viernes, 26 de junio de 2015

LAS CUEVAS DEL TORREÓN



Hace aproximadamente un año, cayó en mis manos un libro de un poeta de nuestra tierra, Juan Torres Grueso, al que no conozco personalmente. El libro está escrito en prosa. Son artículos aparecidos en distintos diarios. Pero en esta ocasión, no es del libro de lo que quiero escribir, no del poeta de Tomelloso. Es que tiene un artículo titulado “Defensa de Ciudad Real” que me gustó mucho y me hizo recordar los días de mi infancia.

Para los chicos es misterio cualquier cosa. Y para mí era un misterio el “Torreón del Alcázar”. Una puerta muy grande, de madera añeja que no sé como abríamos, nos permitía entrar burlando la vigilancia de la familia que allí vivía (hoy pienso que no les importaba demasiado que entraran aquellos niños, que sólo llevaban una carga muy grande de ilusión).

Una boca oscura nos brindaba un pasadizo negro, más que suficiente para nuestras desbordadas imaginaciones, que entonces, galopaban sin freno de unos pasillos a otros, pues recuerdo que eran los corredores los que se comunicaban entre sí. Caminábamos al principio en silencio, tras el pequeño círculo de luz de una linterna. Recorríamos todo con avidez, esperando y deseando que un misterio apareciera en cada recodo o en cada vuelta. Y a pesar de no encontrarlo no perdimos nunca la ilusión. Cada día íbamos con nueva carga. El potro de la fantasía se nos hacía mayor e inventábamos nuevas historias.

Recuerdo que alguno de los chicos que formaba parte de nuestra pandilla (quizá fuese Emilio López Villaseñor, el hermano menor de nuestro gran pintor) contó algo así como que por estas “cuevas” escapó el Rey Alfonso VIII (1195) del desastre de Alarcos, pues en este lugar y muy cerca de la ermita existen, al menos existían, cuando… éramos niños por el tiempo de las uvas.

Digo que había unas bocas, unos socavones, que comunicaban con las “cuevas del Torreón” a través de los diez kilómetros que separaban ambos lugares. Para nosotros esto tenía que ser cierto, lo necesitábamos tanto o más que la merienda de cada tarde.

Porque en aquellos oscuros pasadizos la ilusión, la nuestra, la de tantos chicos que ahora, no lo somos, levantaba castillos fantásticos e incluso pensábamos encontrar el reto que Alfonso VIII envió a Abén Yussuf, en cuyo dorso –dicen- su hijo Cid Mohamed escribiera: “Dijo Alá Todo Poderoso: Revolveré contra ellos y los haré polvo… etc.”

Cualquier piedra encontrada, era del tiempo de los moros, cualquier hierro era un pedazo de la espada del rey Alfonso o de algún guerrero de su sequito. Todo era misterioso y magnífico para nosotros. En cada cosa, en cada señal de la pared, en cada vuelta, había un signo inequívoco del hecho. Para nosotros, no hacían falta más pruebas. Los estudiosos de la historia podrían decir cuánto quisieran pero para aquel grupo de chiquillos, todo aquello era más que suficiente.

No entendemos de hipótesis, no de leyendas, ni de ciencia (¡ni falta que nos hacía!), pero aquel motivo nos llevó a conocer perfectamente el desastre de Alarcos. Y es que los chicos sólo necesitan una fuerte motivación y nosotros la encontramos en las cuevas del Torreón.

Hoy lejos de mi ciudad, revivo aquellos días y me olvido del tiempo y veo a los amigos de entonces y no tengo los años que dice mi carnet de identidad, y Ciudad Real sigue como entonces, con sus cuevas en el torreón, sin semáforos, con el mercado viejo de abastos, y carros tirados por mulas, recorriendo “sin vergüenza” el centro de la ciudad… Y muchas cosas más que casi todos recordamos. Pero no quiero caer en el error de añorar lo pasado y despreciar lo nuevo, la evolución. Es un simple recuerdo que los que ya hemos vivido algunos años, nos gusta traer y hoy me ha tocado a mí. Quizás mañana lo hagas tú… o tú… ¡Vete a saber!

Francisco Mena Cantero (Diario “lanza”, Extra de Verano, 13 de agosto de 1972, página 67)


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