lunes, 6 de febrero de 2017

DE MI AYER. AQUELLOS SOPORTALES, LUGAR DE RECREO, DE RELACION SOCIAL, DE POPULAR CONCENTRACION…



Raro es el pueblo en Castilla que carece de pórticos. Muchos son los núcleos urbanos de la Mancha que lucen esos corredores casi domésticos que se les denomina con la palabra soportales o simplemente portales.

En Ciudad Real los conocí en 1909. No eran como los que hoy se ven. Se limitaban, entonces, como hoy, por las tres líneas de edificación que en perfecto rectángulo con las Casas Consistoriales (antiguas, las del arco de medio punto que enmarca la farmacia de don Jenaro Calatayud; y modernas, las próximas de derruir), forman la plaza titulada del Generalísimo Franco. En estas horas, la piqueta demoledora y garra metálica, de un monstruo mecánico, arrasan el edificio-cierre del cuadrilátero central de la urbe manchega.

El pavimento de la primitiva era de guijarro, canto rodado, de asalmonados matices. El adoquinado vino después. Era una pieza matemáticamente rectangular. Ni quioscos, ni fuentes, ni monumentos, ni puestos de pequeña industria rompían la uniformidad de su superficie.

Los verdaderos soportales eran de materia tosca, acaso de argamasa, puede que de tapial y ladrillo, encalados, de blancura de nieve. Su espesor reducía el espacio para el tránsito, que venía a quedar en unos dos metros de anchura, bien escasos.

Por aquel reducido paso humano desfilaba a diario el personal de la ciudad. Más bien que plaza parecía el gran patio de vecindad de la antigua villabona del Rey Sabio. La confitería o dulcería del veterano Bermúdez, que las gentes llamaban Petate; el estanco del carlista Espadas, con despacho de efectos timbrados que obliga a los profesionales de la fe pública y judicial y adláteres a reunirse ante el mostrador; la salchichería Mazo, con sus escaparates a modo y los garfios engrasados para ofrecer al público, colgados, lustrosos ejemplares de cerdos sacrificados horas antes; la tienda de ultramarinos de Ponciano Montero, buen y acreditado abastecedor de las despensas particulares; la Posada de la “Niña”, donde se vendía la mejor, más reciente y acaso más barata caza, eran por el lado de la izquierda, según se miraba al Ayuntamiento, lo más saliente y celebrado de la vida mercantil. En la línea paralela a esta, en los soportales de enfrente, tenía Lázaro su establecimiento de pieles y curtidos; otro Bermúdez una imprentilla y papelería; más abajo, una churrería era la delicia de los madrugadores y de los viajeros a la Corte; y en la esquina de la calle Postas encontraba el público una tienda de tejidos y mantas, al cargo de un malagueño, reemplazado años después, por Don Diego Peris al titularse farmacéutico. En el trozo de edificación que cierra la plaza frente al Concejo hubo una carnicería (hoy botica del señor Calatayud Cáceres); una churrería de Reyes (hoy tienda de Navarrete) y una taberna que aún existe, que es la de “Manolillo”.

 
Anuncio de principios del siglo XX de la famosa salchichería “Mazo”

En ese recinto plazuelero, con ese marco de soportales, a cielo abierto, se desarrollaba la vida normal de los ciudarrealeños.

Punto de cita para ultimar problemas personales, de negocios, cuestiones de intimidad. Paso obligado para resolver asuntos a uno y otro lado de los meridianos de la villa. ¡Cuánta conversación a los cuatro vientos! ¡Qué de misterios! ¡Qué aperitivo más eficaz el que servían las henchiduras de Mazo, las perdices, codornices y conejos colgadas, en racimo, a la puerta de la avisada “Niña”; o los turrones de Planelles, auténticamente puros, de Jijona, que durante más de treinta años trajo, periódicamente, por Navidad y Ferias, exhibiéndolos en un minúsculo cuartito, que vigilaba de modo incansable, paseando por delante de tan dulce mercancía, presentaba entre albísimos papeles… Y si no los churros  de la mañana y la copita de matarratas, tormento del gusanillo de las trasnochadas…

Decoraban en cierto modo las paredes laterales, en semipenumbra, los objetos de labranza, capachos de esparto, alforjas y aguaderas, horcas y trébedes… todo esto se veía y se vendía en aquellos angostos pasillos. De noche la luz era escasa, proyectada desde los interiores, con mortecinos reflejos amarillos, haciendo más familiar la estancia o el paso en aquella circulación popular, entre bombillas de incandescencia de filamento de carbón.

Hoy, desaparecidas las gruesas paredes y bastos muros jalbegados, se dispone de más anchura para todo. Sustituidas las pequeñas pilastras por erguidas columnas de hierro; ganada la altura y ventilación necesarias que impedían los bajos arcos, afinados los soportes resultan más agradables los ratos para disfrutar, alegremente, cuanto el ocio impone.

Una fuente luminosa ocupó el centro geométrico de la plaza, cediendo el espacio a la figura sedente del Rey Fundador.  Feria del Libro, tómbolas benéficas o algún extraordinario acontecimiento llenan el espacio de cada una de las zonas laterales en que está dividida urbanísticamente la plaza.

Lo incomprensible es el tamaño de las viviendas que más parece hechas para un juego de Casa de Muñecas. Realmente es increíble que se las destinase para alojamientos humanos. Las personas casi caben en las microventanas y minibalcones que parecen para liliputienses; y nada se diga de las escaleras de acceso hechas a la medida y bajas de techumbre…

 
En el año 1961 desapareció la balaustrada de entrada al viejo Ayuntamiento

¿Tan pequeños eran nuestros antepasados? O ¿han crecido tanto los ciudadanos que no caben en las minúsculas residencias, que por otra parte forman un conjunto (ya algo alterado) de edificaciones iguales, armónicas?

Pronto desaparecerá el monumental edificio concejil. Pero me preocupa la talla, desarrollo, atletismo de los primeros beneficiarios de esas construcciones.

Sigue el pueblo desfilando por esos pasillos. Sigue el comercio importantísimo, abriendo sus establecimientos con derroches de luz entre paredes de aluminio y cristal, y decorados de lujo, y escaparates artísticos y exposiciones de gusto, ofreciendo la última moda, las creaciones de la técnica y la fantasía… ¿Cambiará el tradicional y recreativo patio de la ciudad?

Indudablemente el mundo progresa; hay más cosas, más complicaciones, más trampas, más trastornos de toda clase… Pero la ciudad olvida lo que fue y se cambia a tono con las circunstancias, aunque la sustancia, la entraña, la tónica de la vida le dan esa plaza del Caudillo y ese pueblo que la anima, desde el primer rayo de luz se quiebra en la torre de la catedral, sede de la Patrona, hasta el último latido de la vida diaria.

Se acabó la terraza pequeña, espera para las recepciones. No más subir por la escalera de dos ramas. El balcón de las manifestaciones; el reloj, ojo certero para cuatro caras, ya no dará horas; el doble paso submunicipal de la gran casa no dividirá la circulación; las gradillas de escape… Todo será más público, más visto, menos temido. Las gigantescas masas urbanas de recientes construcciones ahogan todo lo demás. Condenan a enanismo las casas de antaño por muy linajudas e históricas que sean.

C.C.G. Boletín de Información Municipal nº 38, Año XII, Ciudad Real marzo de 1972

 
La Confitería Bermúdez se encontraba a principios del siglo XX, donde actualmente está la de Cruz

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