lunes, 2 de noviembre de 2015

LA EVOLUCIÓN DE LOS RITUALES FUNERARIOS EN CIUDAD REAL


Carroza funeraria de Ciudad Real. Revista Vida Manchega 10 de agosto de 1917

La preocupación por  buscar un lugar propio para los muertos se remonta a la prehistoria. Ya dentro de nuestra civilización greco-romana, encontramos que los griegos los enterraban al comienzo en sus templos, hasta que Solón, para evitar los malos olores o los peligros de incendio que podían derivarse de las incineraciones, ordenó que se hiciera extramuros. Los romanos continuaron con esta práctica con sus necrópolis fuera de las ciudades; aunque, durante un tiempo, emperadores, vírgenes vestales y algunos caballeros romanos fueron autorizados a reposar en sitios especiales dentro de la ciudad.

Los cristianos, superada la fase de las persecuciones que les obligaron a los entierros en  tumbas subterráneas, las catacumbas, o en los campos de sus heredades, pasaron a hacerlo dentro de las ciudades, en espacios a los que llamaron cementerios, palabra que deriva del griego Koimeterior, que significa “dormitorio”, ya que consideraban que los fieles dormían esperando el día del Juicio Final.

Pero el abandono en que se fueron encontrando estos lugares generalizó la tendencia a enterrar dentro de los templos o junto a ellos. Algunos ataúdes eran de madera; otros, estaban cubiertos solamente por una ligera capa de tierra. La humedad y la falta de ventilación de no pocas iglesias originaban fuertes olores fétidos y graves problemas de salubridad, al facilitar la propagación de enfermedades. Esto dio pie a denuncias, algunas póstumas, como la de un médico fallecido en París en 1618, que así manifestaba en su losa sepulcral su defensa de los cementerios fuera de las ciudades: “Simón Pietre, varón piadoso y probo, quiso ser enterrado aquí al descubierto para que su muerte no perjudicase a nadie el que en vida había sido útil a todo el mundo”.

Esta preocupación alcanzó su punto más álgido con la Ilustración. Un ejemplo lo tenemos en las exhortaciones de la emperatriz María Teresa llamando a estudios serios para instalar cementerios fuera de la ciudad de Viena. Preocupación hondamente compartida por Carlos III de España,  quien ordenó la construcción de cementerios extramuros, por la Real Cédula del 3 de abril de 1787. Pero fueron muchas y variadas las resistencias: desde las de gran parte de la población, que prefería el entierro tradicional en recinto sagrado, hasta los problemas económicos de muchos ayuntamientos para edificarlos o el afán del clero por no perder el control total sobre este campo social. Control que, de hecho, mantuvo, ya que la jurisdicción eclesiástica continuaba sobre los cementerios construidos con fondos civiles.
 
Entierro de un acaudalado personaje ciudadrealeño en 1918, recogido en la revista “Vida Manchega”. Como se puede ver por la fotografía, era el traslado procesional del cadáver con acompañamiento del clero parroquial, Cruz alzada y un estandarte de alguna congregación religiosa a la que pertenecía el finado.

Aunque el primer cementerio civil parece haber sido el de Cartagena, allá por 1774, destinado a los esclavos moros que trabajaban en las obras del Arsenal, la generalización de los cementerios civiles fue tan lenta que, más de un siglo después de la promulgación de la Real Cédula de Carlos III,  José Bonaparte tuvo que ordenar la construcción de los dos primeros  cementerios generales fuera de la ciudad de Madrid. En Ciudad Real se construyó en 1834.

Poco a poco, los viejos cementerios eclesiásticos de las iglesias urbanas se fueron transformando en plazas. En Ciudad Real, los jardines de la puerta del Sol de la Parroquia de San Pedro, son el antiguo cementerio parroquial. En la Parroquia de Santiago se encontraba donde actualmente se ubican las dependencias parroquiales y en la Catedral en la calle Azucena.

En cuanto al tema de los rituales funerarios, ya en la Hispania romana era costumbre acompañar al difunto con un séquito, que era de pompa diferente según la condición social, hasta la necrópolis, y una vez había concluido un velatorio que podía llegar hasta los siete días por el temor a las muertes aparentes. En la Alta Edad Media  la última despedida era protagonizada fundamentalmente por las familias, quedando para la Iglesia sólo la absolución cristiana póstuma. Pero, posteriormente, la Iglesia alcanzó una fuerte representación eclesiástica, con la presencia de capellanes y comunidades mendicantes, hasta alcanzar un monopolio total sobre el ritual fúnebre.

Las diferencias sociales durante la vida se trasladaban inexorablemente al momento de la muerte. Veamos esta colorida descripción de los entierros durante el siglo XIX y comienzos del XX:

Coche fúnebre en el Ciudad Real de los años inicios de los años sesenta del pasado siglo XX, junto a la Parroquia de San Pedro. Corresponde al entierro del sacerdote jesuita D. Ángel Ayala Alarcó

“Había  tres tipos de entierros:

Entierro de Primera.  La parroquia llevaba su cruz alzada por el sacristán y dos monaguillos, con ciriales a cada lado de la cruz procesional y los sochantres (que eran los sacristanes que cantaban). Los  sacerdotes  con sotana y sobrepelliz, un sacristán con incensario, dos monaguillos con la naveta de incienso y el acetre con el hisopo. Junto a la carroza fúnebre se situaba el terno, que eran tres sacerdotes vestidos con dalmática, estola y pluvial negro que solía ser de terciopelo. La carroza fúnebre iba tirada, según la posición económica de los familiares, por seis caballos enjaezados de negro.

Entierro de Segunda. El entierro de segunda clase llevaba tres sacerdotes vestidos de dalmática, más simple que el entierro de primera, cuatro monaguillos, el sacristán con la cruz y el sochantre con el acetre y el hisopo. No llevaban incienso. La carroza fúnebre iba tirada con 2 ó 4 caballos.

Entierro de Tercera. En el entierro de tercera clase iba el sacerdote con capa negra, el sacristán con la cruz, el monaguillo con la naveta del incienso y el acetre con el  hisopo, y la carroza fúnebre iba tirada con un solo caballo.-

El entierro del "Amor de Dios" era para los pobres de solemnidad, llevaba un solo sacerdote y una cruz sin monaguillo. El difunto era llevado solo un furgón. Para la conducción del cadáver nunca había diácono o subdiácono con dalmática y tunicela.

En todos los entierros, salvo en el del Amor de Dios, iban los sacerdotes en silencio a la casa del difunto y precedidos de la cruz y ciriales. El párroco asperjaba el féretro con agua bendita, con el hisopo, y decía sin canto, "si iniquitates". Después era conducido a la Iglesia en la carroza fúnebre con los caballos que le correspondían según la categoría contratada.

En el pescante  de la carroza fúnebre se sentaba el carrocero vestido con frac y sombrero de copa, el caballo o caballos, según la categoría del entierro, iban enjaezados de negro, y las coronas eran de tela; una vez enterrado el difunto las carrozas se volvían con las coronas para ser utilizadas en otros entierros.

Estas costumbres se vinieron practicando en Ciudad Real  hasta mediados del pasado siglo XX. A partir de esta fecha comenzaron a verse los primeros coches de motor funerarios.

El 1 de enero de 1973, entró en vigor en nuestra Diócesis el nuevo ritual de exequias aprobado por el Obispo-Prior, D. Juan Hervás Benet, en el que se establecía que en nuestra ciudad por motivo del tráfico se suprimía “el levantamiento del cadáver y su traslado procesional desde la caso mortuoria a  la iglesia”, desarrollándose el inicio del rito de exequias en la iglesia, tal y como actualmente se celebra en todos los entierros católicos de la capital.

Coches fúnebres de los años setenta del siglo XX en nuestra ciudad

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