lunes, 27 de marzo de 2017

EL MEJOR PREGÓN HISTÓRICO DE LA SEMANA SANTA DE CIUDAD REAL (IV Y ULTIMO)



Rojo, de pasión, en Santiago; morado, de penitencia, en S. Pedro; negro, de luto, en Santa María, son los colores de nuestras parroquias  que marcan los perfiles de angustia del sacrificio cuento de un Dios.

Las hermandades los  destacaban en sus respectivas túnicas y telas combinadas con otros colores litúrgicos. ¿Por qué ha prescindido del correspondiente alguna cofradía, si es ello pincelada curiosa y singular? ¡Volverlo a ostentar! Cuidad y destacad los detalles peculiares incluso nimios, si hemos de conservar la Semana Santa con personalidad. Conservad y resaltad lo propio y huid de copias y exotismos que saben a competencias folklóricas, descentradas, que no nos interesan y no queremos. La severa sobriedad de nuestra llanura nos has formado temperamentalmente austeros y sencillos. Tan cortos elementos, pero tan acusados, nos permiten, y mandan, la composición angulosa, impresionantes, emotiva, escalofriante, nuestra, en la que ponemos a la intemperie, a todo lo largo de la carrera, lágrimas y verdad, sollozos ahogados, unción de oraciones y un arrodillarse y santiguarse al paso de las imágenes; que eso sí que es nuestro también, y no lo apreciamos hasta que salimos de los terrones.

Huyamos de pomposidades excesivas en las Vírgenes y de las flores de trapo, pero no traigáis flores naturales ajenas a nuestro clima. Aquí, no nos van. Por eso, no las trajo para las imágenes el pregonero, porque sabe tenemos lilas, bienolientes para Jesús y alhelíes morados, y blancos para la Madre, y lirios campesinos y de los otros, para hacer montones en los Calvarios de los pasos y que lleguen a los pies del Llagado, y cantueso, y sangre de Cristo, y brezos, y cardos, y las monjitas del Carmen siembran apretados puñados de granos de panizo en tacitas de barro, blanco, para que germinen en espesos penachos, verdes amarillos, con los que adornan la Urna del Monumento de su convento colocándolos entre mariposas aceiteras, chisporroteantes. Y si el invierno se retrasa y la Semana Santa viene pronto, la nieve de los almendros quiere nevarse a los pies de Dios y su Madre.

Si no podéis llevar las andas de las Dolorosas con 150 velas de cera en candelería de plata, como la Virgen del Mayor Dolor de Cádiz, suprimid los palos blancos con bombillas sin calor ni parpadeo. Y si podéis, no las prodiguéis tampoco. Lo postizo, repele.

¡Iba muy maja, muy guapa, muy impresionante, la Dolorosa del Ave María de la Catedral, con sus manos extendidas, como suave y blanca patena del único recuerdo que le habían dejado de su Hijo: la Corona de Espinas y los clavos, florecidos de lágrimas de Ella. Sus manos no se habían retorcido aún, en ajena actitud sevillana, cuando la alumbraban seis velas, sólo seis velas, y posaba sobre la espesa y sencilla alfombra, nieve y oro, de narcisos, que a cargas hacía traer Dolores Rubisco de las huertas-jardines de Martín Moreno, Barragán, D. Joaquín García y no sé cuáles otros! ¡Pasaba la Virgen Señora, Reina, Embriagadora, Madre, Nuestra, Manchega!


A quienes hemos hecho de la procesión de la Virgen del Prado un espectáculo sencillo, señorial, magnífico… único, sin imitaciones posibles, nos están prohibidas, vengan del punto cardinal que vinieren, importaciones innecesarias y contraproducentes en nuestras pasionarias. Repitámonos muchas veces esto.

Y, oídme, aquí, en secreto: Haced los santos para las puertas y no puertas para los santos rompiendo, sin respeto y con alegría muy censurable, venerados muros parroquiales en desabridos, absurdos y desproporcionados arcos ojivales de ocasión, o convirtiendo armoniosas ermitas con puertas, en horribles portadas de cochera… con ermita a rastra.

Viajeros, cuando los crespones del atardecer enlutan el día del Viernes Santo de Dios. Lo inicia -¡Cómo no! –el Niño Jesús, ahora en la talla bellísima que poseen los Ayalas, y vestido de negro. Este Niño y el de Santiago, con los veteranos, únicos supervivientes de tres generaciones de nuestra Semana santa. ¡A ver cómo los mimáis que son niños… y reliquia1

Nos falta la Enclavación, de belleza espectacular, que sustituyó a los judíos bisojos de puños y cuellos blancos, almidonados. Lo trajo el párroco Bermúdez y la consumió la guerra, y no hemos restaurado la hermandad. ¿Por qué fundamos cofradías nuevas, novísimas, sin tradición acá, y dejamos perder hasta el recuerdo de las que tanto arraigo tenían? ¡Jesús “Vendao” – el “Ecce Homo sentado” de hace 200 años-, los judíos de San Pedro, la Enclavación… la irreparable Santa Espina!

Pasa, suntuoso, el Cristo de la Piedad, pero -¡qué lástima!- no es aquel con un lirio al pie y clavada la Cruz en las andas bellísimamente talladas por Coronado.

Y pasa la suma belleza plástica de nuestra Semana Mayor: El Descendimiento. Y la nueva y severa cofradía de las Angustias.

Entre “los armaos” que rodean el cuerpo inerte de Jesús no viene “Jeringón” como “rey”, ni traen a cuestas el monumental farol que regaló Joselito cuando vino a torear, porque quiso Menchero, para mejorar y enriquecer la hermandad del Santo Entierro. La tarde de la corrida, en la plaza, lucieron su cara bonita la morena y menuda Carmen García Ibarrola, tocaba con madroñera negra, y Asunción Muñoz, esbelta, rubia, con blondas blancas y claveles grana. “Cananí” pedía la llave en su caballo brioso. Don Jacobo abría el toril.


Cerrando el triste cortejo del Santo Entierro viene, compungida, la Madre Dolorosa del Ave María…; ¡pero le han quitado la corona de espinas y los clavos del Hijo, y llora con mayor amargura!

Aprieta tu tiempo y ve al Prado cuando se recojan el Cristo y la Dolorosa… y cuando lleven al Descendimiento a los Remedios, espéralo en cualquier calle vieja y mal empedrada del barrio. Las imágenes parecen tener vida entonces. ¡Hasta el Cristo muerto!

Y prepárate, pues, dentro de pocas horas, Ribera, Zurbarán y Murillo van a pintar el último cuadro de la noche aguda –como la lanza de Longinos- del Viernes Santo.

La Soledad, sola, pasa por el Compás de Santo Domingo a medianoche. En el manro, negro y liso, de la Virgen; en las sombrías calles; en las tejas musgosas; en los ventanillos cerrados; en el portalón abierto, están las tétricas pinceladas de Ribera. Con luz de cirios, que flamean como lumbraradas de rastrojos ardiendo, se patinan los blancos de Zurbarán hechos paredones de cal, chorros de luna y delantal de Ella.

Cada año, cuando viene la Soledad chiquita, apretando las manos a su pecho transido de angustias de mujer sola, de divinidades de Madre de Dios; con la llave del sepulcro colgada al cuello –anacronismo secular, ingenuo y emocionador, que no comprendo por qué se eliminó-, hay superaciones del cromático, femenino, bellísimo, sonoro –de cantos celestiales-, cuadro de San Antonio de la capilla bautismal de la Catedral Hispalense. En él, con guirnaldas de nubes floridas de ángeles, rodeó Murillo al Niño Jesús que baja a los brazos de Antonio. Aquí, nimbaría a la triste Virgen con arabescos complicados de mantillas almagreñas y, como serafines… como serafines, os retrataría a cada una de vosotras. ¡mujeres de mi tierra!, en catarata linda. Y pondría al pie una pasionaria, que se abre.

Desde remotos tiempos, según nos cuenta un papelote del siglo XVIII, se celebraban dos solemnes procesiones del Resucitado en Ciudad Real. Una, que, saliendo con su imagen de la Parroquia de San Pedro, iba, por el estrecho callejón del Evangelista San Juan, a la ermita de este santo situada en la calle de la Palma, en lo que luego fue molino aceitero de don Rafael Barona. Incorporado San Juan, continuaba la procesión hasta la plaza de San Francisco, donde la comunidad franciscana salía a recibirla con la Soledad. Se hacía la ceremonia del encuentro con Cristo Redentor con su Madre, y la procesión, con las tres imágenes –la Soledad ya gloriosa-, ingresaba en el convento. Allí se cantaba misa, son sermón. Después, regresaba con igual pompa y recorrido, pero sin la Soledad, para dejar a San Juan en su ermita y al Resucitado en San Pedro. ¡Belleza castellana!

La otra procesión ere semejante y salía de Santa María y, por la calle Caballeros, llegaba a las Carmelitas para retornar a su templo.

La secular lucha de estas dos parroquias, para defender el fuero de antigüedad, era causante de esa dualidad de cultos que se repetía en la festividad del Corpus. Santiago, en verdad más antiguo que las otras, silencio siempre, preterido, en esas polémicas a veces agrias, a veces pintorescas, a las que puso definitivo término la erección de Santa María, en 1876, como Santa Iglesia Prioral, Catedral del naciente Obispado Priorato de las cuatro Órdenes Militares, que, en este día de gloria, se llena de solemnidad, cuya emoción culminaba cuando el viento de velos negros, al correrse, nos devolvía en su trono de Giraldo de Merlo la visión de la faz morena y risueña de nuestra Patrona. ¡Oculta quince días, Dios mío!


De cuánto antes fenecieron las procesiones del Resucitado no sabe nada el pregonero. Sólo recuerda haber oído hablar a gentes viejas, como de cosa remota y no vista por ellas, de la procesión de la Soledad Gloriosa desde San Pedro a San Francisco, como posible rescoldo de la del Resucitado… Y llamarada sin igual sería que, ahora, la Soledad hiciera su camino al declinar el vacío día de Sábado Santo, para regresar a su casa antes de comenzar, según el nuevo ritual, los Santos Oficios; pero que, cuando éstos terminaran y entre repique de campanas, su Hijo Resucitado, tallado por Donaire, saliera a inundar de luz, y calor de amor, a la ciudad y a las almas en la Pascua Florida del Domingo, Ella se asomara a esperarlo a la puerta del templo. Sus lágrimas relucirían, al sol, con sin igual destello de gloria y gozo por la Resurrección; que las madres también lloran de alegría: ¡y están más guapas!

Lo que sí conserva fresco en su memoria el pregonero, ¡como que es de ayer y de hoy!, es la famosa misa de los “armaos” en las horas tempraneras del Sábado. El tan – tán, ronco y callejero, del tambor de la Hermandad nos congregaba a grandes y chicos, y llenábamos la nave de la Merced. En el centro de ella, en dos filas, “los armaos”, muy en carácter, muy tieso, con el “rey” a la cabeza, esperaban el momento de Gloria y, entonces, con estrépito de hojalata y cartón, se tiraban al suelo como recuerdo de aquellos auténticos soldados romanos que adormidos quedaron sobre la losa del Sepulcro al resucitar Jesús, el de Nazaret.

Feliz recuerdo infantil el de aquellos “armaos” bigotudos; con pantalón corto, ceñido, de bayeta amarilla; con prendidos de madroños de estambre en las rodillas; medias de punto inglés y zapatos negros; coraza y escudo de hoja de lata, limpísima, y morrión con chorizo rojo y blanco. Las lanzas eran de palo y lata. Se cubrían con esclavinas de bayeta, también, pero roja. El “rey” “Jeringón”, muy apersonado, destacaba su jerarquía con galones dorados ribeteando la esclavina y con penacho de plumas blancas, que para sí hubiera querido, en día de gala, algún jefe de regimiento de lanceros.

Así concluía nuestra Semana Mayor: con boato catedralicio y con el pintoresco y curiosísimo cuadro de la misa de los “armaos” -¿por qué se han suprimido los “armaos” antiguos? No son menos anacrónicos e irreales los célebres y cuidados “marrajos” y “californios” levantinos y los “armaos” de Almagro -; con estallar de cohetes redoblar de tambor; con volteo atronador y cristiano de campanas torreras; balido de recentales recién paridos en el redil  de la Posadilla; verdor de trigales tiernos, en Sancho Rey, peinados por la brisa; olor a tomillo salsero de la Atalaya y a hinojo mojado de rocío en “las minas”; carrizales del Guadiana henchidos de croar de ranas en celo; crujir de tierra miajosa que se abre a la ventura de abril… y, en el Prado, el revoloteo de una paloma gris –campesina como nosotros- buscando a su amor, tierno de arrullos, escondido en la higuera silvestre agarrada, allá arriba, a los tapiales de la Santa Iglesia Prioral. En su rama más alta el estuche, prieto, de una yema se rompe con prisa de desplegar los cinco lóbulos de su primera hojuela, verde como mano sana de esperanza, brindadora de paz.

Pero el Domingo de Resurrección, por la tarde -¿no oyes?-, campanillos y cascabeles mezclados con madroños, cintas y telas roja- y gualdas, en los atalajes de “las mulillas”; clavon de “haigas”, de potentados, y de taxis, de semipotentados; marchosos pasodobles en bullanga ruidosa y precursora de ibera corrida de toros… van por la calle de Toledo adelante…

¡Alegría, que nuestro Dios Hombre ha resucitado al día tercero, según las Escrituras!

Porque este año se cierra el ayer secular y se abre una nueva era con cambios de plazos y distribución de cultos –pues así lo ha dispuesto el Papa Pío XII, felizmente reinante- el zafio pregonero ha querido daros su pregón como un pliego de aleluyas antiguas. Pobres son de valor, pero ricas en recuerdos vividos que cualquier día pudieran ser retazos, desvaídos, de Historia. Pero de Historia, al fin.

¡Vanidoso nos resultó, a la postre, el pregonero!

¡¡En pie todos!!

¡Semana Santa, La Mancha, Ciudad Real!

Y, otra vez, como al comienzo: La paz de Dios sea con nosotros.

Julián Alonso Rodríguez, Teatro Cervantes 23 de marzo de 1956, Viernes de Dolores


domingo, 26 de marzo de 2017

EL MEJOR PREGÓN HISTÓRICO DE LA SEMANA SANTA DE CIUDAD REAL (III)



La Santa Espina era una hermandad de la vespertina pasionario de Jueves Santo de la parroquia de Santiago. De ella no queda otra cosa que un deteriorado estandarte. ¡No lo releguéis al olvido! Como recuerdo imperecedero de una de las más rancias hermandades de nuestra Semana Santa, debéis sacarlo, con grande pompa y aparato, agregado a otra hermandad perchelera.

Cuenta la leyenda, con galanura en encanto, que la Santa Espina era una de las 72 de la corona del Redentor y que la regaló D. Sancho, el Bravo, a la Iglesia de Santiago. “La Hermandad fue fundada por los ya citados D. Fernando de Nureña, criado del Serenísimo Señor Príncipe D. Alberto, y por su mujer doña Ursula de Castro. La Hermandad se reunía y guardaba sus caudales –arca de la cera, pendón, etc.-, en la sala de la Santa Espina” techada con artesonado semejante al de Muñiz de Godoy, que oculto se arruina, para vergüenza de los ciudarrealeños, en la nave central del templo.

En las postrimerías del XVIII, su Pendón tenía fama en Ciudad Real. “El palo era medio cuartón; de modo que el trabajo y la fatiga de llevarlo toda la Estación, y más si corría el viento, sólo podían hacerlo hombres esforzados, y éstos eran el tío Mangas Verdes y el tío Calcetas –bebiéndose media arroba de vino antes de salir y otra media después de la procesión-. La tela, a más de medir muchas varas, era muy pesada. Hubo de suprimirse su salida porque un año iba borracho el tío Mangas Verdes, se le cayó el pendón e hirió a un penitente de azotes”.

En la última época de la Semana Santa fenecida, la Dolorosa de Santiago, desfilaba tras la Santa Espina. Un año, se retrasó en la calle de la Mata, y la dejaron sola cuando iba de recogida, porque salía pronto Jesús Nazareno. Sola con sus hermanos. Pasó ligerita, por las Terreras. Por la calle del Lirio, salió a la Cruz Verde y la Granja le envió una bocanada, bienoliente, de gañanía calatraveña. Parpadearon las velas y las caídas del palio.

“Pilatos” y “Longinos” ya habían llegado al templo, y sus músicas, acompañando a los hermanos mayores, se alejaban tocando pasodobles sin lograr profanar la armonía grácil y penetrante del paso de la Virgen. No olvides este detalle, ese contraste, que es nuestro y no resulta irreverente y es gustoso.

Tuercen las andas a la izquierda. Después, un poco a la derecha. Pasa la Señora por el comienzo de la estrecha calle del Norte, entre casitas bajas, pobres, con un ventanillo perdido en la pared. El palio roza las tapias y asoman los boliches sobre las casas. Tiene que caminar despacio la Virgen.


No se ve el paso, y aparece la belleza insospechada. La amapola de una bengala  -las bengalas son elemento insuperable de nuestras procesiones- ha encendido la pared frontera y dibuja la silueta temblorosa, inclinada, vencida, de la Dolorosa dulce…

¡Lourdes, Fátima, Chandavila!, ¿estáis muy lejos?

Mi espalda, apoyada en un esquinazo, se quedó helada. Cerré los ojos y oí:

-¡Que no te vayas tan presto!... ¡Que me dejes sorber la lágrima que corre por tu cara!... ¡Que me enseñes a llorar!... ¡Que eres la perchelera más guapa!...

Era una voz ronca y aguardentosa, pero macho, cantando una saeta rectilínea. Una saeta manchega.

La torre de Santiago, vigilante, se quema los pies con lagrimones rojos de bengalas y bengalas y se pone túnica encarnada.

La Virgen, Madre, Dolorosa, silenciosa, se pierde en las naves del templo, frente al Monumento. Una vieja, con las manos cruzadas, la mira y llora.

Si estas cosas las hubieran visto los sambenitados de la Cruz Verde a buen seguro no hubiere habido apostasías en sus casas de cristianos nuevos…

“La Estación de la Semana Santa antigua, pasaba, de las Dominicas monjas del Monasterio de la Alta Gracia, a San Antón, a los Remedios, a la calle de Pedrera, a las Carmelitas. Se cortó el año 1686”.

Soñemos el cuadro de aquellos tiempos. Lejanas, las hoscas murallas cerrando, con sus almenas bruñidas, la clara noche de luna llena de Parasceve. La Pedrera llena de manchones de sombra, largos, de largos capirotes rojos de penitentes, desordenados, de largas colas. En medio, el goticismo del Cristo de la Caridad, greñudo, cetrino, con enagüillas de terciopelo grana bordado en oro, enclavado en negra cruz con aristas y remates dorados, y, en las andas, a los pies del Crucificado, faroles de muerto, de cristales de colores y hoja de lata, iluminando espaldas desnudas de penitentes de azotes…

¡Semana Santa de los 1600 en la Mancha!

Al reformar la carrera, desde últimos del siglo XVII, empezaron a desfilar las procesiones, desde las Dominicas a las Carmelitas, por la calle que aun no se llamaba de la Estrella y por la de la Estación; que de ello le quedó el nombre, y tenía, por aquellos entonces, pocas casas y muchos huertos, y que sigue, día a día, perenne y secularmente, pregonando con su nombre el boato devoto de estas festividades.


Después, la carrera derivó, desde la calle Estrella, por la Tintoreros, baja por la de Calatrava, hasta las esquinas de la Feria, y sube por la de Toledo antes de torcer por la de la Estación, y así, de ampliación en ampliación, de retoque en corte –no siempre acertado pues le quitó encanto local- se llegó, a principios de siglo, a establecer, como casa elogiable, un itinerario intocable, que todas las procesiones, menos una, recorren; y algunas –como la de Jesús, por Santiago- vuelven a incorporar a su carrera trozos de aquellas mutilaciones discutibles.

A la hora del mediodía del Viernes Santo, ancha y esplendorosa viene la procesión por la calle de Toledo y aumenta su luminosidad, al encogerse, para poder entrar en la angosta de la Estación de Vía Crucis. Ahí te espero, viajero, que, como en esta pasionaria no hay cirios ni velas, el sol se hace cofradiero y compone, el efecto más colorista e inolvidable que puedas pensar, y quiero lo contemples, precisamente, ahí mismo.

Oros de tallas y pasos; olivo de Getsemaní; dolor de Cristo rendido bajo el peso del madero; llanto de Vírgenes; Santas mujeres…

Sí, santas; porque la Mujer –con mayúscula- no crucificó a Dios. El Hombre, mejor, los hombres- para que diciéndolo con minúscula y en plural, se libre el que pueda, pues los hubo- si que dieron Pasión a Dios y le crucificaron. Lo vendieron y negaron; le azotaron; le coronaron de espinas; le cargaron con cruz; le escupieron; lo enclavaron… y se repartieron sus vestiduras…

La Mujer lo defendió ante Pilatos; secó su rostro angustiado; lloraba al verlo pasar por la calle amarga, y, en el Calvario, en el momento solemne de la Redención, una mujer, rendida, mezclaba sus lágrimas con la sangre que escurría por el madero del suplicio. Otra, estaba. Era la Madre. ¡Las madres siempre están!

…Y Dios, resucitado, fue a ellas a quien primero se mostró -¡una fineza a Dios!-. A ellos, no, que hasta durmió a los que guardaban su sepulcro para que no lo vieran cuando resucitó glorioso al tercero día. ¡Tenía que ser la Mujer, la primera!

Otros de tallas y pasos; olivo de Getsemani; dolor de Cristo rendido bajo el peso de la Cruz; llanto de Vírgenes; Santas mujeres; insignias y trompetas; cetros y gallardetes; suavidad de telas moradas –morado es de color de la parroquia de S. Pedro de donde salió la procesión-; palmas, y un trozo de la orgía deliciosa y particularísima de nuestra Semana Santa: estandartes y más estandartes, valiosos, mezclando su cromatismo, sus formas caprichosas, sus emblemas fastuosos, sus bordados complicados, en tremolar de belleza y arte. –El recuerdo de Paco Herencia mira y sonríe.

Como gastador de este desfile pugilato entre el sol, el color, y el dolor, va el Niño Jesús pasionario vestido de morado, rodeado de la chiquillería del barrio. ¡Cómo que los chicos no faltan en ningún suceso, y a la cabeza van siempre, Señor! Pero, ahora, sin algarabía y serios, ordenados, callados, desfilan. El caso, no es para menos.


¿Dónde está el hermano del cestillo de las galletas? ¡Que este Infante-Dios llora y tiene hambre! ¡La mejor galleta de coco y vainilla para El!... ¡y un tapiz de lirios, agrestes, de la Cabeza del Palo extendido a su paso, porque sus pies descalzos sangran con las piedras del camino!

¡Ya no saldrá nunca el histórico “Cristo de las Estaquillas” de la Santa Hermandad Real y Vieja con el paso de “los judíos”, entre dalmáticas verdes!

Al final de la procesión, agonizando, llega el Cristo del Perdón y de las Aguas, Crucificado entre dos ladrones y acompañado de su Madre, del discípulo Juan y de la pecadora penitente.

En el último mechinal adosado a los muros del trascoro de San Pedro estuvo, hasta la guerra, el viejo Cristo del Perdón. Era deforme, con deliciosa unción en su cabeza, con bellísimos pliegues en el paño de pudor y dibujando con su cuerpo, de cabeza a pies, la S característica de estos crucifijos góticos decadentes. Si era el primitivo de Albarrana, que recibió culto en las murallas, no lo sé; pero si puedo aseguraros que era, con el sereno y renacentista de la Piedad, de la Catedral, de los mejores y más interesantes Crucificados que teníamos. Una réplica, moderna y vistosa, lo sustituyó en tiempos de D. Federico. Ni el viejo, ni ésta, existen ya. Marco Pérez ha tallado el que ves aquí. Aquéllos estaban muertos. Este agoniza. Parece encogerse para entrar en mi calle de la Estación, y le acercan tanto los ladrones del paso, que los estrecha en abrazo de perdón, que uno solo acepta.

Las casas le dan un beso de cal, y El las bendice con cruces de desconchones en las horas solemnes de las Siete Palabras. Clava los ojos en lo alto. Tiene sed. El surtidor, manso y callado, de una oración subió de una ventana de la vieja calle. Cristo -¿no lo habéis visto?- ha movido sus labios, resecos, y se ha confortado. Se va agonizando de amor y manando granates de sangre. Se pierde por la plazuela de las Monjas Carmelitas, que le rezan piropos místicos tras la celosía de la torrecita palomera.

La calle de la Estación quedóse desmayada, desierta. El vientecillo, sutil, viene y le dice:

-¿por qué desfalleces, amiga, si eres la calle mejor de Ciudad Real? ¡Fuiste elegida por Jesús, que te hizo a su medida! ¡De la anchura de sus brazos, clavados, abiertos en abrazo de perdón! Así: ni más, ni menos. A lo justo. ¿Quién fuera tú!...

…Y sigue su galope invisible el vientecillo sutil, envidioso…

En el suelo brilla una mancha rosada. A la niña Samaritana se le perdió un caramelo y lo estrujaron con zapatones del gañán, fornido, que camina delante del paso. El releje parece un clavel de sangre y agua.