viernes, 4 de septiembre de 2015

JUDIOS EN CIUDAD REAL: UN SINGULAR GENOCIDIO (I)


La supuesta puerta de la Sinagoga de Ciudad Real a principios del siglo XX en su antigua ubicación de la calle del Lirio

La aljama estuvo situada entre las Puertas de la Mata y Calatrava, y recorría calles tan conocidas hoy, como la del Lobo, la Sangre, Lirio, Tercia y Culebra.

“Tras las ejecuciones de conversos dictadas por la Inquisición, Villareal quedó herida de muerte, casi destruida. Muchos de sus pobladores se alejaron de ella. Miles de propietarios ricos y comerciantes abandonaron sus fábricas y la ciudad quedó sumida en la miseria, yermos los campos y desiertas sus calles”, aseguran los cronistas. Sólo habían transcurrido poco más de dos siglos desde que los primeros judíos decidiesen establecerse en “ese lugar de paso entre Córdoba y Toledo”, que fue Ciudad Real durante toda la Edad Media. El genocidio se había consumado. Al menos 5.000 ciudarrealeños de ascendencia o credo judío habían sido quemados en la plaza de la Torre, su aljama destruida, sus sinagogas arrasadas y sus pertenencias esquilmadas. El progreso y con él una corte de caballeros, hidalgos, clérigos, doctores, bachilleres, oficiales y mercaderes, abandonó para siempre una ciudad demasiado envuelta en problemas, revueltas y asesinatos. Había perecido no una religión, tampoco una raza, sino una actitud. Otro modo de entender la vida, las letras, o los negocios, que también forman parte de lo que podríamos entender como “lo español”. Concluía una historia que nuestras autoridades han tratado de narrar objetivamente y cuya vigencia son muestra fehaciente los restos de la aljama que se exhiben hoy en el Museo Provincial de Ciudad Real. Una vida e influencia que ha comenzado a ser investigada en las provincias castellano-manchegas, por deseo de la Junta de Comunidades. ¿Reconoceremos un día este tremendo error? ¿Reconocerá el Gobierno al Estado de Israel en un futuro próximo? De cualquier manera, baste esta muestra de quienes fueron, cómo vivieron y por qué fueron perseguidos los judíos en Ciudad Real, para así conocer una porción interesante e increíble de nuestra Historia.

“Aquel que estime –podría decirse- no poseer sangre judía en sus venas, que tire la primera piedra y discrepe”. No puede colegirse de otro modo, tras examinar pacientemente la presencia, vida, actividades y relaciones mantenidas por la comunidad judía de Ciudad Real durante los más de dos siglos que permanecieron en ella, incluso conduciéndola al progreso y gobernándola.

La realidad histórica es que una gran aportación económica, cultural, industrial y científica se adueño de Villarreal durante los siglos XIII al XV, y que judíos, conversos o criptojudíos tuvieron que ver todo en el florecimiento de la misma.

Hasta su calculado exterminio por el Tribunal de la Inquisición y su expulsión de la Península según un descabellado decreto avalado por los Reyes Católicos, los judíos constituyeron una comunidad española más, que nos encaminó al progreso, nos imbuyó de arte, cultivó la literatura y la ciencia e hizo correr el dinero dentro y fuera de las aljamas.

Para el historiador español, Fernando Sánchez Dragó “conformaron, a pesar de su marginación, discriminación, expulsión o destierro, nuestro ser español, al igual que curetes, guanches, vettones o celtas”.

De cualquier manera, los judíos son considerados como los más antiguos moradores extranjeros de la Península, e incluso nuestra mitología particular los considera descendientes de Tubal, y por tanto, coautores de un tubalismo más mítico que real.

Imagen de la puerta de la Sinagoga trasladada a la calle Libertad. La fotografía es de Jorge Sánchez Lillo de 1978

Sea como fuere, parece que los primeros judíos llegaron a la Península por el Mediterráneo, y se establecieron entre los territorios españoles en tiempos de Nabucodonosor. Como banderas más ostentosas portaban el Talmud, el Zohar o la Cábala; y por armas, los primeros axiomas científicos de la antigüedad y un reconocido sexto sentido para los negocios. Por si esto fuese poco, construyeron templos de singular belleza (como la sinagoga toledana de Santa María La Blanca), y propagaron una lengua, una religión y unos conocimientos de cuya importancia dan fe sus aportaciones a la Escuela de Traductores de Toledo, por ejemplo.

“Sus comunidades”, señala Sánchez Dragó, “como la toledana, eran barrio franco, puerta de privilegios, zaguán de asilo, prohibición de armas, símbolo trinitario, paréntesis, judería, zoco, corte, iglesia, sinagoga y mezquita.” Vivieron, pues, compartiendo sueños y pertenencias como cristianos y árabes, y desde luego, no fueron ellos o a causa de ellos, por lo que estas minorías (religiosas, étnicas y culturales) hicieron la guerra entre sí, y de las persecuciones un delirante quehacer casi cotidiano.

Nombres como los de Avicebrón, Aldelaziz, Alfergan o Miguel Scoto, cultivaron la astronomía o la física y nos introdujeron en la medicina, la química o la nigromancia. Hasta los más afamados inquisidores según Sánchez Dragó, como Tomás de Torquemada o Diego de Leza, fueron conversos. “Junto a ellos –señala el mismo autor-, conversos o hijos de conversos fueron Nebrija, Vives, Arias Montano, Fray Luis, Juan de Mena, Mateo Alemán, Santa Teresa, Juan de la Cruz, Góngora, Gracián, Rojas Zorrilla, Servet, El Brocense, Bartolomé de las Casas o el mismísimo Don Miguel de Cervantes Saavedra”.

¿Qué pudo suceder para que 200.000 españoles judíos fueran expulsados de la Península? ¿Cómo pudieron morir miles de ellos quemados y ejecutados por el Tribunal de la Inquisición? Y, sobre todo, ¿en qué medida afectó este destino a los ciudarrealeños de origen judío, moradores de Villarreal?

Los primeros pobladores

Los judíos llegaron a La Mancha formando parte de los primeros pobladores de lo que habría de ser Villarreal. Procedían de Toledo, Cuenca y Huete (donde ya existían comunidades) y también del Sur, debido a la presión psicológica y guerrera ejercida sobre ellos por los almohades. Aunque no existen documentos históricos que lo prueben fehacientemente, parece que ya se encontraban por estos paraje antes de la creación de la villa, en 1255, por Alfonso X el Sabio; o sea, antes de que fuese promulgada su “Carta Puebla” y hechos ley los deseos del monarca de “hacer de ella una población importante”, como devolución de buen señorío a los favores prestados por sus nobles en la lucha contra los árabes, y en especial, en la batalla de Alarcos.

Desde luego, judíos recorrían el territorio entre Córdoba y Toledo desde antiguo y portaban mercaderías. No es extraño que para cuando un grupo de nobles decidiese dar pilares a la futura Villarreal, agrupándose en torno a Pozuelo de Don Gil, los judíos estuviesen entre ellos.

La villa se constituyó como un realengo único en mitad de una tierra progresiva y totalmente en poder de las todopoderosas Ordenes Militares. Para entonces Calatrava poseía fuero propio y moradores judíos, como aquel rico señor de origen andaluz, llamado Ben Erza, que acogió a sus hermanos de Sangre y confesión huidos del Sur.

La posible puerta de la Sinagoga de Ciudad Real, es del siglo XIV es originaria del Palacio del Conde de Montesclaros. Tiene un gran arco de herradura formado por dovelas muy largas y una incisa decoración de zigzagueados. En esta fotografía la podemos ver en su primera ubicación en el Museo Provincial

En el campo de Calatrava, en Almagro (con importante aljama), en Montiel y en el Campo de San Juan, residieron numerosos judíos, aunque Montiel y sobre todo Villarreal contasen en siglos posteriores con las dos comunidades más potentes.

El historiador israelí, Haim Beinart –cuyos estudios han servido de base para este reportaje- señala en su libro Los procesos de la Inquisición en Ciudad Real que “la ciudad estaba comprendida entre Toledo y Córdoba, dos de los más vibrantes centros de la vida judía de entonces”.

Por su parte, el profesor Villegas Díaz en su obra Ciudad Real en la baja Edad Media afirma que al constituirse la ciudad, el rey hizo “la concesión de franquezas a caballeros”, para lo que debían poseer casa en la misma y ganado. Y prohibió a los judíos quedarse con las heredades de aquellos que no pagasen los préstamos.

Al poco de ser fundada Villarreal, ya es conocida en Castilla por la potencia económica de su aljama. Para Delgado Merchán, es, entre las de Castilla, una de las que más contribuía, en monto, para así levantar las flacas arcas del erario real. Desde luego, los judíos de Ciudad Real pagaban más que otras comunidades y mucho más que los cristianos, pero soportaban menos tributos que en Toledo, Córdoba o Talavera, razón por la cual y por lo dicho (ser la villa cruce de caminos de mercaderes) pudieron habitar entre sus murallas.

Una comunidad muy poderosa

La comunidad judía de Villarreal era tan numerosa como la de Talavera, pero menos populosa que la de Palencia. Según Haim Beinart, podría ser considerada como de dimensiones medianas. El tráfico de mercancías contribuyó a su prosperidad. Durante la época de Pedro I el Cruel, el barrio judío alcanzó su período álgido, al proteger el rey a los judíos, aunque desde 1347 toda suerte de descontento existía entre los vecinos de Ciudad Real para con los prestamistas judíos y sus intereses de usura. Hasta tal punto, que Enrique IV tuvo que condonar las deudas judías en una cuarta parte, legislando sobre ellas, es decir, señalando plazos para restituir las mismas.

La ciudad era un hervidero de gentes e intereses por aquel entonces. Según Díaz Jurado contaba con 40.000 vecinos (entre 10.000 y dicha cifra, según otras fuentes), población que quedó “estabilizada durante todo el siglo XIV y gran parte del XV (Villegas), pese a las revueltas antijudías de 1391 y la imposible incidencia de la peste negra y un terremoto que habría en la villa”.

Los judíos residían en diferentes barrios de la ciudad, especialmente en la aljama o barrio judío propiamente dicho. “La judería”, señala Beinart, “estaba situada al este de la ciudad, contigua a sus murallas y extendiéndose entre lo que hoy conocemos como las puertas de la Mata y Calatrava”. Calles tan conocidas de los moradores de hoy como Lobo, Sangre, Lirio, Compás de Santo Domingo, Culebra, Refugio, Combro, Tercia o Borja, formaban parte de la judería primitiva. Otras como Libertad, Lanza o Mata, poseen un pasado histórico en todo paralelo a las múltiples vicisitudes y vejaciones por las que habría de pasar dicha comunidad en los dos siglos mencionados.

Actual ubicación de la puerta en al Museo Provincial de Ciudad Real

Una extraordinaria ciudad medieval

En la judería estuvo situada la principal de las sinagogas de la comunidad, más tarde requisada (y prohibido el culto en ella), enajenada o confiscada y que pasó a manos de los Dominicos que la transformaron en monasterio (posteriormente destruido hacia la mitad del siglo XIX).

Algunos historiadores estiman que en 1393, después del primer progrom antijudío, Enrique III concedió la custodia de la misma a Gonzalo Soto, junto al cementerio, quien la transfirió seis años después a Juan Rodríguez (posible converso), para ser posteriormente entregada a los Dominicos, como decíamos.

Otra sinagoga pareció estar ubicada en la esquina suroeste de la Plaza del Conde de Montecarlo, cerca, según parece, de la casa señorial de aquel lugar que fue habilitado en 1483 como sede de la primera Corte del Tribunal de la Inquisición.

En el mismo barrio existía una alcaicería o mercado cerrado de gran actividad y pujanza como centro de mercancías de la ciudad. En 1391 sería destruido definitivamente y seis años después desaparecería en un incendio propalado. Casas de alcurnia y gran interés arquitectónico también existían en dicho barrio que se distinguía en su ornamentación del resto de la ciudad.

El número de judíos que habitaban la villa era superior a 6.000, según los cálculos más rigurosos, y “Villarreal”, para algunos cronistas “había crecido en 20 años lo que otras poblaciones en siglos”.

Caballeros, hidalgos, doctores y esclavos, sastres y mercaderes, clérigos y mancebas o barraganas, convivían estrechamente en esta ciudad todavía alegre y confiada en los años anteriores a las persecuciones y las conversaciones y bautismos obligatorios. Entre las clases existían judíos de toda suerte y condición.

Villarreal estaba dividida en clases. Los caballeros e hidalgos componían (dice Villegas) el patriciado urbano. No tenían que pagar impuestos y poseían incontables privilegios, entre otros, el elegir de entre ellos mismos a los alcaldes, el alguacil y el de formar parte de la Hermandad. El resto, los pecheros –entre los que podrían incluirse los burgueses-, tenían que pagar las tasas.

Quizá por ello, un buen nutrido número de judíos se empeñaron en llegar a estar situados entre los primeros, y aunque con nombres nuevos (adoptados tras su obligada conversión) se pueden leer en las actas del Tribunal de la Inquisición, apellidos como Alfonso de Villarreal, Antón González, Asueros, Bartolomé González, Juan Ruiz, Lope de Atugia, Juan Vásquez, Alfonso de Aguilera, Diego de Medina, Juan de Herrera, Juan Torres de Bueso, y María de Loaisa, entre los conversos hidalgos o escuderos, caballeros y próceres.

Mercaderes, banqueros, bachilleres, arrendadores, escribanos, licenciados, doctores y buena parte de los ocupados en oficios de los más diversos, componían la burguesía. Estos comprendían la mayoría de la población y no se libraban de abonar los tributos.

La población estaba extraordinariamente bien estratificada y las profesiones y oficios eran innumerables. Aunque las cifras no son definitivas, según se deduce de las actas de la Inquisición y otros documentos, habría en la ciudad ocho albañiles, cuatro amas (Juana González, María Sánchez…), 20 arrendadores (Lope de los Olivos, Juan de Fez, Alfonso de Merlo…), 26 licenciados y bachilleres (Mejía, Castillo, Diego Medina, Franco, Hernández Gallego, García de la Plaza, Jufre de Loaisa), 11 barberos y beatas, bolseros, borceguineros, caleros, camineros, canteros, cardadores, carniceros, carpinteros, cerrajeros, madereros y hasta mancebas y barranganas (María del Campillo y María del Salto aparecen como las más conocidas).

Muchos judíos tenían seis y hasta ocho criados e incluso varias mancebas, existiendo una mancebía en Villarreal.

Isabel Pareja y Ernesto Garrido Treviño (Revista Mancha, mayo de 1984)

Azulejo o alicatado de tradición o influencia múdejar, que podría pertenecer a la antigua Sinagoga Mayor de Ciudad Real y que se expone en el Museo Provincial de Ciudad Real


No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada