jueves, 16 de julio de 2015

LAS MURALLAS


 Único resto que se conserva de la antigua muralla de Ciudad Real en la Ronda de la Mata

Ciudad Real fue una ciudad amurallada. De la muralla sólo queda hoy la Puerta de Toledo y un pequeño lienzo, en la ronda de Granada, como si quisiera recordar de donde venía el peligro que obligó a cercar Villa Real. Porque nuestras murallas no se construyeron para protegernos de ningún pueblo extranjero, sino de un enemigo interno, la Orden de Calatrava, que comprendió enseguida y trató de obstaculizar la intención de la fundación de Villa Real.

Esta tuvo lugar en 1255: al final de aquella centuria empezó la edificación de la muralla. Delimitaba ésta el perímetro urbano hasta que éste reventó (parece que el verbo reventar envuelve el significado de acción horizontal, hacia los lados, mientras que estallar entraña acción vertical, hacia arriba). Hoy día este perímetro lo sigue la carretera de circunvalación.

Las murallas eran de tierra y piedra con torreones de trecho en trecho hasta 130. Un historiador local ponderó su excelencia; el cronista de Calatrava Rades de Andrade, las calificó de “ruyn cerca”. Medían 5452 varas castellanas, unos 4.500 metros. Por el interior las ceñia el camino de ronda.

El recinto amurallado de Ciudad Real tenía 130 torreones y tan solo se conserva este pequeño lienzo de 2,20 X 46 X 5 mts.

Se conservan los nombres de las puertas, pero sólo la fábrica de la de Toledo: eran ésta y las de Calatrava, la Mata, Granada, Ciruela, Alarcos, Santa María y Carmen. Su denominación vino de los lugares a que conducían los caminos que las atravesaban. No está claro cuál fuera la Mata o matorral. Santa María, se refería a Santa María del Guadiana, cuyo recuerdo subsiste en una finca.

La puerta más moderna fue la de Ciruela, Don Domingo Clemente dice que se construyó en tiempos del Gobernador y Alcalde-Corregidor don Enrique de Cisneros y Nuevas que ostentó tales cargos desde 1858 durante cinco años;  el nombre de esta autoridad es el del Paseo. La puerta de Ciruela se componía de “dos torreones separados entre sí por una cortina o muro, el cual, terminado por ménsulas y almenas sostenidas por arquitos de medio punto, abre el ancho y único arco gótico de bizantinas reminiscencias, que constituye la puerta flaqueada por los dos macizos y elevados torreones coronados también en sus cuatro frentes de muralla y almenas. Cada uno de estos dos torreones tiene practicadas en sus dos caras principales y a diferente altura dos angostas ventanas, como para dar luz a lo interior: entre las ménsulas y debajo de cada una de las almenas, tiene simulado otro orden  de pequeñas troneras, como si pretendiese aumentar los medios de defensa. Arranca el arco sobre impostas entalladas de rudo follaje y en sus enjustas hay dos medallones por ambos haces. La fábrica es de mampostería desconectada con aristones de sillarejos de mayor y menor. El ancho total de la puerta, incluso los torreones, es de diez metros por once de altura, contados hasta la cúspide de las pirámides en que terminan las almenas; la luz es de cuatro metros y veinte centímetros, y su alto hasta el vértice es de seis y cuarenta. Los torreones son de base cuadrada. Trazó esta puerta y dirigió la obra el entendido arquitecto don Cirilo Vara y Soria, ayudado de su inteligente hermano don Antonio” (Domingo Clemente)

La mayor parte de la muralla desapareció entre finales del siglo XIX y los años sesenta del pasado siglo XX

La puerta del Carmen se abrió en el siglo XVII para el acceso al Convento de Carmelitas que había donde ahora se levanta el Hospital Provincial.

La de Calatrava era “una anchurosa” y “capaz” torre con dos puertas. Por ella pasaba uno de nuestros caminos de gesta. Aquí, cuando la invasión francesa, en marzo de 1809, una representación de vecinos parlamentó con el General francés Sebastiani y consiguió de él no fuera entregada Ciudad Real al saqueo e incendio que decía corresponder a sus tropas por ley de guerra ya que la ciudad había hecho resistencia.

La puerta de la Mata la formaban dos torres; en su exterior se colocaron las armas de los Reyes Católicos y por encima del arco había un altar. Por sus inmediaciones estaba el braserillo o quemadero de la Inquisición, que Gómez sitúa entre las calles del Lirio y las Cañas, en el solar que hoy ocupa un Grupo de Viviendas, el Vicente Galiana.

En este pequeño lienzo de muralla se conserva un adarve

La puerta de Granada, levantada en tiempos de Carlos I a base de dos torreones, no fue la primera. Fue escenario de tristes escenas. En el turbulento verano de 1449, durante el cual se causaron muertes, saqueos, incendios y otros estragos, por desavenencias entre realengos y calatravos, cristianos viejos y conversos, murió aquí de un saetazo en la boca el comendador de Almagro Frey Gonzalo Manuento, que vino con gente suya a ver si era verdad que lo prendían ciertos regidores que lo querían mal y así  lo habían dicho. Aquí, en esta puerta, quienes fueron a atravesarla el 12 de abril de 1809, sobre todo vecinos de Miguelturra, se encontraron con un macabro espectáculo que les hizo retroceder: los franceses, ocupantes de la ciudad, habían ejecutado y dejado allí, los cadáveres de Carrero y Calahorra: el primero acusado de la muerte del canónigo Duro, que fue arrastrado por las calles por sospecharse de sus simpatías con los franceses; y el otro, de la muerte por arma blanca de un francés que residía aquí pacíficamente.  Luego, en septiembre de 1837, estuvo aquí, en Ciudad Real, el General en Jefe del Ejército de Reserva, don Ramón María Narváez. Hubo con este motivo “grandes festejos, pólvora, iluminaciones, regocijos populares; habilitándose el convento de la Merced para dar en su obsequió un refresco, baile y recepción oficial. Entre varios justificantes de los gastos hechos con tal motivo hallamos el siguiente: “De palos y vanquetas que se han colocado a la derecha de la Puerta de Granada para asentar los reos que han de fusilar, lo firma el carpintero Antonio Delgado” (Hervás)

Cerca de esta puerta estaba el Alcázar, apoyado en la muralla. Sabido es que lo mandó construir Alfonso X y que llegó a ocuparlo. Después de él, todos nuestros reyes medievales, hasta los Reyes Católicos, tuvieron en él alojamiento. Aquí murió el infante de la Cerda, conspiró su hermano don Sancho y fue sorprendido por un terremoto el 24 de abril de 1431 Juan II. Con la complicidad de gente de dentro, por el postigo que luego se llamó de la traición, penetró la hueste del Maestre de Calatrava don Rodrigo Téllez Girón con ánimo de incorporar la ciudad a la Orden (1475): hubo dura lucha, con muertos, allanamientos y ejecuciones. Terminó con la venida de refuerzos reales al mando del Maestre de Santiago don Rodrigo Manrique, padre del poeta, quien también estuvo aquí y escribió a la Reina exponiendo la situación de la ciudad.

Muchas de las piedras de la antigua muralla fueron utilizadas en la construcción de nuevos edificios de la ciudad

El trozo de muralla que unía las puertas de Ciruela y Alarcos tenía adosado el torreón llamado “el Cubo” por su forma y en sus inmediaciones el Pozo Dulce. La puerta de Alarcos “en el camino de Sevilla” ostentaba “las armas reales y en su defensa quatro soberbias guardas… formando con su vistosa muralla… un quadrilongo capaz” (Diaz Jurado). Ramírez de Arellano, en 1893, decía que era “un arco sencillo, sin más adorno que el blasón de España entre dos reyes de armas”. Estos fueron los que dieron lugar a un dicho popular, extinto con la puerta: “cuéntale eso a los de la puerta de Alarcos, que están despacio”, para sacudirse a un importuno. Cuando la ocupación francesa, esta puerta fue atacada por la guerrilla de don León Llacer. Era un clérigo que dio muerte a un dragón francés, huyendo después y haciéndose guerrillero. En el ataque a la puerta recibió heridas que le produjeron la muerte al cabo de unos días en una choza, cerca de Arroba.

Las partidas de guerrilleros, tanto durante la guerra de la Independencia (D. Ventura Jiménez, D. Isidro Mir, D. Alejandro Fernández, el Capuchino, el Chambergo, Giraldo el de las lámparas de la Catedral, luego fusilado por orden de Castaños el Locho, etcétera) como durante la guerra carlista (Palillos en 27 mayo 1837 trató de forzar la puerta de Santa María), no dejaron de hostigar las murallas. Ello motivó que se cerraran algunas puertas (momento hubo que solo eran viables las de Toledo y Calatrava) y que se fortificaran con focos y parapetos y armaran con artillería.

Las murallas tenían un grosor de 2,20 m.

Las murallas (siempre hemos hablado de ellas en plural), se repararon, que sepamos, en dos ocasiones: a finales del siglo XV cuando la tensión referida con la Orden de Calatrava y a mediados del pasado, cuando la guerra civil. Luego se utilizaron fines fiscales, para impedir “el matute” y a tal efecto se cerraban al anochecer y abrían a la salida del sol. Ello motivó quejas del Servicio de Correos y de la Comandancia General. El lienzo que unía las puertas de Toledo y Calatrava se derribó hacia 1867 para rellenar los Terreros.

Vendidas con su camino interior de ronda por el Ramo de Guerra a particulares se utilizaron sus materiales para nuevas construcciones. Un lienzo muy deteriorado con unos torreones ruinosos que quedaban a la izquierda de la puerta de Toledo, los derruidos hace cinco o seis años.

De chicos nos atraían y despertaban en nuestra imaginación escenas de honor y de guerra. En más de una ocasión, como nuevos calatravos y realengos, sostuvimos en ellas pedreas.

Solo queda la muralla en el escudo de nuestra ciudad. Y como piedra o sello que estuvo engarzada en su anillo la puerta de Toledo. Ella es un símbolo de nuestra ciudad y para nuestra ciudad: en su frente tiene grabado el escudo de Castilla y León, como señalándonos nuestro destino histórico-político; en su interior, como un escapulario, una oración que nos llama a nuestro eterno destino. Recordémosla, repitámosla: Visita, Señor, te lo rogamos, esta morada…

Antonio Ballester Fernández (Boletín de Información Municipal nº 15, octubre de 1964)

Maqueta virtual de la desaparecida muralla de Ciudad Real

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