloque de casas para los habitantes de la capital que no las tienen en condiciones. Estos constructores no ofrecieron a las hermanas ni una peseta por el convento destinado a ser derruido. En cambio ofrecieron a las dominicas una nueva casa. Un nuevo convento, funcional, confortable pleno de luz, donde podrían tener una huerta, más pequeña pero más práctica. Casi en pleno campo, y muy propicio para la oración a cielo abierto, o para el silencio conventual, tal vez interrumpido tan sólo, por las voces de los pequeños del colegio frontero. Los ruidos de la ciudad llegarían al nuevo convento atenuados por la distancia.

A las monjas, ¿quién dice que no? les iba a costar mucho abandonar el viejo caserón de Altagracia. Han sido muchos años musitando sus rezos por las galerías intrincadas, por aquellas mil y una habitaciones que existen en él. Pero ¿quién desperdiciaba tan estupenda ocasión de quitarse del peligro de morir aplastadas, sin que nadie, absolutamente, se enterara… o apenas sabiéndolo  tras cuatro líneas del suceso publicado en los periódicos.

Se aceptó. No intervino nadie en la operación. Nadie excepto las autoridades de la Orden, las eclesiásticas  y poco más.

Pero la cosa trascendió y los amigos de lo antiguo –entre los que nos contamos- pusimos el grito en el cielo. ¿Cómo se iba a derruir, para convertirlo en un bloque de viviendas-, algo así como un avispero gigantesco, uno de los edificios más históricos de la ciudad? ¿Cómo, esa obra de arte en arquitectura se iba a venir abajo porque a unas cuantas monjas se les ocurriera cambiar de aires…?

Nosotros mismos teníamos previsto hacer una encuesta con el fin de pulsar la opinión pública sobre el particular.

Columnas de piedra del claustro a las que hace alusión el artículo y de las que dice se deberían conservar

Sin perjuicio de sostener que lo salvable de ese edificio debe ser salvado por las autoridades, declaramos aquí, sin rodeos de ninguna clase, que el convento se está hundiendo, todo él. Que en la iglesia no hay culto ya, desde hace tiempo, porque se viene abajo, que ha tenido que ser desmantelada. Que el campanil se está cayendo, que las monjas se han reducido a la mínima expresión de la casa y aún temen ser aplastadas cualquier día.

Hemos subido por la angosta escalera que conduce a la bóveda de la iglesia y hemos temido por nuestra integridad física, pero el ánimo que nos daba la priora, hacía que disimuláramos nuestro miedo. Nos hemos encaramado al campanil, que por cierto recibió un duro golpe la noche del famoso terremoto y, desde allí, hemos visto cochambre, mucha cochambre. Tejas podridas, vigas, tirantes y cuñas, hechas polvo por el paso del tiempo y por un abandono casi ancestral. Hemos comprobado muros abombados, grietas enormes, paredes de tierra, que esperan la mala idea de alguno que las derribe. Hemos visto humedad por todas partes. Hemos palpado, en fin, inseguridad en todo el edificio.

Parece ser que el caserón este ha tenido mala suerte. En 1903 se registró un hundimiento. Posteriormente ha recibido también algunos vaivenes. Fue refugio de los que huían, durante la guerra, de las zonas que iban ganando los “nacionales”, con el consiguiente mal trato que se da a lo recibido de regalo. En fin el edificio todo, es una ruina.

No nos hemos parado a reparar el valor de algunos artesonados que hay en la finca. Lo que sí hemos comprobado es que algunos de ellos están carcomidos y amenazan caerse. El claustro, tapado con yeso y cal, se adivina de poco valor, pero esto sí que se podía conservar, porque es de piedra. Esto, el lienzo de pared de lo que fue antigua iglesia y su puerta, no solamente pensamos que se podía conservar, sino que decimos que debe conservarse.

Las monjas, que por cierto, no saben dónde meterse para obtener con qué pagar el nuevo mobiliario que, indudablemente, les hace falta en el convento a estrenar, no dicen nada. Ni nada responden a nuestras insistentes preguntas sobre el caso del famoso convento.

A ellas, a la Orden, les fue regalado el viejo edificio. Les ha servido durante muchos años como casa comunal. Y ahora se van a un convento de nueva, sin ser revolucionaria, concepción. Ellas saldrán ganando.

Pero ¿habrá quien les eche una mano para el ajuar de la nueva casa?

No crea, tenemos ahorradas 10.000 pesetas…

Nuestra risa retumbó en las soledades del viejo caserón… ¡10.000 pesetas!

Sabemos que las dominicas se han distinguido siempre por su austeridad. Por su generosa falta de apetencias mundanas. Además, la comunidad se compone de 18 monjas. Pocas, realmente. Y como se conforman con poco… ¡Pero, 10.000 pts… !

La priora, que no es vieja, ni mucho menos, se queda mirándonos como sin comprender nuestra risa irónica.

La madre María Luisa, cuarenta y tantos años en el convento, tampoco se explica nuestra actitud.

La madre María, medio siglo en la casa, también nos mira.

Al fin, comprendemos su seguridad, nacida de la fe. Dios proveerá. Naturalmente. Pero si, además de Dios, nosotros, los de aquí abajo echamos una mano a estas monjitas maravillosas mejor que mejor ¿no les parece? Por cierto, en la iglesia del nuevo convento, hay que poner bancos. Por lo del culto ¿Ah ya! las 10.000 pesetas.

Artículo publicado en el diario “Lanza” el viernes 18 de abril de 1969, Año XXVII Nº 7.207 página número 16. El artículo esta firmado por el periodista Emilio Arjona

El monasterio en 1969 a punto de comenzar su demolición 

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