viernes, 22 de noviembre de 2013

SE HA CUMPLIDO EL QUINTO CENTENARIO DE LA FUNDACIÓN EN CIUDAD REAL DEL CONVENTO DE LAS DOMINICAS (2)


Interior del monasterio de las Madres Dominicas de la calle Altagracia en julio de 1950

UNA VISITA AL CONVENTO

La vida fluye sobre cenizas de hombres. Pero la vida es una cosa humana (Marquina)

Han rodado cinco siglos de vida, sobre los muros del convento. Y la vida en esa mezcla íntima de humanidad y de espiritualismo fluye bajo la abura de tocas y sayales, en las hijas de Santo Domingo. La vida sigue llenando el ambiente del sacro recinto. Embalsamada en la luz del claustro luminoso, envuelta en el perfume del patio perfumado, saturada de misticismo en la solemnidad del coro. La vida sigue en los momentos del silencio, en las emociones místicas del salterio, en la frescura del huerto, - un trocito de huerto evocativo de las odas de Fray Luis- en el ambiente todo de santuario, donde las cándidas palomas hacen la ofrenda continua de sus oraciones al Señor del Sinai, al Hombre de la Cruz.

Y por tocar esta hora de emociones, por sentir estos momentos de vida cabe el claustro y al otro lado de rejas, junto a las tocas de las monjitas, hemos llegado al monasterio dominicano en esta fecha de su quinto centenario. ¡Jalón de la fe de nuestros antepasados, cuyas muestras perduran en la hidalga Villareal!

EN LA CLAUSURA

La puerta seglar. Dintel de las pisadas profanas y principio de nuestra mística peregrinación. Dos monjitas, velado su rostro, acompañan a la madre Priora que cubierta también nos recibe: Sor Juliana de Jesús. En el mundo llamosé  Sofía Sánchez Cortes. Y la finura de su dicción extremeña pone de relieve su limpia prosapia y su origen: Su padre fue presidente de la Audiencia de Sevilla y en Cáceres después, donde ella vio la primera luz. Actualmente tiene un sobrino que ejerce la Abogacía del Estado en Barcelona. Dialogamos. Sobre la charla fluye la humildad encantadora de las monjitas y después de un patio breve, cuyos muros acusan los recios contrafuertes del templo, llegamos al claustro limpio, sencillo, lleno de luz, en cuyo fondo y al pie de la escalera que lleva al piso alto de la clausura la imagen del Padre Santo Domingo contempla a sus hijas.

Se trata de un fresco pintado en tintas negras y que estuvo oculto bajo la cal de la misma pared. Una monjita, sor María de la Cruz llena de paciencia logró rehabilitar el cuadro que nos produce una excelente impresión. La imagen coloca el dedo izquierdo sobre su boca, simbolismo del silencio que guardan celosamente sus hijas. Y cuando gustamos la gracia del dibujo, una nueva sorpresa en los yesos alicatados que forman el dintel de una puerta y ventana del corredor. La talla de la madera también excelente a base de motivos vegetales y del reino animal.

En el fondo del claustro, en un lindo rinconcito, la imagen del Crucificado al que cariñosamente llaman las monjas el “Cojito”. La cruz nos recuerda en la madera ruinosa e irregular el “Cristo de los Condenados” venerado en la Parroquia de San Pedro.

LA COLUMNATA DEL JARDIN. EL REFECTORIO

Un patio magnifico. Perfumado por geranios, albahaca y yerbabuena. Sombreando por las copas de olmo y acacias., y coronado por el cielo azul de la mancha. Un troncal da frescura a las plantas. El piso embaldosado dice una de las múltiples pruebas del señor Carrero, cuya hermana Sor María Luisa vivió en el claustro. Las monjas muestran en sus frases al agradecimiento a su bienhechor.

La columnata del patio es magnífica. Actualmente está cerrada por librar al claustro de las inclemencias invernales. Pero aún quedan airosos los capiteles timbrados y numerosos escudos, acaso relacionados con la fundación.

La gracia de unas palmeras pone una nota de elevadísimo color en este jardín castizo de la Mancha y Andalucía. ¡Un trocito de cielo en la clausura!

Pasamos al “refectorio”. Son veinticuatro las monjas que toman asiento en las mesas de esta salita. ¡En nuestra pobreza –dice Sor Julia- las patatas resultan caras también!

Los muros abundan en cuadros. Destacándose en el fondo uno, de nuestra patrona la Virgen del Prado, antiquísimo y muy semejante al dibujo que aparece en el folio portada de la “Executoria de antigüedad de la Imagen de la Virgen del Prado” que se conserva en el archivo de la Iglesia de la Merced.

El púlpito en piedra, sencillísimo y de buen gusto. Durante la comida, en silencio, se escucha la lectura que hace una monja.

LA HUERTA, EVOCADORA DE LAS ODAS SALMANTINAS

Indispensable en todos los monasterios el trozo de huerta. Espléndido en este dominicano, cuyos paseíllos sombreados por parras, higueras y almendros y bordeados por el regato donde corre el agua cristalina, evocan la poesía del maestro de Salamanca. El tono de sobriedad de los cultivos enmarca maravillosamente el virtuoso de las monjitas que pasean a la caída del sol. Algunos olivos y naranjos salpicados hacen la estancia gratísima, en la huerta mejorada y cultivada con esmero durante el priorato de Sor Espadas.

Un borriquillo rodea la noria de donde sube el agua fresca derramada en las regueras de las hortalizas, cuya tercera parte –otras dos para el hortelano- toman las monjas para su consumo.

En la cabecera de la iglesia que forma un rincón del huerto, dos cruces señalan el lugar donde yacen dos hermanas de religión. Y en testimonio del sacrificio con que ofrecieron su vida al Señor, por España y la religión, en  las pasadas revueltas sociales, los restos de Sor Encarnación.

Ultima comunidad de monjas dominicas que habito el monasterio de la calle Altagracia

EN  LAS REJAS DEL CORO DONDE LAS MONJAS HACEN LA ORACIÓN

Y llegamos al templo que vemos del lado interior de las rejas, es decir desde el coro, donde las monjas hacen la oración.

Los rayos de sol son amortiguados en espesos cortinajes. El piso y zócalo de madera donada por Sor Teresa Martínez Santos, de Campo de Criptana, a la comunidad. La bóveda de notable atrevimiento y amplitud eleva el tono de misticismo de este coro monjil, separado del templo con grueso enrejado, doble y distanciado entre sí, para dar anchura al cuerpo de la fundadora del Convento, cuyos restos cubiertos con mosaicos policromados descansan allí. Ella doña Mencia Alonso de Villaquirán escucha perpetuamente las melódicas sonatas, que hacen los salmos en las bocas femeninas!

En fondo del Coro un Cristo bien conservado y el facistol, donde se hacen las lecciones y una tablita con el detalle de los turnos en las prácticas piadosas. Amplios sillones de baqueta completan la estancia, que hemos pisado llenos de devoción.

Al otro lado queda el templo decorado hace breves años. La planta amplísima y nave esbelta hacen de él uno de los más artísticos de la capital. El retablo dorado y un precioso manifestador regalo a la comunidad de un hermano de Sor Encarnación.

Y finalmente nuestra visita en las celosías de la torreta del Convento desde donde ofrece Ciudad Real amplísimas vistas y donde sopla fresco el aire, de nuestros campos, para reposar un momento en la salita prioral.

POBRES EN CRISTO UNOS MINUTOS DE CHARLA

La estancia desde donde la madre Priora rige las tareas conventuales es una salita acomodada con evocaciones de siglos pasados, porque en ella ha quedado intacto el menaje de antaño que no pudo transformar la moda o el lujo. Descansamos y vamos poniendo los ojos en los detalles sencillísimos de la habitación. Una mesa española con todo el recado de escribir. En uno de sus ángulos las reglas dominicanas, una campanita en el centro, el reloj. Junto a uno de los muros una arqueta del siglo pasado y algunas sillas en las que hemos tomado asiento.

Charlamos. Llega a la conversación la vida intima del Convento. La pobreza que las monjas sufren por amor al crucificado. Los bienhechores. Y las frases de agradecimiento para el ilustre protector don Santiago Carrero, propietario de la Fábrica de los Pirineos en Hernani (Guipúzcoa) que, hasta estos últimos tiempos, las socorrió en tantas necesidades.

Pocas las donaciones que reciben. Antiguamente tampoco. Ha quedado la fama de cierto testamento de doña Ana Moreno, de Puertollano. Nada en realidad.

Y también hablamos ¡cómo no! de las golosinas, de los primores de las monjas. Estas, tienen su especialidad: Pastelitos de almendra, con todo un prodigio de paciencia. Los pasteles tienen su historia. Llegaron al Convento hace muchos años, por una monja de Infantes, Sor Visitación. La charla se desarrolla plácidamente. Agradecidísimos, desde luego, a las finezas de las monjitas tan obsequiosas.

Volvemos a la puerta seglar. Y dejamos el Convento profundamente emocionados. ¡Sea con todos la paz del Señor!

CESAR MARTIN ESTEBAN

El historiador local D. José Balcázar y Sabariegos, Catedrático, académico correspondiente que fue de las Reales Academias Española y de Historia, autor del artículo publicado en el “Pueblo Manchego” junto a Cesar Martín Esteban


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