Permítame, dilecta amiga doña
Isabel Pérez Varela de López Salazar, que comience mi “nota necrológica”, sobre
el Torreón del Alcázar, poniendo, al día, el último párrafo del documentado
artículo suyo que leí con fecha 3 de este mes de enero en LANZA.
“Un paso más y “quedó
demostrado” a las venideras generaciones el respeto que han merecido a nuestra
época, las piedras que encierran páginas de la historia de Ciudad Real”.
Total: cambiar su
“demostraremos”, por mi “quedo demostrado”, y nada más, y, ¡cuánto más, sin
embargo!
Después de tal cuasi
epitafio, podía firmar, y quedarme con la pena. Una pena más, y muy amarga, por
cierto.
Luche, el pasado año
centenario de la fundación de Ciudad Real, por salvar el Torreón y, con la
ayuda de aquel viejecito manchego, sapiente, amante de su terruño, que fue don
Emilio; y con el impulso decidido y entusiasta de D. José María del Moral, lo logré,
de momento, al pasar este resto de nuestra Historia a propiedad de D. José
Lomas. Pero, desde mi carta de felicitación y agradecimiento a ese señor, llena
de entusiasmo ciudarrealeño por su gesto, no tuvo, entonces, ni ha tenido, aún,
la respuesta, a pesar de los años pasados, formé mal juicio sobre el fin del
Torreón. Desgraciadamente acerté. No se realizaron los buenos propósitos que
dicho señor tenía. Ni entidad, ni corporación alguna, mostró, que sepa, interés
-interés, interés- por esas piedras venerables que Ud. Cuenta, sabiamente, en
su artículo y único, hasta la fecha, que originó la dolorosa desaparición del
Torreón. El hecho, irremediable, es que se derrumbó por abandono de la ciudad,
aunque lo queramos cargar a la lluvia, por toda disculpa, con toda la culpa
-¡sin tiempo que estuvo lanzado su angustioso SOS por sus profundas grietas de
su estructura!- y que, al caerse, arrastró otra página de nuestra Historia, de
la que, ¿qué queda ya?
En mi colección de
fotografías tengo varias del Torreón. Una es la que ilustra la noticia del
hundimiento dada en LANZA. La triste ruina actual me obliga a incluirlas en mi
fichero, harto, prieto, de documentos gráficos retrospectivos. Si no fuera
crueldad manifiesta, pediría a Ud. Sitio en la Casa de Cultura para montarse
una extensa exposición con algunas “fotos” de ayer, retrospectivas, de mi
ciudad y de las que soy autor. Al pie de cada una pondría la leyenda pertinente
y, al lado, la vista actual. De todos modos, no estaría completa la colección,
pues muchas cosas se escaparon al objetivo de mi cámara. ¡Son tantas y tan
aceleradamente eliminadas! Aun así, curiosa e instructiva exposición seria esa,
pero ¿para qué?
Esperemos un poco y
quizás pudiéramos colocar, en preferente lugar, una la Puerta de Toledo. De ese
trozo del gran pasado histórico nuestro. No se sonría.
¿Qué es absurdo? De acuerdo, pero todo es posible. Vea si no: para la
circulación rodada tiene muchas estrecheces la entrada a la ciudad por la calle
de Toledo; son un obstáculo esas cuatro piedras, sin más ni más, que forman la
famosa puerta. También eran 4, aunque ladrillos y viejos -según dijo no sé
quién- los que componían la más secular casa que daba prestancia, empaque, a
nuestro casco urbano y estrechaba la entrada de una calle. No crea desvarío.
Con menos razón fenecieron todas las restantes puertas de nuestro recinto
amurallado y las murallas. Yo ya lo espero todo, usted es muy reciente en esta
ciudad y por ello tal vez no sepa que, hace años, con el consentimiento, tácito
al menos, de quienes no debieron darlo, le arrancaron a la Puerta de Toledo los
restos de su corona de almenas y la desmocharon, y tan al rape quisieron
separarle las murallas en que estaba incluida, que bien se observa todavía el
estropicio, detenido, por milagro, de una consumación completa. Y la remendaron
con cemento, al tiempo que machacaban los bien conservados sillares de la
muralla, que eran de aquella época.
Volvamos al Torreón. ¿Qué
mejor, más bello y culto detalle del embellecimiento urbano hubiera habido que
una verde glorieta alrededor del Torreón, consolidado? Cada hoja de césped
circundante hubiera esparcido perfume de hechos, acaecidos allí, de nuestra
Historia chica y de la Historia grande, y del orgullo sano y recio nuestro, y
de la elegancia de nuestra cultura.
Pobre y misero consuelo
sería amar el rompecabezas de sus piedras numeradas, si es que lo fueron, en
otro emplazamiento. Eso está bien para los ricos en moneda, pero sin Historia,
qué, a los pobres y ruinotes, nos compran monasterios y los reconstruyen, desterrados,
en su país, como el adorno de casa desguarnecida. Pero, en nosotros, cargados
de Historia, esas mudanzas, tras irrespetuosas, son profanadoras del ilustre
pasado, del momento y del paisaje. La obligación fue conservarlo con cariño,
decorosamente. Interesante sería ver la reacción de los segovianos ante un
proyecto del desplazamiento a otro sitio -aún tomadas todas las garantías- del
acueducto romano, dadas las dificultades que al creciente tráfico origina en el
Azoguejo, donde esta ubicado. O el de los orensanos, si entorpecer el caliente
manar, actual de la celebérrima Burga, propusiera alguien.
La estatua que realicen,
si llega al término, de Alfonso X tendrá, quiérase o no, dura, triste y enojada
catadura y, si de carne fuera, de nuevo subiría el Rey Sabio al Torreón de la
iglesia de Santiago, como en los días fundacionales, y volvería hablar desde
allí, pero de modo diferente a como lo hiciera al marcar el emplazamiento de la
que llamó su grande, buena villa… y, ahora, no la fundaría, posiblemente, visto
lo visto.
Mejor sería hincarle el
pico hasta llegar a las cegadas, someras, muy extensas y geológicamente
interesantes, cuevas del totalmente fenecido Alcázar y convertirlas en fosa
común de lo caído, arruinado, destrozado en la ciudad. Capacidad tienen para
ello, pero, ¡cuidado!, que si echamos en ellas tanta madera sana, limpia,
secular, como van astillando, no la tendrán suficiente. Ya estaría bien con macizar,
como botón de muestra, los huecos que al yacer, dejaran verjas y rejas,
portadas, tejas, capiteles, escudos, ladrillos, columnas, zapatas, arcos,
artesonados, documentos reales… -recuerdo de nuestro patrimonio malbaratado-
son los despojos de medio centenar, elegido al azar, de entre los varios que
suman los ejemplares arbóreos sanísimos, seculares, aniquilados, que eran
alegría corpulenta, salud, belleza y sombra preciosa en la aridez desoladora de
nuestro paisaje.
Y, sobre esa montonera
clavar un obelisco, pétreo, con, en una cara y como memoria perpetua, la
relación, esculpida, de todo lo enterrado y, en otra, la lista de realizaciones
que merezcan la pena, y que sería bien concisa, para que, así “el respeto que le
han merecido a nuestra época las piedras que encierran páginas de la Historia
de Ciudad Real, lo aprecien “generaciones venideras” que, no hay duda, airadas
habrán de pedir cuentas a la nuestra porque el patrimonio que recibimos y
teníamos obligación de conservarlo y legarlo, no lo hemos mantenido siquiera.
Lo hemos aniquilado, porque, ¿Qué queda ya?
Quizá percibamos
runruneos de critica malévola, sonrisitas irónicas y algún ladridito. Es
corriente. No le de la menor importancia, dilecta amiga y sigamos la labor que
nuestro leal saber y entender nos dicta, y a la pesadumbre, de los que
pesadumore sientes -esto es lo bueno- unamos la nuestra.
Recuerdo que cierta
señora bondadosa y ciudarrealeña, se preocupaba mucho por lo que veía mal hecho
en la vecindad. Su parentela y amigos, la recriminaban:
-A ti, ¿Qué te va en
ello?
Ella respondía:
-A mí ni cien duros, ni
cien palos. Los duros no los aceptaría y los palos no los resistiría.
-Pues, ¿entonces?
Y ella sonreía, no les
hacia caso y seguía preocupada por el vecino de enfrente, tan deplorable con
aquellos chalequitos que le confeccionaban.
Y de San Pedro, como
monumento nacional, ¿qué? ¿Nada? Pues, entiendo yo, le va haciendo falta serlo.
¿Verdad, buena amiga?
Julián Alonso Rodríguez.
Diario “Lanza”, 18 de enero de 1962






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