miércoles, 30 de septiembre de 2015

FIESTA EN LA POBLACHUELA


Aspecto que ofrecía la Parroquia de La Poblachuela en los años cincuenta del pasado siglo XX

Juanico mal encaraillo, con limpio trajecillo dominguero y el pelo, atusado, con rayo bordeada de cerdas, como cañas de rastrojo, come pitos, duros y garbanzos, “torraos”, mientras, bobaliconamente, mira voltear la campanica del desmedrado campanil de la insulsa ermita parroquia del Cristo.

Juanico, es un muchachote canijillo y seriote. No crece. Es amigo mío.

“¡Dios!” –me dice cuando nos cruzamos, casi a diario en la carretera de las huertas de La Poblachuela. Va por las tardes, a Ciudad Real a llevar el ordeño, con una vara, cortica, arrea la vieja burra, blanca, que monta a mujeriegas, sobre las aguaderas. En las aguaderas, los cántaros de leche cantan, con voz blanca: ¡cloc-cloc!, ¡cloc-cloc! Juanico, con rtimo, chillón, tartajoso, va diciendo a la bestia:

-“¡Borreggguíica!, ¡borreggguíica!, ¡borreggguíica!”… -acentuando, de firme, las ies.

Como hoy, día de San Miguel, es la fiesta de las huertas, no ha llevado leche a Ciudad Real y está en la plazoleta de la ermita, con su trajecico dominguero bien atusado el pelo, comiendo garbanzos, “torraos”, y pitos, duros, y mirando voltear la campana mientras vuelve la procesión del Cristo de la Salud.

Nos ha dicho: -¡“Dio”!- como acostumbra. Ni más, ni menos.

-¡Adios, Juanico! Y nosotros, como él, también miramos el campanil, esta tarde bonito, en verdad, contorneado de aborregadas nubes, pardas, violadas, negras, cuando anochece, y con la campana cabeceando, borracha, su alegría, loca. En la fachada de la ermita, buscamos –por manía, ya- piedra cuarcitosa, cuya silueta dibuja una de aquellas tripudas botellas de cristal tan frecuentes, antes en las mesas de los cafés y en la del comedor de nuestras casas. El albañil, que la colocara, la bordeó de yeso, con cuidado y curiosamente, para que se distinguiera mejor.

Antigua imagen del Cristo de la Salud  destruida durante la Guerra Civil Española

En las uniones de las piedras de la fachada, hay clavadas bengalas con la mecha tiesa, expectante. De la ojiva de la puerta de la ermita, penden luces eléctricas.

A más de los cinco bancos; de los setos, verdes, de las huertas próximas, y de la alfombra de tierra roja, de siempre –jugosa por la lluvia septembrina-, la cuadrangular plazoleta de la ermita-parroquia de la Magdalena o del Cristo, tiene puestos, de confituras, adornados con cadenetas de colores grupos de gente, fiestera; dos autos, al borde de la carretera; el borrico de los altramuces.. y a Juanico, y a ti, y a mí.

Del lado de los Castillejos, por la carretera, tiran cohetes, parpadean velas y se oye música. Es que regresa, a primera hora de la noche, la procesión del Cristo y San Miguel, delante. Salió con sol; signó al cielo, en crepúsculo; se perdió, zigzagueante, por caminos verdes y árboles y casas y tablares jugosos y, de regreso, viene con su corte de hortelanos, agradecidos o dolientes, para concluir en impresionador cuadro. Bien lo pintara Solana, si lo viera, y no lo desdeñara Zuloaga, para friso, recio, de azulejos de una añeja iglesia segoviana.

Fijaos: Cohetes, abriéndose en estruendo de chorro, centelleante. Tintineo de campana. Música. Flamear de estandartes. Bengalas, con lagrimones de escarlata y humos llevando al elevarse, un poco de luz, morada, a los nubarrones y a las copas de los árboles frutales. Ruedas, de artificio, girando, truenan, silban, siembran, a voleo, lumbres y destellos y olores de pólvora. Siluetas campesinas, dantescas, informes, al contraluz del primer término. Al fondo enmarcado por la ojiva de la abierta puerta de la ermita, el muerto Crucificado grana, verde, blanco como llama de incendio votivo, -se recorta en la oscuridad que del templo sale- Parado, con los brazos en cruz, parece alentar cuando menean las andas; lo acarician humos de incienso resplandor de bengalas, y lo clavetea con chispas, como gotas de sangre de luz, el cercano castillo de fuegos.

Cartel de la Feria y Fiestas de la Poblachuela de 1948

El silencio de oraciones –beso de despedida-llega al Cristo. Los floripondios y los faroles de las andas, se enrojecen, verdean, se ponen blancos, amarillean, como Él.

Después: ¡“Dio”, Juanico!; baile, en aquella huerta; más vino en ésa; la embetunada carretera, con ríos de gente que canta, que habla a voces, que comenta, que regresa que no se distingue en la noche, mate…; el faro deslumbrante, de un camión, estrepitoso, a toda velocidad… Nada.

No, no. Algo más: Lejos, junto a “la máquina fija”, los cimientos de la secular parroquia rural de la Magdalena de La Poblachuela que echaron abajo, muchos años ha por amenazar ruina.

El Cristo hubo de refugiarse en una huerta con torrecilla en el esquinazo, y por “la huerta del Cristo” la conocíamos. Por fin, vino a parar a esta nueva ermita-parroquia que se derrumbó, casi concluida y otra vez levantaron como hoy está: insulsa, pobre, solitaria, tranquila. En ella destrozaron al Cristo viejo y han traído este nuevo, que vimos pasar.

Junto a los cimientos de la vieja iglesia, hay, olvidado y triste, un leve recinto contorneado de blancas paredes con cruces en las esquinas, sobre el muro, y cipreses, incipientes, asoman su pico, parlan con los Castillejos y tiemblan al pasar el tren. Allí descansan eternamente, los hortelanos. Allí yace Damiana, la hortelana, y, junto a ella –unidos en la tierra y por la tierra- dicen, está, para siempre, “el hermano Bienvenido”.

Guapamente, a lo artesana aderezada, iba la Damiana, a la procesión del Cristo Viejo: Vestido negro, de merino, largo, vueludo de saya, apretado de corpiño y de cintura; lustrosos botillos “cerraos”; pelo estirado, con raya en medio y gran rodete de trenza; cumplido velo de toalla de encaje almagreño, prendido, el pecho, con pretenciosa venera de oro y aljófar; larguísimos pendientes, castizos, “de chorro”, con perillas llegándole casi a los hombros, y, en la mano, curtida y morena, la vela, pajiza, sujeta con pañuelo de lienzo y puntilla. La acompañaba, majo y enjuto su marido, “el hermano Bienvenido”, con chaqueta de paño; chaleco de solapas; gorda cadena de plata; camisa blanca, “Planchá”; sombrero, ancho, en la mano botas de ternera; y barba, prieta, segada cada ocho días.
 
Procesión con la imagen de San Miguel en los años cincuenta del pasado siglo

Eso era hace 30, 40, 50 años.

Hoy la nieta de la otra y del “hermano Bienvenido”, barbiana hortelana, flor de las huertas, se hizo “la permanente” y se pintó los labios, para ir a alumbrar al Cristo nuevo. Llevaba –tal que tapetillo de macetero- diminuto velo, redondo, y rebeca de vivo color, y falda cortísima, estrechísima, y medias de cristal- si acaso-, y collar de abultadas perlas, falsas y empinados chapines de correíllas trenzadas, de uña libre y talón suelto.

Detrás su novio, el hijo del “tío Miguel”, Ramón, hortelano, buen trabajador y deportista, luce su gallardía y sus galas veraniegas, en día del veranillo de San Miguel: “pescadora”, clara de mangas cortas; brazos, peludos; bigotillo recortado; pelo ondulado, lustroso; zapatos de rejilla, un poco ocres de polvo; un diente de oro. Llegó en bicicleta. Tiene huerta propia y electrificada; radio y reloj de pulsera.

Juanico no conoce más que estas cosas de ahora. ¡Ni le hace falta más! Tú y yo sí. Estas y aquellas cosas. ¡Aquellas y estas cosas, separadas por 20, 30, 40 años!...

-“¡Pos na”! –exclamaría Juanico sacudiendo las manos.

Julián Alonso Rodríguez (Diario Lanza, miércoles 26 de septiembre de 1951, páginas 2 y 3)

El Santísimo Cristo de la Salud en procesión también en la década de los años cincuenta


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